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viernes, 8 de septiembre de 2017

De la incapacidad de las cosas



En sus cosas el hijo pensaba
mientras madre las prendas tejía
Después de terminar el velillo para ver como quedaba, si no era de su agrado, la madre deshacía por completo el tapete, la colcha, el velillo o lo que entre manos tuviera, y se ponía a hilar, a bordar de nuevo. No le dolían prendas tener que volver a tejer el jersey o el chaleco, cuantas veces hiciera falta. La madre cultivaba toda clase de géneros de punto: el de cruz, la cadeneta, el del diablo, el de la espiga. ¡Había vivido tanto! El hijo ya no sabía, si madre quería terminar lo que cosía, o más bien prefiriera pasar toda la eternidad de aquella manera. ¡Tan feliz y abstraída la veía sentada al caer de la ventana con el ganchillo y la lana!

Cada vez que el hijo regresaba a casa, veía a la madre concentrada en su quehacer penelopiano. A su pies, el canasto de los hilos y madejas. Sobre su halda, un entramado de caminos, desde el alfa hasta la omega, todos conectados entre sí como una red de redes moderna. Parecía una santa, feliz y extasiada en su labor. El tiempo suspendido. La luz inundando de paz la estancia. Y ella, rumiando en su interior la vida, el mundo en su más profundo y beatífico sentido, su Aleph infinito, el punto que contiene todos los puntos. Y si por alguna perentoria razón la madre se veía obligada a dejar por un momento las agujas y el ovillo, a quejarse empezaba de su asma, de la hora, de los separatismos, de los ruidos de la calle, de la envidia, de su difunto marido. El hijo le decía entonces:
No me explico, madre, dejas las agujas, y el curso aburrido de las histéricas estrellas del universo comienza a dar vuelta por la esfera de tu cuerpo de horas, dolores y espasmos.
La única manera que conocía la madre para escapar de la muerte era entregarse a sus hilos y dedales. ¡Y qué engañada que estaba! Murió tejiendo de Turín su sábana.

Hoy, el hijo piensa en lo mismo. A lo largo de su trayectoria acumula en su haber más días y episodios que la Wikipedia entera, pero renglón alguno de sus cosas jamás de agradarle termina. Tal vez por ello de vivir no se cansa. Y así como a la madre convenía estar siempre ocupada en sus costuras para seguir viva, el hijo..., ¡pues igual! Sólo se siente vivo en sus asuntos, aunque bien sabe de la incapacidad que tienen las cosas de darle en el gusto. 

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