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martes, 28 de febrero de 2017

Aula Magna






Un niño mudo me dice
que me calle, que ya sabe
cómo se dice esa frase
que a mí de placer me hechice.

Una niña ciega admira
el color de la mañana
y es tan clara la alborada
que en ella el mundo se mira.

Niño cojo no camina,
pero corre por el río
y antes de que yo dé un brinco,
él ya ha llegado a la orilla.

Un niño sordo no habla
y en su mirada preclara
veo yo el mar de su alma
sembrado de voces blancas.

El niño mudo que habla,
el cojo niño que nada,
el otro sordo que oye
y la ciega de esmeralda
cátedra son del Aula Magna.

miércoles, 22 de febrero de 2017

El buen Caín





Madre agoniza en un hospital del extrarradio. No es vieja mi vieja. Pero cuarenta años son muchos para quien ha sufrido demasiado.

De pie frente a su cama espero su muerte. Nunca un hijo es del todo bueno para una madre. ¡Y menos yo! que soy su agonía.

Seis de marzo. Las nueve de la mañana. Enfrente del hospital, un colegio. Desde la ventana de la habitación 166 donde se desangra mi madre veo la entrada de los niños. Las mamás despiden a su hijos con un beso. Y de nuevo ese amor que yo no tuve escupe envidia endiablada sobre mi cara huérfana. Es una desgracia no tener madre, pero es peor, aún teniéndola, no recibir nunca su caricia.

Perforación de intestino -dice el médico. Seis troneras revientan su tripa y un líquido purulento infecta los ríos de su cuerpo. Pero yo sé que no es la peritonitis lo que a mi madre mata; soy yo: su fatalidad inducida, mi quijada astillada en el pecho de su hija, mi hermana deficiente.

Desde el accidente de mi hermana mi madre se vino a bajo. Pensé que, muerta mi hermana, tanto madre como yo íbamos a disfrutar de la vida. Ella, libre de su pena, sonreiría. Caprichosas son las bolas que juegan al marro de la muerte. La vida termina en seis. Y de los ojos de mi madre surten dedos acusadores que me señalan, me marcan para siempre como verdugo ejecutor de este fatídico número, cábala maldita de la muerte de su hija.

Madre siempre quiso que su hija, mi hermana parapléjica, muriese antes que ella. Nunca confió en que yo podría seguir cuidándola.

Seis años tenía también mi hermana cuando murió atropellada. Todas las tardes mientras madre limpiaba las oficinas del banco, yo paseaba el cuello retorcido de mi hermana, sus manos de al revés, su risa congelada, su baba infeliz, su cuerpo de nervios desatados, espasmos compulsivos, su tronco epidémico sin meninges. La responsabilidad de cuidar de una niña paralítica superaba mi corta edad.

No esperé a que el semáforo se pusiera en verde. Nadie supo luego si fui yo el que empujó su silla de ruedas hacia el paso de cebra para que el coche la despidiera en medio de la carretera. El vehículo que venía detrás no pudo evitar el encontronazo. Mi hermana murió en medio de la calzada. Apenas sufrió, pues vi que su eterna sonrisa congelada no abandonó su cara.

Tras la desaparición de mi hermana, madre nunca me preguntó por las causas del accidente. Tampoco vinieron los besos deseados, mis besos programados. Los besos, que con tanto mimo yo sembré aquella tarde de autos, se los llevó el viento. Hay cosas que entre una madre y un hijo sólo se dicen en el silencio del instinto, en la muda intuición clarividente de dos personas que soportan el mismo fardo. No fue necesario que yo le dijera a madre que mi intención era aliviar su carga, lograr que sus ojos me miraran, impedir que mi hermana nos matara. Legítima defensa. Mi hermana era nuestro muro. Yo, el tanque encargado de abatirlo.

Se huele a muerto en esta habitación del hospital. Oigo detrás de mí:
¡Qué guapa está tu madre, tranquila, relajada, sin esas arrugas que, despierta en vida, le sombreaban el alma! 
Y de nuevo la incomprensión ajena me remueve las tripas del corazón.

No puedo besar su cara. La tiene llena de tubos, de cables, de dudas. Ventilación mecánica. Deus ex máchina. Consigo a duras penas tocar su frente. Y le digo:
Vive que te necesito, "yo que solamente he nacido". Tienes que darme los besos que nunca tuve, rebanadas de pan con miel, esa merienda que nunca me diste.
Las motas del sudor de su muerte cercana se pegan en mis labios. Siento en la boca un dolor frío. Huelo a boquerones podridos. No aguanto el estertor de su agonía, su mirada lejana, indiferente, vacía de perdón y entendimiento.

Abandono la habitación y me dirijo a la capilla del hospital. La iglesia está vacía, helada, como la cara de mi madre. Miro al Cristo crucificado que cuelga de la pared principal y le grito:
¡Oídme, oh Dios! si es que habitáis esta casa, no dejéis que muera madre. Yo no soy cliente tuyo, soy un fratricida, pero mi madre sí es creyente. Estáis obligado por lealtad y por oficio a socorrerla.
Vuelvo a la habitación número 166. Los ojos de mi madre, antes de cerrarse para siempre, me miran, me llaman, me besan.... y me devuelven ¡por fin! el amor que me robara mi hermana.

viernes, 17 de febrero de 2017

Ausencia



 Es tan corto el amor y es tan largo el olvido.
(Pablo Neruda)

Reo y libre de condena,
tengo paz y siento pena,
pena de sentirte ajena.
Si me amaras, ¿paz tendría?
¡Qué más da si esta tristeza
me enrabieta y me trastoca,
siendo tú la fortaleza
del dolor que a ti me unía!
Siento alivio por tu olvido.
Tengo yo a mí me conmigo
tan presente tu carencia
que es sin ti como respiro.
Si tal vez yo te tuviera,
olvidarte al fin podría;
pero como no te tengo,
tu vacío es mi vida.

domingo, 12 de febrero de 2017

El romero de la abuela



Ser en la vida romero
(León Felipe)


El romero mide ya más de metro y medio.

El camino de piedra loca llega hasta el final de las moreras. A su derecha, un ajustado pasadizo se luce con un estrecho jardín donde, bajo la buganvila, crece el orégano ramificado y esparcido en la tierra. En uno de los extremos de este acceso, el más cercano a la barbacoa, el romero respira jovial el fuerte aroma de las flores de una madreselva que a su aire se enreda y se desata en verdes y amarillos por un tendido de alambres y de cañas.

Sentado, tras podar los naranjos, me tomo una cerveza con olivas en el banco de madera que está enfrente del romero. Mientras, lo contemplo y me sorprendo de su frondosidad y hermosura. Cuando lo trasplanté, no daba un duro por un raijo de un palmo apenas. ¡Y ahí está, parece un pincel! Puse el romero pegado a la madreselva, al caer de la ventana de la casa, para apagar los malos olores que pudieran salir del cuarto de baño. Y vuelvo ahora a mirar el romero y me congratulo al verle conversar con la madreselva, rodeado del runrún de un montón de abejas.

Durante las silenciosas horas de la siesta, los dos arbustos intercambian sus aromas como enamorados que de besarse no paran. Los pájaros mientras tanto, en el alero, aplauden con trinos sus arrumacos azules y blancos. Por aquí los pájaros, además de volar y cantar, ponen nidos y huelen a miel de romero y madreselva.

Hará ya más de diez años que puse ahí el romero. Recuerdo que lo traje del cementerio. Este romero tiene historia.

Cuando se acerca el día de todos los santos, acostumbramos a llevar flores a nuestros difuntos. Aquel año cogimos rosas, margaritas, violetas, unos pequeños tallos de espliego y de romero. Ya en el cementerio, en la capilla, donde está enterrada la abuela, metimos el ramo en un jarrón de cristal con agua, y lo pusimos en el centro del suelo de la ermita, al caer de su lápida y las de sus antepasados.

Al año siguiente, fieles a la costumbre de adecentar la capilla, por la festividad de los muertos, volvimos al cementerio. Me sentía feliz. El día era templado y alegre. A pesar del sentimiento de pérdida, que yo vi aquella mañana en las caras de los muchos que se dirigían al nicho de sus muertos, (unos privados de sus hijos, otros de sus maridos, aquellos de sus padres y nosotros de la abuela), noté en ellos también alivio y calma. Jamás hubiese imaginado que la muerte de nuestros antepasados pudiera tranquilizar de manera tan asumida la procesión que cada uno en nuestro interior llevábamos. Y silenciosamente contento limpiaba las cristaleras de la puerta de la ermita. Al pasar la bayeta por el mármol del pequeño altar, al sacudir el polvo de las fotos de los seres queridos, al enjuagar tarros, abrillantar las letras de oro de los nombres de los difuntos allí enterrados, me sentí felizmente unificado con ellos. Y en este afán de limpieza, me encontré a mí mismo purificado, como restituído, enganchado a ese eslabón de una cadena sucesoria del que casi siempre ando falto, desubicado, desarraigado. A nuestros antepasados, estas tareas de adecentamiento, tal vez no les repercutiera en nada; pero estoy convencido que a los que allí estábamos, aquella víspera de todos los santos, nos sentó de maravilla hacer lo que hacíamos. Nos sentimos hermanados a la historia, de tal manera uncidos a ella, que nuestras vidas individuales, sin los que nos habían precedido, jamás tendrían sentido.

Luego de dos horas de faenar adecentando la ermita, tocaba volver a casa. Antes debíamos tirar al contenedor los ramos, las macetas y las flores secas. Fue entonces cuando me sorprendí al ver que los viejos tallos del romero del año anterior habían retallado. Unos hilillos substanciosos y tiernos se dejaban ver en su extremo inferior. Me resistí por tanto a tirarlos a la basura. Así que me traje el romero y lo replanté, (no muy convencido de que rebrotara), ahí donde ahora lo miro y venero.

Me equivoqué. Hoy, después de dos lustros, da gusto ver el romero. Aquel romero que troceado y cortado di por rematado y consumido, lo veo ahora lucido y hermoso. No creo que el renacimiento de este arbusto se deba al año que estuvo sólo y abandonado en la ermita de la difunta abuela, allí velado y acompañado por los huesos sin vida de sus padres y hermanos muertos.

Cuando, aquí en la huerta, nos reunimos la familia junto a la barbacoa alrededor de una paella de arroz, no dejo pensar en la abuela, en la abuela y en esa cadena sucesoria interminable de la vida. Sobre todo, cuando corto unos tallitos de este romero y los echo al agua para condimentar la comida. No soy muy dado a ir más allá de los que mis ojos ven y me dicen. Pero, eso sí, cada vez que repito el ritual de aliñar con romero la paella, me acuerdo de la abuela y le doy las gracias al romero.

No acostumbro a delegar en seres invisibles lo que mis manos no alcanzan. Y cuando mi estado de ánimo me pide montarme alguna película para superar una tragedia, encontrar un objeto perdido, calmar un dolor, soldar una fractura, o encontrar una razón a lo que explicación no encuentro, prefiero agarrarme a un clavo ardiendo, antes que confiar en una fuerza superior y extraña. O lo que es lo mismo, cuando tengo necesidad de Dios, trascender la cotidianidad dolorida, liberar miserias, sentirme perdonado, salgo a la huerta, me acerco al romero de la abuela, acaricio sus tallos, restriego mis dedos por sus hojas dulces y jugosas, luego llevo mis manos a la nariz, huelo su perfume y conservo su aroma en mi memoria. Por supuesto, cada vez que hago esto, no veo a ningún ser sobrenatural ni trascendente, tampoco se me aparece san Judas Tadeo. Tener que acudir a Dios, teniendo delante de mí este romero, sería un pecado.

viernes, 10 de febrero de 2017

El hotelito de la casita




En medio de un remanso de rosales y naranjos, amanece El hotelito, la pequeña estancia donde los nietos, cuando vienen, aquí se quedan, duermen y juegan. En uno de sus extremos, el que da al gallinero, se despereza elegante la hierbaluisa. Las gallinas replican al perfume de sus flores con cantos monotemáticos e indescifrables. Por la ventana que da al poniente se cuela el verde y los amarillos del huerto. Todos los colores se dan cita y cantan en este arco iris rompedor y crujiente: el rojo de la buganvilia, el morado de la pasiflora, el ocre acartonado del tronco de los granados, el plata del sendero de los parrales de uva tinta, el oro viejo de la tierra removida donde crece silvestre el vinagrillo, el diente de león y la manzanilla. En el verano, sobre la mesa de ladrillo visto del zaguán, y amparados por la sombra del nogal, los niños elaboran con las hojas del espliego, la hierbabuena y el laurel sus potingues de colonia. La pequeña puerta de la entrada se asoma al arco curioso y protector de la casa grande de los abuelos.

A varios metros de la casita, por donde discurre el camino de regante, los aceitunados cipreses saludan firmes con el vaivén de sus copas a los niños festivos. Digo casita, porque según el abuelo, así debió llamarse lo que hoy todo el mundo conoce aquí por el hotelito.

Quiso el abuelo un día cambiar el nombre del hotelito, (palabra ésta, aunque por su diminutivo, afable), por otra menos anónima y fría. Y dijo a los niños:
¿Por qué no le ponemos al Hotelito un nombre más íntimo?
Para los pequeños todo lo que les rodea es íntimo. No entendieron las intenciones del viejo. Cualquier palabra que desde su inicio conocieron con ternura y cariño, hoy y siempre será de su agrado. No hay nombre feo para los niños, si desde el amor lo aprendieron. La primera vez que oyeron esta palabra, pusieron en ella tal entusiasmo que le sabe a caramelo. Hotelito les suena bien, huele a escondite, a juego, vacaciones y risas, a natillas de la abuela, a navidad, a ratoncito pérez. Las palabras sin más no deberían bailar al sesudo y caduco socaire de los mayores.
Más caliente, dulce o fresco sonaría, -insiste el abuelo a los nietos-, llamar cabaña, madriguera, nido, casita al hotelito, palabra pues, ya desangelada y marchita.
Para los pequeños, lo que fue, seguirá siendo. Si ellos supieran de filosofía responderían ahora al abuelo con aquel argumento cornuto de Eubúlides: lo que no has perdido lo tienes. Pero como los niños aún no han llegado a la edad maldita de conferir a las palabras el significado que no tienen, se limitan, (saben por la ley de la simplicidad del lenguaje que la proposición del abuelo no tiene recorrido), a decir muy sutiles y convencidos:
Vale, abuelo,...le llamaremos... el hotelito... de la casita.
Han pasado muchos años de esta incidencia semiótica. Hasta la fecha, nadie de los que por aquí viven, llaman a esta estancia La casita. Todos siguen llamando hotelito a esta rústica construcción de apenas treinta metros, donde se apretujaban los nietos en distracciones y orgías cuando en vacaciones venían a casa de los abuelos de la huerta.

Una palabra, por distante, áspera o cursi que parezca, (si en un principio interiorizada fue con cariño), costará sustituirla por otra, aunque ésta última suene a gloria. Que he oído yo llamar prenda mía a un perro, al tiempo que su amo le arreaba un buen mandoble por deambular por donde no debía.