domingo, 18 de febrero de 2018

La cortina




La tela sonrojada descubre enamorada el joven surco de sus senos virginales. Siento el placer de besarla como una reliquia. Con suave liturgia mis labios palpan minuciosamente el tejido. Y noto una sonrisa agradecida, revelación de emblandecida acogida. La cortina poseída por mi recuerdo, semen luminoso de fecundación, se desmembra, se desmelena, rezuma solazada por la voluptuosidad de mi tacto.

Cortina suave, manida. Su clara y menuda tela acaricia la piel descubierta de nuestros cuerpos. Nos adentramos hasta el cobertizo a través de un estrecho sendero por el que apenas caben nuestros pies en paralelo. La tierra mojada cruje y se queja bajo nuestras pisadas. Un manto de hojas negras por la humedad y el sol tórrido de un invierno desleal alfombran nuestra entrada. Un viejo chaquetón color cereza cuelga olvidado en los hierros de la ventana. Nadie, desde que murió su dueño, quiere deshacerse de esta prenda. Todos prefieren que permanezca allí, símbolo revelador y referencia de la existencia de quien hace años lo llevara encima. Esta fortuita provisionalidad perpetuada me produce esa lúgubre visión fatal, contradicción de ausencia y presencia ensambladas de los objetos muertos.

La puerta se niega a dejarnos pasar. El enquistamiento de su abandono ha fundido hoja y marco. A base de forcejeos y empujones finalmente logramos entrar. Dentro, una pequeña estancia de no más de tres metros, una cocina en bajo, un chinero aún con sus mantelillos de puntilla, tarros vacíos de conserva por el suelo, cagadas secas de gato, periódicos, montones de periódicos pasados, dan fe de la fecha en que esta casa era una tacita de plata. La cosa más burda y deteriorada, vista con la nostalgia de tiempos atrás, resulta entrañable y hasta bonita. El techo, cubierto de paneles, algunos de ellos desanclados a punto de caer. Las paredes, repletas de mosaicos con nombres, tal vez, de los nietos de los dueños de esta casa: Yolanda, Paloma, Gabriela.

Para el hombre que ilusionado me muestra el lugar, todo lo que aquí hay es de un valor incalculable. Noto en el agua contenida de sus ojos rabia contra los últimos inquilinos que aquí vivieron. Enseres desvencijados, cachivaches sin provecho, enredos inútiles, carcomidos y sin referencia alguna. Para mí no son nada. La relación que establecemos con las cosas depende del grado de emotividad vivido junto a ellas. Según sea el estado de ánimo de quien contempla algo, así será su mirada. El observador condiciona el fenómeno observado.

Por ejemplo, la cortina de raso amarillo que cuelga en el lateral derecho del salón. Hoy ondea palatinamente, casi con quijotesca ostentación. Es parte de otra cortina más grande que traje de la casa de mis abuelos. Quise rescatar el pasado trayéndome parte de aquella cortina a esta mi casa de ahora. Para unos será un colgajo raído sin estética alguna. Otros la contemplarán como un detalle para dar movimiento, coquetería, verticalidad a la estancia. Habrá quien en su colocación verá un cierto ingenio para romper la monotonía de un salón un tanto vacío. Los más pragmáticos deducirán que la cortina está ahí para evitar corrientes de aire y evitar así que la maceta de cintas, puesta al caer de la escalera, se eche a perder. Otros, llevados por su nostalgia hogareña, no dudarán en señalar que se ha querido recrear un rincón de intimidad para que cualquiera que entre se sienta cómodo. Todos puede que lleven razón.

Cada uno recoge su particular visión, pero nadie siente lo mismo que yo cuando veo caer majestuosamente los pliegues ondulados de la cortina recogiendo arabescos y manojos bordados de flores en el paño acogedor de sus pliegues. Sobre todo, cuando los distendidos bucles llegan al suelo y éstos se recogen en suave curvatura como enlomadas caderas de mujer. Una doble cinta hecha del mismo encaje sujeta cadenciosamente la cortina a la pared a través de una simple hebilla de latón. Las olas de tela  se ven de pronto voluntariamente sometidas en semicírculos de bravura distinguida sobre sus orlas concentradas. El cinturón que las amarra es como la brida que sujeta la desbocada marejada de su cascada en amarillos. El alfa desplegada de su caída en picado viene a ser recogida por la omega, yunta que las une en un artístico nudo.

Sé que la tela es vieja, que es raído su amarillo, pero para mí la cortina tiene un aire esbelto y atrevido cuyo rumbo es un destino de nuevos pliegues, que cual columnas apuntan a un suelo, o a un cielo, reposo y fortaleza, firme de ternura, nobleza y poderío. 

Hoy huelo la cortina. Todavía exhala bordados dulces olor a miel, higos y almendras con las que aquella viejecita me obsequiaba cada vez que iba a visitarla. Como si las cosas no fueran lo que son, sino lo que han sido. O mejor, mientras que para uno son lo que son, para otros, dejando de ser, devienen a ser en lo que fueron.

martes, 13 de febrero de 2018

Elefantes en mi bañera




Escuchas sin oír nada. No sé si oyes voces o sientes el chasquido de los elefantes en mi bañera. Tus ojos, fijos en el brillo infinito del poto de la entrada.

Entre tú y yo, una escupidera donde arrojamos lo que se nos encasquilla en la garganta del alma.

Te pregunto:
¿Qué es lo que no te perdonarías?
Contestas otras respuestas, a otro elefante. Tú sólo hablas con los fantasmas. Tu mente te prohíbe comunicarte con cuerdos de mi catadura. Contesto a preguntas que jamás me hiciste. Por ejemplo:
A todos aquellos que no conozco los conozco de algo.
No es mi mala leche, es tu mala estampa reflejada en mi cara.
Gracias a tu locura soy mejor persona.
Te tomas la vida muy en serio; crees que no te vas a morir nunca.
Nos comportamos como nos miran, más que como nos vemos.
Escribo como quien toma apuntes en clase de economía sumergida. Mi escritura se la debo al taponamiento de tu mollera que me hace poner texto y relato a las voces mudas que enmudecen mi visión en tromba.

Los dos nos llevábamos a matar. Fuimos novios de la misma piedra, del mismo mar, de la misma gata, del mismo árbol. Rivales por la última atmósfera de aire que quedaba en la Tierra agonizante. Se nos acusó de ser los responsables de que la sierra de Carrascoy esté donde no está, de habernos comido los huevos de oro de la Cresta del Gallo.

Luego coincidimos en el trullo. Antes de ser ejecutados, nos abrazamos como iluminados, como si fuésemos hermanos de toda la vida, hijos del mismo planeta contaminado. 

sábado, 10 de febrero de 2018

Sigue durmiendo



Niña de un año y siete meses violada 
y asesinada en Sinaloa.  
Febrero 9, 2018


Sigue durmiendo, lucero bello
mientras tu sueño sigue despierto,
islas de encanto, pájaros muertos,
ríos de estrellas sangran el cielo.
¡Triste el sendero!

Cierra tus ojos, duerme con calma,
Grita el silencio, ¡se escapa el alma!
Gran desconsuelo tiene el mañana,
luces fundidas, muerte temprana.
¡Niña, descansa!

martes, 6 de febrero de 2018

La guadaña del tiempo







¡Qué alegría volverte a ver! Hoy quisiera apoderarme del pasado, meterlo en un costal, aceituna por aceituna, y sentir el acrisolado frote de tus manos por mi acartonada piel.

Que sepas, hijo, que tiempo ya deshecho y traído a la memoria, da más pena que gloria.

¡Me hace tanta ilusión recordar la vida que ya no vivo!

¿Y qué almazara, escogerías para descargar y moler el fardo de las aceitunas de tus años idos?

¡Cualquiera! Me da lo mismo, digamos..., el volver a tu vientre, a la madre que...

Sólo a los muertos y a los que no han nacido, se nos permite seguir vivos. Todos quedamos al capricho del desbarajuste, al antojo de una voluntad secreta que mantiene a tu pobre madre prisionera en esta tumba y a tí entrando en ella.

Madre, yo me fui porque quise y tú te quedaste porque te empeñaste en purgar los pecados que nunca cometiste. Y si regreso ahora que sepas que no es por mi voluntad.

¿No habrás venido, a remover el aguijón de mis penas? Lleva cuidado, hijo, porque mi calvario es también parte de tu dolor varado! Si has venido a recoger mis cenizas, justo llegas a tiempo.

Por supuesto que no. Vengo porque no sé a dónde ir. Cuando uno yerra y pierde su ser en el camino, sus pasos le llevan de nuevo a las aguas donde nació. Tan sólo he vuelto para que me digas, si me dejé mi nombre olvidado por algún rincón de esta casa.

Sí, ahí lo tienes, delante de tu apellido. Te lo guardé envuelto entre las telarañas de esta lápida, puerta sellada y guadaña del tiempo.

¡No lo veo!

Se lo habrán llevado los ladrones de la vida... ¡Arramblan con todo!

jueves, 1 de febrero de 2018

Ñanm, ñanm, ñanm




Sara es una niña de once años. Edad, a medias entre la niñez y la pubertad, tiempo un tanto delicado y confuso, entre la divertida ilusión y el andar a las puertas de la dura realidad. En esta etapa crítica, a la niña aún le divierte entretenerse en asuntos infantiles. Ojala Sara continúe así toda su vida, cautivada por la magia de los sueños y la firme esperanza de que lo imposible puede llegar algún día a realizarse.

La niña tiene un conejo blanco con una pinta negra alrededor del ojo derecho. Parece su mascota un cantante de rok duro con su ceja de sol negro. Tan sólo le falta la guitarra electrónica y un paño de lunares ceñido entre sus orejas danzarinas. Sara adora tanto a su mascota que no le importa soñar con elefantes alados, con vacas presumidas, ataviadas con peinetas y mantillas de Manila, con la luna vestida de lagarterana, que la llamen tonta o que le digan que ya va siendo mayor para ilusionarse con semejantes niñadas.

Hoy es sábado. Sara no tiene cole. Al despertarse, va a la cocina donde la abuela prepara la comida del mediodía. La mujer quiere sorprender a la familia con un asado de cordero al horno.

Nadie se resiste, tampoco Sara, a guardarse para sí sola, algo feliz que por dentro la desborda como un postre de fresas con nata que se escurre por el plato. La niña ha tenido un sueño agradable.

La abuela no entiende por qué sus nietos llaman al conejo, Wordekai. Nombre tan estrafalario y horrible, según ella, no se lo merece, pues el animalillo no da guerra alguna. Se pasa todo el día debajo del sofá sin molestar a nadie, o metido en su jaulón rumiando la hierba seca, o en cuclillas, frente a los cristales de la puerta de la terraza, observando tranquilo la claridad que viene de la calle. Los nietos llaman a su mascota Wordekai, por el personaje de esa peli.... La abuela no acierta a deletrear nombre tan raro, lo llama simplemente Borde, no porque el conejo sea malo, sino porque la lengua de la mujer, hecha a la antigua usanza, se niega a todo tipo de neologismos. Ahora, la abuela acaba de ver unas cuantas cagarrutas debajo de la mesa de la cocina:
¡Borde, cuántas veces tengo que decirte que has de hacer tus suciedades en la jaula!
Mientras la abuela pela las patatas, las cebollas y prepara la carne, la niña comenta con la abuela lo que ha soñado. Sara sueña con su conejo. Le pregunta la niña a Wordekai:
¿Puedes oírme, Wordekai, acaso tú conoces el lenguaje de los humanos?
El conejo levanta y agacha varias veces su cabeza, dando a entender que sí, que entiende lo que le dice la niña. Sara, para descartar que tal asentimiento es pura casualidad, fruto de un movimiento espontáneo que no tiene nada que ver con lo que ella le ha preguntado, para asegurarse bien, dice de nuevo a su mascota:
¡Wordekai, levanta una pata!
El conejo alza una de sus patas delanteras, cual un jefe de estación haciendo el alto a un tren de vía ancha.
Ahora, ¡mueve el rabo!
Wordekai ejecuta acertadamente cada una de las acciones que Sara le va ordenando. La niña está super contenta al saber que puede comunicarse con su mascota. Sara continúa charlando con el conejo:
Vamos a ver, Wordekai, sabrías decirme, por ejemplo, ¿cómo te las arreglas para reclamar la presencia de algún animal amigo tuyo con el que quieras jugar?
Sara escucha un ñanm, ñanm, ñanm que fluye de la boca del conejo como palabras llena de significado, como una contraseña capaz de dar cumplimiento al deseo más íntimo. De repente llegan tres pajarillos que se suben encima de los hombros de la niña. El ñanm, ñanm, ñanm del conejo actúa de reclamo. Sara, aún sigue soñando, sale a la calle. Lleva consigo su mascota. Wordekai emite de nuevo su famosos ñanm, ñanm, ñanm. Y al instante acude un gracioso fox terrier blanco de pelo rizado. Sara está maravillada, y a la vez extrañada del poder hablante de su mascota.

No acaba aquí el sueño. Sara oye ahora que llaman a la puerta de casa. Sale ella misma. Es un hombre mayor, de tez aceitunada, cubre su cabeza una gorra azul. Al hombre, a pesar de aparentar un carácter afable y tranquilo, se le nota preocupado. Le cuenta a Sara que ha oído decir que tiene un conejo que se hace entender por el resto de los animales, que se le ha perdido una vaca y que la vida de su familia depende de dicho animal.
Si vinieras con tu mascota allá donde yo vivo.... Tal vez, niña, tus poderes podrían hacer que mi pobre vaca regresara a mi granja.
Sara responde:
Yo no tengo poderes, buen hombre, el poder es de las palabras. Vuelva usted a sus prados y grite con todas sus fuerzas tres veces: ñanm, ñanm, ñanm. Tal vez así su vaca extraviada puede que aparezca.
El hombre, regresa a su casa, no muy convencido de que unas simples palabras sin sentido le devuelvan a su vaca. Pero, antes que ver a su familia muerta de hambre, el granjero está dispuesto a hacer lo que haga falta. Una vez en su granja, el hombre sube a lo más alto del collado que hay por allí cerca. Grita con todas sus fuerzas tres veces ñanm, ñanm, ñanm, ni una más ni una menos, tal como le dijo la niña. El hombre no se lo puede creer. De allá a lo lejos ve que viene muy contenta su vaca preferida, aquella que había perdido.

Luego, aunque este último pasaje ya no pertenece al sueño que Sara le cuenta a su abuela, el granjero volverá de nuevo a la casa de la niña. Le lleva agradecido una dulce tarta de queso que a la niña tanto le gusta de la leche de su vaca extraviada.