lunes, 9 de octubre de 2017

Los Tetraneutrones




Después de vivir aquel incidente, volvía a recordarlo, y no entendía nada de lo que allí experimenté y sentí. No es que yo hubiera perdido el conocimiento o la memoria. Mis entendederas y recuerdos estaban intactos. Aún así, por mucho que intenté evocar los pormenores de aquel suceso, no lograba captar su sentido. El toro de la realidad de aquel percance puso a los pies de mi capote algo imposible de afrontar.

Si es que pensáis que a donde yo quiero llegar es a ese tópico subliminal, balsámico, a esa frase tan ingenuamente manoseada, de que nada ocurre por casualidad o que todo tiene su explicación, estáis completamente equivocados. Así como en matemáticas existen problemas no resueltos, también en el mundo real acontecen cosas extrañas e inconcebibles.

No vale decir que lo que no tiene definición, no existe. Pues a lo largo de mi vida no hay cosas que más quebraderos de cabeza me han dado que aquellas que no tiene razón alguna ni coexistencia siquiera. No me refiero al acantilado Kuiper o a los Tetraneutrones, esas partículas que, según las leyes de la Física, nunca debieron de existir. Me refiero más bien a comportamientos, en estos días, más próximos a nosotros, y que no es necesario señalar, por aquello de no echar más leña al fuego.

Y no vengo yo tampoco a colmar vuestra curiosidad relatando aquí los pormenores de aquel acontecimiento concreto al que mi obtusa inteligencia me niega el discernimiento. Que conste que no es por mala fe, sino por ser irrelevante, intrascendente o insustancial lo sucedido. A veces la historia es lo de menos. Lo que importa es su enseñanza. ¿O si no, cuántas veces Tiro fue asediada por unos y por otros, por persas y babilonios, por egipcios y macedonios? ¡Y todo fue en vano!

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