lunes, 21 de mayo de 2018

Mi robotito de plata




La inteligencia artificial acabará con la humanidad (Elon Musk) 

Aquella mañana apareció publicado en mi muro de Facebook una carta firmada a favor del endurecimiento de la prisión permanente revisable para aquellos que al cruzarse con un perro robotizado no le cedan el paso, o no se quiten el sombrero en señal de acatamiento a la inteligencia artificial de una señora calva bien peinada. Por supuesto que yo no había subido ni compartido nada en las redes relacionado con este asunto que a todo el país tenía intrigado cual si se tratara del chalet de Iglesias y Montero allá en la sierra de Guadarrama.

Aún a pesar de estar o no de acuerdo con la revisión y aumento de estas penas, o que tú o que aquel se compraran en el mar de la tranquilidad de la luna una parcela teledirigida con cables de plata, el sólo hecho de que, sin mi consentimiento, apareciera en los medios esta carta atribuida a mi autoría, bastaba para eliminar dicha entrada. Pero me lo pensé mejor. Decidí mantenerla, pero haciendo saber a mis lectores de Facebook que yo nada tenía que ver con la publicación de dicha carta. Y así pude, aprovechando aquel incidente, despotricar contra esos holding cibernéticos que convierten en chatarra lo poco que queda de intimidad en nuestros circuitos cerebrales.

Lo más revelador, ya no es la utilización que cualquier empresa publicitaria pudo hacer de mis datos personales. Lo más sorprenderte no es que, al expresar en cualquier foro la dificultad que tengo, por ejemplo en el cocinar o en la limpieza de mi cuarto, al momento me lluevan en el móvil ofertas de sartenes de cobre, vitrocerámicas de inducción, aspiradoras o cacerolas de un solo uso.

En mi opinión lo más preocupante de aquel embrollo de la carta injustamente a mí atribuida es hasta qué punto estamos a salvo en este mundo telemático en el que un día (¡muy pronto, ya!), la especie humana será rebasada por el conocimiento robotizado. Somos un archivo más, el pedeefe de una gran computadora manejada por la entendedera artificial al servicio del Gran Hermano de Orwell. Estamos a tan sólo dos pasos de cambiar por completo nuestra naturaleza. Nuestro cerebro, el corazón y las entrañas muy pronto serán piezas impostadas, imprimidas, implementadas, activadas, descargadas por la mano del Computador Absoluto, dueño del universo entero. Y lo que es más, nuestras conductas de hoy, nuestros valores, nuestra filosofía y expectativas, ya no serán las mismas. La moral, la ética, hasta las ideas más universales serán otras. O ningunas.

Así como la configuración de la tierra ha ido cambiando con el paso de los tiempos, también la especie humana. Si pudiésemos ver la cartografía de cómo era la configuración geográfica del planeta hace millones de años, y la comparásemos con su actual configuración, no reconoceríamos nuestro planeta. Todo cambia. Y no a mejor ni a peor. Serán otras las circunstancias. Las que ayer nos decían que la nieve es blanca, mañana nos dirán que la mierda sabe a gloria.

Señores, señoras, no crean ustedes que les hablo de ciencia ficción. Si somos capaces de tener como empleada de casa a una aspiradora de tercera generación, ¿por qué no aceptar que mi actual pareja es esa máquina que un día me compré en Media Markt? Si el ser humano es capaz de enamorarse de una piedra, una medalla, una cruz de madera, que ni escucha ni habla, ¿por qué no enamorarme yo de un robot que piensa, escucha y ama mejor que una persona? Mi actual maquinita querida se anticipa a mis estados de cólera. No se olvida ninguna mañana, por muy mala cara que tenga, de darme los buenos días. Nadie como ella cubre mejor mis necesidades, desde las más básicas a las más espirituales. Si estoy triste, ella sabe con qué canción alegrarme. Si se me olvida el cumpleaños de mi mejor amigo, antes de yo enterarme, ella ya lo ha felicitado en mi nombre. Cuando el índice de mi libido marca su punto justo inaguantable, ella me masajea de tal manera que enseguida soy sobrado de todo aquello que antes me faltaba. Si la temperatura ambiente es menor de 15 grados allí esta ella con su manta eléctrica, si se me olvida la pastillas del colesterol, si no me acuerdo de que hoy es lunes y tengo que ir a la oficina, siempre ella..., siempre ella como una santa...

Pero como no todo lo que reluce es oro, también tengo que decir que ayer, paseando por la competencia de los Centros Comerciales de la Nueva Condomina, entablé ocasionalmente relación con otra máquina inteligente que el encargado de la sección de electrónica amablemente me hizo ver. Ya se sabe de la infalibilidad y cosmovisión de estos artilugios a los que no se les escapa ni una. Pues eso, que al regresar a mi casa me encontré, tras un ataque de celos, a mi robotito de siempre colgado de una viga. Luego yo no tuve más remedio que emparejarme con otra de estas máquinas inteligentes para convertirme en su preferida mascota. Y en esas ahora me encuentro lamiendo los pies de mi nuevo robotito de plata.

jueves, 17 de mayo de 2018

Putos versos





En otros lugares el paisaje es más franco. (Sylvia Plath)

Nunca pudo comprender que a un inspector de policía le gustase la poesía, esa poesía cursi y romantiquera, hecha a base de piropos y pedazos sueltos de frases hueras que tanto a las chicas le disgusta, salvo a esas muchachas tontas que prefieren ser princesas.

Sólo una vez ensimismado vio bajo el brillo de la luna a un guerrillero limpiar su fusil la víspera de ser acribillado por aquel dictador que se bebía la leche de las nodrizas que por las noches violaba.

Nunca pudo comprender que un jefe de prisiones escribiera sonetos enmarañados de rimas a contrapié en el zaguán de la cárcel, esos endecasílabos engolados, hierba seca que ni a los conejos de alimento les vale.

Sólo una vez, allá por la Cuba colonial, vio a un revolucionario, que tanto para contrarios y amigos, en todo momento, granizara o diluviara, rosas blancas cultivaba.

Nunca pudo comprender que aquel joven que acompasaba sus endechas con acordes de guitarra y violín, y que a todo el mundo encandilaba por su voz y su belleza, comandara al mismo tiempo el pelotón de fusilamiento frente a la tapia de un cementerio agujereado por las balas.

El agua no puede ser fuego que arrasa, ni la poesía, dinamita que mata, -se decía.

Hasta que un día, aquel que nunca entendiera que la muerte y el poema fueran huevos de un mismo nido, encontró a su amiga Sylvia Plath asfixiada por el gas con su cabeza metida en el horno de la cocina.


martes, 15 de mayo de 2018

La Editorial







Hace ya más de quince años. Y sigue esperando. Miente, fue tan sólo antes de ayer. Y ya no espera nada. Para el caso es lo mismo. Nada más salir de aquella Editorial, Opekú supo que jamás aceptarían su novela.

Aun sólo faltando dos semanas para la entrada del verano, aquella mañana hacía un frío inusual. En una región, en la que casi siempre es primavera, muy mal le habrían de ir las cosas para tiempo tan desapacible. Además, un viento a rachas y descontrolado espantaba de las terrazas a los guiris que a esas horas acostumbran desayunar paparajotes con chocolate.

La editorial se encuentra en el cogollo de la capital, rodeada de museos, iglesias de estilo barroco, como la de San Juan de Dios, propiedad de la Diputación, la fachada de la Casa Consistorial con sus cuatro columnas estriadas, el Palacio episcopal, la Cocinilla de las hermanas Paúles y las entrañas enterradas de un rey sabio en la Capilla Mayor de una catedral rococó. Todo un espacio atemporal, inmutable, inconmovible. Tan sólo la alegría del aleteo de las palomas sobre las cabezas de Santa Teresa y San Hermenegildo del retablo de la catedral de Santa María rasgaba el velo de la eternidad muerta del casco viejo de la ciudad.

Opekú atravesó la Plaza de la Cruz. Pasó por delante del Colegio Mayor de los Padres Operarios, donde en sus aulas bizantinas él cursara el trívium, el cuadrivium y otras disciplinas veneradas. Justo a continuación, está la Editorial a la que esperanzado dirige sus pasos. Le recibe un joven, sonriente y agradable, rodeado por bardas repletas de enciclopedias, biografías de santos, encíclicas y misales. Su cara le lleva a otros tiempos en los que él también rodeado estuvo de libros sagrados, divinidades y credos.

Si Opekú es hoy aficionado a escribir, se lo debe a aquellos seguidores de Mosén Domingo y Sol, los preceptores de aquella su juventud devota que le castraron las ganas de leer, como a un gato sus órganos genitales. Le acusaban de herético, dándole a ver con el dedo de su ordeno y mando los títulos proscritos en el Índice Prohibido, los mismos libros que él, sin malicia leía, en aquella etapa de sus estudios de Humanidades. Algo bueno tendrán estas novelas –decía entonces Opekú-, cuando no me dejan siquiera echarles un vistazo. Y como se le privó de la lectura, no le quedaba otra, se puso por tanto a escribir.

Entró en la Editorial, ese bodegón de un barco viejo anclado en los bajos de un ancestro caserón. Opekú insinúa al joven con cara de Salzillo la posibilidad de dejarles un manuscrito para su publicación. Hablan del contrato, de la maquetación, de los derechos de autor, de las galeradas, de los trámites a seguir hasta su publicación definitiva. Luego cuando el escritor en ciernes cree zanjado el asunto, el joven muy amable, tras su mesa de palo santo policromada, comenta:
Pero antes debe decirnos el título de su libro, de qué trata, cuál fue su motivo al escribir, por qué ha elegido nuestra editorial…
No le costó enrollarse acerca de contenido de su novela. Casi de corrido el autor se ve sorprendido por sus propias palabras:
He pretendido con esta obra preguntarme por el sentido de la existencia, la inmortalidad, el más allá… “Las Puertas de Plutón”, tal sería el futuro nombre del libro. Una novela en la que su protagonista se cuestiona si tras la muerte nos aguarda otra vida, Y si llamo Puertas de Plutón a esta novela es por aquella entrada mítica al Reino del Hades, habitada por Cíclopes y Moiras. Una historia auto ficción, contada desde la credulidad agnóstica y el escepticismo creyente…
El muchacho, tal vez desconcertado por la contrariedad de las últimas palabras de Opekú, escurrió el bulto:
En este caso, deberá usted hablar con el gerente de nuestra Editorial.
Y al instante le señala a un señor mayor que tras una vidriera de colores pule las letras de oro de un pergamino. El hombre deja su tarea y viene a su encuentro. Lleva el gerente en la solapa de su chaqueta negra una medalla de San Patricio. Le da a atender a Opekú que ya sabe el motivo de su visita.
Serán los de arriba, -exclama alzando sus ojos al techo-, los que después de leer su manuscrito, aprueben su publicación.
Entendió Opekú el adverbio arriba, utilizado por el gerente con cierta unción, como una referencia al Consejo de Redacción de la Editorial tal vez reunido en el entresuelo del edificio, aunque por la expresión mística que vio en su mirada pensó más bien que se refería al mismísimo Espíritu Santo, aquella otra ave de la Gloria de Bernini, el Paráclito, poseedor del don del conocimiento. En todo caso Opekú intuyó que el gerente le aconsejaba que desistiera de su propósito. Y como si estuviera delante de Bukowski, el de quédate con la cerveza, esto es lo que creyó el escritor escuchar: Las bibliotecas del mundo bostezan hasta dormirse.

Aun así, Opekú insistió:
Un libro que se interroga sobre la inmortalidad, ¿acaso no debiera figurar entre las publicaciones de Editorial tan entregada a libros de espiritualidad, apologías y otras sanaciones piadosas?
El gerente, sin más, se retiró a sus menesteres, o sea: se empleó en seguir sacando brillo al oro de las letras de un códice grecolatino. Opekú no pudo seguir hablando de lo que en su cabeza rugía: que si le costaba menos creer que la increencia misma, que no trataba de convertir su increencia en dogma de fe, que si la fe era fe, debería ser atea, iconoclasta, polisémica y cosmopolita, que la fe no era sino un deseo, un salto al vacío, aquel “saber no sabiendo”, que aún a pesar de lo que la Editorial pensara las religiones del mundo tenían para él toda su consideración.

Quedaron por tanto a solas con Opekú el empleado de la Editorial y otro cliente que acababa de llegar. Éste último, al escuchar la proclama del autor de Las Puertas de Plutón, le miró como mira una carpa fuera del agua a quien le da captura. Opekú sacó entonces de su macuto dos copias manuscritas de su libro. Le entregó una al pasmado cliente y, otra al joven empleado de la Editorial. A este último además le dejó también su número de teléfono. Por si un caso, -le dijo.

Pos Data: 
En honor a la verdad, quien esto escribe no quiere pasar por alto el buen trato recibido durante el tiempo que el autor del manuscrito Las Puertas de Plutón permaneció en el despacho de aquella Editorial. Precisamente ese buen trato fue para Opekú la señal más clara de que rechazaban su obra. El que unos señores se desentendieran de tema tan transversal como es la vida y la muerte, asunto al que por oficio y vocación ellos se debían, le escandalizó sobremanera. Aun así sé de buena tinta que si algún día llamaran a Opekú para decirle que su manuscrito goza de su imprimátur, este escritor estaría dispuesto a renunciar a las ganancias por sus derechos de autor con tal de que esta Editorial ante notario le prometiera un cacho de ese cielo suyo que prometen.

sábado, 12 de mayo de 2018

Si mis palabras fuesen uvas





Con motivo de la publicación del libro El otro lado.

A tí, mi agradecido lector:

Un libro puede ser de historia, de información, de estudio, de aventuras o leyendas, pero yo hubiese querido escribir (saber escribir), un libro, no de verdades y conceptos, de memorias y recuerdos, sino un libro que abriera senderos, que mirara a tus ojos, que te hablara en silencio, que curara tu tiempo. No que respondiera a tus preguntas, tampoco que fuese un tratado de ética alguna, pero sí al menos que te diera ánimo para seguir viviendo, que te prestara un poco de esa inmortalidad que añoras. Un libro motor y fuerza, luz y pasos. Un libro que aspirara a ser, más que a decir y decir...

Pero ya ves, mi querido lector que no hay tutía. No hay escritor en el Altiplano, ni zahorí en la Meseta que estrujando una palabra saque agua de sus letras.

¡Ay si mis palabras fuesen uvas, tú serías el mejor vinatero del pueblo! Un libro puede que sea leído por todo el planeta, ser galardonado con la estilográfica de oro del universo entero, pero nunca he visto yo que de sus hojas broten espigas de trigo o flores como las que acabo de ver esta mañana en mi huerta.

miércoles, 9 de mayo de 2018

Dasein categórico cuestionado



Aquel que se perdió en la isla, (sin saber que él mismo era la isla), anda de aquí para allá por trincheras de arena de un mar de eras revueltas de paja y mierda. Hastiado de su extravío, le dice a su sombra desbaratada contra el cristal del agua yerma:
Si en lugar de nacer invierno hubieses nacido primavera bajo un nogal de Castilla… Si en lugar de casarte con la hija del hornero lo hubieses hecho con su pan y con su fuego… Si en lugar de licenciarte en Teoría de la Razón Pura te hubieses doctorado en Nada… Si tal vez hubieses sido aquel jilguero en equilibrio sobre el filo de un horizonte en calma…
Quien hoy vagabundea por una playa desierta, lleno de incertidumbres y estornudos se consuela diciendo que todos llevamos el paso equivocado, que la mujer que tenemos, debió ser la de otro. Y la suya, la de un tercero, aquel que se fue por tabaco y hoy al cabo de veinte años todavía no ha vuelto. Nadie está contento con su suerte.

La vida de este hombre hoy es una cuenta sin saldo, ese espacio, ese tiempo, esa otra geografía aún no conquistada. Y aun así, en caso de que hubiese alcanzado la cima de esa montaña mágica jamás coronada, también se quejaría de su vida, esa piraña que se desgarra a sí misma entre el ser y el tiempo trastocados.
Prefiero ser un fracasado, –se miente a sí mismo-, y no un borrego dichoso de prado en prado de hierba atiborrado. Pude ser Aquiles, pero me tocó ser un vencido por la furia del hijo de Peleo. Formo parte de una estirpe estancada, geoda sin cristalizar, ese huevo metódico de contradicciones cocido, esclafado en mi dubitativa frente perlada y calva.
El hombre, ese vagón de mercancía que perdió un día el tren de su destino. Todo está determinado. Y si no lo está, también. El azar, ese feto, ese tipo heideggeriano. Ya nada es posible después de haber sido engendrado. El Ser, siendo nuestro propio ser, no sido. Mejor olvidar lo que pudimos ser y no somos. Ese dasein filosófico, proyecto y puerta del ser a otra posibilidad, es imposible. Lleva pasando este hombre por la isla de la Gran Vía la tira de años. Y siempre ve al mismo pobre de rodillas con su cartel de su nombre al cuello pidiendo limosna a los rentistas que salen de la Agencia Tributaria. Es nuestro deber, y no el de Dios, liberarnos de las ilusiones y evitar los errores. (Descartes).