miércoles, 21 de junio de 2017

El tironero de Wissin






Para este hombre, la vida es una ristra de dátiles picoteados y podridos. Un redrojo de uva, al que sólo le queda un maldito orujo. Y esto es lo que hoy reza en la orden del día de la prisión de Antrópolis:
Ahmed Joussef Wanake, 31 años, huérfano, descendiente de esclavos subsaharianos, ciudadano del estado de Pensildraver, será ejecutado esta mañana 24 de febrero del 2011 a las siete y media en punto en esta penitenciaría del Estado.
Joussef, o mejor, Rocket, como lo conocimos por sus pequeñas y centelleantes uñas. Hará unos quince años que empezó de tironero engañando a bobos admiradores de atardeceres pálidos. Robaba casi siempre en uno de los jardines que dan a los malecones de la desembocadura del río Tena, tan sólo a cien metros de donde yo vivo desde siempre con mi mujer y mi hija. Tengo que decir que, durante sus diabluras de ladronzuelo, nunca se le ocurrió estafar a los vecinos. Es más, su presencia por los alrededores del barrio, nos libró, en más de una ocasión, de maleantes y chorizos venidos de fuera.

Los delincuentes, nostálgicos de su quehacer meticuloso, nunca se olvidan de los pormenores de su primer delito. Seguro que Rocket recordará el resuello feliz de sus escapadas, resguardado tras el bello murallón del puente, donde, al trasluz de tardes de sueños y amaneceres, contabilizaba sus estipendios, escasas sisas a confiados turistas, y que luego repartirá con el tullido de su abuelo Wanake, con quien vive en un pequeño tugurio, caridad de la parroquia de san Patricio.

Luego, lo demás, a este pobre infortunado le vino sin querer: la muerte accidentada de aquel niño, tras un insignificante robo en una gasolinera de un cruce de carreteras, a la entrada de Wisin, nuestra bonita ciudad resguardada por su hermosa bahía, sembrada de sabrosas freidurías con sus ricos salmonetes y doradas. El reconfortante clima que aquí se vive, al abrigo de los montes que la protegen, junto con sus casinos y salas de fiestas, convierten esta zona en uno de los lugares más atractivos y frecuentados de toda la costa oriental del país.

En atropellada carrera, aquella mañana Rocket blandía en su mano derecha una afilada navaja, y en la otra, un miserable botín de no más de 35 dólares. Fue un error o una fatalidad que en su alocada huida un estúpido niño se le atravesara como raspa de pescado delante de sus narices. Ni él ya se acuerda, ni nosotros nunca supimos, si aquel pinchazo mortal fue intencionado. Sólo valieron las palabras del imbécil madero que lo atrapó: por fin te agarré, rata asquerosa. Todas las noches antes de coger el sueño en su diminuta celda de la trena de Antrópólis, Rocket se dice a sí mismo:
¡Pero qué importa ya; las cosas son como fueron!
En sus muchos años de cárcel, según me cuenta un funcionario de Antrópolis con el que coincido por las mañanas en el bar donde acostumbro a tomar café, Rocket, ha tenido tiempo para descubrir su vocación perdida: la pintura. Lástima que el paisaje que tiene ahora delante, sea tan escaso, espectral, tan poco sugerente. Pero, dentro, en su corazón, en su mente, se extiende infinito un diáfano horizonte lleno de palomas; las oye zurear por los rincones de todo su cuerpo. Como todos los artistas, él también tiene su manía particular: andar todo el día dibujando palomas, que luego, malhumorado, destruye al instante, porque las muy putas no vuelan.

Rocket le dice al capellán de la cárcel, la única persona con la que de vez en cuando entabla alguna conversación:
No soy muy original que digamos; así como un carnicero sólo piensa en solomillos, o un sordo sueña en estéreo, ¿qué va ha hacer, pater, un prisionero como yo? ¡Pues pintar palomas!
El ya no se acuerda si el sol es de oro, si de su seno caen dorados sus rayos, o si las mujeres liban amores cuando sale la luna ¡Son tantos los años de reclusión! Tampoco, en sus días de libertad, vio ese asombroso rayo verde del sol del que le habla su compañero de celda. Rocket le cuenta ahora al capellán:
¡Ay si yo tuviera la suerte un día de contemplar ese misterioso rayo verde!
El cura trata de explicar a Rocket las causas naturales del rayo verde:
No te engañes, hijo, no hay nada sobrenatural en ese rayo. Y ese efecto embriagador, que tu amigo le atribuye al sol, es sólo es una sublimación anímica y subjetiva de sus deseos de libertad. Se trata, Rocket, de un simple caso de refracción lumínica. Las partículas suspendidas en el aire, la combinación cromática, las nubes, el espectro de las radiaciones ondulatorias del ambiente, el color de las empinadas crestas de las olas del mar, todo eso, combinado con la luz solar, es el rayo verde.
Rocket insiste:
No debe ser un espejismo, cuando mi compañero, después de haber visto el milagroso rayo verde, ya no ansía otra cosa. Henchido para siempre ha quedado de su resplandor. Y las penurias de la cárcel ya no le afectan. ¡Nunca vi yo un hombre tan feliz en medio de tantas cadenas!
Rocket en cambio, cuando se pone a pintar, nunca consigue lo que quiere. Por eso se deshace de todos sus bocetos. El capellán, para animarle, le dice ahora:
Recuerda que tus cuadros son soló figuraciones. La paloma, que te empeñas en pintar, ave es de tu esperanza. Mejor así, que no fruto de la mentira.
Un día camino de las duchas los grilletes le torcieron un tobillo. De regreso a su celda y maldiciendo de dolor, Rocket se pone a pintar como un loco la paloma de su vida, la primera y la última, como él la llama. Pero esa paloma que con tanta fuerza la siente, no se deja atrapar por el enmarañado carbón que él tan finamente le tiende. ¡Mira que la he mirado al detalle! Cada vez que, durante su hora diaria, sale al patio, y ve alguna volar, la guarda dentro de sí. Pero, luego, cuando quiere dejarla sobre el nido del lienzo, no puede; insatisfecho entonces, ladra como un perro hambriento: ¡Eso es lo que es el cielo, una meada de fetos, comadreja inmunda, sin parir nunca mi paloma deseada! Y estrujándola la tira irritado al cubo de la basura.

Rocket para sus cosas, siempre fue puntual como un reloj. Lo sé muy bien, porque desde el balcón de mi casa, cuando de pequeño se dedicaba al tironeo, siempre lo veía actuar de la misma forma, en el mismo momento, justo cuando el sol se ponía allá enfrente de la bahía, donde el mar y la sierra se confunden en un beso. Rocket fue y vino siempre a las mismas horas, siempre las mismas rutinas, los mismos clientes incautos.

Nunca para orientarse precisó de indicador alguno, pero esta noche, víspera de su muerte, el engranaje de su reloj interior se ha encasquillado. No ha dormido apenas. Espera con ahínco el preludio del día. Los carceleros no deben tardar en venir. Y se pregunta: ¿Y si el sol se hubiese perdido en su recorrido, desviándose en busca de otros planetas a los que abrigar, despechado tal vez por terrícolas desagradecidos, preocupados más por ver si hay vida en Marte, que por rematar la de un pobre afroamericano ajusticiado a muerte?

Rocket acaba de ver el dulce aroma del alba ahogado y mustio en el agujero del retrete, junto a sus orines, estancado en la fosa séptica de sus dudas, en la agonía de su ridícula esperanza, en el correr fecal hacia el pozo negro de un despertar fatídico. Su alma es la piedra desgastada de un viejo mechero que ya no prende el encendido de su cuerpo. La descarga, los dos mil voltios que dentro de poco escupirá la silla eléctrica dentro de sus pobres vísceras, los ha olido, los ha visto escondidos debajo de su camastro, embutidos en un pelotón de carne quemada.

Al condenado hoy lo despiertan antes del amanecer. Ver salir el sol ha sido su última voluntad. Ver si es posible la contemplación gozosa del verde milagro. El alcaide de Antrópolis accede, movido por el original gesto poético del recluso. Le han dejado subir a la torre más alta de la penitenciaría. Alumbrado por las linternas de los dos picoletos que lo empanadillan, con sus argollas a rastras, el reo trepa hasta el último tramo de la escalerilla que conduce al repetidor de la emisora del centro. Jirafa altiva, estira su cuello, ahuyenta nubes, pide prestado a los olmos de la avenida más cercana sus empinados ojos. Tan sólo un desvanecido borrador, oscuro, allá a lo lejos. Fracasado cazador sin presa. El sabe que en los sueños es posible que un buscador de setas, el pescador de perlas, un espalda mojada, un sin papeles, un tironero de bolsos, un ratero con suerte, encuentre en el fondo de la bahía, en el escondite de un bosque, entre los escombros de una casa derribada, la tinaja de sus monedas de oro. También sabe, por el capellán, que la fe mueve montañas, que la religión a veces nos regala mentiras consecuentes, tan lógicas, que parecen verdades.

Ahora, en lo alto de la azotea de la cárcel, desesperado de ver que el sol se retrasa más de la cuenta, grita impaciente como bestia herida ante la aquiescencia resignada de sus celadores:
¿Por qué, joven madrugada, tímida mujer estrecha, te cuesta tanto trabajo abrirte de piernas al sol? ¿Hasta cuándo vas a estar ataviada con tu vestido de noche, túnel de ciegos murciélagos incrustados en la pedrería oscura de tus prestadas lentejuelas fluorescentes? ¡Desnuda quisiera verte! Y por ende luminosa. Y que, el nunca visto rayo verde del sol, te montara, te cubriera, te macheara hasta quedar fecunda y llena como la fértil palmera por la inflorescencia invisible de un polvo enriquecido donde una paloma blanca ...
Los guardianes, por respeto, por piedad, o por costumbre, no se atreven a cerrar la boca loca de un reo al que tan sólo le queda una hora para ser ejecutado.

Unas gotas de lluvia se han paralizado a medio caer. Rocket, también calla. Como puede, se empina ansioso como un cohete, y mira por encima del sembrado de antenas que crecen como cruces de cementerio sobre los tejados cercanos. Las manos vacías de un viento suave le acarician la cara. Parece como si las estrellas, esta noche, hubiesen prolongado su permanencia en el cielo. Han detenido su paso; y en lugar de parecer, como todas las noches, tomates negros estampados contra el firmamento, ahora son un dulce rebaño de palomas, paciendo alegres entre los veneros del cielo. Siendo ya alborada, aún se dejan ver humildes y seductoras, más que otras veces, que la excesiva polución luminosa de la gran ciudad las hizo frías, ácidas, irreconocibles y distantes.
¡Ah, si yo fuese el ágil tironero de mis tiempos de Wissin! las atraparía de un plumazo, las escondería en mi seno y, allá, frente al resplandor del agua, resguardado tras el bello murallón del Tena, tranquilo, muy tranquilo, las estrujaría contra las heridas de mi alma, hasta convertirme como ellas en palomas del cielo.
Uno de los guardianes trata de calmarlo en su delirio:
Vamos, Joussef, que el sol ya ha salido.
Rocket, al que tan sólo le quedan diez minutos para la electrocución, arrastra sus pies desilusionado, como santo en procesión de viernes santo, sin haber podido ver el relámpago verde, aquel rayo del que tanto le ha hablado su compañero de celda. ¡Maldito embustero! El viejo gallo de la granja de la penitenciaría, al verle pasar, le brinda su aguerrido quiquiriquí: ¡a tu salud, ajusticiado! En el estanque del pabellón de los funcionarios, las ranas cantan o lloran, no se sabe. El aire mueve o sacude, tampoco se sabe, los jopos de las magnolias del jardín de la residencia del director de la cárcel.

Joussef ya está sentado en la silla eléctrica. Acaban de colocarle el negro capuchón. En la sala de ejecución todos miran el reloj. En su despacho el alcaide recibe frente al ordenador la letal y última disposición del gobernador. Pero, de golpe, todo el sistema eléctrico de la cárcel deja de funcionar.

Fuera de la penitenciaría, ni el mismo Heráclito se creería lo que en estos momentos está pasando. Todas las aguas de los ríos se han detenido. Estados Unidos, Canadá, Italia, medio mundo, se ha quedado a oscuras. Semáforos, trenes, todo el tráfico terrestre, marítimo, de golpe, paralizado. Cadenas de televisión, rotativos, puertas de garajes, aire acondicionados, faros, alarmas de seguridad, aspiradoras, cafeteras, grúas, frigoríficos, ascensores... Todo el mundo quieto como estatuas vivas.

Los fusibles de casi todos los generadores eléctricos del país se han fundido. Y como efecto dominó han hecho la de Dios es Cristo. En el Capitolio los Senadores dicen: tal vez una barra de uranio enriquecido...

Quillas, hélices, turbinas, motores, todo mecanismo que por obra de Edison, a la sazón también inventor de la silla eléctrica, bajo el sol se mueve, ha quedado en suspenso. ¿El gusano Blaster, el rayo verde, la Yihad, Bin Ladhen? ¡Quién sabe! Lo cierto es que la mujer del Presidente hoy no podrá utilizar la regadera eléctrica para rociar el vivero de bombas de racimo que con tanto esmero cultiva su marido en los jardines de la Casa Blanca.

En ese mismo momento, siete y media en punto de la mañana, el funcionario encargado de accionar los interruptores de la silla eléctrica, colocado detrás de Rocket, recibe la señal de dar cumplimiento a la pena de muerte. La sentencia es ejecutada. Joussef aún no sabe, que a esta misma hora, un apagón general de luz, a parte de dejar a 50 millones de personas en la más siniestra oscuridad, ha inutilizado el mecanismo de su mortal ejecución. Su condena se ha cumplido sin llegar a consumarse. Digamos, que Rocket no ha visto el Rayo Verde, pero ha vuelto a nacer.

1 comentario:

  1. Me gusta esta historia, Juan. Imagino que el apagón demoraría su sentencia de muerte. Un abrazo

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