viernes, 23 de noviembre de 2007

Coles y lluvia


Lluvia fina en tarde de noviembre. Las perlas del agua se deslizan transparentes sobre las hojas de las coles del huerto, trece rosas rojas.

Si yo fuera pintor cogería ahora mismo el maletín de pinturas y me apoderaría del gris perla que envuelve el camino, detendría la nube y su rocío. Confiscaría para siempre estas coles abiertas, generosas como flores. No dejaría que este instante se llevara el dulce olor a hierba mojada. Con los pinceles sosegados de este momento mezclaría el verde de la hierba y el azul del agua, y conseguiría el ocre quemado de las hojas del nogal, el amarillo cocido de la alfombra de los chopos que iluminan las cataratas del cristalino calizo de un plácido otoño nublado y tímido.

Pero no soy pintor y además me aburren las imitaciones. Dejo mi mirada guardada en el cajón de las postales y voy derecho al reloj que preside el salón. Y recuerdo aquel recreo del colegio de primaria. Siempre la presurosa pitada del maestro con el hacha del aprovechamiento y el deber descoyuntaba la manzana de nuestro juego en su mejor momento.

En un descuido del tutor metí la mano en su chaleco y adelanté una hora su reloj de bolsillo para que nuestro recreo se prolongase eterno. El qué y el cómo de esta travesura que ideamos mi primo y yo, la dejo a vuestra imaginación, que nosotros entonces ya hicimos bastante.

Jugar hoy con el ayer, vestir el ahora con palabras indelebles, resucitar los recuerdos, perpetuar la caricia de esta suave lluvia sobre las coles que planté en recuerdo de las trece mujeres injustamente condenadas y fusiladas por un delito de rebelión contra la dictadura, burlar, escapar del tiempo, corregir los errores de la historia, ahogar sus campanadas es lo que me pide ahora el cuerpo en este líquido atardecer de lluvia lenta.

Me paro ante el reloj de pared, le arranco de cuajo las saetas, las aspas al molino del tiempo que se escapa como el agua. Mañana si hace buen día las pondré al ritmo y a la hora que a mí me dé la gana.