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viernes, 8 de septiembre de 2017

De la incapacidad de las cosas



En sus cosas el hijo pensaba
mientras madre las prendas tejía
Después de terminar el velillo para ver como quedaba, si no era de su agrado, la madre deshacía por completo el tapete, la colcha, el velillo o lo que entre manos tuviera, y se ponía a hilar, a bordar de nuevo. No le dolían prendas tener que volver a tejer el jersey o el chaleco, cuantas veces hiciera falta. La madre cultivaba toda clase de géneros de punto: el de cruz, la cadeneta, el del diablo, el de la espiga. ¡Había vivido tanto! El hijo ya no sabía, si madre quería terminar lo que cosía, o más bien prefiriera pasar toda la eternidad de aquella manera. ¡Tan feliz y abstraída la veía sentada al caer de la ventana con el ganchillo y la lana!

Cada vez que el hijo regresaba a casa, veía a la madre concentrada en su quehacer penelopiano. A su pies, el canasto de los hilos y madejas. Sobre su halda, un entramado de caminos, desde el alfa hasta la omega, todos conectados entre sí como una red de redes moderna. Parecía una santa, feliz y extasiada en su labor. El tiempo suspendido. La luz inundando de paz la estancia. Y ella, rumiando en su interior la vida, el mundo en su más profundo y beatífico sentido, su Aleph infinito, el punto que contiene todos los puntos. Y si por alguna perentoria razón la madre se veía obligada a dejar por un momento las agujas y el ovillo, a quejarse empezaba de su asma, de la hora, de los separatismos, de los ruidos de la calle, de la envidia, de su difunto marido. El hijo le decía entonces:
No me explico, madre, dejas las agujas, y el curso aburrido de las histéricas estrellas del universo comienza a dar vuelta por la esfera de tu cuerpo de horas, dolores y espasmos.
La única manera que conocía la madre para escapar de la muerte era entregarse a sus hilos y dedales. ¡Y qué engañada que estaba! Murió tejiendo de Turín su sábana.

Hoy, el hijo piensa en lo mismo. A lo largo de su trayectoria acumula en su haber más días y episodios que la Wikipedia entera, pero renglón alguno de sus cosas jamás de agradarle termina. Tal vez por ello de vivir no se cansa. Y así como a la madre convenía estar siempre ocupada en sus costuras para seguir viva, el hijo..., ¡pues igual! Sólo se siente vivo en sus asuntos, aunque bien sabe de la incapacidad que tienen las cosas de darle en el gusto. 

domingo, 3 de septiembre de 2017

La casa del Niño de Porcelana






Cuando hoy paso por la casa del “Niño Porcelana”, detengo mis pasos con parsimonia y deleite, no como cuando era un crío, que me faltaban pies, por si alguno de sus espíritus moradores me atrapaban en un descuido.

Me paro resuelto delante de su vieja fachada por ver si los sillares, los muros, la cúpula de teja vidriada, los balcones de hierro, los escudos de armas de este caserón aún transpiran susurros de misterio, ruidos de sables, amenazas, estampidas, cerrojos que chirrían, cadenas que zurren, vuelos de fantasmas, abrir y cerrar de baúles y cofres dorados repletos de pólvora y escopetones. Los objetos que desde las rendijas de la carcomida puerta de la entrada imaginaba en su interior, fueron para mis ojos de niño tan inverosímiles e inventados, como reales y ciertos. Quizá las cosas sean más inmunes al olvido, que la misma presencia física de los seres humanos. En los objetos continúan aún atrapados los sentimientos y las palabras de aquellas personas que, aun estando hoy muertas, en su día les dieron vida. Las cosas guardan con fidelidad el calor de las manos que las acariciaron, el odio tóxico del que fueron testigos, el latir exaltado de los corazones que vibraron a su lado, los gestos de quienes en ellos detuvieron sus ojos de terror o de encanto.

Aquellos objetos, reales o imaginarios son el aire que ahora encienden las llamas de mi memoria. Las cosas son como más permeables, más receptivas, se resisten más al olvido que las personas. Será, digo yo, porque sufren menos.

De pequeños, todos hemos deseado con ilusión ser torero, cruzado, aviador o fraile. Mi sueño: haber tenido el valor suficiente de entrar en esta casa y, cual El Guerrero del Antifaz, desenmascarar y acribillar a todos mis miedos allí dentro almacenados. Los secretos arcanos de esta casa, sus cortinas aterciopeladas, sus escaleras labradas, sus enormes luminarias de múltiples velas colgando de la techumbre sostenida por ángeles barrigudos, asexuados, con mofletes de carmín cuarteado, sus jónicas columnas disparando a discreción, tapices vivientes de rica pedrería, baldaquinos, estatuas y capiteles, monedas con efigies de emperadores y tiranos..., alimentaron buena parte de los horrores e insomnios de aquella mi infancia de los años cuarenta.

Mi imaginación, entonces, fue capaz de erigir en tenebroso castillo este caserón que, allá en las postrimerías del siglo XVIII, fuera episcopal residencia de un alto clérigo de Azulada.

Esta mañana necesito recurrir a la catártica contemplación de la mansión de mis espantos infantiles. Antes que el lunes que viene comiencen los albañiles a desescombrar la casa del “Niño de Porcelana”, detengo mi vida delante de esta fachada noble y vieja, señorial y andana, para comprobar si es cierto lo que recuerdo de su temible oscuridad.

Habrá valido la pena si encontrar así pudiera mi niñez asustada. Luego quedaría la otra parte personal de mi observación y búsqueda. Una vez recuperada y constatada la realidad-objeto de mis miedos, sólo bastaría reconstruir y amueblar de nuevo mi casa, pero con mi niño adulto dentro.

viernes, 18 de agosto de 2017

Los niños de siempre



Esta tarde, no quisiera sentirme amargado. Ante la verdad de la muerte quisiera comportarme con la sagacidad epicúrea de un experto catador de vinos. ¿El motivo de mi templanza? La temporalidad. Si eternos fuéramos, seríamos necesarios. Mi existencia, obligada. Inagotable por tanto mi maldición. La prescripción limitada del vivir efímero me obliga a beber con fruición y agradecimiento el néctar de los días contados. 

Cuando de pequeño montaba en la rueda de los caballitos, que por la feria ponían junto a mi calle, en la Placeta de San Cayetano, antes de terminar el pase, nos avisaban con un bocinazo su final dichoso. Era entonces, cuando esta última vuelta mejor me sentaba. Quería conservarla para siempre en mi carne danzante. Era entonces cuando me sentía el niño más feliz de toda la feria. En volandas sobre un caballo alado, daba mi última vuelta alrededor del universo. Con una mano suelta hacía balancear aquellos balones de trapo que colgaban como estrellas de la techumbre de los cristales de colores de aquel tío vivo. Lo bonito era montarme por última vez en aquella rueda de los caballitos.

Ya con la noche entrada, inicio el regreso postrero a la ciudad de Azulada. Al pasar la Cueva del Lagrimal me recibe desde lejos la media naranja iluminada, la estrella polar de mi caminar oscuro. Antes de llegar al pueblo, el Paseo de la Alameda, puerta feraz de la ciudad, romántico fielato de intimidades amorosas, me brinda el mejor paraje para un adiós. La luna asoma su media cabeza por el agujero de una nube. Con ojos de nácar me mira entristecida, para desaparecer al instante. La penumbra de la noche desnuda la timidez soleada de mi descenso.

Al llegar a la casa de mi madre, las farolas de la calle, las mismas que cuando era niño, vuelven a encenderse. Frente a la placeta, la rueda de los caballitos empieza de nuevo a dar vueltas. Pero ya no soy yo el que monta aquel mi caballito de colores galopantes y altaneros. Son otros niños, los niños de siempre.

Nota: Termino de redactar este relato en el mismo momento que me entero que en el atentado de Barcelona hay varios niños muertos. Y ya no sé si es inoportuno, casual o irreverente subir esta entrada a Blao.

domingo, 13 de agosto de 2017

El azul cárdeno del arándano





El cielo, un manto difuminado en distintos tonos de azul: azul diamante, azul fuego, azul para blanquear, azul de la carne, azul cuaresma, azul marino, azul celeste, azul tierra, azul cobalto, un gran bancal de lirios azules plantados en la sementera del cielo. El más dominante, el que se extiende triunfador entre todos los azules: el azul cárdeno del arándano.

La sequedad azulada de un cielo vacío entra por la ventana de la casa de tu madre. Un dolor morado en torrentera se derrama por la habitación, el quejido de un azul pálido de un cuerpo que se va, azul etéreo. Sientes pena de ti, azul de semana santa. Además del azul pasión, está el azul de la nada, el azul violáceo de la muerte. La insubstancialidad azulada de la tarde no es la razón de tu nostalgia. Lo que más te duele, tu azul pálido, es el el azul estéril del arándano mezclado con limón. El azul no molesta, es dócil, relaja, lo utilizan en los hospitales para amainar el dolor.

El azul desata los nudos de las nubes retorcidas, es lienzo del universo, pentagrama inspirado para el compositor, mar gruesa para el pirata, polvos para blanquear la ropa enfandida. La inanidad de este azul insumiso con que se viste la tarde, soporte opaco de tu etéreo e indefinido acento, tono apacible de tu ausencia en contrastes, azul ceniza, azulete de caparrosa, azul ya en desuso y desteñido.
Azulada tiene una iglesia,
la iglesia tiene una cúpula,
la cúpula, media naranja,
pintada de azul a estrías,
que aprietan con franjas blancas,
el corazón de tu madre
y a ti te parten el alma.
Tú ya no sabes si tu madre metaforiza, inventa, memoriza o evoca; pero en sus romances repentizados encuentras el doble sentido, la corazonada instintiva, interpretación de pensamientos azules camuflados con el limón de la infusión de arándanos. El pueblo de Azulada ha escogido como anagrama para su representación comercial, precisamente el curvo interlineado azul y blanco que ahora entra sigiloso, como una serpiente, nada más tú subir la persiana.

A madre le tiemblan las manos por el culebreo azulado de la serpiente que se desliza sigilosa por las dunas de su cuerpo. De pronto se derrama el vaso. La mancha del morado silencio de la infusión de arándano, cae sobre el tapete, se corre en avalancha envolviendo a una mariposa bordada en rojo. La serpiente persigue a la mariposa. La mariposa quiere volar a la aguja de la basílica, a lo más alto del azul del cielo. La serpiente con el dardo azul de su boca atrapa a la mariposa, incapaz de escapar del velillo de la mesa de camilla. Te levantas deprisa para limpiar el tapete. Es tarde. La culebra de un bocado, en un relámpago, engulle a la mariposa.

viernes, 14 de julio de 2017

Por las calles de Azulada




Chimeneas encendidas de producción y consumo emborronan la ladera donde se asientan innumerables plantaciones de fábricas y talleres. El humo negro de sus bocas pinta el cielo con mensajes indescifrables. Este pueblo me aprieta con la presión galopante de sus calles. A cada paso, a cada manzana freno el coche.

A la hora de entrar al trabajo, Azulada se convierte en un embudo. Todo hierve y se amontona, las calles abarrotadas de tráfico, la niñería entera camino de los colegios. El pueblo es un inclinado cuadro cartesiano de innumerables entradas y salidas. Callejones y travesías entrecruzadas en un gran embotellamiento empinado hacia un castillo sin almenas.

Desisto ir al trabajo en la cabra de mi Dyane rojo. Más fácil, andando. Azulada, parece una ciudad en plena reconstrucción tras el arrasamiento de una guerra. A las ocho de la mañana, todos corremos al mismo tiempo, con el mismo empeño, tras la misma presa: nuestro cuerpo en mercancía. Parecemos trashumantes huyendo de cualquier plaga medieval. Hago un esfuerzo por andar tranquilo. Miro las baldosas típicas en forma de pastillas de chocolate. Y me voy diciendo a mí mismo:
Aunque no las recuerdes, estas losetas que pisas, son las mismas por las que, de pequeño, hacías rozar una caña ahuecada, camino de la escuela de D. Miguel Golf. Oías el sonsonete redoblado que tanto gusto...
Las casas del pueblo están en constante remodelación. Levanto la vista y quiero recordar la antigua pared frontal que una excavadora en estos momentos destruye con avidez. Es la casa de los chupamocos. Quedan ya pocas casas de antigua hechura. Casi todas son de nueva remodelación. Allá donde sólo habían postigos por donde salían carros cargados de avíos y desesperanzas, mulas perezosas y mal alimentadas al campo de sus faenas, hoy se suceden en ristras comercios, cocheras: un bazar, una tienda de informática, una agencia inmobiliaria, un pequeño chiringuito todo a cien, hasta un salón de fisioterapia. Nada ya de las fachadas de cal blanca y azul con sus zócalos arrugados y grises. En la calle de mi madre sólo queda sin reconstruir la casa de los lunas. Miro al cielo y me pregunto, si tal vez, este cielo surcado por aires tan rápidos y fríos, hoy es el mismo.

A madre también le hace daño volver la vista atrás. A mi madre le duele recordar sobre mojado, sobre camino andado. Sufre por sus recuerdos. Cuando una persona ha amado mucho a alguien que ha muerto, mejor olvidar, para no seguir sufriendo con su ausencia. A madre no le gusta que le pregunte por su pasado. Para madre el atrás, como el futuro es muerte. Se esfumaron sus besos, las delicias del roce, las canciones y sus risas. Atrás quedaron atardeceres junto al brasero de picón, una juventud entre vendimias y recogidas de aceituna. Ya nunca volverán los olores a levadura fermentada de una artesa sobre la que una manta a cuadros abriga la masa bien masajeada.

Noto que madre no quiere regresar al cuarto hondo de su pasado, a la habitación trasera de la covacha. No quiere remover heridas: las enfermedades de sus hijos, la falta de dineros para acabar la semana, el agravio de no poder ver a su hija que anda por los madriles sirviendo en casa extraña de señoritos. En la caja vacía de puros donde padre guarda las perras no hay para reunir las veinticinco mil pesetas que los lilas le prestaron para poder comprar esta casa. El pasado para madre es un tormento. Por eso no aguanta que mi hermano venga contando historias de antes:
¡Para de hablar. Te inventas la mitad de las cosas, no sabes sino decir tontunas!
A mi hermano le rige estupendamente la memoria. Más me creo lo que él dice, que lo que madre olvidar desea. Mi hermano no para de hablar. Me habla de la casa en que nací como si la estuviera viendo. Me habla de dos árboles que teníamos en el corral, bajo cuya sombra jugábamos a la lima. Sobre dos cuadrados contiguos señalizados en la humedecida tierra, las propiedades de cada uno. Con adiestrado golpe lanzado desde el aire, con nuestros dos pies dentro de nuestro terreno, hincábamos una navaja en el cuadrado del contrincante y según como quedara el sentido de la lima (de carpintero) clavada en tierra, así marcábamos, en esa dirección, una recta que arrebataba al contrario una buena porción de su parte. El perdedor era aquel cuyo terreno era comido gracias a la pericia del adversario, o cuando éste, de tan escaso espacio que le quedaba, ya no podía meter sus pies en tan diminuta propiedad.

Yo apenas recuerdo nada de lo que de niño pudiera pertenecerme: un juguete, una pelota, un patín... Lo que más me duele ya no es, no guardar nada de entonces, sino no conservar el sentimiento de felicidad de aquellos entretenimientos. Es una desgracia nacer ya mayor como un galápago que sale de un huevo sin alas, como el vino sin color, agua seca, azúcar salada, árbol sin tierra. Es triste tener que creerme el recuerdo vacío de una infancia que mi hermano trata de llenar con aquel juego de la lima aquella en forma de navaja que me arrebató la dulzura de aquellos años.

Y es por esto que, ahora, pasado el tiempo, recurro en este blog a acontecimientos apócrifos para redefinirme. Relatos de caricias de madre en noches de altas fiebres para acallar mis sueños de terror. Cuentos oliendo a perfume de su seno, sentir la ternura de sus dedos sobre los remolinos de los pelos de mi cabeza, su mano caliente sobre mi corazón frío. No hay nada peor como sentirse huérfano de sí mismo...

Y escucho a mi hermano con atención por ver si sus palabras me devolvieran aquel mi niño perdido por las calle de Azulada.

martes, 2 de mayo de 2017

Un día cualquiera




Se despierta. Son las seis de la mañana. Siete horas durmiendo. Ya está bien, cuerpo. ¡Arriba! Se incorpora sin molestar a la que duerme a su lado. La mujer se acostó después. El hombre coge a tientas la ropa en un puñado, y termina de vestirse fuera de la habitación, en el baño. Hoy no quiere aparentar dejadez. Además... si vienen sus nietos y sus hijos, quiere estar presentable. Se afeita. Siempre le gustó quedar bien ante la gente. No es nada coqueto, pero guardar las apariencias, forma parte de su talante. Su mujer le dice a veces, bien que te acicalas para los demás, pero para mi, te da lo mismo ir como un adefesio. Antes de tomarse el café que ha dejado preparado en la máquina encendida, sale al porche. Desde aquí contempla la huerta, un trozo de tierra que da a su casa por la cara norte.Tiene plantado tres caballones de patatas, cuatro frutales, dos hileras de tomateras, unos cuantos rosales, una higuera y hierba..., mucha hierba que cortar. Le gusta ver, antes de que salga el sol, cómo el rocío engalana de perlas el rosal de rosas rojas que trepan vistosas por el cañizo que hace de valla entre lo suyo y lo del vecino.

Ya huele el aroma del café que le llama. Entra. Se lo sirve en una taza, siempre en la misma. Al hombre le sabe mejor lo cotidiano, que estrenar cualquier cosa. Los cambios le huelen a política que siempre deja las cosas donde allí estaban. Los de arriba, bien arriba. Los de abajo, aplastados como la grava del camino por donde los encumbrados cipreses crecen con su soberbia por montera. El hombre se siente más seguro en su monotonía consentida. Le añade al café unas gotas de coñac, un Gran Duque de Alba que le regalaron unos sobrinos allá por Navidad. Estamos en Mayo, y la botella no va ni por la mitad. También en la bebida, como en la vida es parco y vulgar este hombre. Un carajillo por la mañana. Y para comer, varios tragos de vino del porrón. Porrones, sí lleva ya sobre su espaldas. Sin ir más lejos, ayer se le rompió el último. Fue a dejarlo en la platera, y el pitorro, ¡zas! se hizo añicos.

Sentado, mientras se toma el café, no deja de mirar por la ventana. Las tomateras ya empiezan a trepar por las cañas que ayer les puso por tenderete. A ellas también les gusta aparentar. Veremos si son valientes e intrépidas, y no les ataca el bicho ese, como el del año pasado. ¡Coño, no me acuerdo de ese hongo que deja a las hojas mustias y cohibidas, arrugadas! Esta mañana el hombre no está para ejercicios de memotecnia. Ya me vendrá el nombre. No comparte aquello que un día dijera Octavio Paz: las cosas son el nombre. De ser así, los tomates, de atacarle ese bicho que ahora no se acuerda, no tendrían remedio. Hay que echarles azufre, pero del amarillo. Dicen que es menos tóxico. El hombre detiene ahora su vista en el nogal que tiende sus brazos verdes al tenue azul del alba. Reina la calma. Los pájaros aún duermen.

Encima de la mesa, Patria de Aramburu. Ante que el fragor del día empiece a rebullir, el hombre echa mano a la novela del escritor de San Sebastián. Se detiene plácidamente en la lectura. No más de una hora. Empieza el jaleo, se rompe la tranquilidad de la alborada. Irrumpe con fuerza el latir de la naturaleza. Viandantes que vienen a trabajar sus tierras, perros que ladran a los niños que hoy salen al aire libre. Es fiesta. Puente largo para los padres, no tienen escuela. Ruidos de tractores. Imposible seguir leyendo esta novela de recuerdos, recuerdos escritos tal como le vienen a los personajes del libro. Los recuerdos, ya se sabe, nos vienen cuando les da la gana, sin orden ni concierto. Unas veces oportunos, otras desacertados. Desagradables, ¡mejor no tenerlos! Allí en el País Vasco hubo un tiempo que todo el mundo andaba disgustado. Unos por una causa. Otros, por otra. La vida de este hombre ordinario no es tan convulsa como la de Bitori o Miren. Dos mujeres que viven la tragedia de Euskal Herria, un drama intestino, contradictorio, que enfrenta a hermanos y amigos por unos ideales, amores imposibles... Al cerrar el libro, este hombre recuerda las palabras del poeta: Que se callen ahora las escuelas y los credos.

Un día le dijo a este hombre, al que a veces le da por escribir, una amiga de vida rica, no en abundancia de bienes materiales. Los justos, los necesarios para cuidar de sus dos hijos pequeños. Pero, sí llena de experiencias, viajes, divorcios, aventuras, inquietudes, desengaños, ilusiones... por sí mismas sobradas para escribir un libro. Esta mujer le dijo: ¡a ver cuándo vas a escribir mis memorias! El hombre cualquiera, aunque eso sí un tanto aficionado a la escritura, le contestó: no hay mejor manera para de verdad conocerse uno bien por dentro y por fuera, que escribirse uno mismo. Y este consejo que este hombre un día le diera a su amiga, es al que ahora se entrega. Quiere verse escrito en esta crónica para así mejor conocerse y reafirmarse.

Luego de escribir hasta lo que aquí cualquiera pudiera leer, este hombre sigue con las tareas simples del día. Cogerá el carretón para transportar los desperdicios acumulados de toda la semana. Vivir fuera del núcleo urbano tiene sus ventajas, pero también sus inconvenientes. No hay alcantarillado. Y los contenedores de la basura están allá en la carretera que va hacia el pueblo más cercano, a más de doscientos metros de donde vive. ¡Ay carajo! Mientras cargado con el carretón hasta los topes va hacia el cruce, recuerda que hoy es Primero de Mayo. Este día siempre tuvo el hombre por costumbre bajar a la ciudad, a la manifestación. ¿Olvido consciente? ¡Tal vez! ¿Desilusión, decepción? ¡Pudiera ser! La rígida institucionalización de las cosas cada vez le atrae menos. El año pasado, ya volvió bajo de ánimo. Las mismas caras de los que viven de la cosa. Los cuatro o cinco nostálgicos de siempre. Estos últimos pensamiento le entristecen, le avergüenzan, (no quiere convertirse en un revisionista amargado). Son más propios de un pequeño burgués acomodado, recluido en su pequeño y rústico tugurio.

El día dará para poco más. Comer, dormir la siesta, limpiar el gallinero, cosas insustanciales, simples, pero que son de la simpleza de este hombre cualquiera, corazón y parte. Antes de dormirse encenderá la radio para salir de su vulgaridad y empatizar un poco con las las luces y sombras de las ondas de la jornada. Por supuesto estas nimiedades de un hombre cualquiera no llenarán los anales de la historia. Siempre, siempre lo mismo, ¡pero qué bueno es poder contarlo!

domingo, 12 de febrero de 2017

El romero de la abuela



Ser en la vida romero
(León Felipe)


El romero mide ya más de metro y medio.

El camino de piedra loca llega hasta el final de las moreras. A su derecha, un ajustado pasadizo se luce con un estrecho jardín donde, bajo la buganvila, crece el orégano ramificado y esparcido en la tierra. En uno de los extremos de este acceso, el más cercano a la barbacoa, el romero respira jovial el fuerte aroma de las flores de una madreselva que a su aire se enreda y se desata en verdes y amarillos por un tendido de alambres y de cañas.

Sentado, tras podar los naranjos, me tomo una cerveza con olivas en el banco de madera que está enfrente del romero. Mientras, lo contemplo y me sorprendo de su frondosidad y hermosura. Cuando lo trasplanté, no daba un duro por un raijo de un palmo apenas. ¡Y ahí está, parece un pincel! Puse el romero pegado a la madreselva, al caer de la ventana de la casa, para apagar los malos olores que pudieran salir del cuarto de baño. Y vuelvo ahora a mirar el romero y me congratulo al verle conversar con la madreselva, rodeado del runrún de un montón de abejas.

Durante las silenciosas horas de la siesta, los dos arbustos intercambian sus aromas como enamorados que de besarse no paran. Los pájaros mientras tanto, en el alero, aplauden con trinos sus arrumacos azules y blancos. Por aquí los pájaros, además de volar y cantar, ponen nidos y huelen a miel de romero y madreselva.

Hará ya más de diez años que puse ahí el romero. Recuerdo que lo traje del cementerio. Este romero tiene historia.

Cuando se acerca el día de todos los santos, acostumbramos a llevar flores a nuestros difuntos. Aquel año cogimos rosas, margaritas, violetas, unos pequeños tallos de espliego y de romero. Ya en el cementerio, en la capilla, donde está enterrada la abuela, metimos el ramo en un jarrón de cristal con agua, y lo pusimos en el centro del suelo de la ermita, al caer de su lápida y las de sus antepasados.

Al año siguiente, fieles a la costumbre de adecentar la capilla, por la festividad de los muertos, volvimos al cementerio. Me sentía feliz. El día era templado y alegre. A pesar del sentimiento de pérdida, que yo vi aquella mañana en las caras de los muchos que se dirigían al nicho de sus muertos, (unos privados de sus hijos, otros de sus maridos, aquellos de sus padres y nosotros de la abuela), noté en ellos también alivio y calma. Jamás hubiese imaginado que la muerte de nuestros antepasados pudiera tranquilizar de manera tan asumida la procesión que cada uno en nuestro interior llevábamos. Y silenciosamente contento limpiaba las cristaleras de la puerta de la ermita. Al pasar la bayeta por el mármol del pequeño altar, al sacudir el polvo de las fotos de los seres queridos, al enjuagar tarros, abrillantar las letras de oro de los nombres de los difuntos allí enterrados, me sentí felizmente unificado con ellos. Y en este afán de limpieza, me encontré a mí mismo purificado, como restituído, enganchado a ese eslabón de una cadena sucesoria del que casi siempre ando falto, desubicado, desarraigado. A nuestros antepasados, estas tareas de adecentamiento, tal vez no les repercutiera en nada; pero estoy convencido que a los que allí estábamos, aquella víspera de todos los santos, nos sentó de maravilla hacer lo que hacíamos. Nos sentimos hermanados a la historia, de tal manera uncidos a ella, que nuestras vidas individuales, sin los que nos habían precedido, jamás tendrían sentido.

Luego de dos horas de faenar adecentando la ermita, tocaba volver a casa. Antes debíamos tirar al contenedor los ramos, las macetas y las flores secas. Fue entonces cuando me sorprendí al ver que los viejos tallos del romero del año anterior habían retallado. Unos hilillos substanciosos y tiernos se dejaban ver en su extremo inferior. Me resistí por tanto a tirarlos a la basura. Así que me traje el romero y lo replanté, (no muy convencido de que rebrotara), ahí donde ahora lo miro y venero.

Me equivoqué. Hoy, después de dos lustros, da gusto ver el romero. Aquel romero que troceado y cortado di por rematado y consumido, lo veo ahora lucido y hermoso. No creo que el renacimiento de este arbusto se deba al año que estuvo sólo y abandonado en la ermita de la difunta abuela, allí velado y acompañado por los huesos sin vida de sus padres y hermanos muertos.

Cuando, aquí en la huerta, nos reunimos la familia junto a la barbacoa alrededor de una paella de arroz, no dejo pensar en la abuela, en la abuela y en esa cadena sucesoria interminable de la vida. Sobre todo, cuando corto unos tallitos de este romero y los echo al agua para condimentar la comida. No soy muy dado a ir más allá de los que mis ojos ven y me dicen. Pero, eso sí, cada vez que repito el ritual de aliñar con romero la paella, me acuerdo de la abuela y le doy las gracias al romero.

No acostumbro a delegar en seres invisibles lo que mis manos no alcanzan. Y cuando mi estado de ánimo me pide montarme alguna película para superar una tragedia, encontrar un objeto perdido, calmar un dolor, soldar una fractura, o encontrar una razón a lo que explicación no encuentro, prefiero agarrarme a un clavo ardiendo, antes que confiar en una fuerza superior y extraña. O lo que es lo mismo, cuando tengo necesidad de Dios, trascender la cotidianidad dolorida, liberar miserias, sentirme perdonado, salgo a la huerta, me acerco al romero de la abuela, acaricio sus tallos, restriego mis dedos por sus hojas dulces y jugosas, luego llevo mis manos a la nariz, huelo su perfume y conservo su aroma en mi memoria. Por supuesto, cada vez que hago esto, no veo a ningún ser sobrenatural ni trascendente, tampoco se me aparece san Judas Tadeo. Tener que acudir a Dios, teniendo delante de mí este romero, sería un pecado.

viernes, 16 de diciembre de 2016

El Niño santo azuladeño




Más bien a esta entrada debería haberla llamado La caja del sueño. Pero encabezamiento tan cursi no terminaba de convencerme. Además, si opté por el de El Niño santo azuladeño, (título con tan poco gancho, y sin venir a cuento con lo que yo soñé, (eso creo y creo mal), fue porque me vino impuesto para el texto de aquel sueño que yo entonces tuviera, y que ahora trato aquí de recordar.

Esa tarde noche, en la Plaza de la Basílica, una multitud entusiasmada bailaba alrededor del belén de don Carmelo Ortín. La voluntad de un sueño, como la de un muerto, es sagrada. Todo sueño por muy estrafalario y alocado que se presente, siempre tiene su sentido.

El sueño era irresistible, se obstinaba por ubicarme en Azulada, la ciudad donde yo había nacido, hacía ya más de sesenta años. Mis escritos calificados con la etiqueta de Azulada, bien podrían llamarse Antimemoria. Azulada no es mi alter ego, es más bien mi anti-yo, mi lado oscuro, ese nombre genérico en el que incluyo todo lo que tiene que ver conmigo: mi infancia, mi pueblo y mi debilidad por el queso frito con tomate: tres realidades en simbiosis redonda con las que me confundo de tal manera que jamás me reconozco en ellas.

Por encima de la penumbra, rota tan sólo por la cetrina luz de cuatro farolas que esquinaban el atrio, la luna se reflejaba en las olas blancas y azules de la media naranja de la iglesia. La cúpula se confundió y se creyó la luna. El frío amarillo de la calle me envolvía con dulzura, protegiéndome de la humedad de la noche. La luna, la noche y la media naranja desaparecieron bajo un mismo brillo dentro del mismo sueño, para encontrarse en el punto donde se dan cita todos los puntos del Universo. Un sueño con todos los sueños dentro, incluido el queso frito con tomate.

El sueño intentaba desnudarme, decirme quien era yo sin conseguirlo. El sueño iba de aquí para allá al ritmo de zambomba y villancicos, irreverente, sin respetar direcciones, saltándose la intimidad y transgrediendo la tradición apostólica:
Una mula endiablada
a mi niño santo
le endilgó una patada
que lo dejó manco.
Y yo lo mismo me veía cantando por bulerías a las lavanderas, al leñador del belén, a las palmeras del desierto, que al momento el sueño me transportaba a Montmartre, La Place du Tertre. Y allí, sin saber pintar, hacía retratos a turistas embobados bajo la nieve. Luego el sueño, entre baile y baile, un sequillo y una copita de vino viejo, me volvía a dejar en el atrio de la Iglesia Nueva de Azulada. Gran parte del sueño la pasé en esta explanada coreando hosannas y aleluyas alrededor del pesebre del Niño azuladeño. Después, el sueño decidió trasladarme por un tiempo a una de las aulas de la universidad de Harvard.

Asistía yo en Cambridge a un máster de Literatura Hispanoamericana. Una joven, en voz baja y al oído, se me acercó, pasó con suma ternura su mano abierta e intencionada por debajo de mi espalda, a la altura de la cintura, ese centro donde los siete puntos cardinales, (sí, siete, como siete son las maravillas infinitas del mundo), confluyen en su indeterminación más imprudente y apasionada. Y me dijo:
Eres lo mejor que me ha pasado. Nadie como tú me ha dicho con sus palabras lo feliz que yo me siento.
La joven creyó que uno de mis escritos, presentado en el Departamento, iba dirigido a ella. Tanto el texto como el nombre de la muchacha respondían al mismo nombre: Adonai. De ahí tal vez su confusión. Con todo, yo, aún así, me tomé sus palabras en serio:
¡Vale, al salir nos vemos, -le dije.
Yo iba con mi prometida. Hay algunos sueños que además de puñeteros, mienten demasiado. Van por libre. Por aquel entonces yo no salía con ninguna muchacha. Y menos, en aquella ocasión, que había quedado con Adonaya. Con todo, mi novia me advirtió:
Mientras tu hablas con tu compañera de máster, yo me acerco a la clínica de santa Teresa. Tengo que recoger unos análisis. Nos vemos donde está el coche. ¡No tardes!
No hay llamada más fuerte que la que un hombre, sin jamás haber oído, escucha a través de una mano de mujer sobre su carne sedienta y analfabeta de amores. Adonaya y yo, al salir de la Facultad nos volvimos a ver.

Recuerdo que yo llevaba un paquete enorme, no pesaba casi nada, pero muy incómodo de transportar. No debía deshacerme de él. Era un misterioso encargo. De su contenido, destinatario y remitente yo nada absolutamente sabía. A cada momento la caja se me caía al suelo. Así era difícil enamorar a nadie. Por si faltaba algo, una amiga se paró a hablar con Adonaya. Les pregunté si sabían donde paraba el Parking metter más cercano. Tan embebidas estaban en su divertida charla que me contestaron con un ignorante corte de hombros. Me sentí de más, vacío y ridículo. Las dejé allí plantadas. Luego, ellas, al verme desorientado subir la calle con la enorme caja de regalo dando tumbos, me imaginé que se reían de mi. No me volví para no acertar en mi sospecha. Durante más de hora y media estuve buscando el coche en vano. Tampoco apareció mi novia. Pasado un tiempo o mil años, (los sueños no cuentan los días) el sueño me retomó de nuevo.

Pasé por las ruinas megalíticas de Stonenhenge, atravesé Rodas, la Anticira con sus treinta y dos ruedas de bronce, contemplé la gran clepsidra de la Torre de los Vientos de Atenas. Acampé a la sombra de un castillo romántico junto a la ribera del Rhin. En Estrasburgo vi como la misma muerte tocaba las horas del reloj de su catedral. En todos estos viajes recuerdo que yo llevaba siempre conmigo la gran caja, envuelta en papel de regalo, un papel azul festoneado de estrellas blancas. En más de una ocasión estuve tentado de deshacerme de la caja, pero como quien se llama Culebra y no puede renunciar de su apellido, ni una sola vez en todo el sueño se me ocurrió desentenderme de tan enigmática caja.

Llegué por fin al centro de una plaza. Un gran fortificación circular arrancaba de su base para culminar en forma de observatorio astronómico allá en un nítido cielo azul. Accedí a su interior. Por una escalerilla de caracol llegué a lo más alto de su lugar geométrico, una cámara ovalada desde la cual puede contemplar toda la ciudad, la Azulada de todos los pueblos: la isla de Pascua, Florencia, París, Rajasthan, el Patio de los Relojes de Madinat al-Zahra... Desde su centro, allá abajo en la plaza, vi también como partían, sin confundirse, todas las avenidas del mundo. En línea recta las calles de todas las urbes del Planeta se dirigían en paralelo, en igualdad de condiciones hacia la diáspora, detrás del monte Arabí, la antípoda del origen, ese lugar donde gentil y judío significan lo mismo.

Luego, le pregunté a uno de los cuatro ángeles que sostenían los puntos cardinales del firmamento:
¿Alguien de vosotros me puede decir qué hago yo ahora con esta caja? La llevo conmigo a lo largo de este sueño que ya se me hace eterno. ¿A quién se la entrego, la tiro, la abro...?
Quien me contestó fue el ángel que iba vestido de amarillo, el que sostenía el Sur:
Tú mismo. Pero yo de tí jamás abriría esta caja. No hay nada peor que abrir una caja de regalo para quedarse sin su sorpresa.

martes, 18 de octubre de 2016

E pur si muove




Aún los veo cabalgando
a lomos de una vieja moto,
despreciando la lluvia y el viento,
mensajeros del alba
y de la primavera,
como dos paladines los recuerdo.
(Juan Abenza)

Alain y Antoine creyeron que el mundo amanecería en aquella vieja estación. Desde el día en que los dos amigos decidieron pasar la noche en un vagón de la vieja gare du Prado, el horizonte de sus vidas quedó señalizado por una gran encrucijada que dividía la tierra en dos partes: la autopista del sol, la A7; o un tren de mercancías. Ambos caminos les llevarían a París. Tanto Antoine como Alain, vivían en Tolón, eran compañeros de liceo. Uno, pensaba graduarse en la Universidad de la Provenza como especialista en Historia de la Medicina. Al otro, a Antoine, le iban los números, los números y el reparto justo. Este último acababa de echar los papeles para matricularse en la Escuela Superior de Ciencias Económicas y Políticas de Nanterre.

Los amigos querían llegar en autoestop hasta las mismas puertas de la Sorbona. Querían conocer a los líderes de aquel movimiento universitario que le había plantado cara al capitalismo. En aquellos primeros días del mes de mayo del 68, su gran deseo era sumarse a las reivindicaciones obreras y estudiantiles que conmovían a toda Francia. Este era el momento, y no otro, en el que sus sueños de paz, justicia y cultura comenzarían a fraguarse. Haber dejado pasar el tren que la historia les ponía en sus manos, sería traicionar a sus conciencias. Nunca se lo perdonarían. Estaban obligados a tomar partido en aquella noble causa. No podían decir que no al dulce fuego de la revolución y el amor que la primavera de sus años jóvenes con pasión y premura les demandaba.

Los apenas 70 kilómetros que separan las ciudades de Tolón y Marsella, le llevaron toda la jornada. El recorrido que va desde La Ciotat hasta Cassis lo hicieron a pie. Nadie les paraba. Menos mal que el dueño de una camioneta, que surtía pescado a los principales hoteles de la Côte d'Azur los llevó hasta Marsella. Bajaron en la misma Place de Pologne, muy cerca de la estación del Prado. El día había sido duro. Los jóvenes estaban muy cansados. Eran ya casi las ocho de la tarde. El sol hacía rato que había dejado de alumbrar las pisadas de su agrietados pies. Antes de que la noche con sus cuchillos negros les cegara su orientación, debían encontrar un refugio. Desde el Boulevard d’Athènes, bajaron hasta la Canaebière para buscar el service de accueil que una buena mujer les había indicado. Por fin encontraron el Hogar de Les petits frères des Pauvres, pero el albergue ya estaba lleno y cerrado.

Entre las rocas del poniente y la parte antigua de la ciudad, el viento oprimía la vasta superficie del mar. La corriente de aire, desplegada en forma de pasillo, azotaba el cuerpo tambaleante de los dos jóvenes. En aquellas condiciones, imposible pasar la noche al raso. Caminaron pues hasta el Vieux Port, por ver si por allí encontraban unos soportales, un rincón bajo el cual cobijarse. Antoine, nada más divisar a lo lejos los herrumbrosos andenes de la estación exclamó satisfecho: 
Allí mismo. Ese no es un mal sitio para pasar la noche.
La verdad es que sí, -respondió Alain
Accedieron al recinto de las naves, una especie de arsenal donde los jóvenes dedujeron que los trenes averiados permanecerían en aquellas vías muertas, olvidados, esperando ser reparados. Al fondo, junto al muro que separa la estación de los altos apartamentos ahumados, estaba también aquella otra hilera arrinconada de vagones en desuso. Para no levantar sospechas, Alain decidió que debían entrar en el último convoy, el más alejado de las dependencias principales. Se quitaron las botas. Extendieron sus cuerpos rendidos sobre las carcomidas tablas del pavimento, colocaron los macutos bajo sus cabezas. Antoine, más resuelto y a la vez confiado, no tenía dificultad en coger el sueño. Por muy adversas y desconocidas que fuesen las condiciones que le rodearan, al momento se dormía como un tronco. A Alain, sin embargo, más fantaseador, aún siendo de carácter tranquilo y comedido, su dormir siempre fue complicado. Le costaba coger el sueño. Más de una hora, estuvo mirando por las ranuras de las tablas del cajón donde estaba tendido. Se entretenía en pensar cosas agradables, por ver si así, relajándose, se quedaba dormido. Ora se veía a sí mismo, como doctor, enrolado en una expedición de ayuda al tercer mundo, ora se imaginaba como miembro de un equipo de investigación tratando en desarrollar una vacuna contra el sida. Y mientras, Alain soñaba despierto, Antoine soñaba dormido haber hallado la fórmula distributiva del Producto Interior Bruto.

De pronto, Alain sintió que el suelo sobre el que estaba tendido, en medio de una algarabía de ruidos chirriantes, comenzaba a desplazarse como una carreta de bueyes por un camino de piedras de rambla. Alarmado traqueteó el cuerpo dormido de Antoine:
Despierta, Antoine, este vagón se mueve. Parece ser que estamos en plena marcha. ¿A dónde nos llevará este trasto?
Antoine con la templanza que a uno le queda, tras ser interrumpido violentamente mientras duerme, le dijo al sobresaltado Alain:
Vaya donde vaya este tren, no te preocupes, de nuestro objetivo no nos apartará. Hacia el mar no creo que se dirija. Así que allá donde nos lleve, más cerca estaremos de nuestro destino.
Han pasado ya más de cuarenta años de esta anécdota. Pues bien, a día de hoy, aquel tren que jugó al despiste con los dos amigos, aún se mueve, como se mueve la tierra alrededor del sol, como sigue moviéndose, a la luz tamizada de los años, aquella vieja-moto de Zaval hacia el jardín de las hespérides o a ese dignus amore locus de Petronio, al que uno siempre va, aunque nunca llegue. Pero, ¿qué más da? En la esperanza está ya la recompensa.



domingo, 14 de agosto de 2016

El rincón de la tranquilidad solitaria




Quantum lenta solent inter viburna cupressi. (Virgilio)

Mido mis días con aquel árbol que hace tres años replanté a principios de setiembre. ¡Tan diminuto...!, que no sabía si era una mata lechera, un ciprés o un pino. Y como había nacido entre cardos y piteras, quise mejorar su hábitat. ¿O tal vez lo cambiara, para así contemplarlo a mi gusto?

Contraviniendo la costumbre de florecer donde somos plantados, con mimo lo saqué de tan insípido erial. A unos treinta metros de la ventana de la casa, hice un hoyo. Lo planté en el ángulo del jardín que da al mediodía, frente a la ventana del salón, donde acostumbro a ver pasar el tiempo que los dioses del ocio me regalan a cada instante.

Lo puse aquí en ese recodo precioso que me resguarda del frío en invierno y me procura fresca brisa en verano. No había nada mejor para un ciprés como aquel pequeño espacio de paz y reposo, ese rincón de la tranquilidad solitaria. Nombre tan apacible se lo puso mi nieta, un día de agosto en que los dos, protegidos por la sonrojada sombra del parral, partíamos almendras, alejados de los murmullos de la casa. Para mí que la niña, con sólo tres años, era incapaz de nombrar de manera tan mística y filosófica dicho lugar, por lo que impulsado por mi meticulosa manía de las palabras, le pregunté:
Dime, pequeña: ¿Y por qué llamas a este sitio rincón de la tranquilidad solitaria?
Ella, al comprobar que yo no entendía el significado de su clarividente expresión, abrió sus ojos como dos flores contrariadas por la indiferencia de los viandantes a su aroma. Y me miró insistentemente, cual un semáforo en ámbar y me dijo:
¡Abuelo, pues porque le da el sol!
Desde entonces, todo el mundo de la casa, amigos y vecinos llaman a este lugar el rincón de la tranquilidad solitaria.

Pero volvamos al ciprés aquel, hace años trasplantado. Antes de cualquier otra cosa, que por necesidad o hábito los humanos nos ocupamos nada más levantarnos, me dirijo al árbol. Si alguien me oyera.., debo parecer un tonto. Doy los buenos días al ciprés. Me detengo en su presencia. Lo miro y remiro por los cuatro costados, como si quisiera notar en él algo distinto. Y en realidad así es. Siempre descubro nuevas hojas, un verde recién nacido. Me sorprende la parte más alta por su frescura, por sus ganas indefinidas de alcanzar las nubes del sol. Y veo que, de su sombra proyectada sobre la tierra, emana un infinito silencio.

Hoy envidio al ciprés. Crece sano. Mido mis fuerzas con él. Y en lugar de alegrarme pensando en que me sobrevivirá aquel que con tanto esmero aboné y regué durante toda mi vida, siento envidia, mucha envidia de que un simple árbol me gane la partida de la existencia. El árbol nota mi malhumor. Y oigo como si me dijera:
¡No me mires con rencores,
mírame como miran los labradores!
Y siento que mis cuidados y desvelos por el árbol han sido hasta ahora un engaño, proyección inútil de mi anhelada e imposible inmortalidad. Conforme veo al ciprés más alto, veo mi muerte más cerca. O como dijo Borges: El árbol de mi muerte era un ciprés. Y ganas me dan de arrancar el árbol de cuajo de este rincón de plácemes y bucolías. De nuevo miro al árbol, y no para de recomerme la envidia. ¡Lo veo tan contento!

El ciprés, los pájaros, mis gallinas y los conejos del tío liebre son más felices que yo. Ellos no saben que tienen que morir.

domingo, 7 de agosto de 2016

Nada vivo tiene remedio



Después de leer El Beso de Chejov, comprendí que la vida es una mala pasada. (Oscuridad radiante)

Antes de cruzarme con el capitán Riabovich, ya sabía yo de uvas agraces y de frutos bellos y exquisitos, letales y venenosos, como el manzanillo de arena, capaz de causar la muerte a todo aquel que confiado bajo sus hojas se cobija.

Debido a nuestra maniquea y connatural esencia, nos percatamos del bien y del mal, como elementos inseparables de una misma situación, relato o experiencia. Siempre en conflictividad permanente. Y esta condición dualista me hace sentir la vida también como una buena pasada, un exultante río, cuya desembocadura pudiera ser una quimera, un mar de sombras. Laguna de Estigia. Un frente sin horizonte. Un horizonte sin cenit. Un cénit estrangulado. Un beso a oscuras.

Un beso a oscuras, al menos, es un beso. Nuestro cometido: encontrar y ver esos labios, esa dulce cara, esos brazos cariñosos, ese aroma misterioso y distinguido, por ser a la vez inviolable y desconocido. Aunque de antemano, tras el viaje, no me figuro ningún paisaje en perspectiva, ninguna reserva de hotel en ciudad celestial e ignota.

Pero de ahí, a desatarme en furia, convertirme en látigo, esclavo, desazón, o en grito, cual un Prometeo encadenado, de eso, ¡ni hablar! Pues como dijo Roberto Bolaño:
El mundo está vivo y nada vivo tiene remedio y ésa es nuestra suerte.

lunes, 4 de julio de 2016

Las flores del don pedro





(A raíz de un comentario al Principito de Saint-Exupéry)

No es lo mismo leer por ejemplo Es tan misterioso el país de las lágrimas, junto a tu pareja después de haber hecho el amor, que descubrir esta frase cuando el hambre te atormenta, no tienes nada que llevarte al corazón, o estás completamente solo en medio de la marabunta.

Consumidas las soflamas subidas del alma y apagado el sonoro crepitar de las flores del don pedro, cualquier lectura teñida de nostalgia nos hace caer en un profundo pozo de tristeza, en medio del desierto, y a los pies del motor averiado y chamuscado de nuestro cuerpo. Creo a veces que con los años, con los traqueteos y lecciones de la vida, con mis aciertos y fracasos estoy en la cima de la historia dorada de la vida.

Y heme aquí de nuevo con el motor de mi orgullo tragando tierra. Aún no he abandonado La Vanidad, ese segundo planeta, ese mueble inútil con el que a diario decoro mi diminuta casa. Si a alguien se le ocurriera visitarme, se sorprendería de mi estupidez amueblando mis interiores con cosas tan inútiles. Pues al lugar donde me llevan mis pasos, como dice el propio Principito: Es demasiado lejos y no puedo llevar este cuerpo que pesa demasiado.

jueves, 16 de junio de 2016

No te mientas a ti mismo




Después de haber leído No te mientas a tí mismo, Opekú se sorprendió, al comprobar que nada de lo allí escrito, se parecía a lo que él tenía pensado para La burra de Balaam, una revista de humanidades de la que él era asiduo colaborador. ¿Cómo fui capaz de escribir semejantes estupideces, más propias del peor de los Coelhos tras su peculiar camino de Santiago?

Lamentándose por haberse dejado llevar por su irreflexiva ligereza, reescribió de nuevo el artículo. Opekú añadió al texto corregido una nota subrayada en verde fluorescente que decía:
Las palabras a veces me llevan por senderos que repudio. Y es tanta su explosión y virulencia, que a veces no sólo a mí me escandalizan, sino que pueden llegar a herir las creencias de venerables y apóstatas.
Y al enterarse Opekú que yo era uno sus lectores más escrupulosos y timoratos, tuvo a bien comunicarme las contradicciones en las que a veces se veía al redactar sus escritos. Esta vez, -me decía-, antes de que las palabras salieran de mi pluma, he procurado, amigo lector, traspasarlas por mi conciencia. Pero aún así, no sé si he logrado ser sincero conmigo mismo.

Y esta fue la misiva que recibí de Opekú de la que me siento muy honrado por su confidencialidad y franqueza:
Regreso yo también, caído del caballo de Damasco, por los mismos caminos de vuelta. Y voy dando tumbos desde mi ateísmo primigenio a la religiosidad otrora de mi maternal infancia.

La muerte me acerca a los Castillos de Kafka, a las Moradas de santa Teresa, al Minotauro del El Laberinto, a los postulados insolubles, esos argumentos infumables y enigmáticos que a la Esfinge de la Inteligencia siempre le estarán vedados. ¿O tal vez su evidencia los convierta en irrebatibles?

Y así, en tan sólo transcurrir unos minutos, puedo llegar a ser tan versátil y diferente, que logro ser llanto y risa, sequedad y lluvia. Lo mismo levanto los puños como un venado en plena berrea, que agacho el cuello como una gallina hipnotizada. Y tan distinto me siento, que no me reconozco. Y ni siquiera conciencia tengo de mentirme a mí mismo, por haber sido, unas veces, monje: otras, libertino; otras, terrateniente y okupa, creyente y anarquista, desahuciado y banquero. Y lo mismo aplaudo a Oswaldo Reynoso, cuando dice que declararse agnóstico es una cagada, (lo más sincero sería llamarse ateo), que me decanto por las palabras de Dostovski: veo el sol, y si no lo veo, sé que brilla.

Con los años, la altivez de mi mente se desmorona, se recluye y me abandona. Mis neuronas ya no se renuevan ni encienden. Y la robustez de mi antigua resistencia se deja llevar por el sentimentalismo. La prístina clarividencia vuelve a su fragilidad natural, innata y misteriosa. Y busca mi corazón tonto los arrumacos y cariñitos de cualquier cosa, con tal de endulzar esta amargura y el sin sentido de las postrimerías que (más pronto que tarde) me sumergirán a las Lagunas de Estigia.

Después de acabar de leer la carta de Opekú, volví a mirar dentro del sobre, una manía que tengo de buscar donde ya sé que no hay nada. Y allí, en un post-it, encontré esta última anotación:
Tal vez, dentro de la psicología de la vejez, haya que destacar como nota distintiva, la religiosidad como complemento y compensación al desengaño, la frustración y la experiencia. La loca razón de la creencia. O con las mismas palabras de aquel otro escritor que dijera: "Credo, pero no sé en qué".

miércoles, 8 de junio de 2016

Te tienes a ti





Arrojado violentamente de mí casa por no sé qué furias, me dirigí a ese lugar donde todos nos encaminamos, cuando no tenemos ningún sitio en el que refugiarnos. Y llegué a esta gran explanada desde donde Murcia, al fondo, en la distancia, se divisa rendida como un lienzo, cual otra Breda de Velázquez, desparramada entre los azules y el verde. Y absorbido fui por el túnel de luz que brota de la sombra de este suntuoso recinto a donde precisamente yo no iba, aquella mañana de un lunes ácido, camino de no sé donde.

De aquí para atrás, cada vez que me sentí desilusionado, aburrido, triste, o perdido, siempre tuve un rincón donde meterme, un hogar, un nido donde calentar los huevos de mi gélido desaliento.

Pero ahora, a mis años, ni la casa de mi madre, ni la de mi abuela, ni los brazos de aquella amiga con quien yo dulcemente me desahogaba, están ahí para darme el aliento. Desaparecieron. A todos ellos se los llevó la nada. Se convirtieron en almorranas, privación, polvo y olvido.

Antes siempre tuve al alcance mi juventud animosa, aquel manantial incesable de planes, viajes y sueños. E incluso, este monte perdido sobre cuya frondosidad tendido yo lavaba la mugre de mis días nefastos, arrasado también ha sido por el tiempo ladrón y asesino. Ni el aroma de sus pinos quemados por la frustración y el desengaño, ni la fresca y jugosa soledad de ayer, ni el gris ceniza de este suelo calcinado por la incredulidad y el sinsentido de un realismo sin sustancia y adocenado, son ya alivio y regazo para mi cuerpo calloso y, como la ciudad, también rendido.

Y cuando más desconsolado y solo yo estaba, delante de la vega aquella, pintada de azules y verdes por las aguas del Segura, viniste tú, precisamente la menos indicada, a decirme:
Te tienes a ti, ¡que no es poco!


domingo, 5 de junio de 2016

El cobijo




Desaparecer, pasar inadvertido, para no estorbar y que no me estorben, y resultar luego, de tanto irme, ser quien no soy, y de mi mismo una aguja perdida en un pajar que ni siquiera es mio. (Opekú)

Salí aquella mañana por el carril bici, ese camino verde asfaltado, que circula por donde antaño corriera el chicharra, el tren traqueteado y lento de mi mocosa infancia. Un parque en paralelo pedaleaba a mi vera. Todos los de por aquí conocen este sitio como el cobijo: un ajardinado espacio de toboganes, balancines y caballitos de muelles fijos. No falta el clásico quiosco de chuches y golosinas.

Alrededor de un ovalado estanque, niños serpentean dibujando su juguetona sombra sobre las aguas mansas. En equilibrio, hacen huir sus cuerpos, pajarillos acróbatas, para que no caigan al fondo. Paré a refrescar mi fatiga, a beber agua de la Fuente del Mirlo. Me asomé, también yo a la balsa, pero sin jugar con mi sombra, es muy pesada, no fuera que la perdiera abajo entre el musgo y la hojarasca.

Y de pronto, como reclutado para una batalla, descubro, entre siete cubos salientes de acero corten, un enfurecido cañón apuntando a lo alto. Esto debe ser una obra de ingeniería en honor a la victoria de un gran rey, según se desprende de la diminuta frase calada que leo en su peana: Exultet: et pro tanti Regis victoria. Llevado por la curiosidad, busco la entrada a este inexpugnable carro de combate parecido a un búnker. Atravieso una puerta de cristal enmarcado con una cruz de madera que me da la bendición a modo de bienvenida. En el ático, un hombre de forzado porte amable, me sonríe con su dentadura postiza. Lo noto en la frialdad de sus dientes protésicos. Me da, espléndido, una tarjeta con un número, como quien reparte boletos para visitar el cielo de balde.

Dentro estoy ya de este gran cajón contemporáneo. Parece un museo, una pinacoteca vacía de colores. Sólo el blanco se cuela del exterior por unos rectángulos de un metro en vertical por veinticinco centímetros de base. Catorce llagas de luz sobre sus paredes laterales. Un zócalo de mármol negro de dos metros de altura festonea a lo largo las heridas de la luz. En frente, los siete cubos alocados, que antes viera por fuera, ahora cóncavos e invertidos: siete soles alambicados agujereando un escenario a modo de presbiterio. El lugar es fresco. Una escultura gigante, simulando ser de papiroflexia, sobresale de la pared como si se sujetara en la nada de un retablo impoluto. Su cara me suena a un sueño que tuve de niño, cuando dormía en casa de mis abuelos. Es la misma imagen de la persona que se me apareció aquella noche a los pies de la cama. A lo largo de mi dilatada vida aún no he conseguido poner nombre a dicho rostro.

Tan extraño me veo en este lugar, que no me reconozco a mi mismo. La platea poblada de bancos también vacíos, como la mañana de un domingo, poco a poco va recibiendo en sus asientos a la gente. Por su vestimenta festiva, las sonrisas, el olor a gel de baño y desodorante amañado, parece ser que a donde yo vine no es un lugar común, sino muy singular y señalado. ¿Dios mío ¿dónde me habré metido? El señor, que afuera repartía gratis las entradas, ahora viste de blanco. Perece un tribuno de la antigua Roma, que recibe con el mismo sonreír obligado a los que poco a poco van llegando.

Yo vine aquí sin que nadie me invitara, vine huyendo de mi mismo para encontrarme. Ya lo dijo no sé quien: estoy más presente cuanto más de mí me alejo. El murmullo de los invitados no deja un hueco libre en el aire embrollado. Siempre consideré la escritura el mejor camino para dar conmigo. Una mujer me mira de reojo mientras escribo. Deduzco por su extrañeza como si me dijera:
Buen hombre, ya todo está escrito. No hay nada más que añadir a lo que Jesús el de Palestina un día escribiera con el dedo en el suelo.
Y me muestra el libro que porta a modo de devocionario para confirmar lo que pienso. Me quedo con las ganas de responder a la señora que está sentada a mi lado:
Por cierto, señora, todavía se ha descifrado lo que su maestro un día escribiera en el suelo delante de escribas y fariseos.
La mujer se santigua ahora escandalizada. El aforo ya está al completo. No conozco a nadie. Nadie me conoce. Intentar salir yo ahora sería como un desplante, además de una distracción y alboroto que profanaría liturgia tan concurrida. Y así metido como en un embudo entre esta aglomeración expectante, para no extorsionarme, me hago a la idea de que no existo. Sigo desaparecido desde hace más de una hora que llegué hasta esta tan espectacular edificación.

El recinto, que hasta ahora ha permanecido casi en penumbra, se enciende de golpe por las iluminarias invisibles que destellan sus rayos y lanzadas por detrás de las catorce cruces. La gente, los fieles, los espectadores, los invitados, el rebaño, que yo ya no sé como llamarles, tienden todos sus cabezas hacia el altar, como impulsados por un mismo resorte innato. Desde unos altavoces invisibles, escucho:
¡Guarden silencio, por favor, el sorteo está a punto de comenzar! 
El murmullo se convierte ahora en un ¡aaahhh! bobalicón y confiado, para ir menguando en un callado suspiro. Un estallido de móviles flamean sus disparos para inmortalizar y dar fe de este relamido instante.

La misma voz, que hace poco llamaba al silencio, desde el ambón situado a la derecha del plató, se deja de nuevo oír ante la expectación de todos:
El número premiado ha sido...
La mujer que está a mi lado, la del libro de oraciones, me da un suave codazo de complicidad. Se levanta exultante. Y exclama en voz alta para que todos la oigan:
¡Bingo, Bingo. Lo tengo. Me ha tocado!

sábado, 12 de marzo de 2016

Entre lo fantástico y lo normal







Desde aquellos años de estudio en que su tutor le aconsejara que debía ir al psicólogo, en más de una ocasión el viejo alumno se ha dicho si acaso el profesor aquel no estuviera en lo cierto, y anduviera el joven, hoy ya mayor, falto un poco de cordura. O tal vez no.

El discípulo no es que ocasionara conflicto alguno entre sus compañeros y superiores, quebrantara el reglamento, o tuviera cualquier otro altercado que motivara su expulsión del centro; al contrario, su trato era respetuoso. Eso sí: parco, un tanto huraño, y no muy dado a la palabrería. Al estudiante le cansaba el lenguaje. No sabemos si ya de joven padeciera problemas de audición o autismo que le hicieran sentir aversión al mundo oral, conversaciones que le pudieran resultar un tanto ininteligibles y onerosas.

Nuestro sujeto, más que solazarse en las tertulias y juegos que sus amigos siempre tienen en danza, prefiere en los ratos libres y recreos entregarse a la lectura. Todo aquello que tiene que ver con el hablar, le cuesta. Él más bien se entretiene con los personajes de las novelas que lee. En Rojo y Negro de Stenddal se identifica con un contradictorio Julien Sorel rodeado de amores tumultuosos. En Memorias de un loco vive con Flaubert un mundo imaginario a su medida frente a la hipocresía y el formulismo del medio donde la bola del destino lo tiene anclado. Nuestro esquivo protagonista se encuentra solo en un planeta numerosamente habitado. Y en el ensimismamiento de la lectura se siente en cambio a sí mismo como un ser comunicativo en medio de todo el mundo. Frente a la pusilanimidad, el aburrimiento y la simulación puritana de unas costumbres ramplonas, nuestro joven se recrea con el vibrante realismo de Balzac, Emile Zola, Dostieveski, Dickens. Otras veces se refugia en su diario, donde cuenta sus experiencias, resume películas que ve en tardes de pellas, anota impresiones, e incluso se atreve a opinar de lo que no conoce contra todo aquello que le resulta insoportable en aquel rebaño de gente ñoña y acomodaticia. E incluso, para huir de sí mismo, se adentra en su mundo interior y construye otra realidad que le sea más favorable.

Tal vez el tutor, al notar en nuestro sujeto un cierto solipsismo, y para que el muchacho se abra a una relación más fluida y saludable, le diga y amoneste ahora que si su comportamiento huidizo no mejora, el próximo curso no será admitido en aquella institución en la que se prepara, precisamente, para ser un buen comunicador.

Por supuesto nuestro elemento no fue a especialista alguno. En aquel tiempo la psicología como ciencia era poco conocida. Y si en raras ocasiones esta rama del conocimiento terapéutico era esgrimida contra algunos jóvenes díscolos que rompían el canon de la normalidad, el único motivo de rectores y profesores que la proponían, era mantener a la tropa bien alineada. La discordancia, la divergencia y el espíritu crítico eran desacatos a la Regla.
Obedientia tutior. El que obedece no se equivoca -le dice el tutor arriba mencionado, señalando con el dedo índice de su mano maestra a la mente del discípulo cabizbajo. 
Cuidar la salud mental -como se dice hoy- era un lujo al alcance de pocos, y menos de nuestro sujeto, hijo de padres que apenas el sueldo llegaba para sacar adelante a la chiquillería de hermanos que allá habían quedado en el pueblo esperando el favor de alguna otra mujer rica y devota como la viuda de Codorniu quien a este pobre fámulo le había caído en suerte favoreciéndole con generosos estipendios.

El estudiante aquel de los años atrás, tildado entonces por sus superiores de sujeto un tanto anormal y diferente, hoy agradece las palabras de Samanta Schweblin:
Tal vez vivimos en el espacio de lo fantástico y de la anormalidad. Yo trato de buscar alguna normalidad. Me interesa el concepto de normalidad, pero, la normalidad para mi, es un punto inexistente. En cada individuo, hay un oscilar entre el aislamiento y el relacionamiento, entre la locura y lo normal, entre lo real y lo irreal.

jueves, 10 de marzo de 2016

Corintios 2:9




Nunca antes oí la voz humana y cualquier sonido extraño y nuevo que se entrometa con el silencio solemne de estas soledades ensoñadas me ofende el oído y parece una nota en falso. (El diario de Adán y Eva. Mark Twain)

Aquellos que dijeron que ella estaba mal, tullida y sorda como una tapia o embobada, estaban equivocados. También dijeron que su amigo, con la edad se había convertido en un caracol misántropo. Más viejos, ariscos y desmemoriados ellos estaban que la piedra que matara a Goliat. Todos estaban ciegos y sordos a la nueva realidad en la que ella a gusto estaba, en el terruño que el destino y la jubilación por sinfonía le deparara.

Ella quería contarle a su amigo no sé que cosa. Y como tenía dificultad en desplazarse, unos parientes la llevaron a casa del amigo. Tal vez ese algo que ella quería decirle a su amigo fuese un pretexto. Verle quería tan sólo, antes de que la mácula del tiempo, yunque de ensordecedores silencios, emborronara y quebrara aquel tiempo feliz que a los dos la música y el trabajo los uniera. Se vieron.

En la entrada de la casa del amigo, en un viejo artilugio de madera aún cuelgan aquellas palabras que años atrás ella le regalara:
No tanques la porta
No rodes la clau
No pases el forrellat
Ni la balda
Y la caden a... per terra
per a qui entre qui vulga
per a viure y conviure
Desde entonces el amigo llama alarma a la tabla que labrara con las frases, el pasador y las llaves que ella le diera aquel día. Si no quieres que te quiten nada, compártelo todo. También guarda este amigo el manuscrito que los dos transcribieran: un repertorio de canciones infantiles recogido de la tradición, del recuerdo de padres y abuelos, y rescatado así mismo de la boca de unos niños como gorriones sobre la flor de la avena. Libro al que titularon A la pitiflor, otra manera de hacer saber a los maestros que la letra con música entra.

Ella está sorda, lo mismo que su amigo. Pero los dos se oyen de maravilla. Y lo que es más, se entienden y se sienten.

Le cuenta ella ahora al amigo que la otra tarde, en la misma ambulancia que junto con otros pacientes regresaba a su domicilio, después de haber estado cuatro horas conectada a la máquina que le limpia los riñones, quedó completamente feliz:
Escuché una música jamás oída. Era tan bonica que no pude ocultar mi alegría ante los compañeros. Por su gesto extraño advertí que ellos no oían nada. Y viniendo como venía la melodía del exterior recreándolo todo, dejé de mostrar satisfacción alguna para no ser considerada como una tonta. 
El amigo, al ver a ella absorbida por la dulzura de aquellas notas, le insiste que trate ahora de tatarear, de definir, de recordar, pon nombre al menos -le dice- a lo que tan sublime oíste para poder yo así también deleitarme. Ella sólo acierta a decir al amigo:
Cosas que jamás oído alguno oyera.

jueves, 25 de febrero de 2016

Matar a Prometeo



Hubo un tiempo,
en el que rechazaba a mi prójimo
si su fe no era la mía.
Ahora mi corazón es capaz
de adoptar todas las formas:
es un prado para las gacelas
y un claustro para los monjes cristianos,
templo para los ídolos
y la Kaaba para los peregrinos,
es recipiente para las tablas de la Torá
y los versos del Corán.
Porque mi religión es el Amor.
Da igual a dónde vaya la caravana del amor,
su camino es la senda de mi fe.
          ( Ibn Arabi. Poeta, místico sufí)


En el coloquio final de un acto público, Islam, ¿Paz o Violencia?, celebrado ayer por el Ateneo de Molina de Segura, un interviniente se presentó como no cristiano. Vivimos tiempos en los que el mundo para existir ya no precisa de Dios. De acuerdo con los actuales logros de la ciencia, tal vez al interviniente, delante de tanta gente entendida que llenaba el aforo, le pareciera poco racional y científico, llamarse cristiano. Pero sé por él mismo, que su confesión no fue motivada por vergüenza alguna, ni tampoco su pedantería progresista fue la que le llevó a proferir apostasía tan santa. Fue más bien su peculiar sentido de la fe y de la ética el que le hizo decir: yo no soy cristiano, que es lo mismo que si con el poeta musulmán, el murciano Ben Arabí del siglo XII, hubiera dicho: Ahora mi corazón es capaz de adoptar todas las formas.

Y esta mañana cuando el interviniente hace memoria de su profana apología, sus propias palabras le vuelven a venir y le increpan:
¿Acaso alguien puede renegar de la leche con la que de pequeño fue amamantado?
A los de su edad, el cristianismo les marcó a fuego (¡Oh llama de amor viva, / que tiernamente hieres / de mi alma en el más profundo centro.) Con hierros incandescente fueron tatuados, cual adeenes, los lomos de su carne lacerada, como un buey lo es con la divisa de su amo. Tocado fue con el dardo de una cruz en tiempos de nacionalcatolicismos y cristiandades. Luego con los años tomó distancia de su endiosado yomismo. Y metido ya en un mestizaje de civilizaciones y culturas, quiso aprender a salvar, a distinguir, a separar su fe de las 4.200 religiones que pueblan el planeta. Y comprendió que para ser bueno no es necesario ser seguidor de ningún santón ni venerable. Y de acuerdo con las leyes de la ciencia y de la conciencia, de la solidaridad y de la especie humana, contra los mandamientos de la Iglesia y frente a las suras del profeta, se dijo: si acaso no fuera mejor que los hombres aprendiéramos a vivir sin el mito de los dioses.

Según Mujàmmad, 99 son los nombres de Dios. ¿Tantos? Tal vez porque su inefabilidad sea innombrable. Ningún nombre es capaz de definir la Nada, ese Deus abscónditus, ese sitial vacío, la nichts del teólogo, esa barca sin nadie en medio de un mar en calma llena de dudas.

Cuando Dios se convierte en una interferencia en la relación entre los humanos que aún no han superado el aforismo de Plauto: Homo homini lupus, tal vez haya llegado el momento de matar a Prometeo, el recadero de las bondades divinas.

Y al hilo de mitos y misticismos, recuerda ahora el interviniente el pasaje de los Hermanos Karamazov de Dostoievski en los que Kolia, un muchacho, dialoga con Alexis, un monje que ha vivido anteriormente en un monasterio:
 Me han dicho que eres un místico. Pero esto no importa. El contacto con la realidad te curará.
 ¿De qué me he de curar?  -preguntó Alexis un tanto sorprendido.
 Pues te has de curar de Dios y... y de todo eso.
Luego el Debate del acto promovido por el Ateneo de Molina terminaría con un relato de guerras  y confrontaciones intermitentes entre civilizaciones, culturas e intereses que de manera espúrea toman el nombre innombrable de Dios para arrimar el agua a sus sardinas.



sábado, 2 de enero de 2016

Concierto de año nuevo



Me pareció el quince recién consumido un vivir desparejo allá en la edad de piedra: aquellos días en los que los grilletes del calendario, encadenado me retuvieron en el pasado. El tiempo transcurrió sin sustancia, sólo a base de telarañas y recuerdos. El dolor de las horas pesó sobre el presente en un sin vivir vivido. Y así en lugar de haber sembrado panes y estrellas, resplandores y alboradas, transité por el año fenecido, atascado en cada una de las letras de la palabra desterrado. Avancé pues entonces desubicado, más hacia la caverna del ocaso, en vez de regresar a este futuro ajado de un concierto de año nuevo.

Y tras la resaca familiar y agonizante del día anterior, me despertó el impoluto tocado de los músicos de la Filarmónica de Viena. Y en medio de la concurrencia bien comida y complacida, bajo las perlas de la falsa alegría de las luminarias del Musikverein, el oro de los metales, el barnizado de los instrumentos de madera, la manicura estilizada de la joven del arpa, el gris formal de las corbatas de los hombres, el apagado y largo vestir de las mujeres en minoría, la lujosa techumbre, rica en frisos, cariátides y angelitos pintados de lujuria mundanal y etérea, allí me vi tan abrumado por el aroma de orquídeas muertas, que me sentí como un friqui exiliado en otro nuevo año bobalicón, banal y ombligofágico en el que sólo tenían entrada los centum cuadraginta signati guapos de la biblia.

Los timbales, el violín, los bailarines, los manirenitos niños cantores sin pecado concebidos y hasta el bendito director de Maris Jahnsonss me impulsaron a coger la batuta de mi lápiz y dejar aquí constancia de que la música no siempre es la mejor herramienta de futuro, sobre todo si ésta viene, con apariencia de frescura y belleza, de la mano de imaginación tan floral y dulzona como complaciente y descomprometida.

Y fue entonces, cuando una diminuta araña se paró  precisamente en los términos frescura y belleza. El bichito en desacuerdo con ellos empezó a devorar estas dos palabras. Y mientras la araña emborronaba con sus patas la estólida pulcritud de los vocablos, a mi recuerdo vinieron aquellos versos de Antonio M. Figueras en Nadie pierde siempre:
He visto a muchos héroes
pasar las tardes muertas
por el cementerio de Arlington.
Y sólo me conformo
con descansar los ojos
por debajo de la cintura
del tiempo.
Me ocurrió como aquella otra vez cuando, después de morir mis padres, fui a la Azulada donde nací. Y me sentí perdido por las calles de un pueblo tan conocido para mí como ignorado.


viernes, 4 de diciembre de 2015

Apágame los ojos




Y dale con la burra al trigo -decía mi madre cada vez que yo me metía el dedo en la nariz para hurgar y desollinar mis mocos de niño bobo. Y vuelven ahora mis manos a las mismas palabras, a los mismos relamidos mocos: que si el amor, que si la muerte, que si la soledad, las nubes, el mar, las aves, la tierra, el arte, la mujer... Siempre escribo lo mismo. Y es que tal vez no haya otra cosa. O todo sea igual. Y ni siquiera eso.

Aquella mañana de primeros de diciembre, operaban a la hija de mi hermano. Y mientras ella estaba abajo en el quirófano, yo esperaba en la habitación 512 de la ultima planta del hospital. Desde la ventana, mi vista se paseaba por la extensa terraza del edificio de enfrente. La pared de la casa de al lado se extendía hacia arriba unos tres metros en vertical sobre el ras de la azotea. Toda ella pintada de blanco. Formaba un gran rectángulo. Parecía la pantalla iluminada de un cine de verano. El sol, a esas horas tempranas de aquel lunes de invierno, vivaqueaba límpido sobre el encerado de la pared. Mis ojos, de pronto, se detuvieron en una sombra alargada y cilíndrica que jugaba en espiral arremolinada sobre la empinada pantalla de cal blanca. La claridad del día hacía más visible el movimiento ascendente de la sombra con visos de humo. Digo humo, porque al hacer frío, deduje que alguna chimenea encendida sería la causa de aquel reflejo humeante en el que yo me embelesé, mientras esperaba a que subieran a mi sobrina a la habitación. Tiempo estuvieron mis ojos oteando por los tejados próximos, por si descubría la presunta chimenea que me diera explicación de aquella columna de humo proyectado en la que absorto entretenía mi espera. Más de media hora estuve intentando averiguar el origen de aquella sombra. Transcurrido aquel tiempo, la sombra, tal como había venido, desapareció sin presentación ni credencial alguna. Y yo me quedé entonces con la duda de que tal vez aquella sombra tampoco era real.

Sólo una sombra, sin nada detrás o delante, arriba o abajo. El truco del mago: nada por aquí, nada por allá. La escritura tal vez no sea nada sin esa vida exterior de la que se alimenta. Vida y letra si no van unidas son sólo humo. Hasta que, como dice Vicente Huidobro, no logremos hacer florecer la rosa en el poema, estaremos dale que dale a la zambomba de los versos inútiles, de la prosa imposible. Mi verso es un canto fatuo de notas falto. Ni siquiera es humo.

Reza el principio tomista de la existencia: Omne autem quod movetur ab alio movetur, (todo lo que se mueve, movido es por algo). La de tonterías y latinajos que a uno le pueden venir a la cabeza, cuando sin hacer nada, dedica su espera a contemplar un atisbo de humo, olvidándose incluso de lo que espera. Y fue entonces cuando me acordé de aquella sombra perdida que no era de nadie. Por más que le hicieron las pruebas del ADN, y las del carbono 14, no pudieron identificar, ni encajar dicha sombra con ningún objeto creado.

Y ya que hablo de humo, me viene a mi loca cabeza el fuego. El fuego, sí: aquella hoguera de la Biblia que ardiera sin consumirse; y ante la cual ni siquiera Moisés pudo mantener sus ojos abiertos. ¿Para qué Dios mandaría entonces encender aquella hoguera? Y es ahora Rainer María Rilke quien responde:
Apágame los ojos: puedo verte;
ciérrame los oídos: puedo oírte;
y aun sin pies puedo andar en busca tuya,
sin boca, puedo conjurarte.
Ampútame los brazos, y te agarro,
como con una mano, con el corazón mío;
detén mi corazón, y latirá el cerebro;
y si arrojas el fuego en mi cerebro,
te llevaré sobre mi sangre.