sábado, 9 de junio de 2012

Salir o entrar ¿en qué quedamos?



Después de leer El Horla (Guy de Maupassant), lectura compartida con Deletreados, un revuelo de ideas se posan como el cuervo de Allan Poe sobre mi cabeza. Y me olvido de otros problemas, que no por ello dejarán de preocuparme: sobrenaturalidad, espiritismo, el poder de lo oculto, enajenación mística, pesimismo congénito, miedo, delirio, angustia... Y para sobrevivir, reduzco mis dudas a un solo enemigo: el enemigo desdichado de la desubicación permanente.

Muchos de los cuentos clásicos se desarrollan en el camino, en la salida. Caperucita Roja: en el bosque. La vida de Hanssel y Gretel: en un continuo salir y entrar de la casa paterna. El marido de La Zapatera Prodigiosa: debe abandonar el hogar para luego regresar como extranjero, disfrazado de titiritero, y enamorar así de nuevo a su mujer. ¿Dónde encontrar nuestro ser más feliz? ¿Dentro o fuera? ¿En nuestra casa o en París? ¿En Ruan o bajo el propio techo?

Creí que un ser invisible vivía bajo mi techo. Recuerdo que mi nieta de cuatro años, un día con la expresión transparente de quien vive una verdad incuestionable me contó un secreto. Su voz se hizo queda, misteriosa, a tono con la verdad que quería contarme. Y puso tal acento en sus palabras que me tomé como cierto lo que me decía: Abuelo, dentro de mi, aquí -y se tocó con suavidad el pecho- vive un amigo mio. Con él hablo y me entiendo.

Tras las pesadillas de la noche ganados somos para la soledad: Enciendo una bujía. Estoy solo. Y en esta soledad, una vez despiertos, encontramos la calma. ¿Son los otros, lo que hay fuera, lo contrario a la soledad, la causa de nuestro desasosiego? ¿Mintió Francisco de Quevedo cuando en el Sueño de las Calaveras dijo Yo soy el Otro?

El protagonista de El Horla, cuando se siente mal, para librarse de la obsesión por ese personaje extraño que por las noches se bebe su vida -el agua y la leche-, decide salir fuera para levantar su ánimo. Es evidente que la soledad resulta peligrosa para los que piensan demasiado. En qué quedamos ¿es la soledad solaz tranquilo, o por el contrario, revuelo de nuestros demonios intestinos?

En un momento determinado del relato, el protagonista de El Horla se sorprende, al decirle al cochero que lo lleve a casa, cuando en realidad lo que él quiere es ir a la estación. Y se siente sumido en la angustia, de nuevo poseído por la duda de si es mejor entrar o salir. Anoche estuvieron en casa unos amigos. Comimos patatas recién arrancadas de la tierra, hervidas, con ajo y sidra. Lo pasamos divino. Y al llegar el momento de despedirnos, oí murmurar a unos de mis amigos, apesadumbrado, como queriendo que nadie lo oyera para no avergonzarse de lo dicho, para que no le tildaran de ordinario por su vulgar vivir desencantado y rutinario. Y esto es lo que mi amigo dijo: Ni puñetera gana tengo de volver a casa. Otra vez lo mismo. El deber de la fidelidad doméstica contra el impulso aventurero de gozar de encuentros nuevos. La eterna disputa entre los dos seres que a caballo montan la grupa de nuestro yo. El yo superficial que busca adentrarse, frente a ese otro yo interior que quiere emerger hacia fuera para refocilarse con la bonanza de la naturaleza: ¡Qué hermoso día!

Para los que no vivimos en París, esta ciudad es un símbolo, una proyección, un sueño. En cambio para los que viven en París, esta ciudad -el ser real- ya no constituye una ilusión; y como el protagonista de El Horla, eligen entonces otra ciudad para su vivir enajenado. Nos llevamos de perlas con aquellos que no conocemos, nos prendamos de lo nuevo. Nuestra ilusión por tanto: vivir de por vida desilusionados. Fuera o dentro. ¡Qué más da! ¿No es lo mismo?

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