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domingo, 7 de mayo de 2017

Brindis a la memoria



Los recuerdos se aclaran con el tiempo. Músicas del pasado se oyen más limpias que cuando por primera vez sus voces regaron nuestros oídos acartonados por los ruidos de las prisas del instante. Como el leño, cuando más viejo, seco y pasado, mejor prende. Y las viejas flores de aquellas vidas amigas que perfumaron nuestro corazón desolado, tienden a convertirse ahora en abono clarificador de nuevos plantíos esperanzadores.

No sé si a Juan le habría gustado que, esta mañana, familiares y amigos estemos aquí memorando su irreparable ausencia. Ante la imposibilidad de contrariar al infortunio, a veces sólo cabe el silencio simple y fecundo, capaz de hacernos comprender la fatalidad y el sin sentido. Cuando perdemos algo que quisimos, se nos sale el corazón por la boca; y al mencionar con entusiasmo su nombre, es como si el aroma de su esencia se evaporara. Pero, a veces, no viene mal tener en cuenta aquellas palabras del médico evangelista:
Nadie enciende una lámpara y la pone bajo el celemín, sino sobre el candelero, para que los que entren oigan y vean.
Juan era contrario a todo tipo de parafernalias, que sólo muestran la superficialidad de las formas, y no dejan que nos recreemos con el trasfondo creativo de las cosas. Él siempre dijo que la muerte es un desarreglo de la naturaleza. Y recordar suceso tan irregular, estaría fuera de toda cordura según su singular parecer y planteamiento. Nadie celebra, más bien se pregunta, maldice y llora, como aquella madre que no quiere ser consolada porque sus hijos ya no existen, murieron en el destierro. (Jeremías 31:15)

Unos días antes de morir, un amigo le dijo cariñosamente a Juan para aliviar su tránsito:
¿Por qué no te dispones de buen grado a aceptar el hecho de que, tarde o temprano, tendrás que dejar este mundo?
Juan, miró a su amigo y lo fulminó como quien con desagrado responde callado a una gran impertinencia. La muerte para él formaba parte de esas categorías absurdas que configuran la injusticia. Cual artista creía en la inmortalidad de la belleza, detonador para salvar al mundo de la materialidad y su tacañería. Lo efímero no tenía cabida en su inagotable vitalidad.

Quedar a comer aquí en el corazón de la huerta, evocación al edén inmaculado de su más distinguido origen y preferencia, es sin duda una de las pocas cosas que podría justificar este brindis a su memoria. ¡Y cómo se le reían los huesos a este hombre cuando nos sentábamos alrededor de una sardina, un puñado de habas, un tomate partío y un trozo de pan y bonito junto al reír de la acequia, sobre un ribazo de hierba fresca!

Ojalá me equivocara, pero noto aquí un no sé qué, un cierto sinsabor. Hablo de mí al menos. Como si estuviésemos en deuda. Varios proyectos quedaron a medio: la recopilación de sus escritos, la digitalización de sus cuadros y pinturas, la selección de sus entregas para el debate que de sus lecturas y reflexiones hacía... Y no es ésta la mayor contrariedad. Tal vez esta melancolía o sinsabor intranquilo se deba a que aún no hemos terminado de hacer su duelo. Somos como satélites de un hombre muerto de quien no podemos despegarnos.

Dice un proverbio chino que la mejor manera de llorar a un muerto es trabajar su campo. Continuar su tarea, labrar los naranjos de sus sueños, regar aquel árbol esquelético de uno de sus cuadros, colaborar por la erradicación de la desigualdad, el hambre, las guerras, los capitalismos, la ignorancia, la insolidaridad, el egoísmo..., derribar de una vez la cruz de un sistema que mantiene clavados en la desgracia a tantos y a tantos seres humanos... Invertir el madero de la crucifixión del Gólgota. Juan lo intentó en una de sus pinturas a través de la Magdalena, la santa amante de Jesús, como a él le gustaba llamarla. Esa sería la mejor manera de cerrar su duelo, y también el duelo de todos aquellos a quien Juan seguía: Francisco de Asís, Ibn Arabí, Dostoievski, Gerardo Bruno, Juan de la Cruz, Lao Tse, Sócrates, Carlos Marx, Thomas Münzer, Antonio Machado, Marcel Legaut, el Abbe Pierre, Gandhi, el Insumiso de Palestina, el Che, y tantos y tantos otros herejes, provocadores y profetas que pelearon contra el mal llamado ordenamiento jurídico que deja fuera de la ley a tantos desposeidos. Los que aquí quedamos, sus familiares, sus amigos, este trozo de mundo, de huerta por la que Juan se desvivía, la seguiremos velando como si fuera un pedazo de su cielo, para que su mano maestra siga pintando amores por el vergel de estas tierras.

No sé si será un desatino decir que me fue más fácil entender a Juan, después de muerto, que cuando vivo me hablaba de sus afanes. No es la primera vez que me pasa. A mi padre por ejemplo, llegué a conocerlo mejor después de muerto.

Unas veces vi a Juan como un estoico con sus pies descalzos, casi desnudo: abrazado a la pobreza noble, tan noble y distinguida que parecía sobrado de riquezas. Su mayor riqueza: sus lecturas, los libros. La rebelión de la sabiduría contra el papanatismo académico. Otras, se mostraba cual otro Epicuro disfrutando con frenesí de los placeres más instintivos de la vida: el amor, el agua, la tierra. Otras, parecía un filósofo, pensador incansable, preguntándose siempre por qué los psicópatas del poder, del dinero y los medios nos ocultan las verdaderas razones de sus perversas intenciones. El pensamiento crítico contra el pensamiento único. Otras, como místico, un taoísta, enamorado de la armonía, de la simplicidad de la vida intentando así dar color a cualquier sombra. Le gustaba colorear hasta la piedra más tosca. Otras veces lo veía callado, con los ojos entornados, contemplando el crecer de una simple calabaza, sintiendo en su torso desnudo la brisa del mar. Otras, como a Pushkin, aquel eminente escritor ruso, de sed espiritual atormentado. Y me viene ahora a la memoria aquel poema de Pessoa: La asombrosa realidad de las cosas:
Otras veces oigo pasar el viento, y me parece que sólo, para oír pasar el viento, vale la pena haber nacido.
Poliédrico, polémico. Nos enamoraba, nos seducía con la pasión que ponía en lo que hacía. Otras, éramos nosotros lo que le rehuíamos por la ferocidad de su planteamiento, por su ternura endiablada. Era sencillo y a la vez complejo, inoportuno como si no fuera de nuestro tiempo. Se escandalizaba de nuestro pragmatismo. Aquellos que se adelantan a su tiempo, -decía-, sufren dolores de parto. Su originalidad, sus exabruptos, estampidas, atolondramientos, divina impaciencia y arrebatos nos desubicaban, a destiempo nos sobrecogían. Dormía cuando los demás estábamos en otra cosa, y vigilante andaba, cuando todo el mundo tenía los ojos cerrados. Siempre a deshoras, viendo lo que nosotros no veíamos. Queriéndonos mostrar el subconsciente de la realidad escondida.

Tantos perfiles yo en él veía que no sabría con cual quedarme. En una de aquellas entregas (Solidaridad y Simplicidad de Vida), que de sus ideas y experiencias solía hacer, Juan le dio la palabra a Walt Whitman, otro hombre contradictorio, denostado e incomprendido, muy parecido a él en su manera de ser y de pensar.

Traigo aquí algunos versos de Canto a mi mismo de este poeta a los que Juan alude en uno de sus manuscritos, allá por el año 1977:
Y con mi aliento puro
comienzo a cantar hoy
y no terminaré mi canto hasta que me muera.
Que se callen ahora las escuelas y los credos.

Las casas y los aposentos están cargados de perfumes,
los estantes y los armarios están cargados de perfumes.
Aspiro y me complazco en su fragancia,
siento su influjo enervador,
pero me rebelo……… Me rebelo y me escapo.

Me gusta sentir el empuje amoroso de las raíces
a través de la tierra,
el latido de mi corazón,
la sangre que inunda mis pulmones.

Me gusta olfatear las hojas verdes
y las hojas secas,
las rocas negruzcas de la playa.

Me gusta besar,
abrazar
y alcanzar el corazón de todos los hombres con mis brazos.
A mí tampoco me han domado,
yo también soy intraducible.
¿Me contradigo?
Muy bien me contradigo.
(Soy amplio,
contengo multitudes)

Y para dar paso a vuestras palabras, acabo el inicio de este encuentro a la memoria de Juan con un desideratum:
¡Ay si yo pudiera, si yo un Dios del Olimpo fuera, le daría a Juan un segundo de vida, lo traería aquí a la fuerza para que viese los colores de la primavera, escuchara el murmullo de la tierra, que se deleitara con el reír de las cañas del río, con el silbido del tren a su paso por Alguazas dirección estación de Las Bienaventuranzas, y para que en esta plácida mañana azul y verde, todos nos recreáramos con su compañía. De él aprendí yo el significado de esta palabra. Cum panis: comer juntos el pan.

jueves, 27 de abril de 2017

Pedro Méndez





A Pedro Méndez, trabajador de La Bazán. Cartagena.


Nubes escalonadas bajando al monte. El monte bajando al mar. El mar huele a Bazán y a puerto,
templanza, sal y piedad.

Trae redes el agua calma, cestos de primavera, siembras y aromas verdes sobre tu barco, amigo. Amigo azul peregrino, dispuesto y listo para el tránsito, definitivo. La quilla afilada y tierna cavando va su destino, tu cama eterna.

Ignoro hacia donde vas, si hacia algún caladero de aguas dulces, paraísos de escayola, o delfines de cristal... pero ¡qué más da! Tú bien sabes el muelle a donde tu fe atinada y simple boga.

Entre la decepción y la esperanza anduvo fiel tu singladura. Creyente para unas cosas, escéptico para tantas. Me duele el no entenderte o tu mala suerte. O mejor, como alguien esta mañana ha dicho: Nada de lo que se te dio, tú has perdido. ¿Acaso perdiste a tu hijo? !No, Pedro, está tu alma en él!

Los bancos del tanatorio crujen, no sé si lloran, aplauden o vituperan tu adiós callado, pesar sonoro, frágil y acorazado tesoro entre cuatro tablas metido.

Hay quien canta a los dioses, al sol, a la mujer o al dinero, a la hermosura encumbrada. Hoy yo canto
tu belleza escondida, sepultada, tan oculta y tan esquiva que se nos fue para siempre sin haberla conocido.

sábado, 31 de diciembre de 2016

Cuento para contar un Cantar de cincuenta canciones



Para Trini y Loli, dos buenas amigas y compañeras de trabajo. Allá por una primavera de final de siglo. (16/04/99)


Y cómo vas a recoger el trigo
y alimentar el fuego
si yo me llevo la canción. (León Felipe)

Erase una vez un rey que tenía dos hijas muy bonitas. La una se llamaba Trinidad. Sus ojos eran grandes y puros como el agua del arroyo, su boca grana como el sol del amanecer y su piel blanca, muy blanca como los senos de la luna. La otra, la más pequeña, se llamaba Lola. Su pelo, negro como el azabache, olía a rizos de mar en calma, su andar alegre, amorosa cadencia de los compases del Danubio Azul. Y, sobre todo, sus manos. Con sus manos, Loli era capaz de convertir en plato exquisito el mayor de los desaguisados. Trini, la mayor, bordaba como un primor príncipes a caballo en su bastidor dorado.

Un día su padre, el rey, las mandó venir a su presencia y les dijo:
Mirad, hijas mías, como sabéis, una grave enfermedad aflige mi alma y un mal de muerte consume mi cuerpo, os pido que por la salud de vuestro padre salgáis prestas a recorrer el mundo en busca del remedio que pueda alegrarme el corazón y salvarme la vida.
Las dos hermanas como, además de hermosas, eran hijas sobradamente buenas, se dispusieron enseguida a cumplir el deseo del padre. Dejaron las comodidades de palacio; y anda que te anda, rastrearon e indagaron con arrojo por todos los rincones del reino. Preguntaron a magos y galenos, hombres y mujeres, chamanes y herbolarios, sin que ninguno de ellos pudiera proporcionarles la poción milagrosa. Cuando más cansadas estaban... y perdidas ya casi todas las esperanzas de conseguir el remedio para la enfermedad del rey, he aquí que por sorpresa se encontraron con un anciano que con ternura las saludó diciendo:
¿Dónde vais con los pies tan destrozados, mis queridas muchachas?
La mayor de las hermanas, Trini, con lágrimas en los ojos le respondió afligida:
Nuestro padre el rey está muy enfermo y ya va para más de mil días y mil noches que inútilmente vagamos por estas tierras sin encontrar aquello que pudiera curarle.
El anciano muy interesado en ayudar a las dos hermanas, después de indicarles una fuente de agua donde pudieran refrescar sus pies cansados, les deseó tanto a Trini, la de los ojos dulces, como a Loli, la del perfume a mar, el mejor final para su andariega empresa, al tiempo que les dijo:
He oído decir que más allá de aquellas montañas que vienen del mar se extiende florida una vega. Allí se levanta como un balcón una pequeña aldea desde donde a veces se oyen las más melódicas canciones,“la música que recrea y enamora”, tonadas que jamás se han dejado oír desde que el mundo es mundo y la tierra da vueltas alrededor del sol. Si sois capaces de haceros con su música, tal vez su audición sea para vuestro padre el rey el elixir que pueda devolverle el vigor a su desvalido cuerpo, la alegría a su desconsolado aliento.
La más pequeña de las hermana dijo entonces al anciano:
¿Y cómo podremos, señor, guardar esa melodiosa música de la que nos habláis, si no llevamos cuenco alguno en donde meter esas maravillosas canciones de las que nos habláis?
El anciano como si esperara la pregunta de la muchacha, abrió sus brazos cordialmente y cogiéndoles las manos tanto a Loli como a Trini les dijo con modesta sabiduría:
Lleváis razón, niñas, el aceite se guarda en la alcuza, el grano en el celemín, el vino en los odres, el agua en la orza, pero ¿dónde diantre, se guardará la canción?
El anciano hizo una breve pausa, y en silencio, tan sólo con su mirada les hizo la misma pregunta a las dos hermanas:
¿Dónde, diantre, se guardará la canción?
Luego continuó con el mismo aire de admirable naturalidad:
Lo mismo que no hay trofeo sin prueba, ni consuelo sin desconsuelo, tampoco vosotras encontraréis sin dificultad la pócima que salve a vuestro padre de la muerte. Encantadoras princesas, -les dijo por último el anciano dándoles un beso en la frente a cada una de las dos hermanas como despedida-, llevad mucho cuidado, no os detengáis más de lo necesario en la fuente, solo el tiempo justo para el alivio de vuestros pies exhaustos. Luego ya veréis como os será fácil descubrir el estuche apropiado donde guardar debidamente el delicioso sonido de las canciones que pueda sanar a vuestro padre enfermo.
De nuevo las dos hermanas se pusieron en camino. Y nada más refrescar sus cansados pies en la fuente que les había indicado el anciano, les salió al paso un gigante con una serpiente viva en la mano.
Alto, niñas, habéis traspasado mi propiedad. La tierra que pisáis me pertenece. No os dejaré continuar vuestro camino, si antes no me dejáis ver lo que lleváis en vuestro corazón.
Loli, la de las prestigiosas manos, le dijo a su hermana que empezaba a temer por su vida:
No te preocupes, Trini, nunca un gigante podrá saber lo que se guarda en nuestra alma. Sólo los que aman pueden ver lo que hay dentro del corazón.
El gigante al oír las palabras de la hermana menor empezó a reírse tan estrepitosamente que las montañas que venían del mar se tambalearon por unos segundos como si se tratara de un terremoto.
Ja, ja, ja, entonces, princesitas, ¿para qué, demonios, os creéis que llevo esta serpiente siempre conmigo? Esta delgada culebra puede colarse por vuestras bocas, llegar a vuestro corazón y luego decirme al oído, si vosotras sois acaso las que con tanto celo guardáis las canciones que ando buscando. Así que hasta que no sepa con certeza, si sois vosotras las que me ocultáis el melodioso tesoro tras el cual me afano, seréis mis prisioneras.
Al llegar la noche, cuando las dos princesas rendidas ya por el sueño se quedaron dormidas, el gigante introdujo la culebra por la garganta de las dos muchachas para ver si en realidad eran ellas las que en su alma guardaban aquellas dulces melodías que tan a maltraer lo llevaban. Cuando a la mañana siguiente la serpiente, después de haber rastreado el corazón de las dos hermanas, le dijo al gigante que en el alma de las dos hermanas no se ocultaba nada, que su corazón era como un estuche completamente abierto y callado, malhumorado las dejó continuar su camino.
¡Apartaos de mi vista, mentecatas, y que nunca más mis ojos se detengan ante vuestro menesteroso aspecto!
Nada más dejar el angustiado encierro del gigante, Loli y Trini empezaron a oír del cielo, de las montañas, de los valles, de los ríos, una música tan callada y sonora, tan apacible y templada, tan viva y sentida, que se acordaron de las palabras del anciano: la música que recrea y enamora. Y las dos princesas, locas de contento, abrazándose se dijeron:
¡Por fin hemos encontrado el remedio capaz de alegrar el corazón de nuestro padre y salvar así la vida de nuestro rey!
Llenas de alegría se dirigieron al lugar donde tan agradables melodías manaban como el agua que aclara el alma y cura el cuerpo dolido. Guiadas por su música enseguida llegaron a un gran jardín en cuyo centro había una pequeña casa rodeada de acacias. Extasiadas se quedaron las dos hermanas al ver como en su interior voces infantiles daban vida y sentimiento a cincuenta canciones como nadie lo haya hecho jamás. De no ser por el gigante, las dos hermanas no sabrían nunca donde guardarse estas canciones. Así que abrieron su corazón y con su música guardada partieron de inmediato de regreso a palacio. No sin antes, tanto Trinidad como Loli, haberse fijado en el fachada de la casa en un cartel que decía:
Escuela Infantil de los Rosales.
Una vez que llegaron al palacio, el padre ya casi moribundo, conforme oía salir del alma generosa de sus dos buenas hijas las saludables canciones, se restableció milagrosamente al instante. Y todos fueron muy felices.

Nota: Para los curiosos que quieran saber cuales son estas canciones a las que el cuento alude, deberán hacerse con un cancionero llamado A la Pitiflor. En él vienen todas ellas recogidas.

viernes, 22 de abril de 2016

Genet, su tumba y el mar






El mar, la tierra y el cielo miraban a Genet para no parecerse a su tumba. Y tanto y tanto entre ellos se miraron que con el tiempo acabaron los tres desparramados, iguales, como indistintas gotas de agua. Fue inútil que al principio de reojo se miraran. De nada valió que tanto Genet, como las nubes tristes, como su fosa blanca fueran como la noche y el día, la base y el abismo, el tumulto y la calma, la nostalgia y la alegría, la santidad y el infierno.

Al cabo de los años, cuando los volví a ver, de tan avenidos en el paisaje fundidos todos estaban, que no supe quién era el agua, quién el cielo, quién la sepultura, quién cantaba, si las olas, si los grises, o si quien lloraba era la orilla.

Nunca entendí las razones por qué el autor de El milagro de la rosa, el que fuera tachado de vagabundo, ladrón, puto, resistente y anarquista, quiso que lo enterraran en medio de aquel acantilado inhóspito y descolorido, frente a un mar recatado y tímido. El mar, las nubes, la muerte y la tierra, siempre el oxímoron perfecto.

El solitario de la multitud, aquel poeta maldito, que consideraba nauseabundo el aire que respiraban los burgueses, nunca quiso parecerse a la legalidad establecida. Desde la ejemplaridad de su inmoralidad provocadora Genet quiso hacernos ver que la bondad no siempre se encuentra en la inocencia, sino que a veces se esconde en lo más hondo del infierno, en la soledad más rancia y desteñida. Muerte y desierto, desierto y agua. Contradicción revelada. Maldad y santo cinismo. Reconozco una profunda belleza en ladrones, traidores y asesinos, en el despiadado y la astucia: la belleza de los hundidos

Cuando Dostoievski dijo que las personas, incluso las peores suelen ser más cándidos, más simples de lo que suponemos, de haber conocido el de Los hermanos Karamazov a Jean Genet, sus palabras bien pudieran haber sido un buen tributo a su trayectoria y recuerdo.

sábado, 5 de marzo de 2016

Un sin Dios





Se llamaba... Mejor no. A él no le gustaría que supiéramos de quien hablamos. Por respeto a su anonimato que como parabólica izaba sobre el tejado de nuestro ojos de bolsas caídas, escondo su nombre bajo las tablas del escenario de este comentario en su recuerdo.

En su juventud, tanto su cabeza como su corazón lo llevaron a la confrontación, al compromiso, a la refriega dialéctica. Pero su impaciencia militante pronto lo empotró en el relativismo que rallaba en la indiferencia. Indiferencia que él también ocultaba para no ser considerado un retrógrado. Él mismo me llegó a decir un día que la madre mundo hacía tiempo que había dejado de parir dinosaurios, intelectuales y profetas:
Sí. Escritores, políticos, académicos, popes hay a montones, tantos como creyentes en el infierno, tantos como diputados en el foso de reptiles, tantos como plumas de ganso en el redil, pero todos ellos parapetados cual lagartijas en las trincheras de su propio ego, gallinas que no paran de cacarear cada vez que escriben un libro o desde el minarete de su soberbia rezan una oración al Baal de sus credos y mandamientos.
Sus capciosas alusiones a la religión, traídas muchas veces de la misma boca apócrifa de los sagrados autores, le valieron el sobrenombre del Aullido del diablo. Más que incrédulo era un hombre de fe materialista. Renegaba de los Evangelios, pero se refugiaba en la poesía como baluarte espiritual de su existencia. Felices los ignorantes, porque ellos heredarán la sabiduría, -repetía. Y considerándose a sí mismo un sin dios, aludía muchas veces al Sermón de la Montaña como código de toda ética. Más respeto sentía por el no sabiendo del poeta de Fontiveros, que por todos los doctores de la Iglesia. Y sobre la religión comentaba: una dulce mentira llena de verdades. Negaba cualquier apologética, pero se sumergía con fervorosa pasión en la verdad poética del cristianismo. La poesía es más cierta que la religión.

Hacía exactamente siete años que mi querido anónimo había muerto. Aquella tarde me dirigí al piso donde aún vivía su hija, detrás de un Mercadona de la zona centro. Quería vérmelas con él, aunque fuese a través de uno de sus descendientes. Y le pregunté que a dónde habían enterrado a su padre, pues me apetecía llevarle unas flores. Ella, entonces volvió su cabeza al pasillo, y alzó su voz:
Padre, sal que te buscan.
Luego yo de regreso a casa no cesaba de decirme:
De tal palo tal astilla.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Asunta. Canto de Vísperas



Guiada por el crepúsculo de un otoño bruñido de incandescentes amarillos se dejó llevar por la grata brisa de una tarde de budas y de dioses sugerentes. Con ella también se fueron las flores del jazminero de su patio engalanado, su paraíso terrenal y eterno, el lucero de su alma iluminada.

¿A quién acudirá ahora el creyente para que otras manos (las suyas ya no se mueven ni hablan), saludables y compasivas deshollinen la suciedad de nuestros oídos taponados, entumecidos de dudas, callejones sin salida, preguntas enteleridas y soluciones baldías? ¿Con qué plato de olla gitana, con qué tarta de limón o queso el goloso hambriento saciará ahora la fe y sus ansias, sin las dotes de sus dulces manos culinarias? ¿Quién le prestará al ciego la linterna que le aclare el boscoso camino para llegar desde sus sombras al umbral de la casa hospitalaria y encendida de Asunta?

El aroma de las plantas exhuman lágrimas de alegría, cicatrizante rocío sobre el barro de sus macetas afligidas. Siente el vástago el azul de sus venas muertas, su cara de niña viva, el calor de sus ojos íntimos, de humanidad dilatados sobre sus huesos fríos.

El pajarillo aún revolotea en la jaula. Se oyen sus trinos. No se ha quebrado su canto como se quiebra el aliento de una mujer cuya muerte es aire, abono y humus para el arbusto que queda entre la floresta y el río, la madreselva y de la culebra el silbido.

La tarde recita sus vísperas. El verso huérfano de un David doliente alcanza la noche. Asunta cierra los ojos, el salmista entona una música incomprensible, melodía inteligible. Y aunque es de noche, el cuerpo de la mujer yaciente alumbra de resplandores el alba que se avecina y espanta al león de la avaricia, a la jirafa orgullosa, al cuervo de la codicia, al gusano de la envidia...

Y amanece un nuevo día.



martes, 22 de septiembre de 2015

Los muertos se mueren solos




Los muertos se mueren solos, pero quieren morir acompañados. Y yo no estuve contigo. Nadie se muere estando con alguien. La muerte es muy cobarde, te atacó en la soledad. Antes de morirte del todo, te abstrajiste del mundo, en ese silencio previo a la pleamar, ese chupón del émbolo del Ser, encogimiento, seísmo y antesala del mayor agrandamiento por conocer y sabido. Y yo no estuve a tu lado para ver en tus ojos dilatados tu sorpresa indefinida. Y como un estúpido me disculpo ahora y te digo:
Y aunque allí, escoltado entre los baldaquinos blancos de la Uvi hubieses visto mi presencia multiplicada junto a tu cama apuntalada de tubos por los cuatro puntos cardinales, espejos abstractos del infinito, de nada hubiera servido.
Dicen que el amor lo puede todo. Pero ni la sonrisa de los pájaros, ni la sombra de los árboles de la avenida Joaquina Eguaras, ni el dulce aroma de la hierbabuena, ni el pico del Veleta, ni mi fraternal cariño siquiera pudo frenar tus pies ante la inercia absorbente de tu tránsito irremediable. Y tú que te arropabas con las palabras, (cada vez que hablabas, tu boca era fuente transparente de las cosas), te callaste para siempre por imperativo de la vida. Y todos los nombres del diccionario borrados fueron al momento de tu sabia cabeza por la máquina trituradora de los papeles del tiempo.

Allá donde viviste, quisiste siempre tener delante de ti una ventana desde donde acariciar la primavera en el verde de las hojas que daban a tu terraza, ver la calle, el monte, tu cerro del Castillo, de donde nunca más los ojos de tus huesos apartarán ya su mirada. Y así te sentías a gusto identificado con la tabla periódica de los elementos que siempre configuraron tu existencia básica: el aire, la luz, la tierra, el camino y la fe de un sueño.

Con las manos de tu alma intentaste abrir el vientre de las catedrales oscuras para poder ponerte a salvo en los repliegues luminosos de la revelación gótica de las palabras. No es bueno morir a ciegas, solo, con la luz apagada y todas las puertas y ventanas cerradas, sin ningún hueco por donde vislumbrar el corazón de los nombres.

¡Me hubiera gustado tanto, hermano, en ese tu día último subir al autobús número 5 y visitar contigo la ciudad, el Bañuelo, la Cartuja, el Sacromonte! ¡Me hubiese gustado tanto que me guiases cual Virgilio a Dante hasta las puertas del Paraíso y desayunar contigo allí churros con chocolate!

martes, 9 de diciembre de 2014

Tres no son cuatro




Cuatro almendros tiene Paco en un campo arrendado de amapolas. Los puso en recuerdo de sus hijos. Cuatro son los lados de su cama, las paredes de su casa, las esquinas de la calle, cuatro campanas tiene la iglesia, cuatro platos en la mesa, cuatro pares de alpargatas, cuatro ángeles la tumba. Cuatro besos y una pena.

Cada vez que uno nacía, el padre un hoyo grande cavaba en el mejor roal de su alma y con devoción y esperanza plantaba un árbol mirando al mediodía. Hoy, Paco como cada mañana,  mil veces cuenta los almendros, y siempre le falta uno. Que tres no son cuatro.

Sus amigos consuelan a Paco, le dicen que dos y dos no son siempre cuatro, que las cosas son complejas, que nunca llueve a gusto de todos, que quien tuvo retuvo.

Huidobro también decía que “los puntos cardinales son tres: el norte y el sur”. Puede que el de Altazor llevara mucha razón, que hoy en día no hay izquierdas ni derechas, ni poniente ni occidente. El sol ya no sale para todos. En este mundo globalizado todo se reduce a dos: Los de arriba, los de abajo. Los de siempre, ¡qué carajo!

Hoy es otoño. Paco va a recoger la almendra. De nuevo vuelve a contar los árboles. Está seguro que siempre fueron cuatro. Los repasa uno a uno. Los cuenta, los recuenta. No le salen sus cuentas, que para Paco cuatro no suman cuatro, le bailan los números en el cubilete del olvido.

Y ahora, el padre recuerda que el Marqués, el dueño de la finca, mandó cortar un almendro, precisamente el de su hijo mayor, el que moriría por aquellos tiros al aire de la policía en una manifestación en Sevilla.

Francisco Rodríguez Ledesma, trabajador de la construcción y vecino de El Cerro del Águila, fue herido el 8 de Julio de 1977, frente a las puertas de Hytasa, por esos "tiros al aire" tan propios de la policía político-social. Seis meses después, el 5 de Enero de 1978, falleció en la Residencia García Morato tras seis intervenciones quirúrgicas.

domingo, 2 de noviembre de 2014

El tambor de la nieta





Luna creciente. Medio anillo apenas. El tenue filo de una daga sobre la carne amoratada de la tarde por el puerto de la Mora. Huye el ocaso de las iras de un cielo loco, amenazador y esquivo. Triste el bello atardecer sobre los cármenes de Granada.

El otro día, Rubén Castillo, en la presentación de su último libro Anillo de Moebius, decía que cada sustantivo tiene un adjetivo único, exclusivo; y no otro. Pero por más vueltas que le doy al cubilete de los adjetivos no encuentro para esta tarde cárdena sambenito que defina con justicia la sangría de su pena. Camino vamos de la uci del hospital Ruiz de Alda. Allí nos espera con el sudor frío la muerte del abuelo.

El día antes, el abuelo le dice a la muerte que dilate por unas horas su deceso. Y para convencer a la Parca, insiste el hombre, ya casi con con un pie en el estribo de la otra orilla:
Un asunto pendiente me queda antes de dejar este mundo.
La muerte, que nunca suele conceder tiempo fuera del tiempo, al ver en los ojos del abuelo la piedad, la inocencia de su humilde ruego, le dice al hombre ya en capilla:
No suelo alargar la vida de mis clientes. Hoy es tu día. Asunto muy serio ha de ser para solicitar una prórroga. La vida es como la luz, te la cortan cuando dejas de pagar su factura. Y tu, buen hombre, has pagado ya con creces las tuyas. Pero, dime, ¿qué es lo que urge para demandar más tiempo fuera de tu tiempo reglado?
Nada que no tenga remedio, -responde el abuelo. Si ha de ser ahora el día señalado para atravesar las puertas del conocimiento y su verdad, ¡pues sea! Yo no soy quien para oponerme al destino. Ayer mismo me despedí de los míos, diciéndoles de corazón que les quiero y que siempre les querré allá donde quiera que me encuentre. Así que, amén. Hágase como quieras. Mejor cruzar los mares de Estigia de buen grado, no vaya a ser que mi insurrección soliviante vuestra santa paciencia. Pues he visto yo florecer naranjos engreídos en otoño para perecer calcinados y a deshoras un día después por la inclemencia de un tiempo atolondrado.
A tenor de estas sabias palabras, la muerte ve que la espiga de quien así le suplica ya está dorada para la cosecha. Con todo, tiene curiosidad por saber que querría resolver este hombre antes de cruzar las puertas del misterio:
Dime, hombre virtuoso y prudente, ¿cuál importante es ese asunto que merezca retrasar la hora de tu fallecimiento?
Al abuelo le da vergüenza ahora desvelar lo que le embarga. Duda de su relevancia. Tan sólo acierta a susurrarle a la muerte:
Yo tan sólo hubiese querido comprarle a mi nieta un tambor para que la pequeña marcara con gracia el ritmo de los días.
Y así la muerte, compadecida por la sinceridad de las palabras del abuelo, le dice al hombre:
¡Anda, ve, aún tienes tiempo!
Y hoy, una semana después de marcharse definitivamente el abuelo, llega hasta mis oídos entristecidos el socorrido acorde de una niña tocando un tambor con sus alegres palillos.


domingo, 14 de septiembre de 2014

Cual otra Anfítrite




Cada cierto tiempo, manda un giro de dos mil ochocientas pesetas a Unex. Estas iniciales responden a una Agrupación de Excombatientes Republicanos. Cuando los socialistas llegaron al poder, le pusieron una paga a las viudas de los que pelearon en el bando rojo. Si su marido no logró la victoria, al menos ella, cobra treinta mil pesetas todos los meses, por ser viuda de un teniente de la República. Guiada por la misma generosidad que llevó a su marido como voluntario al frente, ella colabora cada año con una modesta aportación a esta Asociación. Su apuesto guerrero fue abatido, primero por los disparos fratricidas de una guerra civil, y luego por el quebranto mortal de una cirrosis que no le dejó ver a sus hijos casados, como tampoco disfrutar de sus nietos.

Hay momentos en que la veo como si se despertara de un pesado sueño, tras una larga caminata, andando más de 12  kilómetros para ver a su marido en la cárcel. Va con su cesta cargada de víveres, víveres que bien sabe ella que van a se requisados por los guardias para engorde de sus barrigas facciosas. Y pestañea con obsesión aplicada, mira queriendo reconocer lo que ya sabe de sobra. Ahora, estira sus manos, palpa el tablero liso de formica de la mesa sobre la que está sentada, lo toca y lo retoca, como el ciego que manosea los lugares y las cosas cotidianas de su existencia para orientarse y encaminar sus pasos por la negrura de su habitación. Es muy aburrido despertarse todas la mañanas, y ver que los ladrones del tiempo te quitan los víveres de los días, y se interponen con sus fusiles en alto, no dejándote comunicar con el esposo preso.

Como hoy, a las once, viene don Isidro, el cura de san José, a darle la comunión, para que esté bien guapa, le digo si quiere que la arregle un poco. Tiene una pequeña calva al inicio de la cabeza, donde termina la frente. Todo empezó hace unos veinte años. Un leve cabezazo con el saliente de una estantería. Ahí mismo, le salió un pequeño bulto: Histiocito sarcoma. Luego vinieron las sesiones de radioterapia. Mientras le corto el pelo, tengo tiempo de fijarme en su redondeada cabeza, su cuero cabelludo ciñéndole ajustadamente los huesos de su calavera, su curvo cuello, las orejas grandes. Conforme la vejez acorta nuestra talla, magnifica nuestras orejas, las engrandece, las estira como si fuesen los pámpanos de la cepa de una vid. Los repliegues de sus orejas son pura orfebrería. Sus lóbulos inferiores están rematados por dos pequeñas gemas negras. Los pendientes le confieren un aire distinguido, pero sin ostentación. De joven, tuvo ese aire entre juguetón y rebelde, que aún conserva con un tinte inteligente la ironía de su nariz perfecta. Un surco separa grave el labio superior, dándole a su semblante cierta seriedad contenida.

Este pelo que ahora, ayudada del peine y las tijeras, le corto, antes lo llevaba largo y estirado para atrás, como las bailarinas de ballet, cogido en un moño en la nuca, como lo llevan aún algunas ancianas en la huerta. En aquella época, ella no se atrevía a cortárselo, ni tampoco ir a la peluquería para hacerse la permanente. Eso sólo se lo se lo permitían las señoras de los señores, las señoras de abolengo, aquellas señoras acomodadas a cuyas casas ella iba a servir. Criadas y señoritas, que para diferenciarse, debían llevar, las primeras, como un estigma, el porte descuidado, frente al sibaritismo de las segundas. Su frente es pequeña, pero despejada y sin arrugas, refleja brillantez y nobleza. Su nariz es hogareña, familiar, como cercana e íntima. Está muy lejos de parecerse a esos epígonos de narices altivas que amedrentan e intimidan, o de aquellas otras casquivanas y respingonas o mentirosas. Su maxilar es compacto, sin estridencias, ni radicalismos, propio de aquellas personas prudentes, comprensivas, capaces de ponerse en el punto de mira de quien tienen delante. Su barbilla aún conserva un cierto aire de alegre sensualidad, entre la complicidad y la amistad. Los repliegues, que desde las aletas de la nariz bajan hasta la comisura de sus labios, le dan un recio tono de fortaleza y aguante. Este endurecimiento aparente contrasta con el conjunto infantil que refleja su rostro.

Terminado el corte de pelo, ya metidos en pleno zafarrancho, la lavo toda entera: Todo muy artesanal. No está ella para que la ponga bajo la ducha. La enjabono, la enjuago con un cazo, como antaño, cuando el agua aún no corría por las cañerías. Su cabeza parece la de un pollo sacado del agua. Ella esconde pudorosamente entre los repliegues de su piel su avergonzado pudor. Parece la mismísima Anfítrite. Tras estas abluciones, una vez sentada en su sillón, exclama: Señores, señoras, he quedado como una diosa salida del mar. Su cara barnizada, una muñeca anacarada. Trasluce un sonrojado aspecto, capaz de enamorar de nuevo a su marido aquel teniente del ejército republicano o al mismísimo viático que a punto está de traerle don Isidro.

Y la veo ahora, digna y respetuosa, limpia, con su mejor vestido. Y en el momento que el cura le da la comunión, casi sin poder, como un resorte se pone de pie, tiesa, como lo haría su marido ante la bandera tricolor de la República.

sábado, 1 de marzo de 2014

Omnis resurgam





En el hospital. Su habitación, la 421. Encuentro a mi amigo, inmejorable, como en su propia casa. Ni siquiera está acostado. Aunque quisiera, no podría. Su cama está llena de libros y periódicos, recortes de editoriales, rotuladores, un par de libros (Cuerpo y alma de Laín Entralgo, y otro libro de Francisco Umbral, cuyo título no recuerdo, sobre la muerte de un hijo suyo). Mi amigo no viste el pijama emblemático de este hospital que todo los enfermos llevan puesto. Simpre huyó este hombre de cualquier distintivo institucional o aparente que afeara o escondiera lo que de verdad somos por dentro. Recuerdo que cuando íbamos a bañarnos al río, era el primero que se metía al agua, completamente desnudo.

El sol entra por la ventana y enciende de sueños y filosofía su lúcida y presocrática cabeza. Su rostro, recortado al trasluz vivo de la mañana, a pesar de la angustia del preoperatorio, refleja paz y calma, enormes gana de vivir. Y he visto en su semblante la misma hoguera germinal del conocimiento, como si proyectara sobre mi ese resplandor levemente atisbado, apenas intuido, y ¡quien sabe! si ya percibido por su miedo al bing bang de la muerte.

Me cuenta que esta noche le costó dormirse, y que se puso a escribir algo sobre el omnis resurgam, (todo yo resucitaré), de Pedro Laín. La resurrección como respuesta lógico-científica al interrogante de la inmortalidad. La operación que le van a hacer es de envergadura. Han tenido que suspender otras intervenciones para, en caso de urgencia, disponer de todo los recursos posibles. Llega la hora de despedirnos: adiós, mañana nos vemos -le digo enfatizando el presente mancomunado, plural y solidario del verbo ver. 

Mañana ya es hoy. Vuelvo al hospital. Nos volvemos a ver. Te lo había prometido. El tumor que le han quitado pesa dos kilos. Se había comido ya casi todo el riñón derecho. Para extirparlo le han cortado también un trozo de hígado. Enfajado como un recién nacido. Todo su tronco liado como el de una momia. En la expresión de sus ojos y en el leve gesto de su mirada, percibo la alegría del bien sobre el mal. Mi amigo es un vitalista contumaz. ¡Cúantas veces me habrá repetido a lo largo de su vida que la muerte es un pecado, una injusticia! Ahora, me dice: 
Acércame la bolsa de aseo. El deseo de estar bien, mejora la salud.


miércoles, 15 de enero de 2014

Frívolo





La oveja negra
pace en el campo negro
sobre la nieve negra
bajo la noche negra
junto a la ciudad negra
donde lloro vestido de rojo.
(Bajo la lluvia ajena. Juan Gelman)


La palabra entre la noche va perdida. Viste de negro reluciente. Perdida ande y ande para siempre. Así, mi busca terca jamás sabrá su vanidad de estrellas muertas.

Me despeloté ante el monte por testigo, santuario natural entre los pinos. Y el verde de la inocencia sibilina me hizo un guiño: que no creyera en mis verdades.

Fui por unas horas demiurgo. Critiqué, me reí de mi yo más querido, como aquellos otros dioses del Olimpo que utilizaban a los hombres como naipes para jugar a las siete y media. Imité a Urano vomitando hijos, que con tanto amor creara. Y jugué hasta el orgasmo con aquella palabra que cual árbol de papel me alejaba de mis raices con el viento y sus semillas, millas y millas. Sin saber, me jugué como un chiquillo mi emoción al rouge, y la bola de mis sentires cayó en el noir. Me desmadré terapéutico para acabar des-con-sol-hada-mente.  Después bauticé a los árboles que cobijo me dieron. A uno puse por nombre Lesbos; al otro Afrodita; al del fondo, Generoso, y al del más allá, Mediodía, el caballo encendido del sur. Luego, cada mochuelo, otra vez, con su esqueleto al olivo.

Busqué anoche la palabra que a mi olvido no venía, a pesar de haber estado conmigo durante todo el día hablándome veleidosamente de lo humano y lo divino.

Atravesé los siete sueños, los siete ríos subterráneos de mis instintos inferiores. Me alcé sobre los siete cielos de su imagen más bella y cenicienta. Escalé las siete montañas del sumergido sexo continente, las siete cúspides de mis instintos superiores. Y el vocablo no venía.

Ni mérito, ni ético,
ni prístino, ni vívido,
ni fétido, ni gélido,
ni cálido, ni máximo.
Tampoco, sensato.

Sólo sé que esdrújulo como un túmulo era su acento funerario. Siempre fui alérgico al énfasis estúpido y decrépito de los versos al modo más vesánico.

Con ellos siempre el vértigo ponía inseguridad a mi estabilidad frágil y movida. Cada vez que en ellos me subía, me perdía como un gato sin rabo en la montaña rusa.

Yo buscaba esa palabra. Sabía que junto a mí dormía. Y si acaso a mi boca el vocablo trásfuga venía, el descalabro más aún aumentaría.

Y nada más llegar el alba, vi que su nitidez más siniestra reflejaba con mayúsculas en la propia figura de mi cara abyecta la palabra olvidada: frívolo.



lunes, 13 de enero de 2014

Pedro Sánchez



Fui a verle. Me dijeron que estaba muy enfermo. Dorada espiga ya para la siega. Llevaba dos días que apenas comía. Dormido casi todo el tiempo.

Cuando entré en su cuarto, me llamó la atención el respaldo de la cama. De sus barrotes colgaban dos muñecas de trapo. Nada de santos, ni crucifijos. Su fe: el camino. Los otros: su religión. Y su credo: el amor. La trenza de una de las muñecas, la del color azul, rozaba suave su cabeza. De vez en cuando Pedro respiraba fuerte, y vi como el aire azul de la muñeca alentaba su corazón.

Le di la mano. Y con las suyas apretó las mías con fuerza, al tiempo que me dijo con coraje: Te quiero mucho. Me quedé mudo. No supe reaccionar. Deberían haber sido más bien mis palabras las que aliviaran su dolor. Le dolía mucho la espalda. Una vértebra resquebrajada. Sus espaldas, ¡siempre tan anchas y erguidas para la solidaridad y la lucha!

Conociendo su pasión por los libros, le dije que estaba leyendo El jugador de Dostoieski, y se le soltó la lengua. No entendí muy bien lo que me dijo, pero seguro que me habló del amor paradigmático entre Alexis y Polina.

Le pregunté por los naranjos, el laurel, los parrales de su Alhama. Le hablé de la lluvia, de su nieto, el futuro que por allí diciendo corría: abuela, abuela, el abuelo está despierto. Pedro alzó las manos como dos montes en medio de la tormenta.Y respondió con sus ojos alegres: ¡Sí, sí, estoy aquí!. Y se quedó de nuevo dormido.

Me senté en el ángulo de la habitación, en un sillón retirado que allí había. Y esperé. Mi mente se quedó también muda como mi boca, ensordecida. La muerte, sordina lenta de los sentidos. Silencio. Silencio que él mismo rompió al rato para decirme atento, abierto y dispuesto: Habla, Juan, que te escucho.

Y envuelto en la nada de aquel silencio, levanté mi vista, movido por los colores encendidos y festivos de un cuadro que de la pared pendía. Y la pintura me proporcionó tal goce, que creí estar junto a Pedro, los dos, y sus amigos juntos, el pueblo entero, bajo la sombra de aquel frondoso árbol del Jardín de las Hespérides. Todos saboreando de sus edénicas manzanas de oro.

Pedro cierra, ahora, los ojos, tranquilo. Se quedó feliz, de nuevo dormido, dormido,... como el sol apacible cuando nos dice adiós por el ocaso. Beati dormiunt in somno pacis.

sábado, 7 de diciembre de 2013

Tal vez yo ande equivocado




No estoy en contra de que Mandela sea reconocido y admirado por todos los pueblos del mundo. Es de justicia y gratitud venerar su recuerdo y testimonio. Pero mucho deben haber cambiado las cosas para que de la noche a la mañana, alguien que durante más de veinticinco años estuvo encarcelado y condenado a cadena perpetua por revolucionario y terrorista, sea ahora encumbrado por aquel mismo sistema que censuró, encausó y amordazó su lucha y compromiso.

Algo no me cuadra en esta parafernalia funeraria. Reyes, príncipes, potestados y majestades se dan cita para celebrar su figura. Se acallan los estadios, miles de banderas institucionales a media asta, minutos de silencio por doquier, emisión de programas especiales en su honor y reconocimiento, glamour de adinerados y artistas. ¿Dónde estaban estos mismos poderes durante el cautiverio de Madiba?

Exactamente donde están ahora, donde han estado siempre, apoltronados en su hipocresía y privilegios.

A no ser que yo ande equivocado, y en vez de vivir en un pueblo de apartheid (desigualdades económicas), de parados, desahuciados y hambrientos, en lugar de vivir en este maldito infierno capitalista, tal vez me halle, sin saberlo, por fin instalado, en el Paraíso de las mismas Libertades y Derechos para todos.

domingo, 3 de noviembre de 2013

La paloma y la niña



No hubiera querido hoy escribir esta historia. De un tiempo a esta parte pesa sobre mi la responsabilidad de convertir en realidad lo que escribo.

¿Os acordáis de aquel maestro zen? Mientras vivió nunca abrió la boca. El silencio era su comunicación más sincera. Segundos antes de morir, miró hacia la ventana y dijo a los discípulos que en aquel momento le acompañaban: ¡fuego! Y al instante todo el monte empezó arder. El convento y sus alrededores quedarían arrasados por el incendio. Luego, algunos monjes, los más frívolos y tibios, comentaron durante las exequias:
Debería, tal como vivió, haber muerto también mudo nuestro querido venerable.
Yo nunca había visto al abuelo. Tampoco a la niña. Desde aquella mañana, fue como si los conociera de toda la vida. Y los llevo marcados en mi carne, también a fuego, como los montes carbonizados de aquel fatídico cenobio. La pequeña tenía la cara de todos los nietos del mundo. Y el rostro del viejo mostraba la paciencia y sabiduría de los que han amado y sufrido mucho.

Los domingos, a eso de las once de la mañana, yo tenía por costumbre comprar el periódico. Me dirigía a la plaza de Verónicas, y allí en un banco, acompañado por la música de la fuente, el ir y venir de las palomas, el azul del cielo y el arco iris de los donpedros, me embebía en la lectura del dominical.

El abuelo traía en una bolsa de plástico pan duro que le sobraba de la semana. Sentado también como yo en un banco frente al mío, iba desgranando los mendrugos. La nieta a su lado esperaba contenta que el abuelo depositara en sus manos la comida de las palomas. La niña confundida entre las flores, el brillo del césped y los aromas de la madreselva, luego salía corriendo de aquí para allá jugando, cantando, dando de comer a las palomas.

Aquel domingo, al sol le costaba trabajo dejar sus lentejuelas de oro sobre el agua de la fuente. Pero la niña incansable no cesaba de corretear jubilosa entre las aves. Tan alegre y voladora vi a la niña aquella mañana que la confundí con una de las palomas que equivocada se coló por la boca de una alcantarilla. Luego volví la vista al periódico y quedé completamante abatido por lo que leía. La noticia era lo que mis ojos en ese mismo instante estaban viendo:
Michel Dayana Barrera, una niña de dos años de edad murió este sábado al caer en una alcantarilla. La madre de la menor, Briggite Ramírez, dijo a los periodistas que la pequeña cayó en la alcantarilla cuando se encontraba jugando con las palomas.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Pepe Tornel



El Mal ha desaparecido -dijiste lleno de emoción como quien milagrosamente es sanado por las aguas de la vida.

Luego yo, tocado también por la alegría de tan vital confidencia, te dije desde mi religiosidad más profana, mi alegría más fraterna:
Pepe, te soy  sincero. Creo en ti. No creo en los milagros.

Tampoco creo en la medicina como único camino para combatir la enfermedad. Creo en tu fuerza interior, sulfamida inequívoco para tratar el mal que amenazó como un tsunami tu cuerpo caminante.
 
Pepe, si te soy sincero, no creo en los pronósticos ni en las estadísticas al servicio de verdades prefabricadas, educidas de laboratorios fríos y esterilizados. Creo en tu coraje, brazadas abiertas y confiadas de tu nadar por un mar de miedos, dolores y preguntas.
Pepe, si te soy sincero, creo que las exploraciones, los análisis, las radiografías, muestran tan sólo la anatomía, los líquidos de nuestro organismo; pero nuestro cuerpo no acaba en los índices del colesterol, ni en el número de hematocritos. En nuestro cuerpo anidan también los huevos de la utopía, el encantamiento ante el bello dormir de un niño. Yo no sé en que lugar del cuerpo se lava una herida, se perdona una ofensa, se siente el placer de un beso. Tampoco sé donde guardas tú esa fuerza con la que has vencido al mal. Pero sé que la tienes.

Pepe
 si te soy sincero, mi sinceridad ni mucho menos es la verdad. La verdad, al día de hoy, no sé donde está. Eso sí, la buscaré mientras viva. Ayúdanos, Pepe, a buscarla. Es nuestro destino.
Mi enfermedad es comparable con el símil de la viña, que se le cae la hoja en otoño -escribiste en aquel libro tuyo La fuerza de la esperanza. Y nada más estrenar esta estación del año, hace tan sólo tres semanas, como si presintieses el final, nos dijiste a modo de feliz despedida: Disfrutad del Otoño. Y nos mostraste los colores, las hogueras amarillas, los verdes encendidos, el oro sonoro de los chopos, el azul callado de las sombras de los troncos, tu esperanza inagotable en la futura y próspera cosecha. Y como respuesta inmediata te recordé los versos de aquel poeta chino:
Quiero que sepas, mi amor
que a pesar del melancólico otoño,
los sauces que has plantado en mi jardín,
siguen lozanos como antes.
Y al hilo de este poema, ayer tarde en tu sepelio pude oler el perfume de las flores que a lo largo de tu vida cultivaste por donde quiera pasaste.


domingo, 12 de mayo de 2013

Cinco mariposas blancas




En el teatro son muchos los disfraces que para salir a escena en el ropero me aguardan. Ayer fui rey, mañana luciré rabo y cuernos para ser el demonio que me habita. No depende de mi elegir los personajes. Casi todos me vienen dados por un guión escrito en el agua. Pero algunos, conforme nado en ellos,  los asumo hasta fundirme en sus olas. Y luego, acabado el crucero de la función, ya no sé si soy Caperucita roja o el Voldemort de Harry Potter o aquel viejo pecio de los fenicios sumergido en la bahía de Mazarrón.
Habito de vivir las cortezas de sus individualidades. Calco sus pisadas en arcilla de mi espíritu y así, más que ellos, llevándolas para dentro de mi conciencia, he dado sus pasos y andado por sus caminos.
Y esta cita del Libro del Desasosiego de Bernardo Soares me vino al recuerdo ayer, después de visitar a la familia de un amigo muerto hace tan sólo unos días. Su viuda quiso distinguirme ofreciéndome el mismo sillón de su difunto marido. Accedí agradecido. Pero conforme pasaba el tiempo, y a pesar de estar allí cómodamente sentado, sentí que mis manos, mi cara, las rodillas, mis caderas, se transformaban en su cuerpo, el mismo cuerpo de mi amigo traspasado por el cáncer. Y sentí miedo, vergüenza y un cierto aroma.  

Miedo: por no querer ser yo mi amigo en ese momento. Nadie se cambiaría por un muerto, aún tratándose de su hermano.  

Vergüenza: por considerar  este sentimiento desabrido e indigno de un amigo que quiere darte algo tan significativo para él, como su propia muerte. Y si es propio del amor fundirse con la persona amada, yo por supuesto no debería querer mucho a mi amigo. Cosa que no es cierta. El mundo de los principios no siempre va de la mano del submundo ciego de los sentimientos.

Perfume. Y por último, mientras duró nuestra conversación, entre recuerdos, lágrimas y anécdotas, también percibí un aroma entremezclado e incierto, que no supe identificar en ese momento, estando mis sentidos bloqueados por la impresión desconocida de ser yo en otra persona.

Tras finalizada la visita, regreso a casa. Y en la umbría del sótano, mi hábitat en tierra firme, me encuentro con un ramo de manzanilla, un ramo de flores secas. Aspiro su olor, y siento que es el mismo aroma que sentí hace tan sólo unas horas en la casa de mi difunto amigo.  Perfume a flor dormida y destronada de unos rastrojos de plantas que ayer galaxia de soles deslumbraban a cinco mariposas blancas.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Alfonso Pozo



Desde que tras la dictadura, y gracias a la movilización popular, se legalizaran los sindicatos en España, nunca faltaste, amigo, a la manifestación obrera del primero de mayo. Es la primera vez, después de tantos años, que un ineludible compromiso te lo impide. Y hoy decides protestar a tu manera, enarbolando como pancarta tu muerte por las avenidas de los desahucios, entre la multitud de los seis millones parados, por las calles de la injusticia y los foros internacionales de un ciego capitalismo anónimo con nombre y apellidos, que culpabiliza a los pobres como pagadores de una crisis nunca por ellos cometida. Y ya no sé si te ha matado, Alfonso, el cruel dolor de tus dislocados huesos, o más bien este mundo de locos que hace pagar a justos por pecadores. Y has escogido, amigo, el más bonito día para morir, la jornada más emblemática de las conquistas del mundo obrero.

Hoy, Alfonso, tu escrache particular es sereno y mudo, ¡que la muerte, aún diciéndolo todo, no tiene palabras! Y te manifiestas en silencio desde esta caja de madera, madera, por ti trabajada en ese foso en el que te pasaste metido toda una vida, de humilde serrín y viruta enseñoreado, sudando tu proletario sueldo de sueños, de emancipación y trabajo. Tu mayor virtud, además de obrero, la de ser marido y padre de familia. Alfonso Pozo, aserrador mecánico, maestro de manos ágiles, compartidas y limpias, hospitalarias, dedos de repujador y artista, artesano. Cualificado en dignidad, clase y conciencia. De ti aprendí y de los tuyos que la generosidad no es patrimonio de los que nadan en la abundancia, sino la flor de un jardín que mas bien florece en casa de la gente humilde y sencilla. Y si no que se lo digan a los presos de la cárcel, aquellos a quienes le enseñaste las artes del dibujo y el repujado. 

Acostumbramos a ser amables con los muertos, en lugar de honrarlos, cuando vivos nos distinguisteis con vuestra amistad y presencia. Sé que me reprocharías cualquier cumplido, cualquier agradecimiento. Pero es de justicia recordarte, mi buen amigo. Mientras nos acordemos de ti, de tus dibujos y contribución a la prensa clandestina de aquellos años de represión, mientras nos acordemos del asilo que prestasteis a los perseguidos por el régimen franquista, mientras que recordemos tu buen trato, las sombras del más allá no podrán apagar el destello de tu rebeldía, el brillo de tu honradez, la modestia hidalguía de tus aires y maneras.

Te recuerdo, y te veo ahora, Alfonso, en bicicleta contra las inclemencias del tiempo. Cuando tu hija me comunicó ayer la noticia de tu fallecimiento las nubes empezaron a tronar y a llover a cántaros. Y el cielo herido soltó por su boca su canto: la elegía de una muerte jamás querida. Te recuerdo desde la Capital a Espinardo, librando obstáculos, amarguras, estrecheces y atascos por los vericuetos misteriosos de amaneceres tan inciertos como esperados. Y al igual que Carmen la de cinco horas con Mario, la Carmen Rabadán, tu combativa compañera, la mujer de Alfonso Pozo, la mujer de Ulises, tus hijos, tus nietos... me quedo aquí contigo un ratico tejiendo futuros amaneceres. Y me uno a la manifestación de tus restos mortales, hasta que la otra manifestación, la que arrancó de la Plaza Circular, desemboque en el Malecón de los derechos humanos.

Y por último, Alfonso, me hubiera gustado tanto que hubieras visto lo mucho que te querían los que han venido a verte. Luego tu manifestación personal, la de tu cuerpo presente y la otra, la manifestación de los trabajadores, ambas han confluido con un mismo lema: no tienen límite, no tienen hartura. Son unos buitres. 

jueves, 4 de abril de 2013

¿Es que me he muerto ya?




Llegué hasta escribir con palotes grandes mi nombre al completo. Cual pasamanero habilidoso entrelazaba lanas, traspasaba macarrones, hacía pequeñas cortinas de canutillo que luego mi madre regalaba a la familia. No sentía envidia de nadie. Mi vida discurría tranquila. Tan sólo sufría cuando me venían aquellos mareos, entonces mi madre para reanimarme me daba un buen vaso de jengibre caliente con miel.

Bueno, también lo pasé mal aquella vez que me zambullí en la acequia. Veía a los niños chapucear en el agua tan contentos que quise hacer lo mismo. Menos mal que mi hermano llegó a tiempo para sacarme medio ahogado pero aún vivo y coleando. Por eso cuando me llevaron a la Caja de Reclutas para librarme de la mili, el funcionario, medio en broma, me preguntó si sabía escribir, conducir coches, hacer el pino, hablar inglés... A todo le decía que . Cuando me dijo, si sabía nadar, le contesté, que también, y añadí rápido: pero cuando está mi hermano.

Otro día, mi madre y mi familia muy preocupados me buscaban por los alrededores. Pensaba que me habría despeñado por uno de los muchos barrancos que serpentean la casa de campo donde vivíamos. La noche se adelantó por culpa de aquella tormenta cerrada. Ellos decían que me había perdido; pero no, yo siempre estuve conmigo mismo, no me separé un instante de mi cuerpo, ni de mis pies que sin titubear me llevaron a refugiarme en la casa de Julio, el granjero. Fue allí cuando dijeron en la radio: Muchacho de unos dieciocho años, y que responde al nombre de Mongui, desapareció ayer tarde... Se ruega a aquellas personas que sepan su paradero... Contento de oír mi nombre, me puse a saltar de gozo, ¡ese, ese soy yo! Luego, el señor Julio me acompañó a Comisaría donde mi madre me abrazó llorando de alegría.

Muchas otras aventuras podría contar de mi vida. La verdad es que yo siempre quise ser mayor sin dejar de ser niño. Me encantaba imitar a los bomberos, a los directores de orquesta, a los guardias de tráfico, al cura diciendo misa. Nadie bailaba el rok ni practicaba el kárate mejor que yo. Y si alguno de mis sobrinos me ganaba en el juego a las damas, a media partida tiraba patas arriba el tablero con la excusa de mis mareos. La cuestión era no perder nunca.

Mi madre siempre decía a las vecinas que yo era su mejor compañía, y que le pedía a Dios que yo me muriera antes que ella. Estas últimas palabras nunca llegué a entenderlas. Después de comer me sentaba en el sofá junto a mi madre a ver la novela de la tarde. Lo que más me fastidiaba era que el galán de turno se la pegara a su mujer con la rubia también de turno, pero luego ya me encargaría yo de llamar por teléfono a los estudios de Hollywood y decirle a su esposa que espabilara y que no se dejara engañar por aquel sinvergüenza.

Ahora ya no puedo seguir contando cosas de mi vida. Me han puesto un suero pinchado en la vena del brazo; y una mascarilla de oxígeno me tapa la boca. Ha venido mi tía la monja y se ha puesto al lado de mi cama a rezar con ese sonsonete tan parecido a los rezos de difuntos. Mi madre ve mis ojos asustados por los malditos latinajos de esta latosa beata y la manda callar. Y yo, preocupado pero tranquilo, le digo a mi madre: mamá ¿es qué me he muerto ya?

martes, 12 de febrero de 2013

Escritor en su tumba





El escritor, indolente y contradictorio, hace tiempo que metió su nombre en aquel satélite de la Nasa alrededor del espacio. Creo recordar que la nave se llamaba Glory, (modestia aparte). En la actualidad, su nombre y apellidos, como un planeta más, vuelan alrededor del sol. Y no labró sus letras en la tierra, como Hamad Bin, aquel jeque árabe que ordenó esculpir su nombre de más de dos millas de largo sobre la arena para ser visto desde la luna, no fuera que la erosión o los cangrejos devorasen las letras de su vanidad grafitera. En estos momentos, junto a otros epítetos gandules y presuntuosos, el nombre del escritor, ya muerto, navega, como si estuviera vivo, dentro de las coordenadas de la eternidad imparable.

Desde un tiempo no contable, una fuerza invisible engarrota la mano y le impide al plumífero escribir acerca de si, y sobre sus cosas. Tampoco, estando como está desubicado en su tumba, cuenta historias de otros, o se entretiene en chismes y comentarios de sucesos que nada tienen que ver con su vida. La viga, la vida en el ojo ajeno. Y siente un paréntesis de ausencia, un agujero negro bajo tierra, un matacandelas que engulle la escasa luz que se cuela por las juntas de su mausoleo.

Hace tiempo que dejó de volcar sus bladurías en el cubo inmortal de la basura. De él, tan sólo quedará el rótulo llagado de su nombre en el mármol. El invierno austero, llora seco de lágrimas, engarrotado a un árbol desnudo, la transitoriedad carcomida de su respirar desguazado. Testificar su muerte en favor de la inmortalidad de la escritura fue su reto, la disyuntiva del escritor enterrado.

Vida no escrita: vida no vivida. Privado de la gratificación del aliento, asfixiado por su indolente agrafía. Escribir es el golpe de gracia preciso y supremo por el que desvelar podemos nuestra realidad encubierta. Espejos ahumados somos de nuestra clara y nítida escritura. Los libros nunca mueren, mueren sus autores. El yo que no se escribe es un engendro no nacido, que vaga entre sombras. La historia que no se convierte en autobiografía, no existe. No en vano dice Marguerite Duras: Cada libro es para el autor su propio asesinato.

La página que ayer pudo ser prueba irrefutable de su existencia, hoy es también acta de defunción progresiva del escritor orgulloso. Los textos, como Drácula, se alimentan de la tinta de las venas de aquellos que los escribieron. Los autores son víctimas de sus letras. Tal vez por ello, desde un tiempo a esta parte, el escritor exánime ya no escribe acerca de si, y sobre sus cosas. Y así va labrando su propia inmortalidad, y no la de sus textos. Que vale el escritor mil pares de veces más que sus libros. Y prefiere vivir, más que ser inmortal dentro de este hoyo donde hoy yace enterrado.