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domingo, 23 de julio de 2017

La soledad nunca está sola



La soledad nunca está sola. Yo soy mi soledad. Vivo gracias a ella.

Pobre barquilla mía
entre peñascos rotas,
sin velas, desveladas
y entre las olas solas.
(Lope de Vega)

Otoño de soledades amarillas. Ron Mueck. Y el escalofrío vacío de su Big Man de casi dos metros de altura. La soledad puede que no ocupe lugar, pero esta mañana, su páramo infinito está completamente cubierto de hojas caídas, secas y a merced de un soplo. Y un viento insignificante, invisible arrincona más aún la voluminosa escultura de Mueck contra el ángulo de dos paredes solitarias.

Esta mañana cansado de estar sólo me miro detenidamente en el espejo para hacerme compañía. Non, je ne suis jamais seul avec ma solitude.

La soledad de Lope, la de Mueck como la de Georges Moustaki son de distinto tamaño, pero las tres con su escalofriante vacío rompen la imagen que se refleja en el cristal mientra me afeito.

Dice B. Casares que en la soledad es imposible estar muerto.

La soledad es una mujer encinta preñada del universo. Soledad y conciencia. Soledad y plenitud.

La soledad de las hojas abandonadas del viejo chopo no es triste, está pintada del dulce color de la miel, conocimiento y agradable nostalgia.

No sé quien dijo que la persona se mide por la cantidad de soledad que pueda soportar.

Pero esta mañana un estruendo de soledades a voces rompe el espejo del cuarto de baño, mi animal de compañía, mientras me afeito.

martes, 27 de diciembre de 2016

Nadie ha visto a Dios




Yo jamás he visto a Dios. Un día, hace de esto ya mucho tiempo, pregunté por él. Quería conocerlo de cerca. Sentía necesidad de encontrarme con quien decían que estaba en todas partes. O yo estaba ciego, o a mí me engañaban como a un imbécil. Seguir vivo y no tropezarme con él, me hacía dudar incluso de mi existencia. Que aquel a quien llamaban el omnipresente fuera siempre de incógnito, oculto, exonerado, descarnado, invisible.., mientras yo, el intrascendente, siempre cargado, a donde quiera que fuera, con el obnubilado fardo, la pesada y abultada mochila de mi tangencial e ineludible corporeidad, zahorra y lastre de mi pobre gabarra terrestre, no me parecía bien. Que a Dios le encantara jugar al escondite, ni puñetera gracia me hacía.

Por lo que, a través de unos intermediarios muy bien relacionados con los centros de influencia divina, traté de conseguir una cita con el mismo Dios. Mis intercesores me dijeron que no me preocupara, que muy pronto recibiría una llamada, vocación, esta es la palabra que emplearon exactamente. Menos mal, -me dije-, por fin voy a poder ver a Dios.

Ha pasado mucho tiempo. En honor a la verdad, tengo que decir, que hasta la fecha, a mí nadie me ha convocado. Este llamamiento de Dios nunca se ha producido. Sabe Dios que puse todo mi empeño para que este encuentro tuviese lugar. Subí hasta lo más alto de las montañas, me adentré hasta el desierto, navegué por mares, pernocté noches al raso, busqué en albergues, troté por carreteras, caminos vecinales, desgasté botas y alpargates por sendas y atajos, dormí en el metro, machaqué chinches y pulgas en cárceles y comisarías, husmeé por fábricas y tabernas, pensiones y prostíbulos, incluso durante varios meses me disfracé de pastorcillo  con un rosario en la mano por los alrededores de Fátima, llegué hasta hospedarme en el hotel Ritz de la place de Vendome, en el mismo centro de París, miré bien entre las joyas de sus vitrinas, en la eterna llamarada de la tumba del soldado desconocido, De tanto otear el horizonte me cambié varias veces de gafas, mis ojos quedaron vacíos como dos almendras a quien los gusanos le habían roído su pitarrosa molla, merodeé por los andenes de las principales estaciones de Europa, pregunté a mozos de maletas, de caballerías, mozos de cuerda, de almacén, mozos de labranza... estuve varios meses en las listas del paro... y.... nada. O Dios era transparente y se confundía con la nada, o como dice el refrán chino, es muy difícil encontrar un gato negro en una habitación oscura, sobre todo si no hay gato.

De nuevo, volví desilusionado a mis amigos, los muy bien relacionados, y me indicaron que no claudicara, que siguiera, que mirara, ahora, en el caserón de unos pobres, que por caridad estaban recluidos en un centro de acogida, en un dispensario municipal de una capital meridional del sur del país, a donde como en hedionda cloaca iba a parar toda la escoria de la gran ciudad. Los ojos de Dios se posan en sobre los “anauin”, sobre los pobres, -me dijeron. Pensé, por el buen rollo que reinaba entre esta buena gente, que tal vez, el ubicuo de Dios, ahora sí que se presentaría. El abandono, su desinterés, la buena disponibilidad, el despego de estos mendigos, su cara encendida, la chispa de sus ojos embriagados, su respirar tranquilo, el aliento acalorado, el balanceo dichoso de su no presumido equilibrio, la inspiración etílica, casi sagrada, de sus solemnes palabras, su fuerte debilidad... eran pistas casi seguras. Así que decidí permanecer un tiempo con estos buenos amigos, beber de su vino, dormir en su misma cama, reír su risa, llorar sus lágrimas, comer de su escudilla... y esperar a ver. Por desgracia, al poco tiempo de convivir con ellos como un auténtico “anauin”, una promotora compró aquellos terrenos para construir, justo en el mismo sitio donde se encontraba el centro de beneficencia, una sucursal, de la banca nacional, así es que salimos todos desperdigados como locas golondrinas a quien le han birlado su placentero verano.

De nuevo tuve que acudir a mis muy bien relacionados amigos. Siempre confié en ellos. Sus recursos eran infinitos, mis ganas de Dios, insaciables, tanto como mis contratiempos. Esta vez cogieron un libro de tapas rojas. Adiviné que se sabían de memoria el párrafo que me leyeron, pues mantuvieron cerrados sus ojos todo el tiempo que duró su lectura:
 ¡Ay de aquellos que tornan el juicio en ajenjo y echan por tierra la justicia! La medida del mal se ha desbordado... no se respeta el derecho... no se defiende la causa de los pobres. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, dichosos los perseguidos por ser justos.....
Tras oír aquellas profetales proclamas, presto me alisté en todos aquellos batallones que en sus agitadas banderas bordaban siglas referidas a vocablos como legalidad, justicia infinita, solidaridad y reparto, derecho perdurable, libertad para todos. Sinceramente pensé que estas palabras actuarían como sagrado talismán, como reclamo divino. Con la confiada esperanza de que al final, merecidamente, lograría la visión de Dios, impulsado de nuevo por el consejo de mis amigos orientadores, me vi envuelto en revueltas y motines, combatí codo con codo con sindicalistas entregados, revolucionarios tiernos como palomas, guerrilleros con hígados de león que, como fundamento y fin, en la cabecera de sus programas, figuraba la lucha desinteresada por la conquista de un paraíso para todos. Hasta que en la madrugada de un día bélico, en el que dos civilizaciones se levantaron en armas, comprendí la imposibilidad de ver enfrentados al dios sionista y americano con el dios fundamentalista de los musulmanes. Ver a Dios contra Dios, además de un absurdo, para mí, era una aberración intelectual, una falacia. Yo por supuesto no me figuraba ver a Dios encaramado en un carro de combate o desenvainado su espada a favor de una guerra santa. No es posible la existencia de un Dios que, blandiendo argumentos de justicia y libertad, se levante en armas contra sí mismo, -me dije.

Dios debe estar más allá, -insistí. Y así fue como, otra vez más, volví a mis mentores. Es raro, -me dijeron. Puede que te quede una última oportunidad, la oportunidad del amor, pero ésta, tan sólo te será posible, si tienes el corazón limpio. Así fue como me enamoré perdidamente, inocentemente, con limpieza de corazón, tal como mis amigos me aconsejaron. Debo de reconocer que en esta ocasión estuve a punto de ver a Dios. Cada vez que hacía el amor con una mujer, tal era la felicidad puntual que corría por todos los poros de mi alma y de mi cuerpo que mis ojos se abrían a la inmensidad del universo. Pero una vez que se pasaban los sudores del arrobamiento amoroso, la penumbra divina, el vacío del deseo, la disipación y la oscuridad, de nuevo se apoderaban de mí. Dios tampoco vino a mí, tal como mis guías me habían asegurado.

Desilusionado y malhumorado fui por última vez a ver mis amigos, los muy bien relacionados, los influyentes divinos, pero en esta ocasión, no ya a pedirles ayuda, sino más bien, explicaciones por sus consejos inútiles. Me preparé toda una retahíla de improperios y acusaciones tratándolos de anticristos, anatemas, falsos profetas. Nada más entrar en su casa y encontrarme con ellos, se me quitaron las ganas de desahogarme, además hubiera sido inútil. Al contrario que en las demás ocasiones, en que tanto su hospitalidad como sus palabras siempre fueron atentas y amables, en esta ocasión, sus maneras rayaban la irreverencia hasta el escándalo, se hurgaban la nariz ineducadamente, dejaban escapar sus gases interiores con indecencia y alevosía, me trataron irrespetuosamente riéndose de sus propias pedorreras. Sentí lástima de ellos. Comprendí que ellos tampoco habían conseguido ver a Dios.

Como decía al principio, llevo más de cincuenta años tratando de ver la cara de Dios, hasta ahora, sin conseguirlo. La inquieta preocupación de mis primeros años se ha adormecido como tortuga en letargo. Reconozco que me he vuelto menos andariego, no tan emprendedor y filosófico. Ahora me conformo con sentarme horas y horas delante de un nogal que hay en la puerta de mi casa, lo veo crecer, oigo su savia subir fresca por el interior de su tronco plateado, siento hablar a los pájaros que se posan en sus brazos, escucho cantar a sus hojas cuando el aire las hace soplar a través de la embocadura de sus poros, oigo como el agua se filtra por sus raíces, como su sombra me empapa a besos y a vida. Ya no estoy tan preocupado por Dios.
"Yo creía en un dios pero él no lo sabía, nunca llegó a saber que yo creía en él muchos años aún después de su muerte. En un profundo interrogatorio conmigo mismo sobre el asunto quedé informado de la verdadera situación. ¡Oh, luz de estrellas apagadas que llega con retraso a los ojos en la noche! Yo he contemplado a mi dios tal como era en su gloria antes de la catástrofe. Nunca llegó a saber que yo creía en él y que no sabía que él había muerto."  (Hjalmar Gullberg)

lunes, 19 de diciembre de 2016

Si usted lo dice


Beni Ensar. Terminal Ferry de Melilla. Día del emigrante:
- Espero a Samir ¿Acaso no es usted Samir?
- ¡Por supuesto que no! ¡Mi nombre es Jesús, nombre cristiano por excelencia!
- Pues para mi que yo le vi cruzar por tren la frontera de Melilla.
- ¡Imposible! En Melilla no hay trenes. No conozco a ese hombre. Además ese Samir iba en clase preferente. Yo siempre viajo en tercera.
- Tal vez. Pero sus rasgos le delatan: sus pies me dicen que es usted de Siria; sus ojos, de Mali; sus manos, de Senegal. Por el color, ¿acaso no es usted subsahariano?
- El señor del que me habla, se parece a Mazen, yo diría que es Mazen, que es Omar, Naufal, Radi, Halima, Nazih..., cualquiera de ellos. Todos tienen el mismo parecido. Se lo repito: yo no soy Samir. 
- Vale, vale, ya lo sé. Ese Samir por quien pregunto, soy yo.
- Si usted lo dice.

domingo, 28 de agosto de 2016

Triste amor


Y cuantas veces paseaba corriendo, con su belleza ante mi vista, más fuerte se tornaba mi tristeza. (Las bellas. Chejov).

La mujer le dice al marido:
¿Por qué estás triste, mi amor?
Y ese poder ambiguo de la hermosura de la mujer, que unas veces al hombre le parece odiosa, y otras, querida, es de su propia virtud condición y dual esencia. Y al tiempo que a ella la beldad la encumbra; al hombre, a los pies de ella, sumiso le deja. Y su amor le lleva loco, por los caminos de la amargura. Por las noches ama el cuerpo de la mujer, y por el día aborrece su alma. Y así cae el hombre en el delirio: se enamora y se desenamora a cada instante. Duda de la sinceridad de su amor. Y hasta siente culpabilidad por desear a la mujer a la que de verdad no sabe si quiere. Y de nuevo: vuelta a empezar; para acabar el hombre, ante el amor, cada vez más hastiado y confuso. Si este hombre hubiera sido mujer, se llamaría Madame Bovary.

Y le preguntó el marido a un poeta por qué su querer, siendo en si tan encomiado y tierno, le causaba tanta confusión y tristeza. El poeta contestó:
Todo amor cuánto más bello, más de él distanciado te desplaza. Amor y lejanía: dos relaciones inversamente proporcionales. Cerca: igual a lejos. Y así, cualquier cosa hermosa, en lugar de regalarnos felicidad y plenitud, nos proporciona un áspero sentimiento de poquedad y finitud, limitación y fealdad.
Y añadió Arturo R, que así se llamaba el poeta interrogado:
Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la injurié.
O con palabras de Ortega y Gasset:
La belleza que atrae rara vez coincide con la belleza que enamora.

lunes, 30 de mayo de 2016

Valentino el Grande



Aquella mañana, al ir al mercado de Verónicas, cruzó el río por el puente de la Virgen de los Peligros. En el puente viejo, el sol de la mañana proyectaba sobre el agua la imagen bamboleante de Valentino al hilo de la corriente. Pensó que muy pronto se vería sumergido en el cauce. Retrocedió pues al instante hacia el centro de la calle. Se alejó de las barandillas del puente para evitar que la sombra de su nombre cayera y se diluyera en el fondo, a los pies de los molinos del agua. Y dijo para sí:
¿A qué estos miedos?, aunque mi sombra se ahogara, yo quedaría a salvo. 
Desconocía Valentino que las sombras como los nombres son inmortales, sobreviven a las cosas, a las personas. No hay fuego, ni dios, naufragio, ni tiempo que devore tanto a las sombras como a sus nombres.

Otro día, estando este mismo hombre en el salón de su casa, se le apareció un fantasma cubierto con su habitual túnica blanca. Valentino el Grande se las daba de bizarro. Suele ocurrir, cuanto más aguerrido uno se muestra, más inseguro se siente. No se asustó lo más mínimo. Al contrario, se levantó del sofá, donde tranquilamente viendo la televisión cabeceaba como un gato con el cuello quebrado, y se lanzó sobre el fantasma. De un fuerte manotazo le quitó  al espectro la sábana que cubría su cuerpo por entero cual una lápida a su tumba. Y al ver que debajo de la sábana no había nada ni nadie, fue entonces cuando Valentino se asustó de verdad. Salió como alma llevada por el diablo. 

Los que bien conocen y tratan con Valentino a diario, dicen que, desde entonces, este hombre no ha parado de correr horrorizado. Si antes no se espantaba de lo que veía, por muy alarmante que fuera, ahora, anda continuamente aterrorizado de lo que no ve, y de lo que ni siquiera existe.

martes, 3 de mayo de 2016

El príncipe y el mendigo




Estando yo el otro día contándole a mi nieta El príncipe y el mendigo de Mark Twain, exclamó ella al ver al mendigo portarse de manera tan desleal con el príncipe:
¡Abuelo, y qué malo es el mendigo, ¿no? 
Y fue entonces cuando me acordé de Chejov. En unos de sus cuentos, (En el campo), Estefanía, mujer cargada de hijos y de miseria le dice a Elena Ivanovna, una señora de clase alta, esposa del ingeniero del pueblo: 
Nuestra pobreza nos hace pecar. 
Y quise yo, al hilo de este pensamiento, aliviar el dolor de mi nieta, diciéndole: 
No es malo el mendigo; es su hambre, el no tener casa, el pasar frío, el ser huérfano que le hace comportarse de manera tan injusta
Y vi en el gesto de mi nieta, que no del todo le convencieron y calmaron mis palabras. Los niños no entienden de sutilezas. 

Y me pregunto ahora si fue justo que yo confundiera a mi nieta con conceptos tan holísticos como ambiguos. El discernimiento del bien y del mal es cosa necesaria, si luego no queremos llegar a comportarnos como unos insensibles psicópatas, opacos al amor y al sufrimiento. Ella no entendía, (¿o tal vez sí?), que su abuelo fuera un alocado apologista de la maldad. 

Para solidarizarse con justicia y verdad con los infractores del mal, los inculpados, los criminales, es necesario tener un corazón y un conocimiento que va más allá del que disponemos comúnmente los humanos.

sábado, 16 de abril de 2016

Vis a vis






Estamos hechos de un tejido distinto al de nuestro cuerpo. No eres para mi lo que yo de ti observo y contemplo. Eres la imagen de un sueño que nunca tuve.

Jamás deseé verte la cara. Y no quiero verte. Para saber de ti, mejor pensarte. Te veía y me entendía mil veces mucho mejor contigo a través de cualquier otra cosa. Llegar a ti directamente era no encontrarte. Y tanto me acostumbré a este modo de verte por medio de terceros, de papeles interpuestos, de rejas y de cámaras, de recados delatadores, de abogados y de jueces, que tu presencia hubiera sido el mayor obstáculo para entenderte. Prefería por eso hacer el amor contigo sin mirarte a los ojos, en camas separadas, sin tenerte. Tenerte delante era no entenderte, sería no disfrutarte. O lo que es lo mismo: en el cuadro encorsetado de esta celda, lo que me dieras en el vis a vis prometido de esta pasión en la que cumplo condena, todo me resultaría confuso e incomprensible. Cuánto más cerca, más alejados y ajenos el uno del otro. Te amo si no estás, te quiero más cuando no te veo.

Nunca con mis dedos, amor, toqué tus labios con los míos. Será por eso que siempre te siento hermosa a través del cristal de las visitas; y la saliva de tu lengua, ¡tan sabrosa! Sólo tu belleza se me muestra traslúcida por la transparencia borrosa de los mega-bits de tu corazón ausente y enamorado. Repito: en esta cárcel donde cumplo la sentencia de mis días, los hilos de tu sueño no son los de mi cuerpo, los ríos de mi carne no son los arroyos de mi ánimo. Tu eres otra cosa.

Sumergido en un plasma de aguas turbias, navego entre masajes anónimos, mensajes de contraseñas opacas, renglones y párrafos clarividentes. Te descubro siempre tal como yo quiero. Y si acaso, acabada mi condena, regresara por desgracia alguna vez a tu presencia física, seguro que no te reconocería. Prefiero, por ello, seguir estando preso, a perderte. La realidad viviente, las acacias mustias de la calle Real, nuestras miradas somnolientas, los semáforos militarizados de nuestros pasos de cebra en paralelo, los afanes desganados tras el carro de nuestra esclavitud afortunada, los números rojos de mi amor inconsciente e hipotecado por los arrabales de una libertad impostada, me negarían la verdadera esencia de tu figura.

La fuerte inconsistencia de mi relación etérea e intermediaria me deleita más que mil cuerpos tuyos lascivos de carne y crema. Y entre esta realidad enajenada, esa vestimenta que no es mía, y esta otra que me viste de los pies a la cabeza, prefiero estar enganchado a la volatidad de tu cuerpo incandescente, incombustible. La realidad que añoro no está en los latidos calientes de tu piel sonrojada, está en la locura engañosa, fetichista y vacía de una esperanza inconclusa y mía.  Y renuncio a tu físico. Prefiero vérmelas contigo a través de los barrote de un texto escrito en el monitor vibrante y encendido de mi imaginación, a través de una carta sensual y ardiente, entre el vislumbre, el delirio y la imaginación fabulada de una conversación figurada, no existente, que en un vis a vis contigo pletórico de orgasmos infinitos.

domingo, 28 de febrero de 2016

El poder del silencio




Este dilatado silencio acentuaba la tranquilidad de las cosas. (El corazón sencillo. Flaubert)

Después de sopesar variados argumentos, Equis decidió acercarse a la glorieta. En aquella friolera y ventosa tarde de últimos de febrero tenía lugar la manifestación a favor de la acogida de los miles y miles de refugiados que inútilmente llaman a las puertas de nuestra vieja e inhospitalaria Europa.

Los participantes, más que gritar, (que lo hacían), hablaban, se saludaban, compartían recuerdos viejos, se abrazaban como los osos de Siberia con su aliento a revolución y mermelada. Eufóricos estaban, después de tantos años sin verse, desde las barricadas de sus años jóvenes. Casi todos, (así a Equis le pareció) estaban al margen del asunto de la convocatoria. Unos se empinaban para que se les viera y constara al respetable que su compromiso aún seguía en pie. Otros, con la mirada en alto pasaban lista, calculaban el número de manifestantes. Aquellos, los de allá, detenían el paso haciéndose fotos para luego subirlas al feisbus. El de más acá salía descaradamente al encuentro de la prensa para que lo entrevistaran y dejar así en las ondas su peinado bien marcado de partido y militancia.

Equis, acostumbrado en tiempos de represión a correr delante de los grises, andaba casi escandalizado. Aquello parecía más una fiesta que una protesta. Equis admitió convicto su pesimismo, y se avergonzó de ser tan exigente y crítico con el comportamiento de los demás. Y es que, desde el día en que Equis quiso tomar aquella flor que un generoso rosal le ofrecía, y una abeja viniera a picarle en la nariz, le cambió por completo el carácter. Desde entonces, Zeta casi siempre se ve a si mismo como el Adán y Eva de Masaccio, triste y apenado, expulsado de la primavera.

Y en ese mismo instante, se sorprendió al reconocer a Zeta, una vieja amiga. Venía ésta envuelta dentro de un gran tumulto y vocerío con su silencio como pancarta. Avanzaba callada a ritmo de procesión triunfante de ánimas.

Equis no sabe que en la tristeza, por muy dolorosa que sea, también hay lugar para una gota de alegría. Y lo entendió cuando de pronto se encontró con su antigua amiga. Y al momento Equis se olvida de su carcomido puritanismo, de su rutinaria siesta, a la que ha renunciado en favor de unos pobres refugiados a quienes ni conoce, ni en su situación estar quisiera.

Y ajeno al motivo de la marcha, se enzarza en larga charla con la vieja amiga. A pesar de los años que Equis no ve a Zeta, la reconoce al momento. La delató su sonrisa. Equis en momentos de vergüenza, al no reconocer a viejos amigos, recurre a un truco que pocas veces le falla: detiene su mirada en la boca del desconocido y trata de poner nombre y apellidos a su eterno reír. El tiempo desfigura nuestro rostro. La caída del pelo, su blancura, el clareo de los dientes, las arrugas, nuestra talla menguada, la curvatura de la espalda, el voluminoso crecer de nuestras orejas emborrona nuestra fisonomía. Hay sin embargo una cualidad en nosotros que parece permanecer indeleble: la manera, la originalidad, la univocidad de la sonrisa. La sonrisa, que no la carcajada ni la risotada, parece ser la manifestación de lo que se cuece en el alma. Y así nos encontramos con personas que sufren, y vemos feliz el dolor en sus labios cruentos. Como también nos sorprende una sonrisa que sabe a herida.

He oído decir que con el tiempo también desaparecerán las tarjetas de créditos, las contraseñas para entrar en nuestra cuentas. Un rasgo físico bastará para coger un carro en el supermercado, pagar la zona azul en el aparcamiento, entrar al teatro, abonar una multa, presentarnos ante el agente de tráfico. Pues bien, mis señores informáticos, si digitalizárais nuestro modo de reír bastará para resolver la manera de identificarnos, desechando tanto tarjeteo que nos pone al límite por su barajeo, sustracción y pérdida.

Pero no divaguemos y vayamos ahora a lo que nos interesa. Equis en estos momentos ve en su amiga el tiempo detenido. La serenidad en su semblante hidalgo de matrona sosegada, su melena plateada, su distinguido hablar sencillo, así se lo revela. Zeta le parece más bien una mujer, que otra cosa. Y ve al instante en ella el eterno femenino del que hablan los pintores cuando se enfrentan a la modelo que ellos para sí siempre plasmar quisieron. Y sin que ella aprecie su persistencia, Equis se fija ahora en su cara invulnerable y la ve como una mujer sin edad en la que el tiempo parece no haber hecho mella. Y al verla así tan dispuesta y atenta le viene ahora al recuerdo aquella otra Rut extranjera que no cesaba de repartir espigas entre quienes, allá en Judea, buscaban una tierra donde bien morir.

Equis, impresionado por la belleza de la tranquilidad detenida en la cara de Zeta, fue entonces, cuando dijo:
¿Qué haces, mi vieja, para conservarte así con esta calma en medio de tanto enredo que nos aplasta?
Ella modestamente, sin darse por aludida, evadió la pregunta. Luego se referiría al silencio como el mejor tranquilizante del drama. Y añadió textualmente:
Es a través de este gran no sé del silencio, que llego a comprenderlo todo. Y así me veo a mi misma pasar a través de las cosas, sin que éstas me desquicien.

jueves, 29 de octubre de 2015

A la sombra de la luz



Al levantarse le cegó la claridad del día. Cerró las ventanas de las habitaciones que daban a la calle, bajó las persianas, corrió las cortinas. Desenroscó las bombillas, quito de su plafón dorado hasta la lámpara del salón principal, siempre inútil y fundida. Cogió todas las luces de la casa, las respuestas de su vida, los rayos del sol de la terraza, los argumentos apodícticos y la constitución revelada. Luego metió todos estos cachivaches salvapatrias, picos de oro enardecidos en el arca donde guardaba a la sombra todas las candilejas y verdades absolutas.

Odiaba este séneca visionario los días soleados, las estancias encendidas, los domingos de ramos, las fiestas de guardar y las tertulias políticas. En las sombras, las tinieblas, con el negro oscuro de las sotanas estoicas de su increencia se sentía seguro. Parecía un funerario siempre aleteando entre cavernas y eremitas de complacido semblante. ¿Tantas cosas tendría que ocultar este hombre y de tantas de que defenderse?

Esta mañana al ver que ya no cabe un axioma más, ni evidencia irrefutable, ni mandamiento divino en su inteligencia preclara, carga el ciego iluminado con todos estos bártulos metidos en cinco grandes cajas de cartón y los lleva al ecoparque municipal. El empleado, vestido como un chambilero, todo él de punto en blanco, cual ángel de los siete cielos, recibe a este hombre y le dice catedrático mientras entre los dos van descargando todos los artefactos luminosos del coche:
Después de la lluvia de ayer, brilla de nuevo el mundo. Hoy, tras la comparecencia del Presidente del Gobierno en la tele, parece el primer día de la creación. Las sombras han desaparecido y la trasparencia de las cosas se muestran en su más puro esplendor. El agua y la luz con su santa bendición se han llevado la mugre, han limpiado las calles de pecados, nubarrones y preservativos, han purificado el ambiente...
Se nota que el hombre está de buenas, o acaso sea un ecológico poeta de arte menor al que su mujer esta noche le ajustó bien los fusibles del cuerpo. El del ecoparque quiere llenar el vacío que le ciega, sólo se siente lúcido hablando a la luz del sol con quien sea. La soleada y traslúcida mañana le acrisola también al eufórico la mirada, le refresca la memoria. Si no fuera así, no estaría ahora recitando a un murciélago harto de faros, resoluciones y apriorismos el Tenorio de Zorrilla.
¿No es cierto, ángel de amor,
que en esta apartada orilla
más pura la luna brilla
y se respira mejor?
No acostumbra el murceguillo, alérgico a focos y algarabías, pegar la hebra con quien sea. Esta vez, por respeto no responde al empleado del punto limpio como verdaderamente el cuerpo le pide, pero para sus adentros susurra:
No. No es verdad, gacela mía.
Aquí yo huelo a carbón.
Y mi oscuro corazón,
si ve los rayos del sol,
triste estará todavía.
Que sólo esclarece el día
desde su más ciego hondón
y de la noche sombría.

jueves, 15 de octubre de 2015

Me encanta que me odien




Hoy se levanta con un dolor inexplicable, absoluto, un dolor ilocalizable, indoloro. Y ni siquiera se extraña de la desubicación de dolor tan extraño. Le pasó lo mismo aquella vez cuando oyó decir a Francis Bacon, no al estadista y filósofo del siglo XVI, sino al pintor polémico y extravagante del mil novecientos, aquello de me encanta que me odien. Y no sólo el dolor se le escurre a este hombre sin que le dé tiempo a saber su etiología, le pasa lo mismo con el placer, tampoco lo siente. El odio, la inquina de los otros, el que lo miren mal es lo único que le pone y conmueve. Si no quieren al bueno que vive en mi, tendrán entonces que quererme por sátrapa y desaliñado –llegó a decirme un día de otoño que un sol oblicuo disparaba por tierra, mar y aire misiles de crucero contra Siria. Gracias al rechazo de los demás me doy cuenta de que existo, -añadió como si él mismo fuese ese caballo de Troya lleno de inmigrantes al que ayer se refería un alto prelado de la iglesia diciendo que no eran trigo limpio.

Era un diapasón desafinado. En lugar de dar el la, daba un do de pena y desajustado. En otra ocasión antes que yo me mudara de acera para no vérmelas con él, me dijo:
¿Acaso el agua del río corre para otro lado cuando me ve todas las mañanas llevar mis cabras a pastar en la vaguada? En cambio tú nada más verme, echas a correr como si yo fuera el mismísimo diablo. ¿Acaso este desarreglo que llevo conmigo como sustancial hechura no es obra tuya? ¿Dime entonces de qué te espantas? Debería ser yo el espantado. En realidad tú eres el fantasma que me obligas a mirar al mundo con ojos huraños, acusadores y despiadados. Y ahora que te he visto, ya caigo donde mi dolor me duele. Me dueles tú que te llevo dentro sin poder de ti separarme. Al fin y al cabo como dijo no sé quien”todos somos culpables ante todos y por todos”, y tú más que nadie.
Era una persona incapaz de tejer adecuadamente sus sentimientos. Siempre estaba de malhumor, hipersensible, aunque daba muestra de no sufrir por nada. Tal vez porque había llegado a la cima del sufrimiento. Ya podía ver mil veces la película Holocausto caníbal que no pestañeaba lo más mínimo. Reconozco que mi actitud con él no fue siempre fue muy complaciente que digamos.

Pero hoy su mujer me hace llegar un escrito suyo. Y cambio por completo de parecer. Le persona que es capaz de escribir una cosa así debió ser, si no un millonario y excéntrico como aquel Bacon caótico de los años noventa, sí un bendito:
Me duele el mundo, me duelo yo, me duelen los ángeles custodios que pululan invisibles por los calles sobando el culo de las muchachas, me duelen las flores hipócritas luciendo aromas y colores por los vallados de las residencias de ancianos. Me duele el canto de los pájaros sobrevolando sembrados de cebo envenenado, campeando por los Centros de Internamiento para Extranjeros, me duelen los cipreses que contemplan como buitres la zanja abierta de los dementes estigmatizados por el Tribunal Superior de la Cordura. Me duelen los perros que guardan las casas de sus amos. ¿Será por eso que me deleito con la suciedad de tu carne, tu boca negra y retorcida, tus dientes llenos de caries. Y tanto es tanto mi dolor que me da placer tanto sufrimiento. ¡Me duele tanto este podrido mundo, que me veo por ello prisionero en mi propio manicomio!



sábado, 10 de octubre de 2015

Sinsentido






Para Adán hoy no es hoy, sino tiempo de vejez y desengaños. Para llegar esperanzado al final del huerto de los frutales, allá donde le aguarda el refugio de los confiados, de los desgraciados, de los débiles, el misterio, ese velo que le cierra la puerta de la verdad, sabe bien Adán que necesita un milagro, otro camino, bambos nuevos. Las suelas de su cuerpo quebrado por la muerte de Abel, el sinsentido de la vida, están rotas. Sus pies desnudos necesitan de un dios alpargatero para seguir andando. El remedio para estrangular su pena no está en los rezos de Eva, ni en las velas que ésta enciende al beato fray Leopoldo de Granada. En estos momentos, tan grande es su tristeza que tanto Adán como Eva prefieren morir en la mentira a vivir gritando de dolor en la verdad. Adán es persona de mente incrédula y tozuda, pero su cabeza esta llena de grietas por donde sus dudas le llegan al corazón. Las arrugas de su frente, sus cejas como bigotes de führer, su melena grasienta no dan a entender su ternura escondida, tan escondida que ni siquiera Adán sabe que la tiene. Eva en cambio es menos racional, no llora con la cabeza, llora con los ojos eternos, sensuales y ocultos del alma.

Cuando Adán adormilado esta mañana va al aseo, ve caer por el inodoro los sueños despojados de la noche. Anoche soñó que un niño sin cuerpo ni rostro, sólo una voz sin aire ni boca lo llamaba. Tan contundente, vibrante, sostenida y a la vez dulce era esa voz, que Adán se despierta al instante, sin poder siquiera terminar el sueño, sin saber si acaso aquella voz que le llamaba fuese la de un niño, tal vez la de su hijo muerto. Y se pregunta Adán si acaso su despertar es el que ha espantado las palabras no dichas de esa voz inocente y onírica. Y se siente responsable del fratricidio de su hijo mayor. Los sueños que Adán sueña no tienen cara. Una a una las hebras doradas de su incipiente y mal digerido sueño desaparecen mudas por el irreversible agujero del retrete de un paraíso inexistente.

Y hoy que no es hoy, a pesar de ser domingo, a pesar de que el sol muestra el brillo de las hojas del limonero, a pesar de que se huele a café y al pan tostado que la buena de su esposa desayuna paladeando la mañana, a pesar de oírse el silencio de sus hijos frente a los dibujos de la tele, a pesar de la bondad de Doraemon, de la pulcritud de la calle mojada, a pesar del bosque preñado de ninfas y setas, este hombre devorado por las fauces de una pena sin nombre, resto de una culpabilidad anónima y congénita, (Adán no es Caín), se viene abajo. El hombre abatido como Abel, necesita del truco divino, del bálsamo bíblico para venirse arriba y no ser un fardo pesado arrojado al abismo de los muertos de Atapuerca. Ante la grandeza luciente de la mañana, y el recóndito llanto de Eva, Adán se siente todavía más confuso, impotente y humillado. Tanta arrogancia serena a su alrededor emborrona y le daña la mirada. Se le rompe el pecho. No entiende como la Creación puede seguir sembrando primaveras. Trata de contener con su mano izquierda el quebrantamiento de las costillas de su cerebro, mientras que con la derecha intenta agarrar en vano la cintura de la mujer para lavar así su tristeza en el arroyo dulce de las caderas de Eva.

Y al sentirse tan abatido, como aquel que no creyó en nada durante toda su vida excomulgada pero al ver que su final se le echaba encima y pidió que le trajeran el viático, Adán pide ahora a la mujer, que le traiga la güija. Al fin y al cabo, otro truco más como el de la religión, la política, el fútbol, la poesía, del que nos servimos los humanos, -le dice a Eva- para no renunciar a la esperanza y poder despertar de tanta tristeza. Y contrario a su proceder profano acude Adán como remedio al tablero santo de las letras combinadas:
Espíritu, sea cual sea tu nombre, dime donde estás para reunirme contigo.
Y es entonces cuando Adán como respuesta oye la misma voz inocente del sueño de la noche anterior que le dice:
El verdadero sentido de la vida, Adán, no es otro sino aceptar su sinsentido.


miércoles, 1 de julio de 2015

Lágrimas que no lloran





Leyó una vez que una santa, (tal vez fuera Teresa de Ávila), le pedía a Dios que le concediera el don del llanto. Tanta sería la sequedad de sus humores, el eriazo de su espíritu, el agrietamiento de su cuerpo que, cual clama la tierra yerma por el agua de los cielos, así suspiraría esta monja desconsolada por el don de las lágrimas, dulce estanque de su dolor cruento.

Aquellas siete espadas que ayer traspasaron a la santa son las mismas que hoy desgarran el alma a otra mujer no tan santa y también abocada al desierto de su llorar catártico. Desde que las balas de un Kaláshnikov en manos de un sistema perverso y loco mataron a sus siete hijos en las playas del mundo, no sabe qué hacer con su vida, anda aturdida y sin rumbo. El dolor de la mujer es más grande que su muerte.

Y trae esta mujer a su pensamiento el nombre de estos siete puñales que le atraviesan el corazón transverberado para tratar así de localizarlos y deshacerse de ellos:
El puñal de la Impotencia,
el Fanatismo,
el Sinsentido,
la Violencia,
el Hambre,
el Dinero
y la Ignorancia
.
Quería Teresa de Ávila aliviar sus dolores de frigidez y vacío y con el agua templada de sus lágrimas, bálsamo para las heridas del cuerpo y el alma.

Y siente la mujer de ahora cruelmente los dolores del mundo sobre su espíritu abatido. Y quiere enjugar sus llagas que, cual granadas de mano, revientan sobre las costras de sus huesos condolidos y privados del llanto esquivo.

Los hijos, los hermanos y los amigos de la mujer, desde que se le murieron los siete hijos (hace más de siete años, desde siempre), nunca vieron posarse en sus ojos cuarteados y ardientes el más mínimo atisbo de humedad refrescante.

Y teme la familia, que al no poder aliviar con sus lágrimas las heridas que la vida le causara, recurra esta mujer de ahora al octavo puñal, al de la muerte, por ver si tal vez éste le concediera el don de las lágrimas que la vida le negara.

domingo, 17 de mayo de 2015

Busco Freud para un sueño





El sueño me despertó muy cansado, tan cansado cual un sol que se pone por el ocaso sin haber aún amanecido. Luego el calor del día dispararía el acelerador de mis neuronas, emociones en alocadas bandadas de mariposas ansiosas por libar un beso loco.

Muy lentamente a lo largo de la mañana, el día, capuzándose en el oscuro charco de mis ojos, desveló a contragolpes la madeja de mis sueños enredados. El camino orbital de mi sueño quiso abrirse paso entre cuchilladas de planos segmentados. Sentí la cabeza vacía, separada de un cuerpo inconexo, desnucado de mi organismo fallecido. Y así, postrado en semejante sinsentido se me hacía imposible trenzar lógica alguna. El sueño eludía su responsabilidad escondiéndose en la antimateria de sus agujeros negros.

Y por fin, a duras penas, conseguí reconstruir el sueño, aunque sigo sin saber su aclaración.

Estaba yo pintando, aserrando palos o limpiando mesas de un largo comedor, o puede que me entretuviera rezagadamente apilando botes en la nave de una fábrica de tomates en conserva. Recogía las sobras de una opulenta comida: cortezas de naranja, huesos astillosos de cordero, chapinas de mejillones, raspas de mero, caldo de calamar, huesos de aceituna, pellejos de rana, cascarones de tortuga, granos de caviar... En abolladas jofainas de latón negruzco arrojaba yo todos estos desperdicios dentro de unos mugrientos contenedores de basura, donde monjas con bigotes de amarillo oxigenados procuraban, entre ruidos de vajillas, sonrisas sofocadas y rezos susurrantes, sacar brillo a cacerolas y sartenes atestadas de tizne y letanías.

Alguien a quien no pude ver, dejó en penumbras mi labor. Sin tener en cuenta mi trabajo, apagó las luces del refectorio. Le grité a voces que encendiera la luz. Desde el timbre invisible de una voz misteriosa llegaron a mis oídos palabras de hipocresía condescendiente:
¡Ay, disculpe!
Pero ese alguien volvió a cerrar la puerta del comedor, y olvidó de nuevo encender la luz. Tres veces se repitió la escena. Y tras esta triple y fallida secuencia, la mujer con quien yo dormía, se levantó de pronto. Escuché luego los besos del agua en los cristales de la ducha. Hacía mucho calor. Y al rato la mujer volvió a acostarse a mi lado. Sentí junto a mi cuerpo, rama seca de un árbol envilecido, el agradable frescor de su carne limpia. Abrí los ojos desorbitados y le sacudí, sin pensarlo, un solemne guantazo en el mar insomne de su hermosa cara. Me sentí muy mal. Entre sollozos me lamenté por lo que había hecho. Miré a la mujer para pedirle perdón, y quise ver en ella a quien antes tuvo la desconsideración y osadía de apagarme la luz ante el triduo de mi insistencia desasistida.

Fuerzas aún le quedaron a la buena mujer para comprender mi desatino; y acariciándome me preguntó muy preocupada:
Dime, amor, ¿qué te pasa?
No sé, -respondí.
Dicen que las zonas oscuras de nuestra vida suelen aflorar por las sacudidas involuntarias de nuestras ensoñaciones. Pero no fue así. En mi sueño todavía sin desvelar de aquella noche navego como aquellos barcos de leprosos hacia la isla sumergida de su jamás encontrado naufragio. Los días tras aquel sueño traspasaron su centro. El sol ya camina hacia el oeste, ruta vespertina de recogidas y puntos finales. Tengo mis hombros hundidos y mis ojos llenos de betún están a oscuras. Triste ando dando vueltas por la alcoba del océano de mis entrañas taciturnas.

Y hoy me pregunto: ¿cómo un simple sueño nacido de la fantasmagoría más inocente ha podido aguijonearme tan hondo y fuerte durante tanto tiempo? ¿Quién fue ese alguien que me dejó a oscuras? 

Y lanzo esta bengala de socorro al cielo por si alguien pudiera venir a encender de nuevos aquella luz que alguien me apagara una noche de calores a destiempo. Desde entonces, me siento la última libélula en su especie agonizando sobre la rama seca de un altivo nogal que no echa nueces.

lunes, 11 de mayo de 2015

Plum-pudding




Todo el mundo en el jardín más profundo de su conciencia cultiva, una flor, la riega y se siente orgulloso de ser, no sé, si su amo o su siervo. Fray Hortensio Fidedigno tampoco conoce lo que con cariño en lo más hondo de sí guarda cual tesoro único e irrepetible. No sabe como se llama esa flor, si es criptograma o fanerógama. Dicho de otra manera, no sabe de su reproducción ni esterilidad. Y hasta tampoco sabe si es un esqueje, un plantón, o un gatillazo aquello por lo que con tanto esmero se preocupa y se protege. Fray Fidedigno no sabría vivir si supiera que en lo más hondo de su ser no hay nada. Si le dieran a elegir entre la mentira de esta verdad y la verdad de su mentira, se quedaría con su fe de carbonero.

Todas las mañanas, nada más levantarse se pone de rodillas a los pies de la cama, -lo mismo al acostarse-, se santigua delante de su proyección más misteriosa convertida en su patrón o patrona, paradigma o idolatría, florero de sus devociones marchitas. Fray Hortensio no se vanagloria de ser creyente, porque ni él mismo conoce la enjundia de sus creencias. Tampoco comenta con nadie que dentro de si cultiva una flor o lo que sea, porque ni siquiera sabe su nombre. De hecho si lo supiera no merecería la pena creer en ello. Uno cree sólo lo que no conoce. Pues como dijo el poeta portugués Pedro Tamen en Guião de Caronte: Lo que no se sabe no existe. Y lo que de veras existe no se sabe. Tal vez por ello, el hermano Fidedigno a todas horas no cesa de salmodiar cual devoto benedictino de Silos ante el altar mayor de su intimidad más hipócrita:
Oh Dios, yo creo en la flor que llevo dentro, la conservo y la adoro, de lo contrario, el sol de la mañana no abriría mis ojos a la claridad del día.
En el fondo secreto de su modestia inconfesable fray Hortensio no sabe si cree o no cree en palabra alguna, o evangelios siquiera. Hortensio no cree en nada. O lo que es lo mismo cree en la Nada Absoluta como sustancia vacía, simiente sin nombre. La nada, esa categoría suprema que une a todos. La nada como dogma y fuente de todo. La nada desinteresada y creadora, escueta y pobre, tesoro de riquezas incorruptibles, palabra sin palabras. Y se acuerda Hortensio ahora de Gustave Flaubert, cuando en Mémoires d'un fou se lamenta:
Pauvre faiblesse humaine, avec tes most, tes langues, tes sons, tu parles et tu barbuties, tu definis Dieu, le ciel et la terre, la chimie et la philosophie, e tu ne peux exprimer avec ta langue, tout la joie que cause une femme nue o un plum-pudding.
Y esta noche fray Hortensio sueña que su nada cultivada es una piedra alargada, el poste desolado de un puente al que le falta el otro pilar para sostenerse. Y erguido en su insolencia Hortensio Fidedigno se sube a lo alto del pilar, alza la vista y al otro lado del caudal impetuoso de un río atisba un valle de ciruelos. Y se ve a si mismo convertido en endiosada columna al socaire del hambre, la soledad y  los vientos. Quiso ser puente para no ser derribado desde su pilastra insostenible por las tormentas, y poder así cruzar al otro lado de la puesta del sol.

Y se durmió de nuevo por ver si el sueño tal vez le concediera saborear aquellas jugosas ciruelas doradas que de lejos la noche antes con tanto ardor viera y deseara.

sábado, 31 de enero de 2015

Violines en celo




(Carta-respuesta de Daniel Muti a la reseña del crítico musical Sordi Paolo en el Journal of Music Therapy)


Como gorrión desplomado sobre mi propia sombra acribillada caí abatido por los disparos implacables de su comentario musical. La reseña que usted hizo de Concierto para violines en celo, cual racimo de perdigones, agujereó cada uno de los siete pellejos donde yo guardaba la mejor sinfonía, el mejor vino de mi bodega. Cual un tal Carlos Floriano, tristón, filarmónico y utilero de balones fuera del pentagrama y del ritmo, me acusó su señoría armoniosa de falta de piel. Con su decir a fuer sincero, para curarse en salud, tildó de enfermizo mi Concierto. Sordo afinador encumbrado de guitarras sin cuerdas y pianos de hormigón, el diapasón de sus ondas cerebrales tuvo el valor de escribir:
Concierto para violines en celo de Daniel Muti es una obra infausta que cansa al melómano más entonado. Creación a todas luces estridente, irresistible. Si la música amansa a las fieras, el arco de estos violines en celo encabrita a las ovejas. Flagelos son sus dobles bemoles, cual moscardones sobre las inocentes orejas del auditorio.
Sus magistrales y certeros venablos de musicología avezados y viscerales se clavaron tan hondo en mi corazón orquestal y nimbado, que no sé si podré levantar ya el vuelo, alcanzar aquellas oberturas y nocturnos que ayer alas daban a mi compromiso necesario y sinfónico. Desde su crítica, con mi autoestima por los suelos, no consigo hacer sonar una negra con un canuto.

Reconozco que mis composiciones no son llanas sino engreídas, propias de manieristas florentinos, instrumentistas barrocos y cansinos que encrespan al público. Pero al ser yo persona menguante, con mis macro composiciones stradivarias y rimbobantes compensaba las carencias que la naturaleza ingrata osaba negarme.

Desagradecido Paolo, analista musical de gran alcance y oído, no busco con confesión tan íntima como sicologicista sobornar su acendrado criterio musical, como tampoco hacerle decir que lo negro es blanco. Nadie mejor que yo para saber que mis pavanas y zarabandas aburren a vaqueros y bisontes como usted, acostumbrados a la extravagancia como sorpresa, al sarcasmo, el estrambote y la ironía.

Nadie está obligado, incluido usted, mi distinguido y caro adversario, a ensalzar lo que no le gusta, pero debería saber, señor Sordi, que un buen crítico se debe a los cánones de la belleza, más que a sus particulares apetencias musicales. A mi tampoco me fascina la teatralidad diabólica de Paganini. Cuando en algunas de mis obras me veo retratado en este cortesano virtuoso, me aborrezco injustamente. Pues decir que no es bueno lo que odio, a todas luces es irracional e incierto.

Dice textualmente: Violines en celo es un bodrio de murmullos cavernosos, circunflejos, compuesto para damiselas y senderistas incautos a la búsqueda de sonidos y luces artificiales. Puede que el texto musical suene en algún momento a quejido y letanía. Sólo quise acentuar insinuante el dolor calmo que la pena para sobrevivir necesita. Y si a cualquiera de mis oyentes, al escuchar Violines en celo, cual lectores de La Novena Revelación de James Redfieldal, se le abrieron los cielos de la música divina, con borbónica nobleza les digo: lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a ocurrir. No fue mi intención erigirme en chamán, tabernáculo, ni evangelio de caminos de salvación para nadie. Lo contrario sería buitrear, vivir de la religiosidad musical ajena, incomestible y siempre íntima. Sancta sancte tratanda.

Atentamente. Daniel Muti

jueves, 15 de enero de 2015

El Paraíso del Islam



Durante siete años lunares, Alí se adiestra en el manejo de las artes surtidoras de las puertas de La Yanna, el Paraíso del Islam. Hasta ahora, muy pocos fueron, (¡a saber!), quienes lo consiguieron. El muchacho se ejercita en el control de sus siete sentidos, incluido el pensamiento y el sentido de la conciencia shárica. Ayuna durante cuarenta días sin que sus papilas se conmuevan. La tormenta, la lluvia, el frío no lastiman su piel curtida por la arena de los siete desiertos de la tierra. El aroma de una flor, el busto de una mujer, la sonrisa de un niño, el murmullo del mar, el canto de la alondra tampoco logran detener su camino. Su cuerpo es una piedra, su corazón un páramo. Listo está para el sacrificio. Alí no piensa, simplemente obedece al imán. Su ser más íntimo pronto se diluirá en la nada de un mar universal, el califato oceánico donde desembocan todos los ríos contaminados del mundo.

¿Será marcada su sien izquierda con el herraje al rojo del anagrama que le abra para siempre las puertas de la Ciudad Feliz? ¿Será coronada su cabeza con el turbante negro, el sello de la piedad y el espíritu ? Para ello Alí deberá superar la prueba final. Ha vencido la prueba del fuego. Ha superado la de la voluntad. Tan sólo le falta, para atravesar las puertas del Edén, culminar la prueba del tiempo, pulsar con decisión final el botón de su santa deflagración, su bautismo de muerte.

El ayatolah porta en alto una tea encendida con los primeros rayos del sol de la mañana. En un atril de ébano, desplegado a los siete vientos del planeta se muestra revelador el Ultimo Corán. La vida del muchacho divinizada está en el libro sagrado. El mentor le entrega al joven la mecha iluminada que guiará los pasos de una nueva civilización, al tiempo que le susurra con unción extásica:
Alí, confía, no tengas miedo. Muy pronto estarás entre jardines y fuentes, rodeado de huríes de grandes ojos, vestidas de satén y elegantes brocados. Basta tan sólo, para que se te abran las puertas del Paraíso, que hiendas este alfanje humeante que te entrego en el corazón hereje del género humano.
Contra todo pronóstico, ninguna puerta se abrió. Allí no estaban las mencionadas huríes prometidas. Tampoco el dinosaurio. Tan sólo engaño, sangre, sangre y mucho dolor en los atrios del Paraíso islámico.

miércoles, 7 de enero de 2015

Tu no eres mi Lázaro



Sé por otras veces del poder de tu palabra más allá del banal contexto y de los días de panes y peces al pie del monte de las bienaventuranzas. Tu palabra siempre festín y vida, homologada por el talismán de la bondad y acrisolada por la verdad de la ultratumba.

Pero hoy a toda costa quiero, no que me hables, quiero simplemente que me oigas allá donde te encuentres, vivo o muerto, desde tu apogeo o desde tu cadalso. Para el caso es lo mismo. Esta pobre mujer ya no volverá a ver a su hijo. Con todo, necesito hablarte desde la paranoia de no saber a quien me dirijo, si a su padre, a la madre naturaleza o a mi hijo.

De niña siempre tu palabra llenó cada rincón de mi casa. Tu palabra calmaba el llanto de mis muñecas, inundaba de colorido las flores de los tiestos. Perfumaba el más nauseabundo de los olores. Tu palabra se apoderaba del sentido de las cosas. Hasta los cangrejos y el dolor me sonreían cuando tu boca aprobaba el amor o el sufrimiento. Tu palabra llenaba la tierra, el mar y el aire. Tanto y tanto tu palabra lo llenaba todo, que no había sitio para otra cosa, que no fuera la voz de mi hijo. No es que no valieran los otros clamores del mundo, otros hijos, otros Lázaros, sino que tanto mi hablar, como el mugir de las vacas, inmersos estaban en tu palabra omnipresente.

Y este yo desoído, que habita en mi esta tarde que anochece, está harto de palabras de vida eterna, necesita un interlocutor atento y competente, alguien de carne y alma que me escuche. No como quien oye llover con sus orejas enterradas, crucificadas en un barranco de calaveras, sino como quien sabe entender el dolor inexplicable, el amor adolorido. A quienes mi sufrir les cuento, ninguno puede consolarme. Sus tímpanos son caracolas agujereadas por donde se escurre el bramar del bosque, la confusión del oleaje y el sin sentido de los delfines sin alas. Por eso, oh Señor, Hijo o Padre o como quieras que te llamen, desde el tejado mojado de esta tarde que llueve ausencias y tristezas quiero que te calles, quiero que me escuches.

Nada tengo que ver contigo. Y sin ser tu mi padre, ni mi madre, ni mi esposo, mi interior confundido delira por tu presencia como el salmón que al final vuelve a su origen. El que tú seas ahora la Nada o el Todo, otro absolutismo más que no entiendo. Dicho de manera irrespetuosa: si acaso fueras Dios, tampoco me importarías. Ya ves que no es la razón la que me lleva a hablarte. Es el dolor, mi sentimiento. La piedra milenaria configurada es por el aire que la moldea, pero la piedra no es el aire. En la estructura molecular de un guijarro no anida el oxígeno ni el aliento. Tu eres aire y yo soy piedra molida por la falta de un no sé qué te necesito.

Le hablo a los árboles, grito a los montes, canto al agua y al vino, al hombre y a los niños. Pero nadie me escucha. No encuentro oídos despiertos. ¿Acaso todo el mundo es sordo y pasa de mis palabras como de una loca que habla con las nubes, el viento, con su hijo muerto entre los brazos por el huerto de los olivos? Necesito ser escuchada por alguien en particular, aunque sea un cristo de escayola. Escucha la lluvia a la tierra sedienta, escuchan los pájaros el amanecer, los gatos a la luna cuando sigilosa se baña en el río. Escúchame tu al menos, aunque seas otro dios fundido en un dios revelador e inútil. A veces resultas tan consolador que pareces necesario. Como si te sintiera vivo; pero mi razón te sabe muerto.

A nadie le diré por orgullo y coherencia, que estoy está ante ti de rodillas como una imbécil ¡Años que no rezaba! Veo llover y observo todos los objetos que me rodean entristecidos, humedecidos por el llanto del agua. Y esta es la pena que siento, ver como la lluvia arrastra a todos los hijos del mundo como broza por el sumidero del tiempo. Cuando la vida se comporta de manera tan cruel y arranca un hijo de las entrañas de su madre ¿deberé aún permanecer callada y no contar a nadie lo que me pasa?

Por ultimo, quienquiera que seas o no seas, no quiero, que me respondas, calla. De sobra me sé tu contestación amañada y santa. Déjame sólo que te diga:
Tu no eres mi Lázaro ni el Señor que lo resucitara.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Diálogo de besugos





B habla con A. Le llama por teléfono para contarle lo de la muerte de C:
¡Mierda! sobrecogióle en la flor de la vida.
A dice que no le gusta la palabra muerte:
Este término no es el ajustado.
Según A, la muerte debería tener otro nombre que mejor se acomode a lo que en realidad es. B pregunta entonces a A, sabiendo que la muerte es unívoca y no tiene otro nombre:
¿Y cuál es ese nombre que tu escogerías para nombrar lo que le ha pasado a C? ¿No estarás intentado ocultar lo obvio?
A permanece callado durante un buen rato. Y al igual que las puntas de los cipreses interrogan al cielo distante y desentendido, B interpreta el silencio prolongado de A como una duda eterna en el tiempo. Luego B, ante la respuesta callada de A, contesta también insinuante y provocativo con otro minuto igual de largo, perezosamente indefinido, tan largo, perezoso y mudo, que A cree que la línea del teléfono se ha cortado, que Movistar ha quebrado o que los plomos de la tierra se han fundido.

Y cuando a punto está B de colgar el teléfono, oye que A le dice como si acabara de ver salir el sol:
Por ejemplo, despertar. Sí. Despertar es un buen verbo para nombrar aquello que tiene lugar tras la vida: ese misterioso plano, océano, dimensión o conciencia, origen y fin de todas las esencias.
Y no vienen a los oídos de B las palabras tan repetidas y socorridas de Machado para la ocasión, (y lo mejor de todo, despertar). Convencido y conmovido por la muerte de C, no está B para sublimaciones ni escapadas poéticas. La muerte para B no tiene vuelta de hoja, ni otras denominaciones que valgan. La muerte es la muerte. Y se acabó.

Y en esas estaban, cual besugos, A y B los dos hablando, cuando C interrumpe la conversación con voz de plomo:
¡Calláos, oh vivos. Y dejad que hablen los muertos! 

martes, 4 de noviembre de 2014

Quisiste ser montaña




Ayer tarde te sorprendiste desintegrado en la nada de tu cuerpo. En el calor de la tarde, saliste a la terraza a respirar el silencio que desde la sierra viene a visitarte como amigo entrañable casi todas las tardes. Tu vista se clavó como una saeta en el pequeño y lejano círculo de su objetivo, en el pico más alto del Morrón de Espuña. Poco a poco, el blanco de la diana de tus ojos desapareció hasta confundirse con el gris de la distancia que todo lo emborrona. Quisiste escalar mi cima. No pudiste sujetar en las hendiduras de la roca las clavijas de tu ascenso. Quedaste suspendido en el vacío, donde se desfiguran las formas, y aniquiladas son las esencias. Te enredaste en los pliegues de mi burbujeante falda silvestre y verde. Reducido quedó el espacio a la inexpresiva ambigüedad de un lienzo sin luz ni color, sobre el que trataste dibujar, sin conseguirlo, tu propia imagen. La imposibilidad de aunar soporte (espacio) y herramienta (voluntad) fue el veredicto inapelable de tu propio linchamiento. Sobre fondo negro, imposible pintar con carbón. El ceniza macilento de tu figura, superpuesto en el macilento ceniza del panorama, disolvió tu cuerpo, como diluido queda en un vaso de leche el blanco jarabe con el que engañamos el resfriado de un niño. Lo que yo ya no sé, si fue el universo entero el que se acopló a ti, o fueras, tal vez tu, el que absorbido quedó por la turbulencia plomiza que todo en un instante lo tiñó de sombras.

Más que visión, fue sensación lo que viviste ayer tarde sentado a la puerta de tu casa, mientras que sin hacer nada dejabas que la brisa húmeda masajeara con el aceite de su quietud tus inquietas sensaciones de desintegración, desdoblamiento, caldo disuelto de contradicciones avenidas en el nirvana tonto y poético, místico, holístico y rancio de las alucinaciones al uso. El instante más veloz puede durar más que una eternidad, y mil años de gloria de repente se tornan en un infierno. No es el tiempo la medida exacta para calibrar este tipo de percepciones, como tampoco el gozo o el dolor son nociones que lo definen. Simplemente tienen lugar, y su constatación al margen está de las categorías clásicas (materia, lugar, causa, hora,...), que determinan la existencia.

Para mejor darte cuenta de lo que sentías en ese momento te miraste con detalle. Querías convencerte que todo se debía a una esotérica visión. Realmente tu cuerpo era mi cuerpo, tus manos, las mías; tu cara era la de siempre. Pero tu aliento ya no era propiedad exclusiva de tu respiración, ni tu aire, ni tu compostura eran la de siempre. Fuiste por un momento eterno nube, yo, montaña, pino y nada.

Te viste a ti mismo con mis maneras, semblante y parecido. Tus brazos eran realmente los tuyos, pero con la tersura reluciente de los míos; tus pies eran los tuyos, pero con la elegancia seductora de mis andares firmes; tu pecho el mío, pero con mis jadeos de amor apasionado. Seguías teniendo tus propios hombros, pero con la horizontalidad estilística del armazón de mis clavículas insinuantes. La sutileza de mis años jóvenes aliviaban tus espaldas hundidas. Tu peso eran mis alas. Tu seguías teniendo el mismo marrón de ojos; pero tu mirada era el azul de mi cielo. Tuyo era el vello negro y astilloso de tus brazos, acariciados por el embriagante rubio de los míos. Esta posesión no duró mucho ni poco, sólo el tiempo justo para darte cuenta que entre nosotros se había establecido un vínculo, una complicidad, una transmutación deseada, pero no aconsejable. Te confundió el amor. Quisiste ser montaña, y dejaste ser tu mismo.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Muertos de risa





El hall de este hospital se parece a un mal cruce de caminos. Cuatro cuerpos estilizados de sillas plastificadas de un mortificante amarillo forman un cuadrado de asientos, donde familiares esperamos con cierto temor información sobre nuestros enfermos ingresados. Por encima de nuestras cabezas, un cuadro grandísimo. Según se entra a esta sala, por el lateral izquierdo, formado por amplias cristaleras, se filtra la claridad de un patio de luces ajardinado. Enfrente, arranca una desabrigada escalera que da acceso a una serie de despachos en cuyas puertas en verde tapizadas, veo unos letreros: Sala de Juntas, Registro General, Gerencia, Suministros. Rótulos todos relacionados con el producto que aquí se fabrica: pacientes. Impacientes, este es el cartel que mejor le iría. No tengo otra cosa que hacer, así que detengo mis ojos en los iconos de las distintas dependencias de este hospital: Aseos, Cafetería, Ascensores. Detrás, tres mostradores móviles, uno para Información, otro para Entrega de Documentos, y el tercero, Citaciones.

Nadie en este hall, a no ser nuestras caras de circunstancias, diría que esto es un centro de enfermedad. Ellos prefieren llamar: Centro de Salud. Arquitectos, promotores, carpinteros, pintores, curas y políticos, todos se confabularon para emblanquecer la enfermedad, para pintarla de verde, y así ocultar el morado inapelable, de su fatalidad ineludible. Tras los escaparates de este establecimiento: nada de lo que se vende en ella. Voy a Cafetería. Este bar parece el aparcamiento de una gasolinera. Y la sala de espera, este bar, el hospital entero no son un apeadero, soy yo el que así me siento en este andén de enfermos, pasajero, consumidor y caminante efímero. Llegará el día en que no quedará tampoco rastro de mis huellas. Pido un café y me pongo a escribir aquí mismo para desafiar a la muerte. No me importa, ni me acobarda que una mujer me mire recelosa. Siempre que me pongo filósofo me da por escribir como un estúpido. Y es tanto mi afán, que no reparo en hacer el ridículo con cara tan metafísica, cual otro Dante ante las Puertas del Infierno. Como si mi escritura quisiera rejuntar las partes desencajadas de mi cerebro, como si mis palabras tuvieran respuesta a cuestión tan debatida y no resuelta: Muerte y vida, dos realidades enfrentadas e inseparablemente unidas. 

De vez en cuando miro al pasillo por ver si aparece un médico que me informe del hígado, de los pulmones de mi amigo enfermo. Desde aquí, veo mejor aquel cuadro grande de la entrada. Tiene más de cinco metros de largo por dos de alto. Lo firma un tal Fuerte. Otro neologismo más, tergiversado y embustero: Contrametáfora del 92. Franjas verticales del mismo tono que el plástico amarillo de los asientos, rasgan con aspereza el lienzo hasta llegar a su base, donde unos bloques de cemento marrón oscuro frenan la fogosidad luminosa de color tan hiriente y girasoleado. De nuevo la dicotomía vida y muerte. Y sigo escribiendo tratando de encontrar sentido al sinsentido. Intento descubrir alguna relación entre la obra pictórica y su contexto hospitalario. Por el carácter de abierta estructura, esto parece más bien una plaza de abastos. Disipación y barullo. Mejor hubiera sido que los diseñadores hubiesen impuesto en su trazado líneas más íntimas para que el críptico silencio requerido se enseñoreara con mayor recato y compostura. Los constructores apostaron por hacer de este hospital una oficina de servicios múltiples, vaciando así su finalidad, el hálito casi monacal y místico que por ley debiera corresponder a este recinto hospitalario, sede del dolor, y espacio para la conciencia y el recogimiento.

Me pasa lo mismo con los tanatorios. Las pocas veces que por imperativo acudo a estos palacetes fúnebres, me siento gélidamente distante del duelo que allí se celebra. Su decoración aséptica, comercial y estándar, con cafetería incluida, sus horarios de cierre, sus uniformados celadores, convierten a la muerte en un producto más del mercado. Y allí como un pasmarote me planto, como si guardara turno en una pescadería. Todo lo relacionado con la enfermedad y la muerte no debiera ser moneda de cambio, pretexto para pasar por alto el interrogante de nuestra fugaz existencia. Esta eterna pregunta requiere un contexto más apropiado.

Y soy sorprendido ahora por la algarabía de un grupo de payasos que entran en la cafetería. Van disfrazados de médicos con sus narices de tomate, sombreros de colorines, y zapatos como barquichuelas riendo a mandíbula abierta, muertos de risa. Son los médicos de la risa. Han venido para sanar con su humor la enfermedad de estos pacientes. No sé si es bueno banalizar sobre la muerte. Frivolizar acerca del dolor, querer endulzar su amargura. ¿Acaso con estas zarandajas no sangramos más su mortal herida? Me pregunto si la mejor manera de combatir la muerte es venciéndola con chácharas, risas y serpentinas. ¿No sería mejor que aprendiéramos a fundirnos con ella cual aleación insoluble? No se trata de resistir, sino de dejar que la muerte nos mate con su inercia, llevarnos bien con ella, para que llegado el caso, seamos bien tratados por su dulzura. Ser vida con la vida, muerte con la muerte, tormenta con la tormenta, risa con la risa, para que el vendaval de los miedos y angustias no pueda con nosotros. La muerte no es el miedo, no es violencia, es el natural desenlace de nuestra existencia. Inconscientemente creemos que con la risa espantamos la seriedad de la muerte. Y no es la muerte nuestro natural enemigo, es su miedo el que me mata.