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martes, 31 de enero de 2017

Amor que tan tarde llamas




Fuerza las puertas del tiempo,
amor que tan tarde llamas. 
(Luis Cernuda)


Tiene ya casi sesenta años, y hoy es la primera vez que se detiene a contemplar un pájaro haciendo su nido.

Desde pequeña, fue ya muy mayor. No tuvo tiempo de gozarse en chiquilladas. No llegó ni a beber de la leche de su madre. De su padre, sólo eructos. Prístina inocencia, muy pronto mancillada por la obligación y las tareas, el pan negro de cada día. El realismo devorador de la vida se encargó de echar en saco roto sensaciones encumbradas a las que trató y sublimó de mala manera, las minimizó como niñadas. Secuestró su propia infancia. Todavía hoy escucha las palabras de madre:
Nena: deja de jugar; que ya no eres una cría para esas tonterías.
De ahí, tal vez, el contrapelo de sus andadas, el ir contra corriente y con el paso cambiado, a destiempo y siempre en desproporción flagrante, alimentando bocas sin hambre, dando de roer huesos a quienes no tienen dientes.

Hoy vuelve a sus andadas de chiquilla. Nunca es tarde si la dicha es buena. Sin escrúpulo alguno dedicará todo el día, aunque la conciencia le recoma, en recrearse viendo la bondad natural de un humilde pajarillo, su instinto inmaculado, observar su saber y experiencia.

Ni ella misma se lo creía. Puesto que de niña se había perdido esta puerilidad, creyó no llegar a tiempo a ver tal maravilla. Hay cosas que si no se hacen en su momento, se nos pasa el arroz y después no hay tu tía. Así como no es normal que una mujer dé a luz a sus ochenta años, tampoco es frecuente, y menos a su edad, quedarse boquiabierta y agazapada en pleno campo, encontrar un insignificante jilguero con destrozos de pajitas en su pico, ver como se dirige al recoveco más apartado de una morera y allí, donde la rama quiebra, dejando un cóncavo espacio, regazo idóneo e idílico para su pollada, ver, (repito, ¡por primera vez, a sus cincuenta y nueve años!), este hábil pajarillo, diligente y enamorado, mañoso artesano, su ir y venir a un rincón escondido, a su reciclada y fértil cama de futuros polluelos entre aromas de mermelada y seda.

Si insistiera en recrearse bulliciosa en tal descubrimiento, el animalillo hollado y cohibido en su pudor recóndito, elegiría otro lugar para hacer tan extraordinaria obra. Por eso actúa con recato y discreción. Sólo una vez se ha acercado al árbol para percatarse de la veracidad de su sorprendente hallazgo. De nuevo se retira, y desde una insignificante rendija de un muro derruido, accede a esta contemplación tan original como gratificante, tan ordinaria como distinguida...

Ya ha transcurrido una hora de su descubrimiento, no ha vuelto a ver el pajarillo traer al nido sus trocitos de brozas. Su ilusión por tanto está en suspenso, ahora le toca mirar esperanzada para no ver truncado el milagro al que creía tener acceso durante el tiempo que durara la incubación, desove y primera nidada incluida. Será cosa de esperar, permanecer alerta y en silencio.

Hoy, esta pequeña ilusión le consuela. Y va a estar atada y empleada a ella todo el día, todo lo que le reste de vida, como una tonta, sin hacer otra cosa que “no hacer”, no estorbar, no espantar, simplemente estar presente por ver si de nuevo aparece el pajarillo.

Ya va siendo hora que aprenda a perder el tiempo en la contemplación ociosa de tan pequeña grandeza. Y en lugar de ponerse a lavar toda la ropa sucia de un mundo atiborrado de mierda hasta las cejas, hasta la cruz de sus espaldas dobladas, se dedicará sólo a contemplar este nido. Como dijo el poeta:
Ya no guardo ganado,
ni ya tengo otro oficio,
que ya sólo en amar es mi ejercicio.

sábado, 28 de enero de 2017

En el mismo barco



Ricos, pobres, sociatas, populeros... También nos acompaña, en esta casa flotante, como a Noé, nuestra familia más íntima, los 29 renos de la isla de Saint Matthew, la jaula con el loro de Flaubert, nuestros credos, las Tablas de la Ley, la tortuga de Franco, la mascota de Mogli, Keynes y Maltus, Pablo Iglesias y Errejón, nuestro Mar Menor, (incluido La Manga), Herbert Marcusse y el Che Guevara, el Cristo de Monteagudo, el ángel y la serpiente del paraíso. Y hasta ¡el mismo paraíso! con nosotros se dirige hacia ese futuro incierto. Y ya nada nos separa a los que navegamos en este barco. Ni dioses, ni partidos, ni cruzadas ni gulags, ni españas ni bastos. No me imagino yo a dos condenados, minutos antes de ser ejecutados, frente al paredón de la cárcel, discutir por ver quien la tiene más larga.

La inminencia de un Apocalipsis nos hermana de tal modo que nuestras diferencias relegadas quedan. Teniendo como tenemos los días contados, deberíamos agradecer a esta avería estar todos de acuerdo en lo más urgente: taponar esta grieta por donde, (de no poner remedio), todos seremos pasto de los tiburones, e incluso los mismos tiburones que nos devorarán, perecerán también a nuestro lado abrazados.

Ayer noche en el Ateneo de Molina, con motivo de la proyección In the same boat, (Todos en el mismo barco), del cineasta catalán Rudy Gnutti, infinidad de problemas, ya de por sí incompatibles, me vinieron de golpe a la cabeza: natalidad, envejecimiento, robotización, productividad, renta básica, superpoblación, nacionalismos, inteligencia artificial, reparto justo, muros, ecologismo... Mi cerebro hacía agua por todas partes.

¿Por dónde empezar? Las matemáticas, aún siendo exactas, a mí sus números no me cuadraban. ¿Para qué quieren mis hijos cotizar a la Seguridad Social, estudiar ingeniería? Nadie echa vino nuevo en odres viejos, ni embaldosa la terraza, si sabe que lo que peligra son los cimientos de su casa.

Y hoy, mientras gasto el día esperanzado y gozoso ante un nuevo paradigma de inventos admirables y revolucionarios, al mismo tiempo me sumerjo en un mar escorado de incertidumbres y egoísmos múltiples. El problema no son las pelas ni la pasta, (dinero hay para todos). El problema es que nos estamos comiendo la gallina de los huevos de oro. Y la gallina anda loca sin corral donde arrebujar su lirondo y pobre trasero.

martes, 24 de mayo de 2016

La triste melancolía de los objetos muertos




Sentado frente a la ventana. Tres metros de parquet me separan de la terraza. Las configuraciones geométricas del suelo con el reflejo de la luz exterior forman un mar de olas mansas sobre el pavimento de madera. Es domingo. El murmullo que a diario ensordece el salón, hoy es menor que otros días. Pocos son los que a estas horas se dirigen a sus faenas. El fragor de la rotación del planeta apenas se oye, como si la tierra hubiera dejado de dar vueltas. Tras el pequeño jardín de la placeta, la carretera, en paralelo a la urbanización de santa Mónica, yace quieta y muda. El banco y el pie de los árboles, desolados. Ni un alma, aún siendo primavera. Festividad tranquila la que mis ojos contemplan. Tan tranquila y festiva que las aguas de la vida parecieran haberse detenido paralizadas ante tanto inmovilismo urbano. No hablan los contenedores del miedo, la contaminación y el despilfarro. Tampoco dicen nada las farolas hieráticas, ni las papeleras mendigas, ayer solícitas de los restos del almuerzo de niños sobrados y caprichosos. Hasta el vado caritativo del aparcamiento de minuválidos se siente culpable por no albergar esta mañana a su tetraplégico favorito. A los gorriones se les olvidó hoy venir a beber agua al estanque de la puerta del polideportivo del Vivero. El verde de los pinos no se siente acosado por el humo del tráfico habitual. Las ramas, obligadas a dar sombra a buenos y malos, sonríen con la misma desgana e hipocresía que otros días.

En el tendedero de la terraza, la ropa luce sus colores con la nitidez más distendida y aburrida. El morado de la camiseta de una niña, que a estas horas aún sueña, cuelga sus pliegues mojados de rebeldía con su natural desdén y desasimiento. En el ángulo izquierdo de la terraza, un barreño de plástico esconde su rojo avergonzado sobre el asiento de un par de sillones puestos el uno sobre el otro. A sus pies, una pequeña maceta, un cactus sin nombre pasa inadvertido. Los rojiblancos de la camiseta del Atlético de Madrid del crío, que aún duerme, porque hoy no hay escuela. Los pares de calcetines desparejos ya no corren sudorosos tras los goles de la victoria. La fría estructura del tendedero, cual la cúpula de un circo vacio de risas, listo a ser desmantelado, se arrepiente de ser sostén de tanto traperío y volatilidad futbolera, tras la derrota siempre del mismo equipo, los pobres, los últimos de la tabla.

Apoyadas sobre la curiosa barandilla del balcón, dos bicicletas descansan de andares de espliego y romero. Dos ciclistas, un padre y su hijo camino hacia el monte Groso, entre madrigueras de conejos huyendo de pedaladas con sabor a metas siempre por definir e inconclusas. Un sol emborronado por las arenas del sur.

Un poco más allá, a unos cien metros del cuadro que cuelga sobre el amplio ventanal de mis ojos, el rojizo de un bloque de viviendas de ladrillo visto. Las ventanas del edificio de enfrente proyectan lo que les sobra de sol sobre las gafas grises de una terraza miope e insensible. Mis ojos no ven lo que esconden los objetos ciegos.

Y ya no es el tendedero, ni el barreño, ni la maceta arrinconada, ni las dos bicicletas del futuro, ni la papelera hambrienta, ni el banco desierto, ni el edificio, barricada que se interpone entre el amanecer y el ocaso, los que me dicen, los que me esconden o niegan lo que no veo, el bodegón de la naturaleza muerta de mi mirada cansada. Todo me habla de nada, la triste melancolía de los objetos muertos.

sábado, 13 de febrero de 2016

Lluvia por san Valentín





En el suelo, a la derecha, un gato se había acurrucado bajo uno de los bancos verdes.
(Ernest Hemingway. Un gato bajo la lluvia)


Cuando soy tierra, me acuerdo del agua. Cuando vuelo, añoro el suelo, y nada más ponerme a soñar, me despierto.

Y miro al cielo: un páramo de tierra entre nubes. Veo en las nubes sagrado icono aquí en la tierra. Metáforas. Las hay que son caballos, dragones, palmeras, conejos, sirenas. Hoy en una de esas constelaciones he visto a mi mujer, una nube blanca, muy blanca, saltando a la comba con su vestido de áloe.

Y tan obsesionado estoy con la lluvia, que no sé si soy yo o es ella la que dice:
Tan ido de amor voy lleno, que no distingo luces de sombras. ¿Tus besos o tus dedos, o más bien, son los míos? Agua, tierra, hierro y fuego, todo es una misma cosa. ¡Ay cómo pediría, amor, que me prestaras tu corazón de lluvia, tus transparentes ojos, aunque fuera tan sólo un instante, para poder amarte a manta como tú me amas a portillo abierto!
Esta mañana sueño que me siento lluvia. Por eso me tiendo descalzo, en cueros, sobre el bancal, como el agua, quisiera empapar con mi cuerpo la sequedad de la tierra.

El tedio, el despecho, el dolor de la indiferencia, la no correspondencia... se extiende del corazón herido y se corre como la sisca y la grama contaminando de sequedad el aire, el camino de los cipreses, la casa, los rosales... Cuando uno está mal, peor está la tierra entera.

Miro mis manos y cada vez las veo más asarmentadas, dos rastrojos de raíces acartonadas, como si quisieran volver sedientas a la tierra húmeda.

Me siento junto al gato de Hemingway, en el banco verde. Sueño que llueve. La tierra acoge agradecida el agua. La lluvia limpia el pulgón de los naranjos. Entre el barro y la hierba, las gallinas contentas picotean lombrices y caracoles. Y en algún sitio, un gato color gamuza, con vetas de oro sobre el edredón de su alma se resguarda de la lluvia, bajo un banco de madera verde frente a la playa.  

Mañana, día de san Valentín, quisiera que lloviera dulce y feraz como ahora sueño que cae el agua suave y fina. Que oliera la tierra entera a leña mojada, y que todo el mundo se viera a si mismo limpio y purificado en las hojas esmaltadas del limonero. Oír el canto de las canaleras. Y que un gato retozara cariñoso su aterciopelado lomo sobre los pies inseguros y fríos de quienes no tienen junto a sí unas manos ajenas que le den masajes en la espalda.

El gato acurrucado, pegado a mis rodillas, quieto, mira en actitud contemplativa la lluvia que no llega. Y su mirada, como la mía, sueña que el agua cae plácidamente sobre un bancal seco y desierto con ojos de melancolía.

martes, 9 de febrero de 2016

El hijo del tractorista






A la tierra no se le parten las caderas por muchos partos que tenga. Tras cada luna, luego de ser fecundada, otra vez virgen se queda para ser de nuevo concebida. Y lo mismo que la madre tierra es generosa para darnos una cosecha tras otra, es también hospitalaria para recibir el egoísmo vejatorio de nuestras sobras.

No he visto yo que la tierra escupa el cuerpo de cualquiera por muy apestado que sea. Al contrario, ella siempre protectora guarda y saca partido de nuestros restos y desgracias.

Y en aquel palmo de tierra donde a diario el padre del tractorista vierte los restos de las comidas para el compost del pequeño parterre que rodea su casa, ve florecer cada primavera ramilletes de margaritas. La tierra, como el tiempo, convierte la pena en calma y transforma el rechinar de dientes triturados en fuente de conocimiento.

Pero el padre del tractorista no está hoy para filosofías ni pachamamas, poemas ni trascendencias. Acaban de comunicarle que su hijo ha muerto sepultado por un desprendimiento de tierra, cuando trabajaba en la rambla aquella.

Sin más allí se desplaza, y encima mismo donde un socavón de arena aplasta el cuerpo sin vida de su hijo, como un loco el padre comienza a darle patadas de rabia sin parar a la tierra parricida.

jueves, 17 de septiembre de 2015

El pino de la Luz




Antes de que yo naciera, él ya estaba allí. Era conocido por todos. Su emplazamiento y coyuntura, su firmeza y su quedada a nadie le resbalaba. Desde Beniaján a Torre Guil, desde Torreagüera a Sangonera, su presencia por todos era admirada. Su diáfana figura destacaba sobre aquel viejo y pobre monasterio de un dios de tercera regional. Atento como un guardagujas, un operador turístico, o como la gota roja de Google Maps sobre la calle nunca encontrada. Allí estaba siempre indicándome el dignus amore locus de Petronio, el mejor lugar para esparcir las cenizas de mis sueños al viento verde del corazón de la Cordillera Sur que en ese momento conmigo a la sazón llevaba. Buscaba yo un rincón feliz para esta sombra que no es mía.

¡Lo había visto tanta veces disfrazado de Hamlet, de Fausto, ...! Una de esas tardes calurosas que en la vega del Segura los ardores y las moscas se amontonan, lo vi hasta vestido de Antoñete Gálvez. Enzarzado estaba en aliviar la carga de prepotentes, políticos, capellanes y poderosos. Recuerdo ese día que salió al encuentro de D. Amancio Ortega, el segundo hombre más rico del planeta. Iba el de Zara, (igual no fuera éste, que a mi edad la vista me falla, y tal vez fuera Tomás Fuerte, Francisco Montoro, o uno de los nepotes de Valcárcel el Siso). Pero para el caso es lo mismo. Con sus casi setenta mil millones de euros debajo de las tablas de su asiento, iba encima de una tartana festoneada de orquídeas, ombligos de Venus, banderines de España y cebollas de otoño. Ebrio de amores y aromas, cantando iba aquello de Jara Carrillo: Besos de los labios que sienten anhelos.

El que siempre estuvo allí, con sus pies bien plantados en la orilla del camino y los brazos abiertos le hizo el alto al rico peregrino que a la sazón se dirigía, salmodiando himnos y alabanzas, al santuario a dar las gracias a La Virgen de la Fuensanta por triplicar beneficios y votos en su último ejercicio bursátil. Y oí al de la mirada en el cielo y pies clavados en tierra repetir al romero penitente aquellos versos de Machado:
Moneda que está en la mano
quizá se deba guardar;
la monedita del alma
se pierde si no se da.
Luego ya no entendí como terminó la arenga entre ellos, pero quiero recordar que el pino dijo como algo así al pobre opulento:
Mirame bien, buen hombre, como miran las águilas y los gatos: ¿tal vez alguna vez vio usted en su vida algo tan fuerte, ágil y esbelto que sólo se alimente de la luz y el aire, de la tierra y de la escasa lluvia que cae por estos andurriales?
Siempre creí que aquel eterno vigía de mis correrías por el Valle de los montes escarpados de la vida, era un ser domesticado, siempre sujeto al vaivén de los vientos y derrapes de ciclistas, senderistas, moteros de atajos, que en lugar de acortar distancias, alargan sus andanadas y sudores por Villa Pilar y el Charco. Pudiera ser que siempre estuviera allí, inmóvil, sin poder dar un paso; pero sumiso y domesticado yo nunca vi al árbol. Al contrario, cada vez que lo veía, me lo encontraba siempre libre, suelto, saltando por las nubes. Y lo que es más: a mí me hacía volar como lo hacían sus alas. Y enseguida yo llegaba por la ruta del relojero a lo más alto de la Cresta el Gallo.

Hoy vuelvo a subir por aquel mismo sendero de líquenes y mariposas muertas, de adolescencias y amnesias, por ver si tal vez encuentro luz para esta mi sombra ajena y tardía, fluidos de mis prontas cenizas. Pero el que siempre estuvo allí, hoy allí ya no estaba. Tan sólo, su cuerpo degollado, mutilado, sin sus manos, sin sus vientos, sin su cara, cascarón a la deriva por un mar de montes sin borregos ni pastores, sin teatinos, chicharras ni grillos, mochuelos ni grajas que le alegren el día.

Y al verlo tan abatido con su cuerpo allí descuartizado, sin rastro de lo que fueron sus copas y sus nidos, sus alas, transparencias y resoles, me siento como el Valle, también perdido. Y oigo que el pino de la Luz me dice con su susurrar revelador y agónico:
¿Por qué no dejas aquí mismo, amigo, a los pies de mis raíces el zarzo de tus cenizas? 

viernes, 11 de septiembre de 2015

Después de mí el caos






Y dijo el árbol a la mujer y al hombre:
El día que vengan a por mí, vosotros también vendréis conmigo.
Y contestaron el hombre y la mujer al árbol:
Siempre te envidiamos, nuestro protector y fértil árbol. Creímos que aún yéndonos nosotros de este mundo, vos nos sobreviviríais. De hecho cada vez que vemos una olivera nos acordamos de nuestro abuelo que allá en la hoya del campo tenía un olivar de aceitunas hojiblanca. Nuestro abuelo Juan murió, pero nosotros los nietos todas las mañanas desayunamos pan tostado con el aceite de aquellos recios y milenarios olivos.
Y de nuevo dijo el árbol a la mujer y al hombre:
Mis raíces son el firme del suelo que pisáis. Cuando no exista el pinar y la chopera, cuando desaparezcan las encinas y el nogal, cuando mis brazos por siempre sean deforestados y mis manos crucificadas no encontraréis lugar donde colocar vuestros desangelados pies. Decidme, ¿dónde pues pondréis a refrescar vuestras calurosas cabezas sin cúpula indulgente que pueda acoger vuestras súplicas? ¿De qué compresor vuestros pulmones aspirarán la energía de vuestro indispensable fuelle? Yo soy la red que os trenza y acoge, el báculo que os sostiene, la boca por la que respiráis. Sin mí, ni tumba para vuestro errante cuerpo calcinado encontraríais. Sabed, mis frugívoros amigos, que, no estando yo entre vosotros, el caos se adueñaría de todas las dependencias de vuestra casa. ¿Dónde entonces anidarían los pájaros de vuestros sueños? ¿En qué rama colgaríais el botijo de vuestro deseo y cosechas? Ni siquiera la escurridiza lombriz ni la astuta culebra verían la luz del sol. Y por supuesto vosotros también, errantes nasciturus míos, vagaríais por un imposible mundo de tinieblas concebido.  

Según la revista Nature (international wekly of sciencie), en lo que llevamos de civilización el número de árboles se ha reducido en un 46%. Cada año se pierden 10.000 millones de ejemplares. A este ritmo, y teniendo en cuenta que en nuestro planeta hay tres billones de árboles, dentro de trescientos años, si no frenamos este revés, ni un solo árbol quedará sobre la Tierra.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Estrella de la mañana




Ayer, a eso de las dos de la tarde, el Simplero me llama por el móvil. El coche, camino de la Fuente del Alba, se le para. Creo que es el palier – me dice suplicante. Acudo en su ayuda, cabreado por perder mi siesta reglamentaria. Una vez en la cuneta de tal avería imprevista, mi cara avinagrada cual réplica oculta a la llamada inoportuna de mi amigo, se endulza al rozarse con la pureza del aire de tan bucólico rincón, entre almendros y olivares. Nadie diría que en paraje tan espléndido, vehículo, persona, alimaña, o cosa, pudiera ser atacado por la rotura, rabia o malestar de cualquier diseño de perfección concebida. Imposible que eje, vértebra o hueso de maquinaria alguna, animal, fabril o motórica, se rompa o resulte dañado en medio de un paraíso de aromas, verdes y alamedas. No hay círculo descontento, si la circunferencia perimetral que lo rodea es obra del arte de la geometría más florida y acabada.

Al llegar a los alrededores de la Fuente del Alba, lo que verdaderamente hizo sentirme bien, más que el olor a pino y a monte, soledades, silbos y romero, fue que mi amigo el Simplero me escogiera como confidente, complemento directo del verbo de sus cuitas y sentires más tapados y simples. No todos los días alguien me tiene en cuenta para contarme con pelos y señales cosas que a ningún otro ser viviente concienzudo y avispado jamás contaría.

Siempre que hablamos de secretos, la mente se aviva pensando en misterios y cosas extraordinarias, inauditas, insólitas, insospechadas, inusuales y escandalosas, proezas fuera del rutinario acontecer que, por desgracia, a nadie asombran, ni interesan. Un secreto también puede ser discreto, normal, atribuible a cualquiera, vulgar y sin consecuencias aparatosas. El simple hecho de silenciar una cosa, pareciera ser asunto sublime, competencia del CNI o secreto de Estado. O si no no que se lo pregunten al pequeño Nicolás por callar ni lo que él mismo sabe. No siempre dentro de una ostra hay escondida una perla, así como tampoco la verdad se oculta dentro de un pozo. Demasiadas veces, delante de nuestras narices resplandece cual irrefutable evidencia metafísica el más complejo de los enigmas.

Y no es que yo quiera traer aquí, pedante y místico corifeo de El Principito, la indiscutida frase Lo esencial es invisible a los ojos. No. Lo único que pretendo es vanagloriarme humildemente de ser sabroso blanco de una revelación, considerada por mi amigo el Simplero, de Top Secret.

Lo que mi amigo el Simplero con tanto sigilo me contó ayer tarde con voz tímida y avergonzada, por los caminos subidos y resplandecientes que van a la Fuente del Alba, fue sencillamente:
Por favor, amigo, no se lo digas a nadie, tengo yo detrás, en la espalda de mis noches, un día que me despierta con los cantares del alba.

viernes, 19 de septiembre de 2014

Secano (I)





¡Y cómo le gustaría al huertano que en esta tarde calurosa y quieta en la que el sol tórrido, salamanquesas, chicharras y sarates parecen hierros, rayos de fragua, lloviera a manta! Sus sequedades se ablandarían. ¿Las del ánimo? ¿Las de sus tierras? ¡Qué más da! Con tanto calor, su cuerpo y alma andan los dos revueltos, revueltos y confundidos en un muñón de cenizas.

Y hasta tuvieron que venir los bomberos, del estruendo que las llamaradas incontroladas de las cañas lanzaron al cero noventa y uno. La sisca quemada horas antes por el bochorno, una colilla, el calentón de un coche, el partido en el Gobierno, ¿quién sabe? El fuego, al llegar la noche, se avivó desde sus entrañas, surtidor incombustible.

La luna llena se cubrió con una cortina de humo que subía del crepitar de la hierba seca. La juncia encendida aplaudía inconsciente con sus castañuelas de niña loca, al ver el agua de las mangueras, sombrillas de colores en medio de la noche oscura. No sabe una niña loca distinguir la lluvia, del agua metálica de una cuba municipal. Las alarmas amarillas del camión de los bomberos, martilleando con sus faros el carril de las 25 tahúllas, levantaron del sueño al hombre de la Huerta Arriba. Y se acercó al lugar de la quema con sus esperanzas en ascuas.

Los servicios de incendios ya habían terminado su tarea. No es lo mismo que llueva verde y claro desde los cielos húmedos sobre los bancales de la alfalfa, el plantío de las lechugas, que unos chorros a presión de aguas envasadas calcinen el corazón hundido de un pobre huertano, que además de chamuscado, tendrá que abonar al ayuntamiento el apagón provocado por la sequía de unos calores insoportables.





lunes, 4 de agosto de 2014

Los amarillos del verde alfalfa




Esta mañana de agosto tórrido, el sol piensa en verde. Su único deseo: el gran bancal de alfalfa sobre cuyo lecho poder refrescar sus ojos, la gota gorda de su calor agobiante. El verde se cuela difuminado por el tubo de su nervio óptico, el más sufrido de su sistema solar. Y luego, se esparce líquido e iluminado por el interior de su masa encefálica en ebullición sentida.

Al momento, el verde fértil, encendido y calmo de la tierna hierba derramada, al contacto con el magma sudoroso del sol, lágrimas termonucleares de cansancio estelar y agobios infinitos, se convierte en verde raído y seco; de tan seco, en verde añoso e inflamable; de tan inflamable, en verde quemado y ceniciento. Y así, cenicientos el sol y el verde, los dos, paciendo. El sol más bien parece la cara de un ictérico viejo con hepatitis. ¡Oh rayo verde desposeído de su tranquilidad dibujada, mística y merecida!

No hay humedales para estas tierras desiertas. Humedales que hidraten los carbones de este sol, pájaro implacable, insufrible, sin piscina, ni aires acondicionados. Esta mañana, el sol no encuentra cubitos de hielo, ni abanicos ni sombrillas para su verano insoportable.

El verde alfalfa se desparrama violador por los aposentos del sol violentado, acalorado y herido. Poco a poco todas las partes externas de su apolíneo cuerpo se tiñen de un verde erial y deslucido, amarillos muertos. La clorofila rubicunda de su sangre se apaga. Sus extremidades arrugadas, oscurecidas quedan como las patas de un lagarto. Y el sol, al comprobar tan diametral efecto antagónico, y ver como los glóbulos rojos de su núcleo fotónico se desvanecen en ráfagas descoloridas y frías, se acuerda de la sentencia de aquel engañado poeta:
Nunca mariposa alguna morirá de hambre frente al néctar de la flor de un naranjo.
El sol no entiende que los rayos de su alma radiante se apaguen delante de las llamaradas de un esplendoroso bancal de alfalfa. Y se dice para sus ígneos adentros confundidos:
Hoy no es un buen día. La exuberancia placentera de un verde alfalfa no basta para hacer reír a la luz de mi corona. No siempre belleza y sentimiento fueron juntos. Que yo sé de alguien que siendo verde en pleno invierno, murió amarillento en verano. 

lunes, 21 de julio de 2014

Cuenta atrás



Sentado junto al partíor de las 25 tahúllas. Hoy tumba del agua. Ayer distribuidor de regueros y cequetas despelotadas al aire entre cantos de soles y zambillidos de rana. Tan sólo cinco años para amargar lo que otrora fueron dulces salmos de laudes y amaneceres, aromas de utopías y esperanzas, versos en vivo de huertos floridos, poemas de colores y aromas.

Hace un lustro que enterraron la acequia y el mundo cabreado inició su calvario desbocado a la distopía. Camiones de graba enclaustraron, entubaron su lecho. Tapiaron porvenires y amapolas. No somos islas. Tan sólo un débil y caprichoso aleteo del emperador del País de Las Cacatolias hace tambalear las montañas del Himalaya. Cambio climático. Catástrofes naturales (?). Calentamiento global. Deforestación. Depradación humana. Del azul vivífico y exuberante, al gris ceniza decadente. Los días del Planeta están contados. Estamos en la cuenta atrás. Diez, nueve, ocho....

Esta mañana calenturienta de Julio, dos fotos en paralelo distribuidas por la Nasa, revelan, cual visión aterradora, la certeza científica de que nuestro Mundo ha sido mordido cual granos de panizo por el gusano cogollero. La Tierra camino del Apocalipsis.

Como un niño, siempre creí en la inmortalidad de las horas, en la imposibilidad de que lo que es, nunca dejaría de ser. Puro engaño. Y así como en esta feria no podremos comer como antaño en familia las sabrosas panochas del maíz, mañana mis nietos se quedarán también sin la casa de sus ancestros. 

lunes, 14 de julio de 2014

Celibato



Me alejo de ella con todas mis fuerzas, huyo de su boca de amapola, me separo de su cuello, de su vientre, de su pelo. Quiero borrar su nombre, olvidar su carne, sepultar sus besos. 

Me voy a la otra orilla, más allá del larguero de la cama, donde no puedan atraparme las caricias de sus dedos. Me despego del romero de su monte, de sus senos de agua clara, de sus pies ultra ligeros, de su música callada, del imán de su sonrisa, del azul, de la fuente, de mi caño, de la aurora de su flor y de mi aroma. Quod enim operor non intellego.
Yo tampoco entiendo de latines ni misterios –me dice ella con su cabeza apretada en mi pecho. Déjate querer tan sólo y no tires, estúpido onanista, tus margaritas a los cerdos.
Me contengo. Y le digo:
No puedo. Me educaron para decir que no. Me dijeron que en el momento en que cayera en el pozo del amor estaría perdido. Serás vencido por la debilidad del querer. Me castraron. Lo tuyo es amar al mundo entero. No es posible libar y volar al mismo tiempo. Maldito sea mi cuerpo que depende de otro cuerpo.
Ahora es ella la que me endulza el sentido con sus palabras sagradas:
Y yo te digo, mi amado célibe blasfemo: tal vez puedas mentir a la mujer de tus huesos, pero no al sagrado instinto de los dos en una sola carne. Eres desagradecido y soberbio. Dices amar a Dios sobre todas las cosas y desprecias la divinidad que brota de este santo lecho. Cuando hagamos de nuestros cuerpos uno sólo, entonces entraremos en el Reino de los cielos.


lunes, 21 de abril de 2014

Desierto lunar



Conforme desde La Alberca subo hacia las alturas estériles de La Cresta del Gallo, la vegetación se trastoca. Y el verde sembrado de pinos, asustado, desaparece ante la soledad más abrupta. Siempre pensé en el vacío en términos de inexistencia comprobada: las gradas desiertas de un estadio, una botella llena sólo de aire, la cama de un matrimonio estéril, la higuera maldita, una campana sin badajo, un cero pelado. Hasta ahora la nada fue para mí un conjunto repleto sin contenido. Nunca había visto yo el vacío en la agitación tumultuosa de un desierto salpicado de erupciones calcáreas.

Chicharras escondidas alborotan con su algarabía la calina de la tarde. Ni una chispa de aire. Delante, un agreste triángulo de pequeñas colinas romas. El sol aplasta impertérrito con baños de plata los senos incandescentes de las montañas. Todo este erial de peñascos continuados, en otro tiempo, puede que fuera fértil fondo de un mar gigante. Un monstruo sediento disecaría de un sorbo estos antiguos arrecifes de corales. Y todo quedó convertido en un desierto lunar al descubierto. Pequeñas lomas enardecidas como verrugosos pechos ardiendo bajo el tórrido calor de la escalada. Pezones tortuosos se deslizan fríos, desde lo alto, trazando arrugas acartonadas, escurridizas, sin color ni pasión. Montones de estaño estriado, esculpido por el carraspeo despreciativo de un sol abrasador. La dureza de estas rocas de vegetación desolada carecen de rigidez y tensión. Dunas sometidas al escarnio humillante y masoquista de unos vientos engreídos, caballos salvajes al galope, latigazos polvorientos, que convertido dejaron en grises arenales antiguos paraísos subacuáticos.

Lo que otrora pudo ser un floreciente fondo marino, plagado de vistosas madréporas y arenques refulgentes, esta tarde, se ofrece como páramo malogrado de esperanzas. El doctor Jekyll y el señor Hyde llevado al estado de la orografía más dual y paradójica.

Demonios turbulentos remueven líneas, planos, aire, polvo y tierra, configurando espectros llenos de fracasos y carbones fosilizados. Nunca hasta hoy había visto yo el vacío representado bajo formas de cantidades, ocupando volumen y espacio. La voz inaudita, el círculo cuadrado, lumbres refrescantes, el sol sacudiendo sus alas de nieve sobre la embocadura incandescente de volcanes diluvianos. Las numerosas colinas achatadas en su cristalización original rebullen aridez zarandeándose en el lodazal de su monotonía, la atonía de mi imaginación paralizada.

Con ser tan variada la configuración anodina de estos montes, su conjunto ¡es tan poco revelador! Como si dentro de la nada existieran dos categorías. Una, el caos o la nada desorganizada y confusa; y la otra, el vacío o la ausencia de todo. La nada caótica es la que reverbera contaminando este paisaje aburrido y pelado donde sembrar un pequeño grano sería como sofocar el fuego con gasolina. Aún, a pesar de todo, aquí se mastica la nada.

El ruído de las cigarras persiste con su incesante murmullo desgarrador. Este mar agitado de pretenciosas montañas hierve en el agua burbujeante de sus invisibles calderas invertidas y de frigidez atestadas.

Junto a la piedra en la que ahora esto estoy sentado, veo de pronto un par de estos insectos que abandonan la pesadez chirriante de sus antiguos cuerpos. Y en juego acompasado, alrededor de una pelicular vaina, se abrazan acaramelados en este inhóspito desierto lunar, junto a una vieja casa de paz y silencio, de Oración, los senderistas la llaman.

jueves, 1 de agosto de 2013

En la Sierra de Ricote




Ítaca te dio el bello viaje.
Sin ella no hubieras salido al camino.
(Cavafis)


Para llegar a un lugar maravilloso no es necesario desplazarse más allá del fin del mundo. En apenas una distancia de sólo veinte kilómetros, y en menos de media hora, ya estamos en otro país lejano, exótico, muy particular y distinto. Nada que antes no llevemos dentro, podremos descubrir cuando lleguemos. Es una equivocación pensar que para dar con un paraje delicioso sea preciso surcar mares encolerizados o atravesar escarpadas montañas. Basta con asomarse desde el balcón de nuestra casa para descubrir el precioso jardín que bajo nuestros pies tenemos olvidado.

El valle justo acaba o empieza, (viene a ser lo mismo), en las puertas de Archena, tan sólo a un tiro de piedra de donde vivimos, un hoy que, por aburrido, nunca se convierte en mañana. Y nada más alcanzar los primeros huertos de Ulea, escuchamos desde lo alto de la torre del Gurugú la cadencia sinuosa del espejo de un río en el que frutales y limoneros peinan y enjuagan su cara con el pómez enjalbegado de sus tierras. El fuerte pitar del aire al atravesar el desfiladero del Solvente, me trae al oído aquellos versos del poeta diciéndole a la ciudad de Blanca: ¡Preciosa, corre, Preciosa, / que te coge el viento verde¡

Aún hallándose este pensil, repito, en el corazón mismo de nuestra región, su fisonomía no se parece en nada al resto de nuestra tierra. Como si el Valle de Ricote fuese el trasplante de una parte de aquel mítico Edén, con sus huertos, luz, sierras y azahares que en otro tiempo árabes generosos enclavasen para nuestra dicha justo en el centro mismo de la vega del Segura.

El caos y el esplendor de intermitentes irrupciones volcánicas cristalizadas. El beso continuado, dócil y tranquilo del río sobre los labios hermosos de unos márgenes lascivos, de carmín reverdecidos y exuberantes. El capricho aleatorio, una mezcla de fiereza y ternura, de huracanes y de brisa, de azules y rojos, ocres y amarillos sobre el encendido de las paredes abruptas de sus montañas, lenguas de fuego agradeciendo el azul del cielo.

En el azud de Ojós vemos gigantes compuertas de cemento y hierro apuñalar el corazón del río. Y por un momento sentimos un amargor en la boca, el jadeo agonizante y estrangulado de un Segura convertido en cloaca, el mismo río que se deshidrata nada más llegar hasta de donde venimos, el siempre rutinario trajín de nuestro cegado andar por casa.

Y en tan sólo un reducido espacio de terreno, todo está al alcance. En Ricote se dan cita el clamor y el desierto, el oasis y la sequía, la cumbre y el acantilado, la depresión y la altura. El don de una naturaleza con su física y orografía, su murmullo y el vapor oloroso de su Valle.

Y para culminar la jornada, dio la casualidad que el pueblo, sin nosotros saberlo, celebraba el día grande de sus fiestas en honor a san Sebastián. Nos mezclamos con las gentes, comimos de sus migas, ¡y muy sabrosas que estaban las jodidas ruleras! Y caímos en la tentación de coger el sol de sus limones. Compartimos una suculenta parrillada con los vecinos de esta Ítaca particular. Bebimos la alegría de su afamado vino, trabajado en el jaraíz de su tesón y honradez, la ilusión de su cosecha colmada. Nos balanceamos en el fluir de sus calles, sin saber si subíamos o bajábamos, si avanzábamos o retrocedíamos, o si despiertos dormíamos el sueño de una utopía.

En fin, un día favorable que nos enseñó a mirar de cerca la distancia íntima que de nosotros mismos nos aleja y nos separa.

sábado, 20 de julio de 2013

Un perro y los cipreses en el zoo de Bronx



El aire pinta de azul el cielo con ese color sagrado del bote de los milagros. Quiere el azulolimpo encalar de transparencias el talle esbelto de los cipreses con su sideral pureza.

Los cipreses, ¡siempre los cipreses! Y a mi paso se callan enmudecidos como gatos en muestra con sus ojos hacia lo alto, su excelsa presa. Son el baluarte de la frontera abisal de mis adentros. Los puse mirando al norte, para detener los vientos, para proteger el germinar de mis sentimientos, y para, con su sombra, decirle al sol que nada es eterno.

Por los senderos del día me acompaña solícito siempre el perro. Le intimida al perro el silencio de los cipreses. Pasa el can junto a ellos con la cabeza gacha y el trote siniestro. El perro, además de ladrar a las ratas, a la noche y al miedo, lo hace también contra el fatalismo romántico de estos árboles, nido y púlpito de chicharras y popes de cachiporra. Los cipreses y el perro siempre están cuando me levanto, también cuando me acuesto, me acuesto porque no aguanto estar de pie frente a tanto ser irracional pensante que abunda por ahí a campo abierto. Nunca dejaré de sorprenderme de la facilidad de los cipreses y el perro para hacerse con mis pensamientos. Cada uno a su manera. El perro con su sensibilidad. Los cipreses con su filosofía. Y hoy quisiera conjuntar en ellos y en mi estas dos desavenencias. Casar corazón con cabeza. Y nos vamos los tres de vacaciones a Nueva York.

La tarde es apacible. Siempre creí como Protágoras que el hombre era la medida de todas las cosas. Y nos acercamos cipreses, perro y un servidor al Bronx Zoo. Queríamos recrearnos viendo a los pájaros sin jaula, a los lobos comer junto con los corderos, a la culebra jugar con el erizo. Y de pronto, sin venir a cuento, ambos, (cipreses y perro), me miraron con odio, con espanto. Habían visto en un espejo mi cara de especie humana, y debajo un cartel que decía:
!Precaución. No acercarse. Este es el animal más fiero que existe, el más cruel, el más sanguinario, el único capaz de destruir en masa a su propia especie! 

martes, 25 de junio de 2013

La carta de Renou


 Sofía le pregunta a su hijo:
¿Emilio, has visto la carta?
El sobre continúa sin abrir en la alacena de la cocina.
¡Abandona de una vez esa culpa que te come por dentro. Yo soy tu hijo y basta! Aquello sólo fue un accidente.
Es la primera vez que Emilio se refiere al pasado de su madre. A pesar de haber transcurrido más de doscientos años, Sofía, aún está cogida por la sacudida de un hombre que la dejó preñada. La madre no se toma el comentario de su hijo como una ofensa. Se limita a recordarle:
Hace ya diez días que llegó. La carta viene a tu nombre.
Para Emilio el mundo, la carta, las personas, son un saco de objetos desconocidos, personas sin nombre, caras extrañas por las que no siente nada. Lo que ahora le preocupa son sus cincuenta pares de mansos, llenar el buche de su rebaño. Coge la carta y sin mirarla se la guarda en el bolsillo de la pelliza.
¡Cuántas veces, madre, quieres que te diga que no quiero saber nada de quien tuvo la desvergüenza de darse el piro y dejarte padreada!
Sofía le dice ahora a su hijo:
Siempre será mejor tener un padre despreciable, que carecer de él. Algo puedes construir sobre lo que tienes, pero nada podrás edificar sobre lo que careces. Lo que hizo tu padre es reprobable, pero, si tuvieras noticias suyas, podrías elegir en repudiarlo al menos.
Los días transcurren como si nada. El sobre en su cazadora martillea de palpitaciones el corazón huérfano del hijo. Una tendencia natural arrastra a los animales a husmear en la cuna de su nacimiento, peces que tras largos años de nadar por océanos olvidados vuelven a las empinadas cuencas de los ríos donde sus hembras los desovaron. Emilio empujado por el odio del abandono filial llega esa noche a casa. Palpa la carta que aún guarda consigo. La curiosidad le crece. Abre el sobre. Sus ojos de escopeta se disparan a la firma, Renou. No tiene ni idea. Luego la fecha le desconcierta aún más: Ermonville, 1778. Emilio trata de explicarse este absurdo:
¡Imposible! ¡Una carta del siglo dieciocho! Estamos en el dos mil trece. Como si quien me escribiera pudiera estrujar y ensanchar el tiempo a su capricho. El tiempo es una vanidad humana. Cualquiera en cualquier época y desde cualquier lugar puede escribir tantas cartas como pelos tiene la cabeza de Sansón. Somos lo que no somos. La Historia, es una apariencia, una manipulación virtual, una circunstancia que llega a veces a enturbiar nuestra verdadera esencia, nubes que atraviesan una montaña y desaparecen, pero la montaña, nosotros, seguimos ahí, inamovibles a pesar de las tormentas.
Desde el púlpito de nieve un alfanje plateado se asoma ahora por la ventana. Emilio sin saber, si está sumergido en el letargo de un tiempo presente o si despierto en pleno Siglo de las Luces, bajo el foco de la luna se dispone a leer por fin la carta:
Mi querido hijo: Ando huyendo de un lado para otro sin domicilio fijo debido a los innumerables perseguidores que me salen por doquier. No quiero justificar con esta carta mi reprobable proceder, como tampoco que creas que busco tu perdón. No eres hijo de la nada, ni de nadie, ni del Destino, ni del tiempo, sino de la naturaleza. Te abandoné en el futuro para dejarte libre, sólo así, en la distancia del tiempo, has podido sobrevivir. En un principio quise llevarte conmigo, pero me vi impotente para sacarte adelante en medio de una sociedad que aplastaba la voz de la naturaleza. Mi madre, muerta nada más yo nacer, no podía hacerse cargo de ti. Mi padre, un humilde relojero de oficio tuvo que expatriarse, siendo yo muy pequeño, debido a las amenazas de muerte de un rico militar. Por mis ideas y mis escritos soy perseguido, expulsado de las ciudades, apedreado. Y si aún vivo es gracias al falso nombre de Renou con el que me hago llamar. Mi verdadero nombre es Juan Jacobo Rousseau. El hombre al nacer le cosen en una envoltura; cuando muere, le clavan en un ataúd y mientras tiene figura humana le encadenan nuestras instituciones. Me alegró mucho cuando me dijeron que tienes por oficio ser pastor de cabras. Nuestros primeros maestros son nuestros pies, nuestras manos, nuestros ojos. Reemplazar con libros todo esto es no aprender a pensar, sino a aprender a servirnos de la razón de otros. En la actualidad me gano la vida dando clases particulares de música, aunque lo mío es escribir, pensar. Problemas, calamidades, eso es lo que te esperaba de retenerte conmigo. Te hubieran cambiado hasta tu sangre. A mí me hicieron abjurar incluso hasta de mi fe. Comprendo que tu madre me siga odiando, pero no tuve más remedio que renunciar a su amor por salvar tu vida, tu libertad. Hijo mío, un abrazo muy fuerte.
                                                                 En Ermenonville a 10 de junio de 1778
                                                                 Jean Jacques Rousseau


miércoles, 7 de noviembre de 2012

Maricón de mierda




Josico nunca olvidará las palabras de su padre:
Hijo, eres un maricón de mierda.
Era verano, unos cuantos amigos fueron a los malecones del río. Por el camino se llenaron los bolsillos de melocotones; estaban verdes y pequeños, como su pilila, machorrica y corta. Antes de bañarse, a la sombra de aquel cañaveral, jugaron al palico tieso. Luego, ya entrados en calor, en cueros, se zambulleron en el agua. Iba también con ellos Zenón el pajillero, un muchacho tres años mayor que Josico. En un claro de la espesura el pajillero cogió aparte al niño, y le propuso que le chupara la pija, que a cambio, le regalaría su melodiosa flauta de caña.

El padre de Josico, (no sé cómo llegaría a sus oídos lo de la mamada), nada mas ver a su hijo aparecer por la puerta de la fragua, dejó el fuelle, se quitó la correa y con ella le azotó las espaldas hasta dejarlo encogido como a un viejo mocho, de esos de fregar el suelo. El  padre quería que su hijo fuera un fornido herrero y no un putón acaponado. 

Luego, después de la paliza, el pene de Josico se envileció para siempre hasta ya no sentirlo jamás. Hasta ayer, que todo el cuerpo de Josico volvió a su consustancial naturaleza, precisamente 6 de noviembre, día en que el Pleno del Tribunal Constitucional avaló el matrimonio homosexual.

martes, 25 de septiembre de 2012

El verde amarillo del azul del cielo





Debajo de la palmera coja, todo el día; colgada de las nubes por ver si llueve. Y estás un tanto aturdida de mirar por si cae el verde amarillo del azul del cielo. Quieres ver el agua en la sequedad acartonada de los áloes. La humedad del viento no basta para hacer brotar el verde de las judías.

Soy incapaz de ver el azul en sí, el ocre por separado, el amarillo aislado – me dijiste. Nunca supe si esta facultad globalizadora tuya, era un don, o más bien una negación, un defecto, una carencia. Y es que ese amor místico de amar a todo el mundo, me privaba de ti a todas horas. Siempre creí que el compromiso personal por un color definido, un cuerpo con nombre y apellidos, nos liberaba de la ambigüedad, de la indecisión adúltera, del daltonismo peligroso, de la desubicuidad infantiloide, amalgamada y confusa del relativismo pontificio, del amarillismo político.

Hasta me dijiste: no hay metáfora del Todo, mejor que el arco iris, donde los colores fríos y calientes, el barro y el fuego, se dan la mano. E impenitente, seguías con tu perorata holística:
Soy el azul de la violeta, el verde del nogal. Siento en mis venas el rojo de tu sangre. De la azucena soy el blanco de tus ojos. Soy los brazos de la palmera a quien el picudo rojo le quitó sus alas. Soy el pisar de tus zapatos negros andando por mis caminos de sedas. 
No me extraña que, de tanto ser el color de la naturaleza entera, no vieras en mí a quien quiso amar y ser amado en exclusiva. Yo sólo soy el azul-gris de la nubes esquivas que esta mañana me niegan el agua de tus besos.

domingo, 20 de mayo de 2012

Albóndigas con bacalao



La Casa de los Rumberos, antiguo refugio de labradores y silo de semillas y cosechas, se encuentra en la parte alta de Librilla, a la sombra de los montes de Carrascoy. Nada más el camino nos deja en la desembocadura de su abierta explanada, acogedora y firme, acacias y pinos nos dan contentos la bienvenida. Entre su arboleda destaca un enorme ciprés que nada tiene que envidiar a aquel otro de Silos enhiesto surtidor de sombra y sueño que inmortalizara Gerardo Diego. El ciprés al vernos se inclina para bendecir con su copa empapada del azul del cielo nuestra frente surcada de pesquisas y dudas, temores y deseos.

Si por delante, la casa se señorea con los alminares de su floresta empinada y verde, por la costera de atrás, el agua, el cauce alegre que viene de Ojos, endulza el aire, y envuelve todo el recinto con su canción sedante. La soledad aquí no está sola, que se siente acompañada del silencio, de la suavidad de los áloes, del brillo de sus moreras, del oro del mediodía, de la energía y el granate de los geranios, del abrazo de las palabras de unos amigos, conocidos y por conocer. Amigos, que bajo el palio de este sagrado pedazo de tierra agreste y tímida se han juntado al sabor comunitario de una flamante olla de albóndigas de bacalao.

Hace más de treinta años, una veintena de jóvenes plantaron en este campo un manojo de ilusiones, por ver si algún día floreciera la esperanza de una colectivización posible. Y en la coloquial sobremesa, tras el postre de los albaricoques rojo pasión, el bizcocho de llanda y un sorbito de anís, empiezan a salir de las paredes elocuentes y comprometidas de las estancias de esta casa, frases y pensamientos de los moradores que por aquí han pasado. Y sus voces se confunden con nuestros mismos anhelos y opiniones.

Haber sido hoy boca, delectación y condimento comunal y solidario nos ha sabido a espacio y tiempo grato de un vivir concreto y abierto, coyuntura puntual, diseminada encrucijada, coordenadas de un aquí y de un ahora entrelazado y abstracto por la férrea invisibilidad de una historia, que nos hermana con su envolvente, anónimo, universal y esparcido aliento. Y nos viene al recuerdo aquellos versos societarios de León Felipe:
"Poetas, nunca cantemos
la vida de un mismo pueblo,
ni la flor de un solo huerto.
Que sean todos los pueblos
y todos los huertos nuestros."


domingo, 15 de abril de 2012

Los reyes de la baraja



¿Con qué cara mañana este hombre inaugurará el congreso, cualquier congreso o ceremonia en defensa de todo ser indefenso? Tal vez en el próximo discurso de fin de año, en reparación, se ponga tierno y compasivo ante las cámaras de todo el País por las pobrecitas familias que no llegan al final de mes.

No es que los Borbones, y éste en especial, fuesen de mi complacencia, pero al verlo fusil en mano cual comanche del oeste carpetovetiano disparando contra el rey de la selva..., no me lo podía creer. ¿Cuestión de celos, rivalidades dinásticas, algún duelo pendiente, complejo de identidad? Psicólogos tiene la ciencia. Es como si me hubiesen dicho que mi padre es Vito Corleone. El mundo se me hubiese venido abajo. Mis padres de la patria por el suelo. ¡Oh mia patria, si bella e perduta! Eso me pasa por no hacerle caso a Federico el de Fuente Vaqueros:

Si tu madre quiere un rey,
la baraja tiene cuatro:
rey de oros, rey de copas,
rey de espadas, rey de bastos.

Del olivo
me retiro,
del esparto
yo me aparto,
del sarmiento
me arrepiento
de haberte querido tanto.