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viernes, 7 de julio de 2017

Madre escarabajo



Hay días que me siento fuertemente motivada. Otros, en cambio, culpable por ser madre. Anoche mismo le dije a mi pequeña:
¿Sabes, hija, que te quiero un montón?
Esta fue su respuesta:
Sí, pero la abuelita dice que quieres que yo me vaya a su casa a vivir para siempre con ella.
Ya sé que es imposible que Melania, con tan sólo seis años, comprenda que lo mejor para las dos es que vivamos separadas.

Su maestra me dijo el otro día que debería dedicarle un poco más de tiempo, que no tengo por qué proyectar mis desgracias en la niña. También me comentó que Melania está rara estos días, que la ve extraña, arisca con las compañeras. Me dice, además, que en sus dibujos se pinta a sí misma siempre tendida en el suelo en medio de un charco de barro. Y cuando le ruega que me dibuje a mí, lo hace de la misma manera, un poco más grande, pero el charco siempre lo pinta de rojo.

No puedo dejar de olvidar los esfuerzos que hice, cuando estaba embarazada, por deshacerme de ella. Subí y bajé escaleras como un gamo, monté en bicicleta como el más veloz escalador de montaña. Llené mi estómago de las comidas más horripilantes. No quería que se repitiera la historia. Cada vez que me paro a mirar a mi hija, me veo a mí misma transportada en su pequeño cuerpecito, ultrajada, tendida en el suelo, en el fango de mi degradación, tras la violación a la que mi padrastro me sometió, nada más tener yo mi primera regla.

Estoy cansada de querer dar y de dar, de emplearme, ocuparme y entregarme siempre por el bien de Melania, sin jamás conseguirlo. El estigma de ser una mala madre me consume. Me paso las noches en vela. Llevo fatal tener una hija. No quiero ser víctima de mi pasado, pero tampoco quiero que mi hija sea el recuerdo vivo de mi propio escarnio.

Con tal de superar el trauma, no rehuyo escarbar en mi herida; pero es tanto el dolor, que no soy capaz de vivir con mi hija. ¿Cómo se puede odiar a lo que más se ama en el mundo? No es la entrega el más puro acto de amor, sino la renuncia. Y como no confío en mis posibilidades, veo también a Melania prisionera de mi propio esquema. El dolor me perjudica, mi pasado enturbia, distorsiona y confunde también a mi hija. Yo soy la responsable que ella se sienta a su vez culpable, impotente y débil como yo. Un círculo vicioso, el pescado que se muerde la cola. O como dijo aquel: Vivimos en un mundo al revés en donde el bueno tiene que ir al psicólogo para aprender a sobrellevar las cosas que hizo el malo.

Según la cultura, el instinto y la razón, las madres deberíamos inmolarnos por el bien de nuestros hijos. Pues bien, yo digo: ¡que se acabó! No quiero convertir a mi hija en el guiñapo que me convertí desde aquel que fui preñada de manera tan indigna y cruel. Y si algún santo alfaqueque quiere resucitar los aspectos místicos y poéticos de una venturosa relación maternal, redimirme o reeducarme, está en su derecho; pero que sepa que no es lo mismo dar de mamar a un bebé, que insuflarles cada día el veneno que una lleva dentro. ¿Desaparecer?  El suicidio podría ser la solución. Pero no soy tan valiente.

Por lo tanto he solicitado cita previa en los Servicios Sociales de la Comunidad para que tramiten la patria potestad de Melania en favor de mi madre, su abuela materna. Prefiero que todo el mundo vaya por ahí diciendo lo pécora que soy, que no ser una madre escarabajo que se alimenta de los despojos de su pobre hija.

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