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martes, 12 de septiembre de 2017

Pro soterramiento



Esa noche me quedé en casa de mi novia. Mientras ella preparaba algo para picar en la cocina, yo había de pagar por ello con el relato de un cuento para dormir a su pequeña, una niña de apenas cuatro años. Soy un desastre para contar cuentos. Siempre recurro al estereotipo de buenos y malos, dicotomía que heredé de mis abuelos: que si el sacamantecas, Caperucita la dulce, la cigarra y las odiosas hormigas, la cenicienta y sus malvadas hermanastras... Y aún así ajustándome al protocolo de los cuentos tradicionales, cada dos por tres meto la pata. Cuando no confundo al lobo con un bombero pirómano, el príncipe es un borbón buscando farlopa por la Cañada Real.

Así que para no ser corregido por la pequeña, advirtiéndome a cada momento que la mamá cabra no servía copas en un bar de alterne, sino que había ido al bosque a buscar comida para sus cabritillos, me dejé llevar por mi libre inspiración... Y este es el cuento más o menos que le largué a la pequeña:
Érase una vez un tren malo, muy malo, escandalosamente malo; un tren feo, muy feo, escandalosamente feo. Tenía un silbato ronco, muy ronco, escandalosamente ronco, como el de una gallina resfriada tras poner un huevo falluto. Además era mentiroso, muy mentiroso. Decía llamarse Ave. ¿Quién creería a un ave que se arrastra como una culebra y no puede volar? Pero el tren, no tenía la culpa. El tren lo que quería es llevar a los pasajeros a su destino por el mejor camino, sin paso a nivel alguno, sin muro ni barreras, sin espantar a los vecinos, sin asustar a los niños que van a la escuela. La culpa era del maquinista, un conductor malauva que todas las mañanas ponía la máquina en marcha a cielo abierto, por en medio de la calle, en lugar de conducirla por donde dicen y mandan las más elementales normas del sentido común y el buen derrotero...
Al llegar a esta parte de cuento, (yo ya creía que la niña se habría dormido); pero ¡qué va! La pequeña me interrumpió para decirme:
Pero, hombre de Dios, esto de cuento no tiene nada. Eso pasa todos los días junto al paso nivel de Santiago el Mayor, donde vive mi padre. Además el maquinista del cuento, no es uno, son más. Yo los veo muchas veces en la tele.

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