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domingo, 12 de noviembre de 2017

No es bueno desear algo demasiado




El otro día, mientras Opekú buscaba la última voluntad de su madre para formalizar la herencia con sus hermanos, se encontró en uno de los cajones de la estantería un par de folios. Si este texto escrito no hubiese venido firmado por él mismo, Opekú no habría adivinado que él era su propio autor. El escrito en cuestión data de las postrimerías del siglo pasado. Exactamente el 27/04/1995. Hace más de 20 años. Tiempo suficiente para que Opekú no se acuerde ya de que tales pensamientos salieron de su cabeza. Y esta sensación extraña de leer algo suyo como si fuera de otra persona, confiere al texto ese sabor nuevo y viejo que lo convierte al mismo tiempo en especial.

El escrito viene encabezado por una cita de Steinbeck. Tal vez por aquel tiempo Opekú fuera impactado por la lectura de La perla, una de las novelas más enternecedora y poética del Nobel del 1962 en la que narra las desventuras de un padre y una madre por salvar inútilmente la vida de su hijo, víctima de la picadura mortal de un escorpión.

Releo a continuación este texto, que a mi consideración esta misma mañana me hace llegar Opekú para que yo tenga en cuenta sus consideraciones. He aquí el escrito:

El hombre es el único animal que vive fuera de sí mismo, el único cuyo impulso se orienta hacia las cosas ajenas a sí mismo: la propiedad, las cosas, el dinero, el poder. El hombre no sólo se proyecta en todas esas cosas, sino que es esas cosas. (Steinbeck)

La esperanza es fuga, alienación. Si sólo somos esperanza, ni siquiera somos. Las religiones, la civilización y, como ellas, la cultura consumista, ponen el énfasis de nuestra realización en algo siempre ajeno a nosotros. Desconsolados vamos de allá para acá buscando fuera lo que nunca logramos… Y cuando lo encontramos (¿), como niños caprichosos nos deshacemos del objeto, tan ardientemente antes deseado, para iniciar a continuación torpemente la búsqueda de otro tesoro que nunca nos calmará, puesto que de nuevo nos ponemos enseguida a la búsqueda de otra nueva quimera. El cuento de nunca acabar.

Inquirir, preguntar, tender, indagar, investigar, buscar son verbos itinerantes que definen al ser humano por naturaleza. El niño no es sino una búsqueda sin más de sí mismo, sin ni siquiera preguntarse por el contenido de la misma. El niño pregunta insistentemente a los mayores: ¿por qué, por qué? Sin preocuparse cual sea nuestra respuesta. Y así de mayores continuamos siendo niños obsesionados por juguetes absurdos, que jamás podrán justificar las altas fiebres de nuestra búsqueda. ¿Qué justificación tiene un jarrón de Sèvres si ni siquiera nos puede quitar la sed?

Me reafirmo con los poetas que la esperanza es invisible, inconsistente, una pasión inútil, araña negra del atardecer, un entretenimiento, muerta antes de florecer. Somos ese muñeco de cuerda al que se la han desatado los muelles y hace palmas sin venir a cuento. Esperamos por el simple hecho de esperar. Preguntamos por el simple hecho de preguntar, nos desvivimos sin motivo. Nos importa un pimiento el resultado de nuestras pesquisas, pues hemos llegado al convencimiento que sea cual sea el resultado, de nuevo estaremos como antes, al principio del camino. Como el peatón que anda a la inversa sobre una cinta mecánica. Siempre existencial y topológicamente en el mismo sitio, frente a la misma tienda de chucherías.

Nunca ganaremos más de lo que somos, identificándonos con el objeto de nuestra esperanza. Tontamente cambiamos nuestra primogenitura por el destello fugaz de una ilusión efímera. La esperanza es un espejismo. Los estoicos hacían bien no preocupándose más allá de los límites de su propia contingencia. La utopía no es algo lejano, fuera de nuestro alcance, es la conquista de nosotros mismos. Y la esperanza, un atentado de lesa humanidad. Esperar es renunciar a vivir. Esperar es escaparse, evadirse, venderse. Esperar es dar a nuestro adversario nuestra propia espada para que impunemente acabe con nuestra vida. Los conceptos están trastocados. Lo que en realidad debería ser la vida se convierte en carrera por querer escapar de sus apetecibles brazos.

O tal vez no seamos lo que somos, y sólo seamos lo que no somos; pero esto es otra historia, también desconocida para mí. Pues como dice Steinbeck en La perla: No es bueno desear algo demasiado. Algunas veces el mismo deseo ahuyenta la suerte.

domingo, 29 de octubre de 2017

Tiempo intemporal





Leo un libro, Pedro Páramo por ejemplo. Y me resulta genial lo que escribiera Juan Rulfo, al parecer de manera muy rebolicada. No me refiero a su estilo, sino a la composición última de sus partes. Al parecer, por las prisas, el autor debió unir por separado, sin atender a cronología alguna, lo que durante un tiempo iba escribiendo en torno a la historia de un hijo que, por consejo de su madre moribunda, emprende viaje en busca de su padre a quien no conoce.

A pesar de este desorden en el tiempo, o precisamente debido a ello, el hilvane de esta novela me supo a gloria, por no decir a cementerio.

Y es que algunos tienen la suerte de salirle todo bien, a pesar de sus equivocaciones y tropiezos. No sólo me refiero a reyes, papas y gobernadores. Es más, los hay que cuantos más errores cometen, su éxito es mayor si cabe. El desarreglo estructural de Pedro Páramo me parece todo un acierto, una nueva manera de narrar, un maravilloso estilo inventado. Su desorden por tanto no sería inconsciente, sino premeditado. Como si el escritor quisiera traspasar la lógica, la coherencia y sucesión normal de la historia que cuenta, a la que de por sí debería ceñirse cualquier relato que se tercie de creíble.

Y así, contraviniendo toda norma literaria, Rulfo alcanza un tiempo intemporal, el clima propicio capaz de situar al lector en un limbo de experiencias sin explicación alguna. ¿Acaso la lectura no consiste en hacer que, en medio de un mundo incoherente y sin sentido, nos sintamos en ese espacio mágico, exonerados del peso de la gravedad de los irremediables acontecimientos?

Pero, ¡cuidado!, no nos confiemos demasiado. A veces, un buen libro puede sumirnos también en el mayor de los desconsuelos, desconciertos y desarraigos. Aunque éstos suelen resultar casi siempre saludables y liberadores. 

viernes, 22 de septiembre de 2017

Los tal vez de Bolaño




Leo por ejemplo los cuentos de Bolaño y veo que casi todo lo que escribe está relacionado con su vida. Literatura y biografía unidas. Una perogrullada. Cualquier texto nos muestra, velada o explícitamente, la manera de ser de su autor. Aun siendo así, no calificaría yo a Roberto como un escritor ensimismado e intimista, ajeno a la realidad; al contrario, sus textos, aún a pesar de surgir de su experiencia personal, están muy ceñidos al entramado social, trepidante y conflictivo que le toca vivir. Lejos está su escritura de esos circunloquios y vaguedades identitarias y psicologicistas, términos abstractos como la introspección, el vacío personal, la comunicación y otras filosofías que cual caminos de un desierto infinito no conducen a ningún sitio, ese lugar tan nuestro por incierto, desconocido y sin nombre. Los cuentos de Bolaño no nos llevan a ninguna parte. O tal vez sí: acaban en él mismo: un yo, al parecer no muy seguro y convencido, desestructurado y disperso. Elemental: ¡Como el yo de todos!

Roberto Bolaño pertenece a esa clase de escritores empeñados en contar, en mostrarnos la realidad sin más vericuetos ni otras consideraciones absolutas. Realismo posmodernista. Los juicios y las valoraciones serán más bien competencia del lector. Los ojos de la pluma de Bolaño me muestran las vicisitudes de sus personajes en medio de unos parajes feistas, inhóspitos, degradados. Y tan apegado veo al escritor a estas historias desastrosas que a veces confundo al narrador con los protagonistas de sus cuentos. Y este proceder, –que no sé si es defecto o virtud- de ser Bolaño con sus letras testigo de algo que tiene que ver con su consigo mismo o el de todos, es lo que más me atrae del autor de 2666.

Y esta muletilla de su tal vez tantas veces repetido, es lo que también me resulta interesante y me sorprende. Cuando Bolaño dice y eso no lo dije yo, es que tal vez sí lo diría. Este tal vez tantas veces empleado, por su inestabilidad e indecisión hace que sus personajes anden casi siempre frustrados, confundidos, equivocados, no saben si dirigirse a París o regresar a Barcelona, se ven inducidos a hacer lo que menos les agrada. Son sombras que tiene vida propia: letraheridos, exiliados, dementes, personas tristes, errantes, suicidas, gentes que confunden al Che con Frantz Fanon. Y es precisamente esta incertidumbre que los hace más convincentes, más semejantes al lector. Al menos a mí me arrastran engañosamente al convencimiento de la duda: no saber muy bien por qué hago esto o lo otro, si estoy en otoño o en primavera, si converso disimuladamente con B, o es conmigo mismo con quien hablo.
Aquí debería acabar este relato, pero la vida es un poco más dura que la literatura.
Y este final de unos de sus cuentos, (unos, precipitados; retardados, otros; sin ningún desenlace lógico, aquellos; estos, inesperados; o los demás allá, rematados como los estertores de una gallina a quien se mata sin dejar jamás de perecer), me confirma que, a pesar de sus tal vez, Bolaño no era tan dubitativo, no estaba tan equivocado y confundido; al contrario, sabía muy bien donde tenía la cabeza. De otro modo no hubiera respondido a quien un día le preguntara qué entendía él por literatura:
La literatura se parece mucho a las peleas de los samuráis, pero un samurái no pelea contra otro samurái: pelea contra un monstruo. Generalmente sabe, además, que va a ser derrotado. Tener el valor, sabiendo previamente que vas a ser derrotado, y salir a pelear: eso es la literatura.

miércoles, 30 de agosto de 2017

El terrible destino del Mal




Entre la razón, la justicia y la libertad se interpone a veces el terrible destino del Mal.

El día de los atentados de Barcelona leía yo a Allan Poe. Me quedé extrañado. Había una conexión total con lo que él escribía y lo que estaba ocurriendo en Las Ramblas.

Según Poe, entre los principios imprescindibles para la supervivencia del ser humano están la alimentavidad y la amatividad. Junto a estos dos móviles (mobilia) cita también el escritor como innatos y necesarios la Perversidad. La causal casualidad dispuso que el cuento que a la sazón yo tenía en las manos fuese precisamente El demonio de la perversidad.

Con lo que en ese momento trajediaba en Barcelona, el título no cesaba de sorprenderme. Nada más empezar a leer, sin ser yo muy conocedor de la obra de Freud, venían a mi mente conceptos muy nombrados en Psicoanálisis: el instinto de muerte, la culpa, pulsión, el deseo, la obsesión... Desconozco la relación, si es que la hubo, entre Poe y Freud, pero al margen de ello, yo notaba un gran parecido ideológico, (salvando las distancias entre Literatura y Psicología), en estos dos pensadores.
Un móvil sin motivo, un motivo no motivado. Ninguna razón puede ser más irrazonable, pero de hecho no hay ninguna más fuerte.
De no estar de acuerdo con la exposición teórica que Allan Poe propone como inicio de este cuento, (que sí lo estoy), me bastaba oír los distintos comentarios que en esos días se hacían por parte de las personas que vivieron de cerca el Atentado yihadista de Las Ramblas:
Nadie entiende que, de la noche a la mañana, chicos "normales" se conviertan en asesinos. ¿Cómo es posible que el ser humano desde su conciencia santifique conductas tan irracionales? De tanto rezar se le quedaba a veces la frente colorada. A Moussa le han comido la cabeza.
Allan Poe habla de una fuerza irresistible y añade: esta tendencia de hacer el mal por el mal mismo... es un impulso radical, primitivo, elemental. Luego el autor se refiere a la combatividad, pero como elemento adherido a un mecanismo de defensa. Sugiere también Poe, al menos así me lo parece, que el arrepentimiento y el sentido de culpa están dentro del mismo acto perverso. Contricción y pecado, dos fases inseparables del mal perpetrado. El Bien y el Mal, extremos que se tocan. ¿Que Dios nos creó para hacernos tan complejos? ¿Cómo es posible que seamos esclavos de nuestra propia libertad? Quizá, todo se deba a la absenta con la que Allan Poe alimentaba su inspiración o tal vez mitigara así sus miedos.

Aunque el autor se extiende en consideraciones academicistas: arrepentimiento, determinismo, autodefensa,.. la trama de El demonio de la perversidad es en sí muy breve:
El protagonista del cuento sabe que su vecino, antes de dormir, acostumbra a leer en la cama alumbrado por una vela. Fabricar una vela envenenada y sustituirla por la del vecino bastará para darle muerte y heredar así su fortuna. ¿El final? El asesino, corroído por su culpa, se delata públicamente y acaba entre rejas. Y es el propio reo el que da por finalizado el cuento con esta frase, que para mí es como si Allan Poe pretendiera poner en cuestión el invulnerable concepto de libertad:
¡Hoy tengo estas cadenas y estoy aquí! ¡Mañana estaré libre! Pero, ¿dónde?

sábado, 10 de junio de 2017

Piedras rodadas



Fuensanta Muñoz Clares en su blog Jardín de Floridablanca, habla así de su nieta de origen etíope:
Que es negra es una evidencia maravillosa, aunque yo ya no la veo ni negra ni blanca ni de ningún color; simplemente es mi nieta Werkines, especial como todas las criaturas, igual que todas las criaturas.
Estamos tan cómodamente instalados en nuestra fe y tradición que todo aquello que nos viene de fuera nos descoloca, nos pone nerviosos.

Un buen amigo a quien respeto, mirando al crucifijo que presidía la sala, donde Vicente García presentaba aquella tarde Piedras rodadas, su último libro de poesía, se extrañó que aquella imagen cristiana estuviera allí aún clavada en la pared.

Luego otro, tras haber visto a dos muchachos besarse en medio de la calle, comentaba tal conducta inusual.

Y siendo aquella tarde, la palabra poética, daga sin filo, de Vicente García, la protagonista de la tertulia, quise yo tener en consideración y abrazar de buena gana sin otra guerra que / pedir la paz y la palabra, / o recrear la paz en la palabra, / sin otra guerra que el poema.

Pero sin renunciar a lo que en mi mente polvorienta hervía. Con cuidado, sin patrioterismos ni sables, sin cruzadas ni banderas, sin armas, (que las carga el diablo). El arte como el infierno está lleno de buenas intenciones.
¿Por qué nuestro buen Papa Francisco no le regala a Abdelfatah el Sisi un (su) crucifijo? Mejor si se queda también Egipto con nuestro Cristo mítico, y así repartimos culpa, gloria y sufrimiento. Al fin y al cabo, tanto su cruz ansada como nuestro lignum crucis, ambos son símbolos de la inmortalidad. ¿No fuimos nosotros los que le copiamos su Osiris asesinado y resucitado? Asumimos su teología. Plagiamos incluso su teofagia eucarística. Los devotos de Osiris también se comían el cuerpo de su dios en forma de pan y bebían el vino de su sangre.
Habla Vicente Garcia en su Poema infinito (no este o aquel poema, sino todos) que el silencio hablado da su fruto. Mejor debiera callarme a contraluz y en comunión en la esperanza. Dice Paul Eluard, a quien el autor cita al principio de su libro Piedras rodadas: Oídme. / Hablo para los pocos hombres que se callan. / Los mejores. Y confiado en la mudez de mi sordera, cantar quisiera callado con Neruda: Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera.

Y en relación al beso homofóbico de aquel otro contertulio amigo, mejor también guardar silencio, quedarme solamente con el sabor y la belleza del beso, más allá de cualquier circunstancia intoxicada que pudiera inventar esta mala boca mía. Como dijo también el otro aquel argelino de Hipona.: Ama y haz lo que quieras.
Muchacha -¡mi palabra-,
desnuda, como piedra
rodada entre diamantes,
reposando en tu belleza.
 (Eres libro de agua. Vicente García Hernández)

lunes, 29 de mayo de 2017

El Abismo Verde





Empecé a leer El abismo verde de M. Moyano, y vime transportado, allá en medio de la penumbra, cual privilegiado testigo de una gran aventura. Absorbido me sentí como si yo, lector, fuese aquel venado de youtube devorado por el autor, esa serpiente omnímoda capaz de engullirme por completo.

Y hasta lo más apartado, en el corazón lejano de una selva abismal, me resultaba tan cercano y próximo, cual ese deseo innato de placer y orgasmo que todos llevamos dentro. Todos en nuestra juventud, cual es el caso del protagonista de esta historia, es cuando más y mejor pretendemos quemar esa energía que surge de nosotros como un volcán en oblación trascendente y generosidad sublimada, para muy pronto darnos cuenta de que eso no es nada. Tras un deseo, otro deseo. Eros fatídico. Nadie es mejor que nadie en cuestiones de amor y sexo. No somos nosotros mejor que esas bestias lascivas que se entregan a la concupiscencia contra natura. Al fin y al cabo, quizá su sociedad no fuese tan distinta a la nuestra. Debajo de la montura del peor de los salvajes se esconde una mirada de humanidad y ternura. La fragancia y lo nauseabundo, referencia en amalgama de la condición humana. ¿Acaso no existe en el placer algo sublime hasta el punto de parecer sobrehumano? Somos casi al cien por cien puro instinto sexual.

El color verde de El abismo, me llevó a aquel otro Rayo verde misterioso que el sol regala tan sólo a unos pocos elegidos. Dicen los que tuvieron la gracia de contemplar dicho rayo, que ya no ansiaron en su vida jamás otra cosa. Henchidos quedaron para siempre de su resplandor. Y así fue como yo me adentré de la mano de un sacerdote con problemas de fe, en aquella jungla tenebrosa para ver si agraciado era de la misma dicha, esa orgía colectiva y salvaje que tan lasciva y ardientemente describe su autor en el capítulo XIV.

El Abismo escrito tal vez a la sombra de Las minas del rey Salomón, El corazón de las tinieblas, Tarzán de los monos y otros libros de aventuras. Las novelas de hazañas y entretenimiento no son mi fuerte. Ya desde casi mi infancia fue advertido injustamente que la literatura de evasión era una pérdida de tiempo. Mis primeras lecturas se encaminaron hacia autores más intimistas, tristes y románticos, o hacia aquellos otros preocupados por la realidad, lo social y la naturaleza objetiva de las cosas. Soy por tanto una persona no muy indicada para emitir juicio alguno sobre este tipo de novelas. Con todo he de reconocer que la lectura de El abismo verde supuso para mí un trepidante, vertiginoso y continuo leer placentero. El deseo de aventura, en contra de lo que me enseñaron, debe ser congénito en el ser humano. Gracias a esta tendencia imaginativa somos capaces de contribuir al progreso de la humanidad. Y así podemos constatar que muchas de aquellas predicciones y fabulaciones de Julio Verne hoy las hemos visto hechas realidad, cumplidas.

Cada una de las frases del libro se me mostraron como imágenes, escenas de una película que hacía olvidarme incluso de que estaba leyendo. Leía con frenesí, ajeno a las circunstancias externas que me rodeaban. Me adentraba en la trama, de mí mismo desasido. Y degustaba de la lectura, uno de los placeres más gratos de mi vida.

Al escritor yo le preguntaría, si tuviera que identificarse con algunos de los personajes de su novela (¡y qué manía la del lector en desnudar al hombre que escribe): ¿en cuál de ellos te ves mejor a ti mismo retratado? Seguro que Manuel Moyano, astutamente me devolvería la pregunta:
¿Acaso tú, amigo lector, al igual que el misionero de mi novela, no deseas verte también sacudido, entre el deslumbramiento, el pavor y la dicha, por los mismos espasmos incontrolados que los pobres mestizos de mi novela?
O con las mismas palabras del más alto de los mestizos, el Rey de los Réprobos, el Caudillo de la Legión Satánica, tal vez me dijera:
Un ser ajeno al sexo es un semihombre, un hombre incompleto, situado al margen de la vida, de la naturaleza.
Antes de que ocurrieran los intrigantes hechos que en el libro se cuentan, ya me veía yo atraído por ese vacío de succión que el autor como anticipo y gancho provoca, despierta y crea. Y cual una golondrina que de antemano huele la humedad de la lluvia, con renovado interés volaba excitante a empaparme sin pestañear de nuevas sorpresas. Todo un saber y arte sin artificios, elegante, ágil y sencillo, entre la fascinación y el pánico, las dos asas del mejor jarrón, donde de M. Moyano pone las flores de su narrativa a remojo. Como tantos otros autores de este género, el bosque, la selva, tan fuerte como cualquier otra civilización, (tal como debía ser el mundo antes de la aparición de los hombres), altar de misterios, escenario brutal, pavoroso, extraordinario, impenetrable, celoso de secretos, es el lugar escogido por el autor para dar rienda suelta a su imaginación prodigiosa.

Si yo fuera coordinador de algún seminario de literatura y Psicoanálisis, no dudará en proponer este libro como asunto digno de ser tratado. Primero le pediría permiso al autor. Me temo que los escritores de aventuras, seres por tanto extrovertidos y fantasiosos, no son muy dados a interpretaciones subjetivas acerca de la conciencia, el superyo, el significante, la falta y otros conceptos de tal guisa. Pero a mi, sin poder remediarlo, se me aparecía el santo de Freud en cada una de sus páginas: bajo ese nivel de conciencia, en las capas más profundas de mi mente, sabía que escondía un secreto anhelo.

Y al hilo de esta palabra conciencia, no me sorprende que el autor recurra tantas veces a Dios. Al fin y al cabo Dios y conciencia son términos muy relacionados. Dios es la palabra con la que Moyano inicia su libro:
Dios somete a pruebas implacables a sus emisarios, por eso acabé apartándome de El.
Hay libros que se justifican por una sola frase. Y no sólo este libro mereció la pena por ello, sino que además en ese sólo párrafo, el primero del libro, se condensa y sintetiza todo el argumento de El abismo verde.

El jaguar como referencia a lo desconocido. Cuando nos vemos precisados en demostrar algo que sobrepasa nuestra inteligencia, decimos jaguar, lo mismo que si dijéramos Dios. He ahí la razón del misterio: descubrir algo y no saber lo que es ni de qué se trata:
¿Se puede saber a qué le ha disparado, Padrecito? … preferí no entrar en detalles. A un jaguar -me limité a responder.
Yo no sé si M. Moyano haya querido ir más allá de lo que cuenta, argumenta y demuestra, lo que por supuesto si ha conseguido es darme a conocer cuán frágil es la textura del ser humano, su naturaleza, su religión y cultura. El concepto teológico de que la muerte es la puerta de entrada a nuestra liberación definitiva, -la resurrección de la carne-, se corresponde con la actitud extásica de unos mestizos que prefieren ser devorados por esas bestias salvajes con figura de hembras, a reprimir su instinto de amor. Eros y Tánatos en duelo. ¿Disimulado sadismo? Oigamos a Teresa de Ávila en el Libro de la Vida (cap. 29): y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor, que me hacía dar aquellos quejidos y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor que no hay desear que se quite. No siendo este libro un tratado de teología, como tampoco un estudio de antropología, aún así no se sitúa al margen de los contenidos básicos de ambas disciplinas: el hombre fin último de un Plan Salvífico, o como el eslabón darwiniano de una cadena de genomas en evolución e involución indistinta y continuada.

Yo no quería ser un mártir, no merecía la pena morir por un Dios en cuya existencia ya ni siquiera podía creer. Me recordó al San Manuel bueno de Unamuno: con mi verdad no vivirán. Y en las alusiones a la Teología de la Liberación yo quise intuir como un intento fallido del autor en querer superar el nihilismo existencial del sacerdote. Todo se reducía a mantener en marcha esa maquinaria absurda que no servía para nada... Dios debía de estar mirándonos desde alguna nube y riéndose a carcajadas de todos nosotros.

Y quiere Manuel Moyano al final del libro como recomponer ese absurdo irremediable de la vida, aludiendo de nuevo al instinto de dicha. Puede que la vida sea algo insignificante, un accidente fortuito en el conjunto del cosmos; pero por ser breve y única, tal vez por ello la amamos tanto:
En ese momento me doy cuenta de lo afortunado que soy por estar en casa, entre los míos y poder ver brillar de nuevo cada día la luz del sol.

Postdata:
La importancia del comentario a la novela El abismo verde por parte de un individuo sin estudios de critica alguna, de estilo u otras características literarias, como es mi caso, se basa en la interpretación personal, así como el enorme sentimiento suscitado por su lectura. No en vano, el oficio de escritor, más que en narrar, informar y describir, consiste sobre todo, en hacer sentir al lector.





sábado, 1 de abril de 2017

Bola de Sebo




Nada más empezar a leer Bola de Sebo me sentí atraído por esta mujer prostituée que Maupassant convierte en la protagonista, a mi parecer, de uno de sus mejores cuentos:
Su rostro era como una manzanita colorada, como un capullo de amapola en el momento de reventar; eran sus ojos negros, magníficos, velados por grandes pestañas, y su boca provocativa, pequeña, húmeda, palpitante de besos, con unos dientecitos apretados, resplandecientes de blancura.
Toda puta tiene su dignidad, y a veces mucho más que la que pudiera tener la más honrada de las mujeres casadas. Bola de Sebo está escrito con la ironía propia de todo escritor inteligente y comprometido. Si la escritura no vale para despertar las conciencias ante la insensatez y los egoísmos, el machismo, la sacralización del orden establecido y los comportamientos farisaicos, no sirve para nada; mejor ser manco de letras y mudo de ideas. Este cuento fluido, realista y entretenido es un fino alegato contra la doble moralidad de una sociedad aburrida, cínica, puritana y cobarde que sólo tiene ojos para despotricar de los vicios ajenos; pero que es incapaz de reconocer su propia hipocresía. Maupassant no deja fuera de su sofisticada crítica a los belicismos, a la iglesia, ni siquiera a los salva patrias de la política por muy democráticos que se sientan:
Porque los revolucionarios barbudos monopolizan el patriotismo como los clérigos monopolizan la religión.
Quienes sufren una infamia, soportan una desgracia, todos aquellos, que como Elizabeth Rousset, mujer de vida alegre, son desacreditados, por lo general están más prestos a defender el orden natural de las cosas, patrón que no siempre se corresponde con los principios contrahechos de una ciudadanía rancia y sometida al imperialismo del embudo.

El asco que todos hacen de esta mujer casquivana, se desvanece en seguida, cuando esta buena mujer, de vergüenza pública, (honte publique) pero de tierno corazón, se dispone a compartir su comida, (dos pollos bañados en su propia gelatina y cuatro botellas de burdeos), con sus compañeros de viaje que no se abastecieron de alimentos para escapada tan turbulenta.

Un capitán prusiano mantiene retenidos a un grupo de viajeros que huye de la guerra que asola a Francia. Todos ellos representan a los sectores de la burguesía más carca e interesada de la época: nobleza, iglesia, nacionalismo, empleadores... El militar invasor pone como condición para dejarlos partir, acostarse con la sensual, carnal y apetitosa moza. Bola de Sebo se resiste. Al principio sus compañeros se solidarizan con la negativa loable de Bola de Sebo. Pero, más tarde, presionada por los prácticos consejos de todos, haciendo a la pobre moza responsable de la dilación de la libertad del grupo, ésta sucumbe al sentido común, al menos común de los sentidos. ¿Qué mujer no sacrificaría su castidad, si supiera que haciendo el amor con el verdugo de su marido....? ¡Pobrecita! Una mujer santamente casada, si supiera que su adulterio le devolvería la vida a su amantísimo marido, a no ser que fuese la mismísima María Goretti, no dudaría en salvar a su esposo de la muerte. Hasta el mismo Abrahán a punto estuvo de matar a su hijo por mandato divino.
¿Quién lo duda, señora? Un acto punible puede con frecuencia ser meritorio por la intención que lo inspire.
Aquel paradigma, patrón intocable que configuraba de manera indiscutible nuestras conductas, hoy ha desaparecido. Son otros los valores, a contra pelo y mestizos, desavenidos en muchas ocasiones, los que determinan nuestro actual comportamiento, antinatural e incomprensible, no ajustados a la racionalidad de una civilización avanzada.... Y así las instituciones, los estados condecoran, aplauden al que roba, destruye, declara la guerra, o se desdice de lo que prometió. Y nosotros, los que vivimos en la periferia, si antes votábamos a gobiernos de izquierda, hoy nos decantamos por los partidos de la inercia, la desafección o el integrismo.

Aquellas viejas ideas de los pacifistas que abogaban por unas naciones sin ejércitos, sin armas, son partos imposibles del cacareado status quo. Los gobiernos cada vez más engordan las partidas de sus presupuestos destinadas a la defensa, al amurallamiento de nuestra sensibilidad encementada. Engañados, nos fundamentamos en la inseguridad y en la desconfianza, base por cierto de nuestro propio derrumbamiento, más cantado y cierto. ¡Si todos esos emolumentos se dedicasen a combatir el hambre...! Pero la simple formulación de este piadoso pensamiento ya no cabe en el discurso actual, está fuera de todo razonamiento, responde a una destartalada candidez geopolítica, donde al otro no se le espera, ni se le reconoce, ni si quiera existe; simplemente se le acribilla. Antes, nada más ver un tricornio, un sable, una bandera, escupíamos en el suelo, mirábamos para otro lado como si se nos hubiese aparecido el mismísimo diablo; hoy en cambio, vemos un uniforme militar, y nos arrodillamos como sacristanes ante el Santísimo.

Bola de Sebo o el sinsentido del estúpido enfrentamiento entre pueblos y naciones. El simple hecho de ver a vencedores y vencidos, condescendientes y aunados, colaborando en las mismas actividades domésticas, ayudándose como si fueran vecinos de una misma aldea, da clara idea de las intenciones pacifistas de Guy de Maupassant. A los prusianos la guerra tampoco les divertía:
Juraría que también sus familias lloran mucho, que también se perdieron sus cosechas por la falta de brazos; que allí como aquí, amenaza una espantosa miseria a los vencedores como a los vencidos.. Ya ve usted, caballero: entre los pobres hay siempre caridad... Son los ricos los que hacen las guerras crueles.
Este relato, al contrario de aquel otro (El Horla), del mismo Maupassant, rebosa ternura y empatía, está lleno de un dulce surrealismo, desborda sensatez, frente aquel otro delirante, frenético y repleto de alucinaciones y presencias invisibles.

El cuento acaba como empieza con otra comida. Esta vez, Roma tampoco pagó a traidores. Mientras el resto de los viajeros, entre rebanada y trozos de carne asada, buenos pedazos de queso, de nuevo en la diligencia se dirigen felices como gallinas en huida a su corral. Bola de Sebo, la que al principio compartiera su comida con los que carecían de ella, ahora ninguneada es como una zorra.
Ninguno la miró ni se preocupó de su presencia; sentíase la infeliz sumergida en el desprecio de la turba honrada que la obligó a sacrificarse, y después la rechazó, como un objeto inservible y asqueroso.
¡Qué pena no haber formado parte de aquella diligencia! Si yo hubiera estado allí y mis cuerdas vocales no me hubiesen traicionado, cual me engaña mi adocenada conciencia de ahora, yo le hubiese cantado a Elizabeth Rousset aquellos versos de Alfonsina:
Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame,
ponme una lámpara en la cabecera,
una constelación la que te guste;
todas son buenas, bájala un poquito.




viernes, 6 de enero de 2017

Cristina Campo. La sprezzatura.



Sprezzatura è un ritmo morale, è la musica di una grazia interiore; è il tempo, vorrei dire, nel quale si manifesta la compiuta libertà di un destino, inflessibilmente misurata, tuttavia, su un'ascesi coperta. 
Gli imperdonabili. (Cristina Campo)

Cuando la conocí, nada en ella sobresalía. Cristina Campo no destacaba en nada, salvo que desde que nació, estaba enferma, padecía del corazón. ¿Entonces, qué es lo que ahora yo he visto en su cara, cuando leo sus textos que con tanta fuerza me atraen? La gravedad, tal vez, de su natural comportamiento, la solemnidad de su sencillez y buenas maneras, la exquisita salud de sus letras.

Tal vez, en contra de lo que pienso, todos en el fondo seamos conservadores, o como bien afirma Jean Jaures: Il ne peut y avoir de révolution que là où il y a conscience. El ser humano no se resiste a perderse en un incierto futuro; prefiere seguir vivo en su originalidad conocida y caduca. Más vale pajarico en mano que cientos volando, que dirían los encogidos de espíritu, los que no saben sentir desde sus vísceras.

Me sorprende que Cristina, mujer musical, de poesía profunda y pura, escritora escarpada, de prosa incompleta, traductora conversa, ansiosa por conseguir lo que esconden los nombres bajo su grafía envolvente y tímida, huyera del mundo y se recluyera en el floral rito como defensa. Fiel y consecuente con sus palabras, piedras sin esculpir, sugerencias y paradojas, símbolos clarividentes en la noche oscura, mezza monaca, mezza fata, tampoco me la figuro aliada de Alfredo Ottaviani, aquel cardenal retrógrado, enemigo del aggiornamento de la Iglesia Romana. O tal vez yo, hombre rudo, ajeno a la religiosidad ceremonial, bizantina, ortodoxa, monacal y gregoriana, debiera desde un principio haberme acercado sin prejuicios a esta mujer, de máxima superficie, máxima profundidad, de corazón y manos ligeras, haberla contemplado en su justa medida, como maestra de ceremonias de lo inefable, artífice preocupada en dar forma al fondo, y fondo a la forma, hasta convertir la corteza y el núcleo, el centro y la periferia, en una misma y sabrosa nuez de oro. O como dice mi buena amiga María Rosa de la Columna de los Lunes: no sé, si son las palabras que se enmudecen, si son los pensamientos que no logran aflorar en palabras, o son esas raras circunstancias que a veces nos asaltan en el camino de la vida.
T’ho barattato, amore, con parole.
(Te he permutado, amor, por palabras).
Ti riconoscerò dall’immortale silenzio.
(Te reconoceré por el inmortal silencio).
Simplicidad profunda. Honda sencillez. Negligencia consciente, estudiada, y de tal manera aprendida que me pareció espontanea. Elegancia descuidada. Temeraria solidaria. Prudencia osada. Arsis y Thesis. Tempo rubato. Impulso y calma.
Coger la vida, renunciar a la vida. Tomar y dejar es un mismo éxtasis.
Como ella, como ese otro quisiera ser, que sobrado de riquezas, caminaba por los senderos de su abultada fortuna con pies descalzos, desposeído de todo. O como el mendigo aquel, como ella, que tan ufana pordioseaba sobre su precaria abundancia. ¡Parecía una sultana, la emperatriz de la Tierra! El león reprimido, la mansa ferocidad del tigre, la elegancia del lince, la humildad endiablada de la culebra.

Tras leer Con manos ligeras, ese escrito que forma parte de Los Imperdonables, quise entender lo que Cristina Campo entendía por sprezzatura. Esta palabra, mitad monje, mitad soldado, más bien me escondía lo que decía. Lo que es, no se puede decir; puede decirse aquello que no es. Cuanto más ininteligibles eran sus oxímoros, mejor yo los comprendía: que nada rezume de tu corazón, -me decía-, que de ti sólo se perciba la sonrisa. En mi vida vi dama tan pobre, con tanta belleza; mujer tan opulentamente ataviada y con tan descuidada desenvoltura vestida. Il mio pensiero non vi lascia. A ella, tan preocupada por comprender la melodía de las palabras, le agradezco que me ayudara "casi" a ver realidad y símbolo unidos, fe y liturgia, la dulce armonía de los contrarios, ambos crucificados en un mismo leño:
La sprezzatura de algunos pedigüeños es tan grande y exquisita y en su mirada resplandece una libertad tan soberana que darles la menor limosna es recibir una gracia inesperada.
Cristina Campo y María Zambrano coincidieron en Roma. Fueron amigas. Esta última, la pensadora nuestra y exiliada, discípula de Zubiri, en su libro Aurora, refriéndose a Cristina, escribe:
Ella, la perdidiza, al fin volvió por mí. Y entonces comprendí que ella había sido la enamorada. Y yo había pasado por la vida tan sólo de paso, lejana de mí misma... Por eso nadie podía amarme mientras yo iba sabiendo del amor. Y yo misma tampoco amaba. Sólo una noche hasta el alba. Y allí quedé esperando. Me despertaba con la aurora, si es que había dormido. Y creía que ya había llegado, yo, ella, él... Salía el Sol y el día caía como una condena sobre mí. No, no todavía.
Zambrano, M.: Diotima de Mantinea, en Hacia un saber sobre el alma, Madrid,
Ed. Alianza, 1989, p. 197

sábado, 26 de noviembre de 2016

La guadaña afilada del tiempo




Estaba convencido que su escritura no era original ni creativa. Sus escritos: un comentario, el eco de libros con los que se alimenta. Y ese pasar por el tamiz suyo las sugerencias de letras ajenas le daban larga vida, se re-creaba, volvía a nacer. Y así en la lectura se reencarnaba hasta querer morirse para librarse del infierno de la vida. Pero el burlador del tiempo jugaba con él. Lo mismo le daba esperanza que le alargaba el sufrimiento.
El ardor de la esperanza sobrepasa la apatía de la desesperación... Pero, ¿qué tenía yo que ver con la esperanza? Era aquél, como digo, un pensamiento apenas formado; muchos así tiene el hombre que no llegan a completarse jamás.
Llovía al atardecer de un otoño invernal al paso de una procesión de muertos por doquier: Rita, Fidel, Marcos Ana, Antonio el de Filo... Todos de distinto corte; pero todos con su respiración igualmente cercenada. Los pies del lector: sobre un brasero eléctrico, bajo una mesa de camilla. Y sus ojos en pos de los horrores de otro pobre más, sentenciado allá por la Inquisición en un calabozo de Toledo.

Antes de leer El pozo y el péndulo, él creía en la inmortalidad; pero no en la infinitud del sufrimiento. El verde de las acelgas nunca desaparecería, las hojas del perejil jamás se evaporarían en el óxido de la nada corroída. Los glaciares tampoco se desmoronaban, convirtiendo en desierto los cascos polares. Sentía el planeta interminable, inagotable, festín sempiterno de un cumpleaños sin diciembres elevado al infinito. Antes de leer aquel cuento, nunca le pasó por la cabeza que la tierra un día podría desmayarse para siempre y que sus habitantes como pobres gorriones se quedarían sin su canto, sin agua, y sin su grano.

El lector, en la soledad apacible de su casa, confortablemente recluido, absorbe este cóctel combinado de inestabilidad y sosiego, permanencia, eternidad, trasiego y muerte. Y piensa que debe estar loco para ser tan insensible y sentirse solazado con las torturas y el horror que Allan Poe describe en este cuento. Tan cruelmente su autor detalla, analiza y se regala con el tormento, que parece una computadora infinitesimal, una resonancia magnética del dolor y de los miedos. Nadie como el autor de El cuervo para pormenorizar lo que el espanto, el vacío, el terror y la angustia pueden provocar en la conciencia y en el cuerpo humano. Y ese arte en conducir la trama y el suspense hacen que el lector se apresure sin pestañear al desenlace. Sea cual sea el final, el lector está deseando quitarse de encima tanto suplicio insufrible, ¡que acabe por fin esta historia! Allan Poe con su poderío esquizofrénico, saber, magia y misterio consigue infundir al lector la misma ansiedad y tensión que sufre, tanto él como su protagonista. Todos estamos locos. A todos la guadaña afilada del péndulo del tiempo nos devolverá la cordura.
La muerte hubiera sido para él un alivio, ¡ah, inefable!
Abrigado por la calma anónima, de un noviembre sin sobresaltos, el lector disfruta aterrorizado leyendo El pozo y el péndulo. Todo lo que le rodea, excepto el texto, rebosa quietud inmensa. Como si el tiempo se detuviera. En medio de tanta paz interior, casi palpa el fruto de la eternidad, esa rebanada de miel inagotable, lamida por los labios infantiles de un hombre gozoso con el aquí y su ahora. Y tan feliz se siente, que se cree inmortal. Pero al ver el leve dibujo del agua resbalar sobre los cristales, vuelve de nuevo a la temporalidad. Todo lo que empieza, acaba. La vida es tiempo, tiempo que corre y que le acorrala, tiempo que un día convertirá por desgaste y rotación a la Tierra en polvo, en nada; pero no será en balde, habrá valido el tiempo para, (¡menos mal!), dar fin al tormento, al hambre, o al menos tomar conciencia de la libertad arrebatada. La penetrante calma concentrada de la desesperación se esconde bajo las faldas de una mesa de camilla de la sala de estar de una vivienda de la calle san Pancracio de una pequeña ciudad de provincias.

El tiempo nos entretiene con la amargura de nunca atrapar el instante. Dicen que sólo existe el aquí y el ahora. ¡Mentira! Precisamente el ahora es lo que se le va de las manos a este otro protagonista, a modo de meta-cuento, parecido al reo aquel de la Inquisición de Toledo. El momento, como el agua, se le escurre y se pierde entre las piedras de sus riñones dolidos y asustados por el vértigo del péndulo. Y al hacer el lector un esfuerzo para retener con todas su fuerzas este pensamiento, es cuando sus neuronas le abandonan. Se ve obligado a dejar la lectura, huye de la fijación de estos escalofriantes párrafos, secuencias de dolor y espanto. Quiere salvarse, no sucumbir bajo las aguas irretornables de la eternidad de las letras, tortura de palabras procesales, que le mantienen atado al potro, a la mesa-camilla de los tormentos.

Quiere el lector zafarse de tanto horror y misterio, suposiciones y suspenses. Esta cansado de tanto Pit y de tanto Pendulum. No sabe si lo que el condenado está sufriendo es real o imaginario. Aunque ¿qué más dan ambos conceptos, entidades o supuestos, si en el ánimo del lector producen la misma sensación? Este desconocimiento es precisamente la causa de su fatiga. El hombre necesita un respiro, dejar la lectura, tomar el aire fresco. La lluvia ha cesado. Se levanta, sale de la casa.

Desde hace ya más de quince años, cuando su mujer murió a causa de un edema agudo de pulmón, se vino a vivir a este bloque de viviendas protegidas de la barriada de san Pancracio. El hombre deambula ahora por la acera, aspira el aire húmedo de la noche. Se siente reconfortado en medio de la oscuridad serena. Después de quedarse viudo, no tiene a su lado mucha gente a la que escuchar. Tal vez por ello nuestro lector se quedara medio teniente. A partir de entonces se refugió en sus paseos, en la lectura como medio de comunicación, necesidad ésta imprescindible para todos los seres humanos, ya sean éstos sordos, prostáticos, ciegos o psicóticos.

Este otro protagonista, en paralelo al cuento de Allan Poe, conoce al dedillo el Mercado, el pequeño jardín de Las Serrerías, el patio del Instituto, sabe andar por estos alrededores con los ojos cerrados. La lluvia ha mojado la calle. De las moreras que circundan la plaza de Correos hay arremolinadas hojas secas, caídas, esparcidas por el suelo. No oye en tiempo real sus pisadas contra las hojas trituradas por las suelas de sus zapatos. El chasquido crujiente de las hojas aplastadas, debido a las prótesis auditivas que lleva tras sus orejas, medio cubiertas por la melena descuidada que le cuelga como velillo de lana, le llega en diferido. Tiene dificultad de significar al instante tanto el origen como el motivo de cualquier sonido. Sus pisadas por tanto se las atribuye a un extraño que escondido anda a su lado. Se gira, se revuelve para averiguar de donde vienen esos tristes crujidos de la hojarasca pisada. Oye sus pasos como si fueran otros pies distintos a los suyos los que caminaran. Mira a su alrededor, no ve a nadie.
No es que temiera contemplar cosas horribles, pero me horrorizaba la posibilidad de que no hubiese nada que ver.
Disimuladamente acelera el paso. Regresa, de nuevo a casa. Le trae más soportar con sus pies calientes el miedo imaginario de Allan Poe, que el miedo real desconocido.

Y de nuevo, ya instalado bajo la cubierta atrincherada de su domicilio, retoma la lectura de El pozo, allí donde poco antes la había dejado:
Supliqué, fatigando al cielo con mis ruegos, para que el péndulo descendiera más velozmente. Me volví loco, me exasperé e hice todo lo posible por enderezarme y quedar en el camino de la horrible cimitarra. Y después caí en una repentina calma y me mantuve inmóvil, sonriendo a aquella brillante muerte como un niño a un bonito juguete.
Y en este mismo momento, junto a la dulce sonoridad de las dos últimas palabras -bonito juguete-, oye el lector un extraño golpeteo. Mira a la puerta de entrada, (recordemos que el hombre vive solo). Para calmarse con la presencia amiga de su voz en alto, exclama: ¿hay alguien? Recorre el pasillo, mira por la ventana. Efectivamente, no hay nadie. Hasta que por fin ve un folio doblado en el suelo. Se alivia. Piensa que ese ha sido el motivo del chasquido que acaba de oír. El papel, tal vez empujado por el aire que viene de la chimenea, se cayera de la mesa. Se agacha para recogerlo. Y se da cuenta de una frase, una nota de las varias que el lector acostumbra a escribir como comentarios o reflexiones de sus lecturas:
Mientras no atravieses, no apures todo el sufrimiento, no podrás alcanzar el imposible placer de lo desconocido.
El lector ha llegado ya a la página más torturadora e irresistible del cuento. La afilada cuchilla del péndulo a punto está de seccionar el corazón del reo. Y en este instante más álgido de la desesperación y el miedo, una penetrante calma invade el espíritu del condenado. Luego vendrán las innumerable ratas salvajes a aumentar más, si cabe, este suplicio interminable, pero, ¡oh divina paradoja!, estos animales, con sus hocicos fríos y repugnantes serán los que desaten a la víctima de sus ataduras.

En este instante, es verdad, ahora sí. Llaman a la puerta. Es el vecino. Literalmente se cuela en la casa. Trae una botella de champán. Es su cumpleaños y viene a brindar con el lector. Éste, agradecido le felicita. Y al echarle la mano, ve en su vecino al mismo General Lasalle, aquel que librara a Toledo de la Inquisición.


lunes, 14 de noviembre de 2016

Consideraciones sobreañadidas al Desvirgado





Todo aquel que no haya leído Agripino-el-desvirgado absténgase de acceder a estas Consideraciones sobreañadidas. Y si los que lo hicieron, advirtieron las intenciones tácitas de su autor, tampoco les será necesario que lean lo que a continuación dice este entrometido comentarista. La presente aclaración sólo va dirigida a quienes no se dieron cuenta del texto implícito del cuento arriba mencionado.

Y vaya también por delante, en aras de la verdad, que los incidentes que allí se relataron no son invención de Blao. La fuente de su plagiadora inspiración fue una nota por él leída en twiter, y firmada por alguien que más o menos así decía:
¿Tuviste sexo conmigo un febrero de 1991? Teníamos 16 años. Yo te dije que era virgen. Era carnaval. Recuerdo que hacía calor, la música era mala. Te invité a pasear, nos sentamos en un banco. Nos besamos. Fue sublime. Quisiera volver a verte....
Y quiere este comentador advenedizo echar en cara a su autor, además de su desvergüenza por haber copiado la idea-madre que dio vida a su cuento, el no haber sabido expresar las razones inconscientes que le movieron a escribir aquel relato.

Si la chica del Pabellón deportivo leyera hoy este tweet de socorro, tras cinco lustros de aquel su primer encuentro, ¿qué sentirá? ¿rechazo, vergüenza, arrepentimiento? ¿Se delataría? ¿Correrá a ver al muchacho de ayer que hoy la reclama con tanta insistencia?

Aquel interés detectivesco y morboso que movió a Agripino a buscar su virginidad perdida, en la misma medida lleva a este aficionado analista a defender, cual caballero andante, la intimidad de Silbina, que así es como se llama la chica, según cuenta, sin reparo ni delicadeza alguna, el tuitero original.

El que escribió el cuento no sabe, no es muy entendido en psicología femenina. La mujer, al leer esta nota se ve sí misma como una cosa perdida en manos de su dueño. Y no quiere Silbina ser jarrón sexista de ningún coleccionista de trofeos amorosos. Y es por eso que el texto de Agripino el desvirgado, que debió ser baluarte contra toda sutileza machista, sólo llega a ser un panfleto contestatario en pro de la igualdad de genero. Y si es que a su autor se le escaparon en aquel cuento expresiones tan duras como ¡hijo de la gran puta, cabrón de mierda! y otras por el estilo, (que no es preciso abundar, dado el puritanismo elocuente del que hace gala dicho autor), sólo son un camuflaje para ocultar su velada homofobia. Dime de qué presumes y te diré de qué adoleces, -dice el refrán.

Se puede buscar una aguja en un pajar; pero nunca a una mujer. Las mujeres, como los hombres, no se pierden contra su voluntad, ni uno se las lleva al huerto. Ambos saben ir por ellos mismos al río, a los Baños de Mula, o a donde se tercie o les venga en gana. Andar tras la mujer puede resultar ofensivo, tanto para la fémina, como peligroso para el posesivo varón que la busca. Y viceversa.

Una mujer, un hombre, no es un móvil que alguien dejó olvidado, y no recuerda donde lo dejó. Y ese mismo alguien vuelve a llamar ahora desde otro teléfono al número de su móvil extraviado para así sentirse congratulado por los amores perdidos, los de antaño, los de hoy, o el que tal vez pueda sumar a su cuenta de conquistas tras esta ultima llamada. ¡El móvil!, una buena metáfora donde cual cada puede meter su objeto más deseado. Y es que el tal zahorí o buscador de sexo, además de poseer teléfono fijo, tiene también varios móviles o smartphones, o como diablos se llamen a esos soportes inteligentes capaces de encontrar a la mismísma invisible Trinidad.

Hay hombres que les gustaría que sus mujeres llevaran, en lugar de un piercing, un chip en una de sus orejas, para así tenerlas localizadas en todo momento. Tanto Agripino, como Luciano, (el personaje real que originó esta historia), o como este mismo comentarista que os habla, todos andamos persiguiendo como locos aquella chica que nos robara la inocencia de nuestros años mozos.

En medio tanto alarde y apología de género, tal vez el autor de Agripino el desvirgado, en el fondo no está limpio de un cierto machismo velado. Y al hilo de esta afirmación a la ligera, recuerda ahora el comentarista aquellas manifestaciones contra la droga de los años de su juventud. En el barrio donde vivía, a las afueras de la gran urbe, la gente estaba harta de las consecuencias letales y nefastas de la droga. Pues bien, (¡qué contrasentido!), este comentarista se sorprendía de ver al frente de aquellas protestas con sus pancartas gritando a los traficantes más señalados de la ciudad.

A este crítico del Desvirgado se le ocurre además aludir a dos de los gentilicios que allí en el cuento aparecieron: Agripino y Cenicienta. Aunque haya quien diga que los nombres carecen de importancia, no es este el caso. Tan sólo su evocación transportan al lector a un mundo de desfachatez o de valores.

El nombre de Agripino no es casual, intencionalmente está dentro de la reivindicación de su autor por la cultura de género. Y tiene que ver con las connotaciones perversas de aquella otra Agripina de Roma. Así como a aquella no le dolieron prendas para manipular y asesinar, al Agripino de ahora tampoco se le ocurre pensar, si con su actitud indagatoria de copulaciones jóvenes pueda tal vez abrir ajenas y viejas heridas.

Tampoco es fortuito el encantador nombre de Cenicienta, nombre que ha sido denostado por lo que de vasallaje y sumisión representa. Como dice Ada Colau: no queremos ser princesas, queremos ser mujeres libres y felices.

Y para no extenderse más, el que escribe estas Consideraciones sobreañadidas al Desvirgado se pregunta, si no hubiera sido mejor otro final tanto para Cenicienta como para Agripino. Un desenlace más amistoso, un abrazo redoblado ante el bendito destino que, a quienes unió en un principio, los mantuviera casados hasta el infinito de su cariñosa vejez. Pero no, el autor dejó bien claro en su cuento que con las mujeres no se juega. Y si es que algún Trump de turno se atreviera a dárselas con ellas de trilero, que se atenga a las consecuencias; puede que se quede sin el pan y sin el perro.

jueves, 27 de octubre de 2016

Dostoievski y el amor





He aquí, a modo de aforismos, algunos párrafos relacionados con el amor, sacados de Los Hermanos Karamazov que más me sorprendieron, con los que puedo o no estar de acuerdo. Otros, son simples comentarios que nacieron a la luz de la lectura que hice de esta novela de Dostoievski:

  • El amor es la respuesta a las dudas de la fe. 
  • El remedio para la fealdad, el infierno, la depresión, la vejez y el frío es hacer el amor intensamente. 
  • Amar a todo el mundo a veces es una escapada, lo que importa es querer a quien tenemos delante: Amo a la humanidad en general pero soy incapaz de amarlos en particular
  • Un hombre honrado, si se enamora, aunque sea sólo de una parte insignificante de una mujer, es capaz de todo, hasta de asesinar incluso. 
  • ¿Qué es el infierno? El sufrimiento de no poder amar. 
  • El sexo por sí solo hace mucho… Pero esto está por encima de nuestra comprensión. 
  • Todas las mujeres tienen una peculiaridad interesante, el quid está en saber descubrirla. 
  • Serás feliz con ella, pero seguramente no habrá calma en tu felicidad. 
  • ¿Qué lágrimas son más sinceras, las del hombre o las de la mujer? O lo que es lo mismo: ¿sentimos de igual manera los hombres y las mujeres? 
  • Si todavía le amara, no sería piedad lo que ahora sentiría por él, sino odio. 
  • Para que uno pueda amar a alguien, es preciso que este alguien permanezca oculto. Apenas ve uno su rostro, el amor se desvanece. 
  • El amor es una abstracción, una sublimación que no se deja nunca concretizar ni atrapar. Pero, precisamente esta fugacidad y limitación refuerza aún más su deseo. 
  • Sócrates en El Banquete de Platón: Decidme, amigos, ¿el amor es el amor de alguna cosa, o de nada? El amor es un engaño, una ficción. Nadie desea lo que ya tiene. Amar es querer lo que nos falta. 
  • Proust: ¿La ausencia, no es para quien ama, la más eficaz, la más viva, la más indestructible, la más fiel de las presencias? 
  • Bésame! ¡Hazme sufrir! 
  • ¡Que amable es usted! Siempre le querré por haberme permitido con tanta facilidad dejar de quererlo. 
  • Sus celos no me ofenderían, lo que me ofende es que no los tenga... Lo que me molesta es que no me ame y, sin embargo quiera darme celos. 
  • Sentía por ella un amor tan inmenso... hasta el extremo de experimentar el deseo de matarla. 
  • Si el daño que nos infligimos a nosotros mismos fuese el remedio por no haber sabido amar, es que algo no funciona bien dentro de nosotros. 
  • ¿Qué placer podría ofrecerme la vida si el sufrimiento no existiera? 
  • Su amor es para mí un sufrimiento. 
  • La mujer, sólo el diablo sabe lo que es; yo no lo sé en absoluto. 
  • El amor lo mismo nos convierte en víctimas que en asesinos. 
  • Eran como dos enemigos enamorados, uno del otro. 
  • Yo te amaba a pesar de mi odio. 
  • Basta que una mujer siente en sus rodillas a un hombre para que este se convenza de que la que antes era perversa, ahora la considere como su hermana. 
  • El amor sólo de una hora puede durar toda una vida. En Los endemoniados nos dirá el mismo Dostoievski: Hay minutos en que se detiene el tiempo y se hace eterno. 
  • Vale más una hora de amor que el resto de los días aún teniéndolos que vivir en el horror, la miseria, o la vergüenza. Esta idea me recuerda a los místicos: preferían ir a los infiernos con tal de disfrutar de la mirada de Dios. O con palabras de Mack Twain: Prefiero que me expulsen del Edén a vivir sin Eva. 
  • El que camina un minuto sin amor, camina amortajado hacia su propio funeral. Y esto me hizo recordar que yo siempre anduve paseando mi amor por todas partes, hasta que te encontré a ti y te lo di enteramente. Cita de Juan Rulfo tomada de Cartas a Clara. 
  • Por encima de todo, no te mientas a ti mismo. El hombre que se miente a sí mismo y escucha su propia mentira llega a un punto en que no puede distinguir entre la verdad dentro de él, o alrededor de él, y así pierde todo el respeto para sí y para otros. Y no teniendo respeto deja de amar. 

lunes, 3 de octubre de 2016

Cuartel de Artillería





Aquel último jueves de setiembre, en una de la naves del viejo cuartel de artillería de la ciudad de Murcia, escritores y cantautores celebraban un recital poético musical con motivo de la Presentación del número 45 de la revista literaria Molínea. La sola idea de que estas estancias militares, otrora destinadas al adiestramiento bélico, sean hoy espacio y altar para usos culturales, (conciertos, exposiciones, cine, teatro), es digno de elogio.

En un rústico escenario, sin bambalinas ni decorados, sobre una rudimentaria tarima destartalada, bajo un alumbrado escaso de bombillas a pelo, sin pantallas, ni focos deslumbrantes, ni rayos, ni cañones de luces, ni espumas de colores condensadas..., yo sentí el arte, el arte nacido de unas voces, de unas guitarras, de unas gargantas transparentes..., yo sentí el vibrar de unos cuerpos, el cuerpo alegre y armonioso de unas personas involucradas con las letras y con la música, como arma para combatir la desidia, la indiferencia, la mezquina ramplonería de los egoísmos, las abstenciones, las puñaladas, los ninguneos. En esa noche, yo sentí el arte puro, desnudo, despojado de intereses, pujas y oropeles, desprendido de recompensas, competitividad, otras vanas cotizaciones y asonadas.

El pavimento mostraba trozos del suelo levantados. Las paredes, desconchadas. Mal enlucidas; unas, empapeladas con cartones de hueveras; otras, agrietadas. El mobiliario de la sala, un rastrillo, un ropero. Cada silla, de una época. Unas, tapizadas; otras de rejilla, metálicas, de madera, sin respaldo, almidonadas y hundidas, de terciopelo. Vi, no habiendo más de treinta asientos, todas las sillas del mundo ocupadas por la gente entera de un pueblo sediento de educación y cultura. Un tenderete de perchas, allá al fondo, en un rincón, bajo un letrero, Colective, con una docena de vestidos infantiles, pero suficientes para vestir a todos los niños desarrapados del planeta. Apilados, detrás de unos trastos sin nombre ni dueño, restos de carteles con letras en latín, nihil virtute pulchrius. (Nada hay más bello que la virtud). A la derecha de donde yo estaba, frente al tablado desangelado, me pareció ver una figura a medio construir con materiales de deshecho. Quise con mi imaginación contribuir a la terminación de aquella estructura. Y acabó mi mente dándole la forma de La Danaide de Rodín, aquella joven condolida que fue condenada a llenar eternamente una jarra sin fondo por haber matado a su esposo.

Y a pesar de tanto caos y desastre a mi alrededor, en ningún momento mis ojos se sintieron humillados por la podredumbre, el desorden, la extravagancia y el deterioro de los objetos. Y yo mismo me sorprendí de verme seducido por la vulgaridad de aquel sitio tan cutre. ¿Cómo puede uno sentirse a gusto en medio de tanta ordinariez y carencia? La inspiración y la felicidad son a veces muy caprichosas. El arte, en ocasiones, en lugar de alimentarse de la malcriada abundancia, se abastece de la simplicidad. Creatio ex nihilo que dirían los teólogos. El vacío como manantial del arte.

Pero, a parte de que la más pura esencia de las cosas se nos revele en su desnudez más absoluta, no es digno ni meritorio que el Ayuntamiento de Murcia, como propietario y gestor de estas instalaciones culturales, permita y no remedie el pésimo y lamentable estado en el que se encuentra esta emblemática edificación municipal. Una cosa es la emoción, la inspiración y los sentimientos, pero como acostumbran a decir arquitectos y pedagogos: el ambiente también educa.


jueves, 21 de julio de 2016

Oscuridad radiante



-Sí, aquí debe de haber mujeres. Lo noto por instinto.
(Chejov en El_beso.)

La lectura y el escribir van de la mano.


Caballos oscuros de nubes encendidas. Caballos limoneros, caballos extraños. Destellos radiantes, herraduras de plata quebraron el cielo. De su cuero ollado llovieron amores, amores perdidos. La brisa de una mujer invisible dejó caer en la boca de un capitán timorato el aroma de un beso equivocado, frenético, apasionado y fundido.

Relámpago de mística melancolía, sensación fugaz y eterna de lunas a mediodía, de soles a media noche, coces de plata, aborto de estrellas. Un comezón por todo el cuerpo, desde el corazón hasta la hombría, invade al oficial gris de patillas de lince. Y pasó el capitán ayudante, de su yo eclipsado, a ser el macho más garañón de la tropa.

Y tras el sabor a lilas y rosas de tan divina sorpresa, Riabovich se adentró en la espesura de nuevo, por ver si aquel beso apagado y vacío se encendiera, y sentido le diera a su vida enfermiza. ¿Qué puede haber detrás de un beso a oscuras para que un hombre emprenda un camino de vuelta, y regrese donde nada de lo que fue es y perdura? 

Retrocedió y anduvo el capitán tras aquellos labios desconocidos al punto ciego (*), al ángulo muerto, sin poder dar siquiera con la mujer que dejara en el brocal de su alma aquel rayo que por la mitad le partiera. Y el dulce cuchillo de sabores inciertos que en el camino de ida abrió la hendidura de su placer estrenado, al volver de regreso en busca de aquel beso anónimo, cambió el verde intenso de los álamos del camino en mugrones amarillentos y secos.

Jamás el oficial contempló virginidad tan dichosa y malvada: un ósculo sin propiedad y sin boca, extraviado en la noche de tules morados, venablos sin blanco, sin nombres. ¡Qué desatino el de aquella aventura enardecida y marchita!

Y si antes, el capitán fue un hombre desazonado, después de aquel beso sin firma alguna, pasó a ser el mismo de antes: un triste hombre de baja estatura y algo encorvado, con gafas y patillas de lince. Un beso no cambia nada.

La vida, esa quimera, ilusión truncada, una aventura donde todo se esfuma, hasta el aroma de la hierba buena, la brisa, las lilas, las rosas, las tiernas hojas del álamo.... de un beso ciego y a oscuras.


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(*) Javier Cercas denomina Punto Ciego a la estructura literaria donde en su inicio siempre hay una pregunta, un enigma. Según este mismo escritor, a través de esa oscuridad, la novela se ilumina, se torna elocuente. La novela es el género de las preguntas.

domingo, 17 de julio de 2016

Como la flor del hibisco



Como la flor del hibisco, que muy pronto se desprende de sus arrojadizos tallos, se olvidó él de aquella muchacha. Pleno verano. La noche pesa sobre su cuerpo sudado. El hombre no para de dar vueltas encima de la cama. La mujer, que a su lado está despierta, le pregunta:
¿Antes de casarte conmigo, pensaste en otra muchacha?
Con este calor, imposible dormir. Y ante las palabras de su mujer, busca el marido la cara de aquella muchacha.

Si en lugar de estar ahora acostado con su mujer, se hubiese casado con ella... Aunque, ¿para qué? Al final hubiera sido lo mismo. Poco importa el recipiente del cual uno bebe, lo esencial es sentirse embriagado. Piensa el hombre que este comentario que Chejov deja caer en Una bromita, no le parece el más ajustado, es forzado y egoísta, está fuera de contexto.

En esta tórrida noche de agosto, la mujer sigue cuestionando al marido:
¿Sientes haber dejado escapar la flor de aquella oportunidad que el destino puso en tus manos?
La superficialidad y el apresuramiento de sus años mozos hizo que no le prestara entonces al presente su atención debida. Nunca le pasó por la cabeza al marido tirarle los tejos a la muchacha que ahora su mujer le trae al recuerdo. Su mujer, las mujeres, el hombre, los hombres, todos en general andamos siempre con la manía de traspasar nuestros amores por el crisol de la comparación: Entre todas, ¡yo fui la preferida!

No sabemos si el hombre se arrepiente de no haberle declarado su amor a su antigua vecina. Como al protagonista de la historia del trineo de Chéjov, a él también le embarga la tristeza, la duda por haber hecho las maletas. Se fue a otra ciudad, sin pensar si hubiera sido mejor quedarse. ¿Fue un cobarde? Se escudó en el viento. Se tapó la boca con un pañuelo para disimular que aquellos sentimientos salían de su corazón. Y ahora, en medio de la noche calurosa, el marido no sabe ni siquiera si se engañó a sí mismo. El cree que no. Tal vez la timidez o su vergüenza fueron los que más bien le mintieron a él. En edad tan joven e inexperta a uno le es difícil distinguir el amor del apetito de la carne.

Las ventanas del dormitorio están abiertas. La luna vicaria se refleja en el espejo de la coqueta. Su brillo le da en los ojos; tanto delegado y sustituto fulgor le molestan al marido. Se levanta a correr la cortina. Y fue cuando, allí abajo, en el callejón desvanecido, junto a la farola de la esquina del Petronilo, vio a un hombre, de vuelta a casa, haciendo eses, canturreando:
Me gustan las flores del campo,
para mí que son mujeres,
por eso me gustan tanto.

miércoles, 6 de abril de 2016

El loro de Flaubert





Un vapor de azur ascendió al cuarto de Felicidad. Adelantó la nariz aspirándolo con una sensualidad mística; luego cerró los ojos. Sus labios sonreían. Los latidos de su corazón se fueron amortiguando uno a uno, más tenues cada vez, más espaciados, como un manantial que se va agotando, como un eco que se va extinguiendo; y cuando exhaló el último suspiro creyó ver en el cielo entreabierto un loro gigantesco planeando sobre su cabeza.
Un corazón simple. Gustave Flaubert


Era lo mismo ateo que creyente, musulmán que budista. No es que no tuviera fe o dejarla de tenerla. El nunca se había parado en marear la perdiz de las creencias.

A la edad en que los jóvenes despiertan a la filosofía, su hijo le dijo un día: Papá, ¿tu crees en Dios? Pregunta tan simple cogió de improviso al padre. Recibió tal interpelación como muestra de reverencia. Pensó que su contestación tal vez pudiera condicionar el futuro del hijo. Si no el futuro, tal vez sí el sentido de su existencia. Así, pues, tomó en serio las palabras del hijo, y se dispuso a responder con la mayor de las franquezas.

El caso es que, a fuer de ser sincero, el padre no tenía puñetera idea de Dios. Y si alguna vez durmiendo soñara que algo en el mundo mereciera la pena, al momento despertaba desilusionado. Y se dijo a sí mismo como si hablase con su mejor amigo:
¿Y si la fe fuese sólo una predisposición genética? Así como hay individuos más capacitados para las matemáticas que para las letras, también los habrá más dados a la religión, ¡digo yo! Los hay que nacen hasta músicos y poetas.
Pero el sentido común le aconsejó no decir al hijo que la fe era cuestión de humores o de gustos. Escaparse con la excusa del relativismo apologético, que si el respeto o el derecho a la intimidad.., no le pareció lo más adecuado ¡Para una vez que el hijo confiaba al padre asunto de tan alta consideración...! La honestidad moral le obligaba a responder según su conciencia.

El padre sabe por experiencia que sus días corren bajo las nubes de la duda. No sabe si hoy lloverá o no. Y ¡si chove que chova! Tal vez el padre sea escéptico por vicio, por dopamina o por herencia gallega. Unas veces es Dios el que corre por sus venas, y otras el mismísimo Satanás el que le corroe la sangre.

El padre no se siente preparado para responder, pero piensa que está obligado a dar su opinión. Y le viene ahora al recuerdo aquel cuento de Flaubert, Un corazón sencillo. La historia acude como anillo al dedo. Quiere decirle al hijo que Dios puede resultar cualquier cosa. Hasta un loro mal disecado, con el ala rota, y el buche desarreglado pudiera ser el mismo Espíritu Santo. Basta que el corazón simple de una buena mujer como Felícitas, la criada de madame Aubain, se sienta unido y acompañado al corazón de un pájaro, para que Dios se le revele en forma de ave como padre, guía, valedor o compañero.

Y con la cautela propia de quien no está seguro de nada, de ser un apóstata, un panteísta o el beato más creyente, el padre le dice ahora al hijo:
Las cosas, hijo mío, no son lo que son, son cual nosotros las sentimos. La idea que puedas tener de Dios responde a todo; como cualquier cosa puede resultar ser también tu ídolo, así pues hijo mío, abre bien los ojos. Siéntete hermano de todo lo que existe, de las gallinas, de los gatos, de la montaña, del sol y de la luna, como también, y sobre todo, de la mujer y del hombre. Es la única manera que conozco para convivir feliz con las dudas.

jueves, 28 de enero de 2016

Memorias de un emigrante




La mejor historia no siempre nace de los grandes y conmovidos acontecimientos, como tampoco, todos los días, panes y paraísos, cartes de séjour, arco iris y contratos de trabajo llueven de las nubes ceñidas de estrellas y laureles. A veces del suceso más simple, aquel que brota de la gris humildad a ras del suelo, aflora un buen relato, entretenido y sincero.

A mi juicio, este es el caso de Memorias de un emigrante. Libro jugoso y ameno, transparente y lúcido como el sol que nos alumbra, surgido del recuerdo adolescente, esa patria que siempre será nuestra, aunque estemos muertos, seamos extranjeros, exiliados, apátridas o tengamos la triple nacionalidad: la ser de aquí, la del más allá y la del mundo entero.

Libro autoeditado por Juan Abenza y José Antón. La impresión, a cargo de Grafisant, S. L. Santomera.

viernes, 22 de enero de 2016

La decadencia de la mentira






El desvaído amanecer de un 22 de enero sacudió las greñas de sus neuronas desmelenadas. Sebastian Melmoth vio entonces a Bosie, su amor aburrido, y dormido junto a su cama. Y nada más ver su somnoliento rostro afeado, se dijo a sí mismo:
¡No es posible! Me acosté enamorado y me despierto con el hombre equivocado.
Luego, parece ser que fue el poeta, aquel que un día contestara al gendarme de la aduana no tengo nada que declarar sino mi ingenio, quien dijo a Bosie:
Para seguir amándote, deberás permanecer siempre oculto, oculto y escondido en mi imaginación. Si me desvelas tu rostro, mi amor se desvanecerá al instante. Y al igual que seco queda el botijo tras la sudorosa faena de los segadores, así quedará mi corazón: vacío del agua sin mi deseo.
Y con ese deje melancólico que todos llevamos dentro, cuando ninguneados somos, se despertó Bosie malhumorado, y le dijo al autor de El Retrato de Dorian Gray:
¿Acaso el poder de tu imaginación puede ser más fuerte que la realidad del amor que yo anoche sentí por ti?
Y de nuevo el dandi ocioso y estrafalario, aquel que tenía todas las paredes de su dormitorio decoradas con plumas de pavo, insistió:
La vida, amigo Bosie, es lo que tú te inventes. Sólo la imaginación puede salvar nuestro amor de cada día. Y si acaso mis palabras no fueran suficientes para decirte que el amor necesita constantemente ser alimentado por el embuste de nuestra imaginación, escucha el comentario de Vivian en “La decadencia de la mentira”,  aquel otro texto que yo escribiera al modo socrático:
“Cuando contemplo un paisaje, me es imposible dejar de ver todos sus defectos. A pesar de lo cual, es una suerte para nosotros que la Naturaleza sea tan imperfecta, ya que en otro caso no existiría el Arte. El Arte es nuestra enérgica protesta, nuestro valiente esfuerzo para enseñar a la Naturaleza cuál es su verdadero lugar. En cuanto a eso de la infinita variedad de la Naturaleza, es un puro mito. La variedad no se puede encontrar en la Naturaleza misma, sino en la imaginación, en la fantasía, en la ceguera cultivada de quien la contempla. El amor para serlo necesita constantemente ser alimentado por el verdadero embuste de nuestra imaginación creadora."
Y al notar Sebastián en su amigo Bosie un cierto gesto desaprobatorio ante la palabra embuste, añadió:
¡O por favor, no te sientas engañado, querido! No tomes mis palabras por un desaire; al contrario, tan sólo pretendo con mis dulces mentiras avivar y engrandecer nuestro amor recurriendo al ingenio. Desconozco otro camino que no sea el de la bella mentira para seguir siendo amantes.

viernes, 15 de enero de 2016

El suplicio de Tántalo




... et eritis sicut Deus scientes bonum et malum. Génesis, 3,5

Nuestra realidad es efímera. Su nombre, en cambio, es infinito. Desde que Borges dijera que el Universo estaba en un folio, el escritor creyó que su escribir le igualaría a los dioses. Y quiso Borges redimir la finitud de los días con la biblia de sus letras. Estaba convencido que con la escritura trascendería el tiempo, traspasaría la muerte, alcanzaría las puertas del evo, y coronado sería con la diadema del Uróboros, esa culebra que alimentándose de sí misma renace continuamente.

Día y noche, Borges no hacía otra cosa, sino escribir. Pensaba que esta era la única manera de acceder a la intemporalidad de la vida. Las barreras del tiempo y del espacio desaparecerían. Su pluma, con sólo rozar el papel, resucitaría las esencias de las palabras que escribiera. Y sus ojos verían entonces cara a cara, no a través del espejo y la fugacidad del destello, verían la realidad profunda e inextinguible de las cosas, tanto las creadas como las increadas. Y fue entonces cuando dijo el escritor:
La eternidad está en nosotros, en ese libro que somos, en el nombre que nos permite comprender el verdadero significado.
El secreto oculto de las palabras le sería así desvelado al escritor. Y aquel que dijo que el hombre es un libro, por fin tendría acceso al conocimiento pleno, (lignum scientiae boni et mali). Sólo el ciego puede ver. Cerrados todos sus caminos a la luz, devorándose a sí mismo, todos los nombres en un sólo nombre se le revelarían en su esplendor. Y así como las olas devuelven a los náufragos sobre la arena y dejan al descubierto las huellas de la comadreja que quiso comerse a las palabras, del mismo modo volvería el alma de los nombres a resplandecer sobre un único mar donde las sombras, los contrarios, las orillas y las fronteras se extinguirán para siempre. Y creyó Jorge Luis ver como los cuerpos sumergidos de los nombres en las profundidades de sus ojos aparecían exculpados, inocentes, eternos en un feed- back permanente de inmortalidad y llenos de gloria. 

Llegado a este punto, pensó Borges que escribir ya no le haría falta. Teniendo consigo todos los significados de la realidad inefable ¿para qué seguir haciéndolo? Y se puso a gritar como un loco a las cuatro esquinas del viento:
Ya sé lo que esconden las palabras. He visto todas las hormigas que hay en la tierra, he visto todos los veneros de la luz. ¡Venid a mí todos los que ansiosos andáis en busca de la eternidad del nombre!
Junto a Borges, allí también estaba su perro Aleph. Los dos jugaban en el salón. Llovía en la tarde gris. Las gotas del agua sobre el cristal de la ventana resbalaban sin fraguar en nada, regueros vacíos. El can trataba de morder inútilmente la pelota que su amo, el escritor, le lanzaba. Cada vez que Aleph trataba de coger la pelota, ésta se le escabullía de la boca. Borges se acordó entonces de Tántalo, aquel ser de la mitología griega que fuera invitado por Zeus a comer en el Olimpo. Luego el indiscreto Tántalo, ya en la Tierra, no sólo revelaría a los mortales los secretos que el dios en la intimidad le contara, sino que además se atrevió a despilfarrar entre los humanos parte del néctar que al mismísimo Zeus le robara en aquel festín de los nombres. Zeus, al enterarse luego de su insolencia, castigó a Tántalo a llevar de por vida sobre su cabeza deliciosos racimos de frutas. Y cada vez que Tántalo, pretendía hambriento saciar su apetito, las malditas frutas se alejaban de su boca. Y he aquí -diría Jorge Luis Borges a su perro Aleph, que sin pestañear asentía a su dueño-, -el suplicio más grande de Tántalo: tener tan cerca de sí a las palabras, y no saber su significado.

sábado, 4 de julio de 2015

Molínea 41






Meri


El efecto euforizante de los excesos es lo mejor para un creador. Estas palabras del Sam de tu relato puede que valgan para esos escritores que escriben mirando para fuera, pero yo prefiero a los que como tu lo hacen desde dentro. Estos, más que desenfrenos y el bullicio, necesitan para su escribir del manantial incesante del silencio.

Mar de Fondo


Amor esponjoso: ¿y qué será del amor de aquellos que no sabemos de lavadoras ni de espumas? Prefiero quitar los lamparones de los quereres a mano, como lo hacían nuestras abuelas con su frotar compungido, a la orilla de la acequia sobre las llagas de la piedra llana, con tierra blanca y el azul del cielo. O como tu misma bien cantas: Ser sombra que espera su cuerpo de la nada.

Vivo Diaz


Y a tu Diego el Chisme, si se lo encontrara Henry Miller por algún tugurio surrealista de París, seguro que le diría: Necesitamos, Diego, estar solo para meditar sobre nuestras vergüenzas y desesperación en soledad. Necesitamos el sol y los adoquines de las calles sin compañía, sin conversación, cara a cara, con la compañía exclusiva de la música de nuestro corazón. Y en cuanto a tu homenaje a Juan Rulfo, sólo comentarte que al leerte, hasta oí el quejido de los muertos de Comala. Se me heló el alma. Por eso es que ustedes me encontraron muerto. No me fue fácil entender Pedro Páramo, confundí los vivos con los muertos. Me pasó lo mismo cuando mi nieta un día, sin aún saber leer ni escribir, jugaba a pintar palabras, se las inventaba, las coloreaba. Luego me las enseñó y asombrado quedé con la belleza, la suavidad, los tonos y la naturalidad de su composición literaria. 

Norma G. Coirolo


Al igual que tu ballon rouge consiguió llegar hasta el sol, ¿podrán nuestros sueños alcanzar algún día el final de una guerra? Y acerca de la muerte de tu abuela: mejor que besemos nosotros de buen grado a la muerte, antes que ella nos bese a nosotros de mala manera. Ya lo dijo Rilke: contener la muerte suavemente, toda la muerte / aún antes que la vida.

Juan Tomás Frutos


Ver vivir. ¡Qué buen título para una biografía! Y a la memoria me vino aquel otro texto contrapuesto y por ende complementario de “Morir mirando”: .... antes de morir, me pidió mi amigo que lo llevara al estanque que hay junto a su casa. Quería morir aferrado a los colores del agua, contemplando el silencioso y blanco jugar de unos patos vitalistas.

Irel Faustina


Irel, no te canses nunca de mirar la luna, de implorar a los dioses y al agua. No te encojas al ver a tu Cristo minero desgarrado en la galena, crucificado en el paro, desahuciado de la casa de su cielo. Y al igual que Alda Merini, tu también llevas dentro de ti un pájaro de fuego, hambriento de amor, que pone en tu boca la música de tus poemas. (L`uccello di fuoco).

J. R.


Jota Punto Erre, o como convertir la literatura en milagro. El vino, la sangre de la tierra, capaz de hacer maullar a los perros. O lo que es lo mismo: aunar ilusión y realidad. ¡Por San Judas!, aquí pasa algo, ahora no estoy soñando.


Isabel Grima Campoy


Filósofa del vivir costumbrista emancipado. Analista del comportamiento. Esa risa, es tristeza, el hablar es soledad. Sus letras, ayuda y canto para ahuyentar el llanto. Buena conocedora del ser humano: mas el alma tenemos tan repleta.

Andrés Giménez


Tanto El rabo como de Oca a oca, El misterio de la botella y El pijama, relatos con los que Andrés nos deleita, tienen en común el enredo y el desenredo otra vez enredado. Y volver a lo que siempre fuimos: una pregunta sin contestar. O la respuesta como obviedad indescifrable. Entre la ironía y el sarcasmo somos atrapados hacia una solución que, entre la naturalidad cuidada y la elegancia modesta, el suceso más simple convertido es en mito.

Manuela Villar


Las estrellas que brillan el doble, duran la mitad.
Ante una noche de estrellas contemplada, el más incrédulo de los mortales, exclama cual lo hiciera Van Gogh: Cuando siento necesidad de religión, salgo por la noche y pinto las estrellas. En Fastos, Tarot y Paisaje onírico Manuela conjuga plácidamente con virtud mestizante y sorpresiva el embeleso bucólico de una naturaleza virginal poblada de elfos, hadas, gnomos y ninfas, con el tufo de la gasolina, el móvil o un par de mojitos refrescantes. El contraste como fuente de interés e interrogante.

Julián Gómez de Maya


El claustro de la Merced. Ilustrativo e histórico recorrido sobre la constitución y los avatares de la Universidad de Murcia, desde su inicio en las escuelas de El Carmen tras la desamortización, pasando por el antiguo convento de la Orden de la Merced, hasta concluir en el Campus de Espinardo, con referencia documentada al efecto.

López Conesa


La sonrisa de nuestros nietos es nuestra propia alegría. Y el roce de una mano tierna sobre las arrugas del abuelo son crema hidratante para la decrepitud que se frena. Dos corazones en uno, en feedback, en reacción estimulante, latiendo al unísono a través del tiempo, eternidad de tercera generación.

Juan Espallardo


La hembra no gobernada por macho. Ilusiones de emancipación y malentendidos, estereotipos culturales, clichés interesados y verdades como puño se dan cita en esta historia llevada principalmente a cabo por tres mujeres. Marisol, Stalinia y la Anciana, (esta última da nombre al relato), encarnan en contraste divertido maneras distintas de opinar acerca de la cuestión de género, a las que el lenguaje tampoco se resiste. Apunte, esquema y buen borrador para una entretenida comedia hilarante, entre la farsa, el absurdo y una crítica desconcertante al estilo de Dario Fo. Con un buen desenlace educacional: No existe nada tan odioso como ver a la víctima erigiéndose en verdugo.