sábado, 16 de diciembre de 2017

Lord Byron en la orilla solitaria





There is a rapture on the lonely shore. (Byron)


Byron es una olla a presión, además de engreído, es turbio en amoríos y desmanes. Deja atrás su altanería. Hastiado está del mundanal ruido. La puerta de su camarote está cerrada. Quizá lo que el poeta guarde en su interior sea sólo soledad en gaseosa ebullición, su deseo de compañía, aquel perro suyo al que él llama "criatura", bello can, sin vanidad, fuerte sin insolencia, valiente sin ferocidad. Nadie como el animal compensa su espíritu cansado de orgías, heroicidades y grandezas.

El teniente del barco, un tal Ekenhead, aporrea insistente las tablas de su compartimento. Cicatero y rastrero, el poeta no abre la boca por no echar a perder el sentimiento del tesoro que ingenuamente guarda: su melancolía, su desilusión. Harto del placer y del mundo, su silencio es el mejor cerrojo y centinela de su extravagancia romántica y aventurera. Byron bebió pócimas de belleza pálida en calaveras vacías. Se alimentó sólo de bizcochos. Gracias a ellos ahora físicamente está como un roble, conserva intacta la fuerza de su juventud. Tiene veintidós años. Viaja en el Salsette rumbo a Estambul. En este momento ocupado está en la composición de sus versos, Las peregrinaciones de Childe Harold. Una manera de purgar con su autobiografía su desenfreno anterior.

Byron ha quedado la noche anterior con Ekenhead. Al amanecer, ambos cruzarán a nado el estrecho. El teniente le pregunta:
¿Quién me asegura que un poeta patizambo como tú puede ser buen nadador? Quien tiene un perro por mascota, alguien que sólo busca la gloria, es incapaz de atravesar a nado el oscuro y atrevido estrecho que separa Europa de Asia y que conduce al empíreo.
Byron le recuerda ahora al marino del Salsette el mito griego de Leandro y la bella Hero. Una sacerdotisa de Afrodita vive en la orilla europea. Leandro en cambio es de la orilla contraria, la de Anatolia. Ambos se enamoran en contra de la voluntad de los padres. Cada noche los amantes se ven en secreto. Hero encendía una gran hoguera, el faro que guiaba a Leandro llegar a nado a la orilla opuesta. Noche de fuerte oleaje y tormenta, Leandro se ahoga en la travesía. Hero, al encontrar muerto en la costa a su hermoso amante, desde el mismo acantilado donde aún el fuego, su misterio encendido, se eleva dibujando en el cielo bosques sin caminos, se arroja al mar muriendo también en el acto.

Byron quiere emular al legendario Leandro griego. Hay un éxtasis en la orilla solitaria. El silencio, su sigilo vigilante, garantía inexpugnable del misterio de su soledad. Se pregunta:
¿Puede un poeta y romántico y casquivano como yo ser amnistiado y pasar a la historia sólo por un verso digno de ser copiado por unos jóvenes atortolados, allá en el siglo XXI?
El teniente Ekenhead golpea con mano de hierro la puerta del camarote del poeta. Byron no contesta. El poeta, (ayer, extrovertido; hoy misántropo). Encerrado está en su santuario, quiere salvar no sabe qué cosa. Cualquier palabra, cualquier interrupción quebrantaría el encanto, rompería el hechizo, ahuyentaría el sentimiento, velaría la realidad, desmitificaría, limitaría el infinito que busca, desdoblaría la unidad ansiada, reduciría la verdad a un simple código de barras. Su verso sería como la exigua cubeta incapaz de almacenar el agua inmensurable del mar de Hele. El poema sería el estuche cerrado donde la flor más crujiente, olorosa y viva se asfixiaría.

El marino insiste, recurre al engaño:
¡Tu perro, poeta, se ha caído a la mar!
Byron al oír que su perro, aquel terranova colmado de todas las virtudes del hombre y ninguno de sus defectos, está en peligro, deja a medio su poema de frustración y desengaño, sale de su ostracismo, de su fiebre eterna, y grita:
¡Ordene, tenientedetener ahora mismo el barco! ¡Rescate por Dios a mi perro!
El teniente, satisfecho de la reacción del poeta, contesta:
¡Imposible por un simple animal parar máquinas!
Fue entonces cuando desde la borda del Salsette, Byron se lanzó al escarpado mar Dardanelos. Y sabemos por Written After Swimming From Sestos To Abydos que el poeta nadó por amor, acompañado por el teniente Ekenhead. Lo que ignoramos es, si una vez alcanzada la orilla solitaria con éxito, Byron encontraría allí a su mítica Heros, o lo que es lo mismo a su querido perro Boatswain.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Escatología






A pesar de haber estado contigo tanto tiempo, me olvidé de tu nombre. En ese momento, antes de coger el sueño, no recordé cómo te llamabas. Me puse nervioso, no por olvidarte, sino porque con tu olvido la memoria entera me fallaba. No conseguí dormirme. La pena, la vergüenza y el abandono de las letras que configuraban la sonoridad de tu cuerpo junto a la sordera del mío me tuvieron en vela y obsesionado hasta muy entrada la madrugada. Repasé los años fundidos en el cariño por ver si tus caricias me devolvían la suavidad de tu nombre, su dulce aleteo alrededor de mis orejas desatendidas, el olor de tu carne, tu apellido.

No hubo manera.

Yo me decía, me consolaba, o más bien, me engañaba:
¡Qué más da, qué importa el nombre, si aún conservo la huella de sus besos por los ríos cremosos de mi carne despierta!
Recordé mis temblores aquella tarde que me armé de valor en el jardín de Floridablanca, cuando quedamos en vernos para decirte que lo nuestro iba en serio. Creí que mis neuronas, agradecidas al sentir la vieja cercanía de nuestros cuerpos apretados, dejarían en la cabecera de mi cama, cual un enamorado suspiro, la sorpresa, el susurro, la canción de tu nombre. Tampoco así la caligrafía surcada, insinuante de los morfemas evocadores de tu hermosa imagen avivó en mí el anagrama de tu fonética presencia.

Me levanté. Me dirigí al salón. Abrí el cajón de la cómoda donde guardo el álbum que nos hicimos en nuestro viaje de miel a la isla de El Hierro. Me detuve en la foto donde estamos los dos, junto al árbol que llora, el Garoé, ese tilo que le roba el agua a las nubes. En vano también resultó mi esfuerzo. El vendaval de mi amnesia se llevó por delante tus vocales de colores, tus consonantes labiales. Mis trucos por conseguir atrapar tu nombre de nada tampoco sirvieron. El muro entre tu nombre y el mío allí levantado seguía partiendo por la mitad mi corazón desazonado como una sandía agusanada. La luna negra en medio de un volcán de nubes tristes y oscuras.

Y no sólo mi malhumor consistió en no poder conciliar el sueño, sino que además se hizo sangre borrosa de ausencia total y máxima, cual esos buscadores de oro que volvían del Dorado más derrotados y pobres que se fueron. Ya no era sólo tu nombre el que no recordaba. Con tu olvido se generaron las ausencias de todos los nombres habidos y por haber del mundo babélico. Con la desaparición de tu nombre, inmerso me vi en medio de un charco de agua sucia cuyo único elemento era la nada, el Absoluto en su más pura esencia. Las paredes del dormitorio se desmoronaron ante mis trémulos ojos. Y con las paredes, la Iglesia Vieja, el taller de Los chispos, el esfaraor y el reloj de la calle san Francisco también se vinieron abajo.

Por la ventana que daba al exterior de mi casa entró un pajarraco sin alas, sin pico, sin cola, sin nada. Cuando yo le dije si venía a traerme la belleza de tu nombre me dijo que no, que él venía de la Nube del No Saber, donde todo sobra y nada falta, y que allí las mentes no sufren por no acordarse del nombre de las cosas. Luego citó a un poeta cuyo nombre tampoco recuerdo:
Lo bello no es nada sino el principio de lo terrible, lo que somos apenas capaces de soportar, lo que sólo admiramos porque serenamente desdeña destrozarnos.
De donde el pajarraco venía, las grafías no se diferenciaban unas de otras. La eme podía ser la uve, la ese, la jota. Una las incluía a todas. La guerra por conseguir cada letra su parte en el todo, hacía ya tiempo que había concluido  Me habló de la no-dualidad, palabra que no entendí muy bien, dado que yo aún me debatía sin pegar ojo en medio del día y la noche. El pajarraco me dijo algo así que en la Nube del No Saber, parte y todo, fondo y forma, todo y nada, punto y raya, suma y resta, significado y significante, todo era lo mismo. Y es más, me dijo:
¿Ves aquel campesino montado en su burro? 
Sí, -le contesté. 
Pues bien, hasta que ambos no caigan en la cuenta que son la misma cosa, ninguno de los dos sabrá quien es.
Fue entonces cuando decidí no esforzarme más por acordarme de tu nombre. Según el pajarraco olvidarte era la mejor manera de recordarte. Luego por fin el sueño entró en mi como una gran luz deletreando la indivisa y más profunda realidad de tu nombre, el nombre de todas las cosas.

viernes, 8 de diciembre de 2017

El Día de la Virgen



Hace más de sesenta años. Yo era un zagal aún imberbe, y ya testigo ocular y beatífico de la coronación de la Virgen del Castillo, patrona de Azulada, mi pueblo natal.

Hoy, después de haber llovido tanto, o de no haber llovido nada, me es muy difícil separar sentimientos, emociones, creencias, tradición, nostalgias, ideas y recuerdos. Todo un paquete de contenidos revueltos, afines, devaluados, remozados, contradictorios, que como sequías en cadena o aluviones de tormenta caen calándome o astillándome los huesos. Tan embarullados sobre mí veo tal enjambre de reflexiones enredadas, que se me hace imposible desatar los nudos que me atenazan de dudas el alma. Confundo la muerte de mi madre con el amor a mi mujer, el nacimiento de mis hijos con los monaguillos que ayudan solícitos al obispo en sus labores litúrgicas, la tronada de los arcabuces con mis placeres reprimidos, mi compromiso político con la oración de los fieles, la mitra de monseñor con aquella seguidilla popular: el bonete del cura / va por el río / y el cura va diciendo / bonete mío.

La proclama engolada de un obispo encomiando en su homilía a la madre del Insumiso de Palestina, como señora, virgen y reina, a mi parecer es una falsa contribución al servicio histórico del papel que, tanto esta sencilla mujer como su hijo, debieron desempeñar allá por el siglo primero de nuestra era. Dado el fervor que se respira en el aire comprendo sus hiperbólicos requiebros en favor de la Virgen del Castillo. Me abstengo por supuesto entrar en su arrogante y caracolero estilo de oratoria arcaica, distante y vacía. Mito e Historia, dos tentaciones en detrimento de la realidad. Todo un sermón artificioso e inconscientemente represivo de lo que dentro de nosotros duerme: nuestra “ánima”, el lado femenino de nuestra conciencia sepultada. El amor de madre, su virginal pureza, la violencia de género, su intercesión, nuestra esclavitud filial, su castidad inmaculada, su hermosura, nuestro endiosado paternalismo machista, valores y contravalores de una determinada cultura, puestos al servicio de una psicología de remates a contra natura y de un dogma muy particular de un rejuvenecido nacional catolicismo, la nueva cristiandad reinventada y caduca.

El obispo arremete ahora duro, envalentonado contra el dragón de la secularización, contra los peligros del laicismo. Pero hoy su iglesia no tiene por qué quejarse: ha tomado el pueblo entero. El poder civil con sus mejores galas se entrega en matrimonio sagrado al celebrante rodeado de su corte pletórica y agradecida. Y en nombre del pueblo, el alcalde le entrega las arras, una corona ricas en oro y pedrerías, símbolo de la fatuidad humana. Desde este parque terrenal de las palomas, antonomasia de la ciudadanía azuladeña, nido y súcubo de todos los besos robados al milagro de la vida en este pueblo, monseñor extiende su pontifical cruzada. Al abrigo de la tupida y hermosa floresta de este jardín, altar natural para cualquier preciado sacrificio que se tercie, cual otro Recaredo, el prelado reza ahora en alto su credo, como si el tiempo no hubiese pasado, el mismo de Nicea, “creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica”. El clamor por la unidad, si viene de aquellos que la proclaman para defender sus privilegios contra la diversidad, el mestizaje, los “gentiles”, la secularización, la igualdad de género, el diálogo entre religiones, el matrimonio homosexual, la innovación celular..., para mí no es jugar limpio. Entre las sociedades legalmente constituidas tan sólo la Iglesia se muestra reticente en admitir algunos de los elementos que ya forman parte de nuestro acerbo multicultural: el despuntar de la mujer en la sociedad, la realidad del mundo gay, la lucha contra el sida, el aborto, la investigación molecular, el sacerdocio para casados. A veces, me he preguntado si la Iglesia no incurre contra el artículo 14 de nuestra constitución al discriminar a la mujer por razón de sexo para tareas pastorales y ministeriales reservadas sólo a los hombres. Pero esto es otra historia que sería de gafes querer remover precisamente hoy un día tan señalado y festivo. ¿O tal vez no?

Veo al obispo con toda su emoción contenida, a punto de llorar, cual doncel enamorado por su virgen a la que no puede poseer y por eso la quiere, la desea y la adora. El prelado montado en su catafalco mecánico, poco a poco asciende cual electricista de farolas fundidas bajo un cielo gris e incierto hasta colocarse a la altura de la cabeza descubierta de su Virgen. Con el miedo metido en su cuerpo por fin consigue cubrir su cabeza. Y de pronto pienso en el trasfondo esencial de esta ceremonia: la ancestral necesidad del ser humano por coronar la cima de su paraíso edénico: poseer, conocer estrenar, horadar, recuperar su sombra, el lado perdido, tocar la orilla que no vemos, que intuimos sin saber ni siquiera si existe.

Y en este cúmulo embarullado de deseos, arte, maldades y beldades que en mi interior se cuecen en este día, el Día de la Virgen, trato de desenmascarar mi particular fantasma, convertirlo en algo, en alguien, un proyecto, un amor, una mujer, un hombre, una idea, una cencellada al alba, una verdadera espiritualidad laica frente a una religión profana, mis hijos, cualquier cosa, un roal de limoneros..., para que, luego, cuando llegue la noche pueda dormir tranquilo en la selva de mis miedos e incertidumbres, abismo de inseguridades, libre de los lobos que en la vigilia no cesan de acosarme.

lunes, 4 de diciembre de 2017

Adán expulsado del Paraíso


Igual que los terruños de nieve, endurecidos por el cansancio, se le atragantan a los perros salvajes en su largo caminar por las estepas nevadas, así masticabas tú en aquella mañana tu refrenada lascivia.

La ducha de agua caliente descongeló tu incontinencia. Tres horas antes, con premeditación preparaste el plan. Con tus ojos cerrados, dejaste que el agua tibia corriera de la cabeza a tus pies. Como la mosquitera del chamán hace huir a los espíritus malignos, así el agua de la ducha sacudió de los entresijos de tu alma tus malos humores trasvasándolos en savia de esperma florido. Quiero estar limpio - dijiste-, oler bien, que mi carne esté viva para adentrarse por las oquedades de sus venas, ser fruta en su fuente, astilla en su hendidura, semilla en su vaina, esconder mi barco en la bahía recóndita de su abrigada entrepierna. El agua caliente de la ducha avivó aún más tu deseo. Escanciaste de perfume tu cuerpo, enjugaste bien todos los poros, para que todo el valle de tu piel oliera a brisa azulada, a suave sabor de miel, menta y romero. El gusto y el olor, los afrodisíacos más impulsivos, instintivos y eficaces. Ahora o nunca. Esta era la ocasión. La mejor hora para hacerte el encontradizo con ella.

A pesar del cansancio que traía su cuerpo, tras noches seguidas sin dormir, no notaste en ella el decaimiento, la modorra, el distanciamiento ausente que produce todo esfuerzo sobrellevado por encima de un límite. No sé a quien atribuir la rotura del siseo verbal que, entre vosotros dos, debió brotar. Ahora deberían venir aquí esas metáforas dulces, como el sesgo murmullo de dos periquitos embobados, el suave crujido de un pie descalzo sobre la arena virgen de una playa, el lento entreabrirse de los pétalos de una rosa, la silenciosa caída de una gota de rocío sobre la dura corteza de la piel de un viejo almendro en flor..., pero mi humor no se corresponde en este momento con la subida de tono de vuestro no tan espontáneo encuentro, la cita semi encubierta de dos jóvenes enamorados, que fuerzan la trayectoria de dos astros con órbitas distintas, en la conjunción única de su destino definitivo.
¿Qué haces aquí?
Estoy agotada. Necesito asearme un poco, descansar aunque sea unas horas.
Lo que no recuerdo muy bien es quién de los dos dijo: “Subamos, no nos quedemos aquí parados como dos tontos.”
Perdona, voy un momento al aseo, me siento pegajosa. Mira tú qué pelo, llevo dos días sin poder mirarme en un espejo. Te importa decirme donde tienes las toallas, me ducho y en seguida salgo.
Ya dentro de la ducha, tu oíste el zumbido del calentador del butano, luego el estallido del teléfono del agua sobre la porcelana blanca de la bañera, luego un fuerte suspiro de alivio sofocado.

Una vez que el zumbido del gas y el estallido del agua dejaron de sonar, ella te dijo desde el cuarto de baño:
¿Me puedes preparar un café?
Descuida, estoy en ello –le contestaste solícito.
Limpiaste el café caído en el suelo. Las aceleradas pulsaciones de tu pecho hicieron rodar por el suelo el tarro del azúcar. Sé que estuviste a punto de abandonar la casa de tu soltería, el claustro inmaculado, todavía mancillado por la castrada vergüenza de tu impotencia ante el primer encuentro con una joven mujer.

También ella antes de abrir la puerta del cuarto de aseo se lo pensó dos veces. No me explico cómo una cosa que se desea con tanto ahínco y se prepara con tanto esmero, pudo resultar tan gravosa, sobre todo para ti tan desinhibido. El gran caballo de batalla se entabla ya en el punto de partida, en la elección inicial. Una vez tomada ésta, sólo hay que dejarse llevar.

El aroma del café inundó el apartamento.
¡Qué bien se huele!
Un albornoz azul cobalto cubría al completo todo su cuerpo.
Como ves, he tenido que ponerme tu bata.
No importa.
Sus cabellos caían apretujados como en pequeños haces de trigo verde. Al sentarse, gotas de oro tierno cayeron sobre la bandeja del café. Tú cogiste la servilleta, quisiste limpiarlas, al tiempo que ella haciendo un instantáneo quiebre con su cabeza te lo impidió con gesto amable .....

La virilidad está más en el temor de no ser impotente que en la ostentación de vanagloriarse por serlo. Los dos bien sabíais que follar y amar no eran la misma cosa, aunque teníais claro que lo uno sin lo otro tenía sus inconvenientes.
Tengo el cuerpo engarrotado. Menos mal que la ducha me ha dejado un poco más relajada.
Entendiste sus palabras, o al menos eso creíste, como una clara insinuación a poner algo de tu parte para aliviar su cansancio. Sin poder apenas, con sus dos manos sobre sus hombros, ella empezó como si quisiera automasajearse. Luego, tú, de pié de tras de ella, empezaste suavemente cogiendo sus propias manos a seguir el ritmo por ella iniciado, hasta que poco a poco te dejó hacer. Retiró sus manos. No sabía donde ponerlas, hasta que abiertas las colocó a conciencia sobre sus senos. El suave movimiento oscilatorio de tus manos sobre el lienzo que cubría la tierna frescura de sus hombros transmitiría a su carne ondas de un dulce escalofrío. Al darte cuenta con la suavidad que ella misma, con sus tiernos dedos, se palpaba los pezones por debajo de la bata, sentiste un deseo irresistible de abrazar su cuerpo y apretarlo contra el tuyo para ver la manera de apagar el fuego irresistible que te quemaba por dentro. Ella quiso entonces ayudarte, cogió una de tus manos y te ayudó a que le desabrocharas los dos primeros botones de la bata. Dejaste al desnudo casi toda la parte superior de su aún inexplorado cuerpo. El mismo albornoz te ayudó a ello deslizándose por la propia inercia de su peso. Lentamente, sintiendo en tus manos abiertas la viva carnalidad de su estilizado cuello, tocarías sus orejas como quien con dedos inteligentes sabe distinguir el buen paño. Tú te sorprendiste de pronto al ver a cada lado de su cara dos nidos de apacibles tórtolas azules y blancas. Ella oiría entonces cantar a los pájaros. Se levantó majestuosamente de la silla, sin decir palabra, de espaldas a ti, se quitó la bata por completo, la extendió en el sofá y se dejo caer libre, distendida, colocándose boca abajo. Fue entonces cuando de rodillas frente a su cuerpo desnudo te inclinaste como el fiel más devoto sobre el altar más sagrado. Sólo unas ajustadas y caladas bragas blancas cubrían su pubis como lo hacen los corporales con la sangre de Cristo sobre el cáliz del altar. Empezaste por besar sus pies, venerar sus manos, estrechar su costado, beber del agua de su hendidura virginal. Luego ya todo tu cuerpo en llamas fue el que se arrojó al estanque, se montó en su barca...

Tu cuerpo ajustado como un río a sus riberas, se mantuvo tranquilo, en paz sosegada hasta que los latidos de vuestro corazón llegaron a marcar el mismo paso. Luego ella esperó un tiempo prudencial, y en vista de que tu hora aún no había llegado, quiso modificar el escenario. Se levantó del sofá. No podía quedar a medio lo que con tanta ilusión y con tan buen pie había comenzado. La copa del placer debía ser derramada. Te cogió de las dos manos y, como el abad en procesión hace con la custodia, sin apartar los ojos de tu cuerpo, te condujo al tabernáculo, al sancta sanctorum del dormitorio. A pesar de vuestra prematura ansiedad, los dos disteis pruebas de apacible calma. Ella con madurez inusitada hizo que te sentaras sobre la cama. En la alfombra puso un cojín. Ella, a su vez, se sentó allí, en el suelo. Tus dos piernas caían como cascadas de espuma roja sobre la montaña verde de su cuerpo. Tomó, primero tu pie derecho, lo acomodó con delicado tiento en el vacío de su bajo vientre, tu notarías su palpitación urgente, inclinaste tu cabeza entre sus senos y dos calientes gotas de tu pobre llanto mojaron sus pezones erizados por el deseo. Ella, tan paciente como encendida, probaría ahora con el otro pie sobre el nacimiento de su dulce manantial. Con sus dos manos a la par, empezó a pasártelas armoniosamente por la parte interior de tus muslos. Primero, suavemente, despacio. Tu aparente quietud provocaría entonces en ella movimientos cada vez más rítmicos, más impulsivos. Hubo un momento en que te pusiste de pie, te estiraste como un jinete que a la grupa de su caballo ve próxima su llegada a la meta, pero cuanto más cerca presagiabas tu victoria, veías como el volcán de tu caballo entre tus piernas se apagaba poco a poco.

Luego, todo fue de mal en peor. Todo se vino abajo. Hay montes que se levantan para jugar con las nubes de sus fantasías, pero también hay montes que se allanan para dar paso al caminar de nuestro propio conocimiento, de nuestra limitada impotencia. Entonces ella te diría con ese acento deslucido con el que el ángel expulsara a Adán del Paraíso:
Vete, vete, ¡déjame dormir tranquila, estoy agotada. Tú no tienes la culpa de nada.

lunes, 27 de noviembre de 2017

El conde de los Jerónimos



Tal vez el fundador de Aedificabo fuese hombre de misa y olla. Nombre tan arquitectónico, suculento y cristiano lo tomaría prestado del evangelista Mateo: et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam. Su cometido era dar respuesta a inmobiliarias que precisaban reconvertir terreno rústico en urbanizable. Promotores y arquitectos acudían a Aedificabo para solventar negocios relacionados con la construcción. Esta empresa agilizaba trámites y expedientes con las administraciones públicas, además se ofrecía como intermediaria entre particulares a la hora de comprar y vender propiedades que facilitaran urbanizaciones, como así ocurrió hasta el hartazgo. Ciudadelas, bungalows, residenciales capaces de albergar a los habitantes de la Vía Láctea al completo y parte de la galaxia de Andrómeda pululaban como moscas en verano alrededor de unas parrillas de boquerones a la brasa.

La burbuja inmobiliaria, el boom del ladrillo y la especulación, entre otras prácticas abusivas de aquellos años, se encargaron de dar al traste con muchas de estas constructoras que ennegrecieron cual galipote parte de nuestra mejor geografía allá por la última década del siglo pasado.

En los setenta, muchos escogíamos para vivir zonas excluidas, olvidadas de la administración local. Barrios como el de Las Ranas, el Polígono, San Basilio, Los Rosales y otras Pedanías de Murcia constituían un buen posicionamiento para el cambio político que se avecinaba. De hecho así fue. Las nuevas corporaciones municipales, así como partidos y sindicatos, que surgieron tras la conquista de las libertades formales, se abastecieron de muchos de aquellos líderes, fraguados tanto en la lucha obrera como en el movimiento ciudadano.

Pero no siempre la historia se hace eco de sus sueños. El abandono, el hacinamiento, el desgaste urbano de los barrios en los que vivíamos continuaba haciendo de las suyas. Cuando la mierda se apodera y enquista en ciertas partes de la ciudad, no hay corregidor ni cuarta enmienda que se la quite de encima. La marginación, el trapicheo, la droga y la exclusión social de nuestro entorno contribuyeron aún más a que algunos de nosotros buscáramos sitios más idóneos, menos conflictivos para el vivir cotidiano de nuestros hijos.

Un grupo de amigos, llevados por el deseo de mejorar nuestro hábitat, nos constituimos en cooperativa. Queríamos construir de forma autónoma nuestras propias casas. Buscábamos terreno fuera de la ciudad. Un cielo y tierra nuevos donde asentar nuestros legítimos reales y posaderas. En una de las asamblea de la cooperativa, tres compañeros fuimos elegidos para mantener una entrevista con el dueño de unas parcelas ubicadas en Guadalupe, frente a lo que hoy es la Universidad Católica, la UCAM, cerca del antiguo monasterio de los Jerónimos. El propietario de estas tierras era un conde viejo y temeroso. Estaba dispuesto a vender todos sus latifundios. Presentía este desconfiado terrateniente que con los tiempos de cambio que se avecinaban, cualquier reforma agraria le requisaría sus propiedades. Propiedades, por cierto, de origen incierto, por no decir, no ajustadas a derecho. Los agradecimientos del Dictador a personas, como el conde de los Jerónimos, que financiaron su Rebelión militar y posterior Cruzada, fueron múltiples, caprichosos y arbitrarios. Los Nobles siempre se distinguieron por arrimarse al sol que más calienta.

Mis colegas me advirtieron:
Vístete de traje, que con quienes nos vamos a entrevistar es gente de postín. 
Así pues me acicalé lo mejor que pude. Nunca mi estampa resultó brillante por mucho aliño y pule que yo le diera. Ya puedo esclafarme el mismísimo terno del marido consorte de la reina Isabel… Donde no hay percha, hasta el mejor uniforme del duque de Edimburgo resulta estrafalario, deslucido. Mi figura siempre fue prosaica, anónima, desapercibida. Y ese deseo compensatorio, nunca conseguido, de caer bien a la gente, me convirtió de por vida en una persona introvertida, por no decir, un perdedor vitalicio. La timidez no es buena aliada para hacer negocios del alta monta. Ya de antemano, por mi escasa prestancia, le advertí al resto de mis cofrades que yo no era el más indicado para entrevistarme con un conde. Para este tipo de relaciones, -alegué-, mejor es que nos represente alguien con buena planta y empaque, audaz, empoderado, como se dice hoy día, capaz de llevarse por delante al mismísimo Mario Draghi. Mis amigos eran también unos visionarios. Estaban convencidos que al orgullo nobiliario de condes, duques y monarcas se le abate con la fuerza de la sensatez y la simplicidad. No me valieron excusas.

Antes de dirigirme a las oficinas, lugar de nuestra cita, la sede de Aedificabo, me empleé concienzudamente en el arreglo de mi persona. De ninguna manera quería que mi atuendo o descuido diera al traste con lo que para nosotros suponía un paso decisivo e imprescindible para llevar adelante nuestro propósito como cooperativistas. Pasé betún a mis zapatos, (mis mejores y desgastado zapatos), los que había comparado ocho años atrás, víspera de mi boda, en Villena, ciudad señera por su industria peletera, cueros y cauchos para el calzado. Me vestí los mejores pantalones, los que guardaba en el arca de la abuela con sus rayas bien dobladas para las celebraciones de más alto rango: un concierto, los esponsales de una sobrina, o a la visita cada año por las fiestas de la Inmaculada, nuestra Patrona, al pueblo de Azulada. Además, aun siendo verano, me puse un jerséis fino para disimular las posibles arrugas de la camisa. Me da vergüenza decirlo, pero hasta mi cabeza embadurné con brillantina para estirar hacia atrás mis cabellos y así darle a mi melena un aire más capitalino e interesante.

Desde mi domicilio en el barrio de Los Rosales donde yo vivía en aquel tiempo, al centro de la capital, no se tardaba más de un café. Hay quienes miden las distancias por kilómetros, por luces, pies y hasta por nudos. A mí por aquel entonces de desplazamientos en bicicleta, el tiempo de un sitio a otro dependía de las veces que paraba a tomarme cualquier tentempié en un bar a la orilla de mi trayectoria. Yo no sabía muy bien donde quedaba Aedificabo. Crucé el Puente Viejo, pregunté. Detrás del Cine Rex, -me dijo un guardia urbano con su gorra de ajedrez, que en ese momento dirigía el escaso tráfico por la calle de Alejandro Seiquer. En aquella tarde calurosa de julio, nada más llegar a la Plaza Cetina, di con una antigua casona en cuyo portón vi el membrete de la empresa. Una joven, (tal vez ya estaría avisada), nada más verme, sin yo abrir la boca, me indicó: Entresuelo B-C. Todos, desde el policía, el camarero, blusón huertano del bar La Cosechera, la joven secretaria, delgada, medias oscuras serpenteando sus rodillas torneadas, su sonrisa de protocolo incluida en nómina, falda roja, chaleco negro sobre camisa blanca,... todos amablemente accedieron a mis inquisiciones. Todos, menos el portero que, al ver mi ordinario aspecto, sin más, me indicó el taller de bici de la Plaza de Sta. Gertrudis, contiguo a las oficinas de Aedificabo. Creería que, más que necesitar los honorables consejos de una empresa de alta alcurnia como aquella, lo que yo precisaba en aquel momento, (al ver mis pantalones ceñidos a mis tobillos por esas pinzas que utilizábamos para no enredarnos con los pedales), era un hinchador o un parche para las ruedas de mi bicicleta averiada.

A pesar que la reunión era a las siete, quise retrasarme a posta. No quería causar esa impresión pueblerina de quien coge el coche de línea dos horas antes. Aparentar uno que sus tareas le desbordan, que eres un hombre muy ocupado, te dan cierta relevancia. Todos dirán al verte tan apresurado: Este hombre debe ser muy importante, no tiene tiempo ni para mear.

Cuando la muchacha de las piernas torneadas me abrió la puerta de la sala de juntas, me crecí un montón. Me puse tan contento que ni un cañamón me cabía por el culo. Era la primera vez que mis ojos se iban a refocilar con la presencia de un conde en carne y hueso. A punto estaba de ser cegado por la esplendorosa visión nobiliaria. Al principio quedé un tanto confuso por el ambiente austero de la sala. Todo de pronto se me tornó negro. Al venir yo de la diáfana y luminosa tarde soleada y veraniega, al entrar de repente en aquella habitación, es normal que mi mirada se oscureciera. Allí todo era negro. Negro, el teléfono. Negros e hirsutos los rostros y ropajes de quienes allí estaban cual los varones en el entierro del conde de Orgaz. Negros los sillones. Negro los focos. Negro tupido, las cortinas. Negra la corbata de quien yo supuse sería el conde primogénito. Negros los cristales de sus lentes que no me dejaban ver sus pupilas de sangre azul. Negras también sus molduras que amortiguaban aún más el escaso brillo de unos ojos empecinados por el negro hollín de sus oscuro e improcedente dinero. Me esforcé por ver si el pecho del conde lo cruzaba alguna cinta rojigualda. En mi aturdimiento me fue imposible ver nada. El chaqué negro de quien yo creí sería el conde, por el bastón con empuñadura de plata que descansaba a su lado, tal vez tapara su distinguida banda como noble distinguido con el título de conde de los Jerónimos.

Ni que decir tiene que al ver aquel tétrico escenario, mi entusiasmo de pronto se vino abajo. Nadie se percató de mi presencia. En aquel preciso instante tenía la palabra el conde:
Gracias a Dios, a mí no me falta de nada, pero a mis setenta y dos años, solo espero sacarle una buena tajada de millones a este negocio que aquí nos ha convocado.
Sus palabras me recordaron aquella regla pugilística: el primero que pega tiene la mitad del asalto asegurado. Intenté sentarme en un sillón desocupado, en uno de los extremos de la mesa de palisandro que fríamente nos aglutinaba a todos cual el maderamen de costillas de un barco varado en medio del Ártico. Antes de conseguir tomar asiento, el conde me miró. Yo entendí que como buen aristócrata, este gentilhombre, al darse cuenta de mi presencia, iba a darme la bienvenida. Y de pronto me vine de nuevo arriba. El subidón tan sólo me duró instante, el tiempo que tardé en escuchar de nuevo sus palabras:
Oye, muchacho, -me dijo, confundiéndome con unos de sus lacayos-, ¿por qué no me traes de la Cosechera un Johnnie Walker escocés que me estoy quedando seco?
Por supuesto hice caso al conde. Fuíme rápido al bar de la Cosechera. Me tomé un par de copas a su nombre. Y nunca más en mi vida volví a visitar Aedificabo. Luego supe por mis compañeros que la negociación con el conde fue un fracaso. A la semana siguiente disolvimos la cooperativa.