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miércoles, 10 de mayo de 2017

Las manzanas de Cézanne




Las manzanas de Cézanne con ser muy bonitas y caras, no son de verdad ni tampoco comestibles. Medias mentiras no son medias verdades. Como tampoco por cacarear falsedades, el azafrán dejará de ser amarillo. Vivimos en la era de la posverdad, de la verdad muñida, fabricada. Todo es surrealismo, surrealismo orwelliano, donde nada tiene que ver con la realidad, donde todo tiene que ver con la invención, donde para distinguir la verdad de la fabulación habría que acudir al oráculo de Delfos. Pero tanto el poder como los medios nos tomaron la delantera. Ellos a sí mismos se invistieron como los únicos y sagrados portavoces del dios Apolo, le robaron la nariz a la Esfinge.

Son más bellas las manzanas de Cézanne que las que yo compro a la señora Joaquina, la frutera de la esquina. Por tres euros, un kilo. ¿Cuánto me costaría una sola manzana que este pintor luce en el Museo de Orsay? Teniendo en cuenta que no son más de veinte, y el cuadro fue subastado por más de cuarenta millones de dólares... A precio de oro el cubismo y la abstracción. Y la verdad por los suelos, cuando no ofendida, intoxicada, más falsa que el beso de Judas. No son tiempos estos para la verdad, cuando a todas horas en tela de juicio nos la venden, nos la inventan.

Mienten las cañas de río cuando aplauden el correr del agua. Miente el alba presta a ser emborronada por el esmog de la ciudad. Mienten las hojas del rosal atacadas por la araña y el mosquito. Miente el marido a su mujer cuando le dice que la quiere a parar un tren cuando su carne por la noche se enciende. Luego, al llegar el día, cuando todo es claridad, ninguno de los dos se entienden. Las flechas del amor: vectores, cometas, relampagueo fugaz que nunca en la infinidad del placer aterriza, si es que este planeta existe.

La verdad no vale un pimiento, más vale una manzana pintada en un lienzo. Miente hasta la luz del sol que nos manda con retraso su calor. Todos mienten. Miente el reo, miente el juez. Hasta el ojo de halcón miente. Miente un servidor al hacer la declaración de hacienda.

No me conmueven las palabras de quien me pide un euro para el tranvía. En cambio me echo a llorar cuando leo en Patria que Arantxa desde su mudez parapléjica escribe a Xabier a través de su ipad: siempre me has gustado, cabrón. Trazos negros sin boca, llenos de hambre gritan que ocho mil quinientos niños mueren cada día de desnutrición severa. La realidad no me altera, no me indigesta; debe estar hecha de cartón piedra, huele a podrida; en cambio, las manzanas de Cézanne me saben a gloria.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

El olor del pan





Cuando sus ojos se encuentran con alguien, se posan inmóviles como anclas en la mirada del otro. Varias veces he tenido que decir a este joven de mirada sospechosa:
¿Es que tengo monos en la cara?
No es soberbio ni atrevido este muchacho, más bien está lleno de miedo, como si anduviera por un desierto infinito, vacío de caminos y avenidas. No quiere ser arrastrado por vientos negros de señales sin referencia. Por eso se desplaza de su casa a la tahona con pies de plomo, guiado tan sólo por el olor del pan, desatendido de todo. Parece caminar por otro mundo, calles, personas y jardines nunca vistos.

Es espigado, de cejas pobladas, ojos hambrientos, nuca estirada y manos como bujías, como sotos en busca del río. Al verlo tan delicado, me siento intimidada, y a la vez apiadada y seducida. Llevada por mi fragilidad natural, a veces considero las cosas, no por lo que son, sino por lo poco que brillan o aparentan. Tan hiriente y penetrante fija este joven su mirada en todo lo que tiene delante, que me siento invadida, devorada por ojos como estrellas en mi rincón más íntimo, ese lugar tan escondido, que ni siquiera miro porque no sé si dentro de mi existe. Sólo los que saben mirar de ojos para adentro descubren a simple vista recodo tan singular, esa resguardada fuente do tiene su manida, que diría el poeta, toda luz, cosa tan bella, el alimento del alma.

Los ojos del joven me miran desde la nuca, con esa profundidad catódica que arrancando desde sus talones asciende por el tubo de las meninges hasta llegar al cráneo, y al posarse en el mantel de mi rostro descargan rayos de luminosidad azul seráfica.

Delante del mostrador de la panadería espera su turno; y me mira con tal pasión, que siento en mis adentros su mirada triste y dulce. Me baño en el océano de sus insaciables ojos, o de los míos, (que no lo sé), ese apartado sitio misterioso, sin parangón y sin connotación física alguna. Estás más buena que el pan! –leo en sus ojos mudos. El pan como la mar debería también tener nombre de mujer, -le contesto yo con los míos callados y encendidos. Y como la harina y el agua se mezclan y cuajan en igual medida, así me siento yo ahora diluida, poseída y amasada en la artesa de sus ojos sin fondo. Sé que todo esto ocurre en esta mesa de mi imaginación calenturienta. Pero ¿qué más da, si mi goce, aún siendo sólo un dibujo, es más real que cualquier otra cosa creada? ¡Nunca hasta este momento había visto yo en ojos tan absortos el cielo, ni el mar, ni los colores, revestidos de su más escueta y pura esencia! 

Luego, cuando al salir de la panadería, la dependienta, al notar mi cuelgue por el muchacho, me comentara que era ciego, comprendí mi deslumbramiento anterior. Sólo un ciego con su imaginación infinita sería capaz de leer, de entenderme y encender por dentro un simple trozo de pan.

jueves, 20 de agosto de 2015

Veoveo



Sólo tu muerte me revelará el verdadero rostro de tu cara. Y aún así no te veré, sino a través del triste sonreír del musgo verde entre las grietas rojas del altar de tu tumba. Tus ojos no se corresponden con lo que pienso. Tus besos no llegan nunca a mis labios, se quedan a medio camino entre la casita del bosque y el deseo de esa caperucita que llevas dentro. Esa burbuja multicolor que bambolea al trasluz de la mañana y que al instante se deshace ante mi pasión frustrada. Cuanto más bella te veo, mayor es mi desilusión y mi droga.

Desde que desapareciste de mi vista pido igual todos los brindis de año nuevo. Llevo no sé cuantas copas lervantadas, más de mil quinientos bisiestos pidiendo lo mismo. Y no hay manera. Nunca supiste leer mi corazonada. Ningún próspero me sorprendió dándome la manzana de tu boca. Y no te digo cual es el nombre de esta fruta que con tanta ilusión espero, porque no sé si lo que quiero son tus besos, tu hermosura, o romper contra tu pecho los abrazos como piedras de este manco corazón mío. O mejor no te lo digo para no ver malogrado mi esperar. Pues si te lo dijera, como aquel otro barco cargado de plata y lingotes de oro, telas de vicuña, quina y canela en rama sumergido frente a las costas de Cádiz, nunca llegaría a mi destino, como tampoco mi beso a tu boca, esquife escollado entre las olas negras e indiferentes de tu pelo y el abismo, entre el cielo gris de tu almohada  y mi deseo, entre tu mística mirada y la mía descreída. Y así veo continuamente como mis ojos naufragan ahogados, embusteros, desesperados en los tuyos, como estas mis palabras que no cesan de mentirte a mi pesar, o de no responder tú nunca a mis requiebros.

Eres tan simple, veraz y tan perfecta que eres incapaz de decir con un gesto lo contrario de lo que piensas, careces de ese resorte que tienen los humanos de jugar con sus miradas al despiste.

Recuerdo cuando de pequeño los dos jugábamos al veoveo. Aquella vez tus ojos se detuvieron en un reno que arrastraba a la luna hacia la constelación del Leñador. Y antes de terminar de decir la primera letra de la cosita que habías visto, acerté tu pensamiento. Y entonces te enfadaste mucho. Recuerdo que para disculparme te dije:
Lo dicen tus ojos. No me puedes engañar.

viernes, 24 de abril de 2015

Simonetta Vespucci




Andaba yo por el arrabal de Solferino y en esto que me encontré con una palabra inmaterial. Sé yo de la inmaterialidad irreal de las palabras, por eso para referirme a ellas casi siempre acudo al color, metáfora y soporte más carnal, sensual  y asido. Iba, como todas las palabras, vestida de su desnudez más íntima y pudorosa. Su sobria elegancia desprovista de collares y aderezos despertó mi curiosidad lectora, loca y vergonzosa.

No he de remarcar que este término, verbo de rubio encanto, era muy del género femenino por no pecar de sexista. Pero a decir verdad, más que una simple palabra, era nombre propio en toda regla diseñado. Y aunque confundí los vuelos de su pelo con las olas doradas de los mares de Liguria, he de reconocer cierta frialdad y excesivo recato, tal vez por mirarla yo de manera tan codiciosa.

Las letras de su grafía balanceaban su esbelta figura en códice, preciada edición príncipe, manantial del placer escrito, que tanta admiración y deseo despertara entre los adonis y gramáticos de Florencia.

Llana era su dicción, voluptuosa y abierta, como desbocado el deseo que en ese mismo momento irrumpió en mis destemplados instintos. Las caderas de esta dicción silbante, dental, líquida, labial y sugerente pendularon mis latidos con acelerado y codicioso impulso.

La cadencia de su deslizante escritura, derramadas sílabas en el jugo de la base de su concha pronunciado, me llevó a seguirla de cerca, hasta el punto de acercar mi vista a su libidinosa presencia.

No soy de los que se acomodan fácilmente al patrón del vulgo, que no me conformo con cualquier voz extraída del María Moliner. Reconozco que soy un clásico renacentista en esto de cortejar palabras. En el encuentro casual con este vocablo del que os hablo, confieso que se me dilataron los ojos ante su ardiente, insinuosa y excitante aparición. Embriagado fui por el aroma a mar y mirto de sus letras navegando en dulces bailes como rosas. Y tanto fue mi deseo por ella que llegué a entrecomillarla, encursivarla, subrayarla con acosado y atrevido trazo en rojo floral intenso.

No quiero que seáis vosotros los que adivinéis esta palabra que a mi me quitó el sentido esta mañana, no vaya a ser que llevados de vuestro varonil impulso, al yo decirla, me la quitéis. Es mía, que me la encontré primero: Castidad se llama esta hermosa palabra de doncella revestida.

Pero ¡ay dolor!, esta Reina de la Belleza, como todas las palabras con las que a diario me cruzo por los arrabales de la vida se murió muy pronto, tan pronto que antes de yacer con ella, ni la vi nacer siquiera.

viernes, 23 de enero de 2015

Recuerdo cuando era pobre



Recuerdo cuando era pobre. París, como decía Hemingway, era una fiesta. Con mi pobreza me sentía enormemente rico. Hoy miro a mi alrededor, y estando forrado y cubierto de oro y mármol hasta las cejas, todo me resulta miserable, triste y corroído. Y hasta aquel cuadro tan sensual y apacible por el que mis herederos cobrarán más de cien millones de dólares, hoy, colocado encima de la chimenea de la casa del multimillonario Mr. Cohen, parece el de una reina guillotinada por un pene adinerado, a la que los franceses llaman l'autre-chienne.

Lamparones de cola vegetal y almagra rodean las llaves de la luz de mi aposento, y en los ángulos del salón, telarañas enmarañan la pedrería de aquella otra lámpara que adquirí en una subasta de Murano. Hoy sus perlas de zafiro, más que esplendor y claridad, me producen un negro frío.

Hoy siendo rico, me siento sucio, más pobre y sucio que cuando alegre pernoctaba por los andenes de la estación de Austerlitz. Hambriento y desconocido deambulaba por Montmartre, pero henchido y lleno de libertades y sueños. No lograba vender ni un cuadro, pero mi carpeta atestada estaba de azules, el color de las aduanas sin fronteras, el color de los billetes del alma, de los pájaros, de la pobreza de espíritu.

Y aquí encerrado en el cuarto oscuro del castillo de Vauvenargues, no añoro, cual otro Luís Bárcenas enclaustrado en el pabellón 4 de Soto del Real, mis emolumentos escondidos en Suiza, sino que me vienen al recuerdo las palabras de mi abuela Inés, referidas al prestamista que le proporcionaba a su padre, el tonelero de El Perchel, la madera para fabricar sus barriles:
Tiene ese puto rico los ojos tan llenos de pan y perras que no sabe apreciar a la mujer tan bella y buena que todas las noches duerme a su lado.

jueves, 30 de octubre de 2014

Eran sus ojos





Eran sus ojos la cetra que de la tinaja sacaba el agua. El panorama colmaba su sed de cal y encanto. Los senos del cauce eran sus besos secos, la pena sin nombre, el nombre de todas las penas; la voz del río, su música, la duda enarmónica de su vivir enigmático, su depresión y espanto. La naturaleza era el espejo de su interior misántropo. Y por la noche, todos los gatos pardos se volvían azules y desconfiados en su cristalino de galaxias inexploradas.

Y el espacio, el prado y hasta las piedras latían con ella soleás y siriguiyas. Su aliento y el viento formaban un mismo cuerpo de censuras y despechos. El aire era un deseo desconocido, el polen sin descifrar de sus sueños. La luz, una sonrisa abúlica. Y el árbol escribía allá en lo alto, en el redondel cuarteado de la luna, humos y cuernos que se dilataban o contraían al ritmo del corazón instintivo, insospechado de la mujer de un hombre escondido.

Y si no fuera el paisaje, sino su extraño mirar el que bañaba de maleza y belleza todo lo que el campo abrazaba.... ¿seguiría estando en calma la mar y aquella montaña esbelta pintada de nubes blancas y el barranco, nido de murciélagos? Y su marido, ¿seguiría siendo el hombre, su hombre ignorado?

La vida era su visión, su peculiar perspectiva, su visión misteriosa y recóndita. Tan fuerte era su dolor que sus lágrimas eran ojos de lluvia sin agua, sin párpados. Y aunque helara o granizara, ella, impávida, no pasaba frío; en agosto, nunca sudaba, y en abril le daba lo mismo que las flores reventaran de gozo. Y con su mirar receloso, ambiguo, oscuro y bizco escanciaba del pozo ciego su corazón vacío.

martes, 21 de octubre de 2014

Las manos de Da Vinci





Estaba Leonardo Da Vinci en silencio, desocupado, con los ojos cerrados, las manos sobre la barriga, a la altura del ombligo, sede central de su ser vivo. Y quiso, en ese estado de quietud y semiinconsciencia, que sus dedos pulgares se tocaran para no perder del todo el sentido de la dulce realidad reconfortante que plácidamente le circundaba: la tarde de un cerezo en flor y una mariposa blanca rodando como la luna alrededor de un mandarino. Y tan sumido estaba en la nada de ese instante, que al notar que los dedos no llegaban a encontrarse, de pronto sintió un vahído, un vacío acompañado de su miedo inherente. Sus manos se habían esfumado. Imposible contactar con sus dedos. Y en ese sentimiento o conocimiento, o como quiera que se llame a ese estado de desintegración en que se vio vivo, se sintió muerto, sin sus manos, su instrumento de arte y supervivencia. De ahí, tal vez, su congoja. No es lo mismo – dijo para sí –, estar muerto y sentirse vivo.

Lo que en ese momento se le ocurrió al pintor florentino fue agarrarse a una representación gráfica de sus dedos, a la forma de sus uñas, los nudillos, sus falanges. Puesto que no veía, ni sentía, ni se encontraba las que de carne y hueso siempre había tenido como suyas, levantó la vista a un boceto de sus propias manos que tenía en uno de los estantes del estudio. Tan bien dibujadas y vivas le parecieron, que el borrador suplió las que por perdidas sintiera.

Y fue así como salió de la angustia. El objeto diseño, la representación objetal de sus manos estampadas en un pliego de papel de barba le llevó más a si mismo, que la propia percepción de las yemas de la carne de sus dedos. En más de una ocasión le había ocurrido lo mismo, no ya con con su persona, sino con algunos de sus amigos. Leonardo hace memoria de Maquiavelo, de Miguel Ángel. No se los imagina. Se le hace imposible recobrar su fisonomía, no recuerda sus caras, el color de sus ojos, el perfil de su nariz. Y ha de recurrir a sus dibujos. El caso más relevante: el de Isabel de Este, su más íntima amiga. Nada consistente guarda de esta mujer, no recuerda sus caricias, la curvatura de su busto, los pliegues de sus enaguas. De hecho para recordarla, ha de mirar un retrato que le hizo en uno de sus últimos viajes a Mantua. Y entonces, sí, viene Isabel sonriendo a los brazos de Leonardo.

Y así fue como este pintor renacentista se sintió manco, no de su cuerpo, sino de su alma, al no poder tocar con su sentir rincón, parte alguna de su carne inerte. Apeló a su centro, a esa zona neuronal donde emana la voluntad, las órdenes superiores del cerebro, el tálamo, su sistema límbico. Acudió a sus adentros, a la cuenca de los ríos de su sexualidad sofocada. Tan sólo allí sintió un hormigueo. Apenas un hilillo de percepción imperceptible. Llamó a las mismas puertas de su pensamiento. Pulsó el interfono. Una voz, al parecer desde muy lejos, le dijo:
Acerque un poco más su cara, pues no le reconozco. No tengo por costumbre abrir la puerta a desconocidos.
Hizo Da Vinci tal como el dueño de la casa, su cerebro, le dijo:
¿Y ahora, me ve usted?
Tampoco. Su cara no me suena de nada.
Menos mal que el florentino llevaba consigo uno de sus muchos autorretratos. Aplicó su retrato a la cámara del interfono del portero automático. Inmediatamente Leonardo oyó un chasquido, el desbloqueo de un cerrojo. Y las compuertas de sus adentros se abrieron al momento.

Post data:
Sé que resulta cursi, moralizante y de más. Pero no me resisto a decir que no somos nosotros. No somos el original. El original guardado queda no sé donde. Como guarda el banco la escritura de una casa hipotecada. Nuestra verdadera identidad, nuestra inocencia, archivada está en los sótanos de la Agencia de la Seguridad Nacional. Sólo se nos dará a conocer cuando saldemos con nuestra muerte de la vida su deuda.

domingo, 21 de septiembre de 2014

La muchacha sin nombre




la muchacha no es sangre lo que le ponen. La bolsa, que cuelga, parece, por su color, aceite de almendra, jarabe de limón, o de jengibre. La muchacha tendrá no más de dieciocho años. Rodea su cabeza un pañuelo rojo lleno de lunares blancos. Joven pirata por mares de plasma. Sus ojos, surcan intrépidos el océano de la vida. Y las aletas de la nariz, como velas de un barco, inspiran sensualidad, otean frescas el placer del horizonte. Le acompaña su madre. La muchacha del tafetán de lunas no para de mirarme. ¿Y por qué me mira así, tan asustada y fija? Yo no soy su miedo, ni el túnel que pronto atravesarán sus pies desnudos. ¡No te quites, niña, nunca las zapatillas de andar por casa! Calza la joven zapatillas playeras. Por las correas sobresalen sus uñas bien cuidadas y pintadas de savia verde. La muchacha pirata lleva pendientes de anillos, haciendo juego con el color hierba de sus ojos tiernos. Madre e hija por su desenvoltura y galanteo muestran enormes ganas de vivir. Mientras disimulo estar embebido haciendo un crucigrama en un laberinto de ultratumba, paso revista a su cuerpo de gacela herida enredada entre espinos de suero. El pañuelo que cubre su cabeza pelada, tiene un coqueto dobladillo sobre su frente triangular y sin arrugas.

La distancia que me separa de ella es el espacio que ocupa un sillón vacío que hay entre nosotros. En una de sus muñecas, la muchacha pirata lleva grabado un nombre. Quisiera saber cómo se llama. El nombre, nuestra fe de vida. Sé que sus pantalones son negros, que lleva un polo blanco con rayas azules como el cielo de sus ojos navegantes, pero no sé su nombre, como tampoco sé qué le pasa, ni por qué beben sus venas de este gotero melocotón de almíbar. Tal vez a esta joven pirata no le pase nada, salvo que su sangre no es como la del resto de los mortales. Miel de arrope es el caudal de sus ríos subterráneos que guarda entre el majuelo de sus manos dulces, como la sangre de las diosas del Valle Eterno, bosque de misteriosas encrucijadas. El pañuelo con el que hoy cubre su cabeza, es la gorra marinera de sueños surcadores que ayer oteaba en la playa.

El nombre de la pulsera no es su nombre, si fuera suyo, esta muchacha ya estaría muerta. Los nombres no mueren. La pulsera se la regaló un amigo, ese sí que morirá, cuando ella deje de vivir mañana. Por la pinta de los rizos dorados de la madre, la melena de la muchacha pirata, por ser más joven, debiera ser más bella y fresca. Estoy a punto de preguntar a la madre qué hacen aquí, que me diga qué le pasa a su hija, algo, qué edad tiene, o al menos me diga que no es su nombre el que lleva sentenciado en su muñeca. No conozco a nadie que no tenga nombre. Las cosas sin nombre no existen. Y tal vez por ello estas dos mujeres son diosas de un bosque eterno navegando inmortales por la espesura de mi imaginación inexistente.

Entra el enfermero con su silencio a cuesta. Y corta mi atrevimiento. Viene a retirar el tratamiento de la joven pirata. La madre ayuda a levantarse a la muchacha sin nombre. Lleva cogida a la hija de su espigada cintura por la salida del hospital, no sé tampoco hacia dónde. Un fogonazo de luces encandiladas se cuela por la puerta de entrada. Ambas desaparecen. Y con ellas, también mi saber. La hija, sin nada, completamente desnuda. Antes de atravesar el control, la joven es obligada a dejar todos sus atuendos encima de la cinta transportadora. Y así en cueros, sin nombre, ni pulsera de identificación, pasa el umbral. Al no tener nombre, la muerte jamás podrá nombrar a la joven pirata. Nadie sin nombre figura en lista de espera alguna. Al igual que los inmigrantes sin nombre, tras saltar la valla, jamás debieran ser devueltos a Sierra Leona.



viernes, 8 de agosto de 2014

La mujer del mar




Ocho de la mañana. Gran Playa de Santa Pola. Veo a Benedetti impresionado por la frente ancha y la boca grande de su compañera de trabajo. Y aquella chica de la oficina del uruguayo, me la encuentro hoy sentada frente al mar. No le veo la cara, sólo la espalda, pero me figuro, que debe ser la misma. Todas las mujeres para mí son una, el misterio anhelado de mis entrañas, desgajado y sublimado. La misma, e igualmente hermosa. ¿O tal vez su beldad se deba a mi veraniego y feliz ánimo, o precisamente porque no veo su cara? La mujer, en su sentido místico y profundo, siempre será un enigma para el hombre. Lo mismo que para las mujeres lo será el hombre, supongo.

Y al eco de las palabras del autor de La Tregua, me pregunto por mis gustos femeninos. Paseo entre la mansedumbre del agua y su ondulada y caprichosa silueta bordeando la orilla. Sigo el sendero de la arena aplastada, en contemplación serena, con la voluntad extinguida, tal como aconseja Nietzsche, en busca, sin buscar, el cuerpo de la mujer más distinguida.

Aún siendo muchos, los que tan temprano caminamos y corremos por la playa, frente al mar, somos minoría. Frente al mar: eternamente la insignificancia del ser humano.

Y al hilo de la mujer de frente despejada y boca voluminosa que sorprendiera a Benedetti, mis pasos de nuevo van tras esta otra mujer: la Vahine no te miti de Paul Gauguin. Y al contrario del poeta, a mi me encanta lo que no puedo ver de ella: su boca, el busto, la cara, su esfinge. Y sólo veo pies pisando la arena gris y recién peinada por los servicios de limpieza. Pies indefinidos, asexuados, de mujeres y hombres caminando con sus caras y sus cuerpos de potingues barnizados. Unos llevan el móvil en una mano; en la otra, sus sandalias como pájaros muertos cogidos del pescuezo; en el brazo, un moderno aparato que mide al galope sus pisadas; y hasta colgando del cuello, algunos llevan unas llaves, las llaves del arca, donde tal vez guarden los viejos tapices de sus amores lánguidos o equivocados.

Y que nadie me llame descortés y vulgar, por decir lo que esta mañana siento, al ver los innumerables cuerpos de mujeres y hombres endureciendo, esculpiendo las partes más honrosas de su cuerpo (todas, sin duda, lo serán), senos, glúteos, dorsos, abdómenes y pantorrillas, sin despertar ni provocar en mi ningún deseo. ¿Será que las feromonas de mi carne con el tiempo son cada vez más escasas, o tal vez se hayan mutado en dulces manjares del espíritu?

Menos mal, que aquella joven que a Benedetti le cautivara por su frente amplia y considerada boca, en una de las últimas vueltas de mi paseo matutino por la Gran Playa de Santa Pola, me la encuentro convertida en la Femme a la mer de Gauguin. Y esta mujer me sorprende por lo que me sugiere y no veo, por la nuez de sus nalgas, las flores de las olas, la espuma de sus hojas, el fondo vivo del amarillo, su pareo tatuado de amebas, por su absorta mirada hacia un vasto mar enigmático y abierto, tan abierto, desconocido y recóndito, que mujer y mar para mí son el mismísimo cielo.


martes, 1 de octubre de 2013

En la pescadería del puerto



Esta mañana he ido a la lonja. Y sobre un escurridizo mostrador de madera he visto pescados relucientes, emotivos, deslizantes, dinámicos. Tomaban relajado asiento en bandejas como ofrendas en surtido sacrificio. Vida y muerte al unísono. Soy lego en caza y pesca. No llego a distinguir una sardina de un venado. Y he buscado en la memoria de mis combinaciones linguísticas palabras que me ayudaran a retener especímenes tan diversos como vistosos nacidos en las aguas del Mar del Norte. De no poner nombres a estos bichos, en bichos se quedarían, sin identidad que ser les diera. El pescado se debatía entre la vida y la muerte. Debía darme prisa si quería salvar del naufragio a estos innominados seres acuáticos.

Le pido ayuda a Frans Snyders que así se llama el hombre que regenta este concierto de peces que bailan en agonía su danza postrera delante de los espigones del puerto de Amberes. Y el pintor flamenco me dice con la misma luz, color y goce de sus naturalezas muertas:
En nuestro diccionario de categorías dualistas no está todavía la palabra justa para referirnos a la vida y la muerte como realidad indistinta y única. Por eso en los bodegones que pinto me debato en aunar estas dos realidades, que a fuer de andar tan enfrentadas, dulcemente me amargan tanto.


martes, 10 de septiembre de 2013

Ceci n'est pas une pipe



No es la imaginación la que te conduce a pintarme desnuda y desdoblada, es tu rebeldía a no poder yo darte lo que en mi  buscas, la que te lleva a construir una realidad distorsionada, hecha con ladrillos de papel y sombras equivocadas.

Y me contesta Magritte:  
Mejor ser rebelde desubicado que copiar la historia, ese muro de pared a base de repeticiones, vergüenzas y sinsentidos, imitaciones planas, redondas, acabadas.
No es tu fantasía la que te hace  reflejar en grises una producción imposible, es tu inconformismo el que te obliga a ser incoherente, surrealista, afísico, irracional y por ende sugerente empedernido. Un mero recapitulador de embustes con gancho, reflejos no correspondidos de cosas incomprendidas, verdades interminables, esencias inabarcables. Eso es lo que tu eres.

Y me contesta R. Magritte:
Mejor mear fuera del tiesto, creer más bien que el arte no es la solución, sino el conflicto. No pinto lo que veo, el canon de tus formas definidas, perfectas, sino lo que dice mi sentimiento imponderable, cuando total e inacabada te miro.
No es tu creación velada con sus discordancias idiomáticas, verbales y significativas la que seduce al expectador de tu obra, es la propia ansiedad y desconfianza del admirador de turno, la provocadora de su ensalmo. Son más bien sus ganas y tus limitaciones de no poder ver el mundo con todas sus sorpresas infinitas las que convierten en revulsivo el contrapunto de tus pinceles. No es lo que vemos la imagen que miramos sino lo que nos dice su proyección ilimitada.

Por eso cuando, al levantarme esta mañana, veo como mi bello cuerpo me traiciona y recobra sobre los manises del baño la sombra de ese ridículo aguilucho, recuerdo lo que Magritte dijo sobre La Pipa, su cuadro más simple y realista: Ceci n'est pas une pipe. Y es ahora cuando entiendo el abismo entre el lenguaje y las cosas, la dicotomía entre la representación artística y el modelo que la genera. Basta pintar una cosa tal como es para agotar la hermosura de su existencia.

Y ya no sé si alabar tu obra, o maldecir mi cuerpo que tan mal me representa. O tal vez mi realidad corpórea no se reduzca sólo a la escasez de mi presencia, sino que sea inmensa mi belleza como inacabable es tu mirada por tenerme.

martes, 19 de marzo de 2013

Entre clavellinas y romeros



Tuve un amigo pintor (y aún lo tengo). Hace ahora ocho años que murió. Y aún hoy lo veo entre clavellinas y romeros, abrazado a su afán, la hedonía de la huerta. Y quiso expresar su esperanza jamás perdida: la primavera, la reverberación del color, su parusía, la epifanía de la luz y el agua.

Un día me enseñó uno de sus cuadros, para él, uno de sus preferidos por su simbolismo y carisma. Un viejo labrador acarrea con tesón un gran cubo de agua. A mi me pareció una pintura absurda.Y así se lo hice saber. ¿No creerás que el pobre hombre consiga sacar adelante ese árbol endeble y seco plantado en medio del pedregal que has pintado? Yo le hablaba a mi amigo de la ridiculez del viejo ignorante que, aún a sabiendas de lo inhóspito del terreno, regaba cada día un árbol sin futuro. Y fue entonces, cuando mi amigo, escandalizado de mi corta visión y torpeza, me dijo: sólo cabe esperar.

Y hoy en su recuerdo, para que nuestra amistad no muera, por encima de nuestros cuerpos consumados, consumidos, me digo lo que unos días antes de morir él mismo escribiera:
La memoria es la facultad más grande, la parte de alma que conecta con los sentimientos, la que abraza el pasado y lo convierte en un elemento vivo.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Jálogüin ni en pintura



Me sorprendí anclado en el vacío. Mi forma, reducida a la inexpresiva ambigüedad de un lienzo monocolor y oscuro. Sobre fondo negro es imposible pintar con carbón. El ceniza macilento de mi figura diluido quedó, como gota de leche en el café del desayuno. Lo que ya no sé, es si fui yo el absorbido, o por el contrario, la turbulencia plomiza del cuadro me engullera como tromba de agua encenagada.

El instante más veloz puede durar una eternidad. Y mil años de gloria, de repente, tornarse en un infierno. No es el tiempo la medida idónea para medir una emoción, ya sea ésta de placer o sufrimiento. Pero lo que yo sentí aquella tarde en el Museo de Amsterdam, a pesar de los treinta años transcurridos, nunca ha estado alejado de mí un instante.

Para mejor darme cuenta de lo que estaba sintiendo en aquel momento, me miré con detenimiento, y así convencerme de que todo se debía a una etérea y extraña visión. Realmente mi cuerpo era mi cuerpo, mis manos eran las mismas; mi cara, la de siempre. Pero mi aliento ya no era de mi propiedad exclusiva. Los dos fumábamos el mismo cigarrillo. Mis pies eran los míos, pero con la torpeza de los suyos. El peso de sus años aplastaba mis espaldas. Mi pecho era el mío; pero con sus jadeos entrecortados. Mis hombros, sí; pero con el hundimiento de sus clavículas y costillares despendolados. Mío el vello rubio de los brazos, pero las innumerables y pequeñas pústulas de su sangre reseca pintaban los míos.

Esta posesión no duró mucho ni poco, sólo el tiempo necesario para saber que entre los dos había una cierta complicidad existencial. Si soy incapaz de reconocerme en una foto, en un espejo, en un vídeo, ¿cuánto menos con alguien metido en el cuarto oscuro de mis entrañas?

El fondo de aquel cuadro aún me mira hoy con la misma fuerza que lo hiciera ayer en la Museumplein. El lienzo clava ahora su mirada en mi rostro esquivo, que trata de dejar algo suyo dentro de mí. Yo cierro los ojos a su irresistible color marrón. No quiero ser un poseso suyo, endemoniado de azufre y nicotina. Hay miradas que no por siempre se hacen irresistibles.

Y sin querer, me siento ahora por fin vencido. Abro los ojos ¿y qué veo? Mis ojos desiertos en las dos cuencas vacías de aquel cuadro que pintara Van Gogh allá por el 1885.

miércoles, 6 de junio de 2012

El borracho de Canalejas



Estrellas a media noche apuntalan el oscuro entarimado del cielo. Un camión de la basura engulle a destajo sucios contenedores, excrementos humanos de una jornada cualquiera. Dos negros barriles partidos por el ecuador de su corazón sirven de hornera en el puesto de una castañera frente a Callao. La una de la madrugada. Salgo del cine: Goya de Francisco Rabal.

¿Quién soy yo? -se pregunta el pintor en su casa de Bourdeaux. Una espiral. Madrid nunca duerme. Mis ojos abiertos a través de dos tizones encendidos, intermitentes, en amarillo, como el camión de la basura; con el pelo encrespado, como el pintor de la Maja camino en círculos por los despojos de la noche, ensoñaciones de beodo virtuoso y villano.

Borracho caído en la plaza de Canalejas llama la atención de los noctámbulos. El hombre se retuerce de dolor. Nadie sabe si es simulación para reclamar compasión, o tal vez sea un accidente. La impasibilidad rutinaria y fría de dos policías realza la escena. No hay excusa para que yo o el vagabundo mienta, delire o reivindique piedad. Los viandantes, viendo impertérritos las contorsiones epilépticas y doloridas, pasan del mendigo. ¿Una espalda rota al caerse sobre el adoquín grasiento del pavimento de granito?

De granito es también el sotocoro de la basílica del Escorial. La misma piedra que destroza y quebranta la espalda del hombre en un portal de Canalejas, encumbra la séptima maravilla del mundo, lugar que un soberano eligió para su gloria y muerte. Piedra, losa y granito, altar, sepultura y sepulcro, monolito, arco y monumento.

Madrid, piedra penitente que golpea el pecho desnudo de los pobres ermitaños del metro. Madrid, piedra labrada que construye fachadas y frontispicios de las mejores opas crediticias del mundo. Son las tres de la mañana. La niebla impide que Neptuno me“atridente” el alma; y escapo entre las risas entrecortadas de las brujas de Los Caprichos del Fuendetodos. La humedad carbonizada me arrastra hasta el Café central, donde Ben Sidran Quartet, restaña con sus escalas nostálgicas de un jazz sobrio la caída, el deambular nocturno en la encrucijada donde una ambulancia recoge el manteado cuerpo de un contorsionado en coma etílico en la plaza de Canalejas.

El hierro de las farolas, fundido como los cañones del egoísmo dispara balas de corcho contra los enemigos del alma. La luz amarilla del camión de la basura me persigue, alumbra mi paso soñoliento y pajizo por la carrera de San Jerónimo, nido de golondrinas dormidas. Junto a la fonda, donde Pérez Galdós paladea su cafetito con anís, mientras repasa para su edición el “Misericordia”, me tomo al alba un chocolate con churros.

Hago tiempo, adormilado en un banco de Recoletos. Espero que abran el Prado. Quiero ver la sala de Velázquez. Y así cumplir con una de las tres cosas que todo mortal ha de hacer antes de abandonar este mundo: leer el Quijote, dejarse empapar por la lluvia, y ver el Prado.

Luego ya en el Museo: la sorpresa. Contemplo la pintura de Velázquez: El triunfo de Baco. Y veo en uno de los borrachos que rodean al joven poeta bebido de luz, la cara del mendigo de anoche. ¡Sí, es el mismo, ese que tiene el vaso de vino en la mano, el del pelo canoso!

lunes, 14 de mayo de 2012

El dibujo elocuente




Dentro de cada uno hay al menos dos personas: el ser que somos de día, y aquel que de noche nos conduce por senderos de ensueño. Y si me preguntaran cuál de ellos lleva el timón de nuestro vivir más relevante, contestaría sin lugar a duda que el mundo de nuestra fantasía es el que forja y fragua nuestra realidad más concreta. Llego a esta conclusión tras visitar el otro día la exposición de un amigo.

La tarde con el sopor africano de una primavera de cuarenta grados me sacó de mi colmena y eché a volar hacia el norte, a la avenida de don Quijote, a refrescar mis calores, en busca de la miel de unos pinceles henchidos de aventuras y naturaleza, empapados de maestría y elegancia. Que allí en el Linares Lumeras, Juan Espallardo expone El dibujo elocuente; y en silencio su arte me habla con sabio color de lo que ama, mira y entiende. Y en las aguas-madre de su río quiero abrigar mis desnudeces; y en su Edén oxigenar el óxido de mis sequedades con el verdeazul de su cauce sereno, con el rectángulo de sus soles a caballo, con los misterios del aire amarillo que transpiran sus óleos.

Desde el desierto del Yemen de oro vestido, desde sus muchachas alegres, camino hasta llegar al desnudo de su eterno femenino. Desde Tarzán y su selva de lianas sugerentes desemboco en el Segura, inacabable, de mil maneras, desde su alma de niño, evocado y sentido. Y descubro a un Espallardo andariego y peregrino que va desde sus cuadernos viajeros, a Torre Anita, desde el esbozo y la sencillez más franciscana, al trazo más laborioso y geométrico de su plumilla arabesca. Y soy absorbido por la silueta de sus minaretes orientales; fascinado por sus riscos y pagodas, por el esplendor de una vegetación desbordante y tranquila, atrapado por el negro esquemático, insinuante y retórico de su pintura china.

No hay tragedia en sus cuadros, ni muertes, ni venganzas; que en tiempos de crisis el pesimismo y la derrota son los peores recortes habidos y por haber. ¡Y lo que te rondaré, morena! Para el ánimo incansable de este morador y viajero, entusiasta infatigable, para este dibujante que desde dentro nos habla de su yo más apreciado, no hay mejor manera de contribuir al crecimiento que un pintor con su pincel en la mano, a un flamante Tobi renacido con sus brazos abierto al mundo.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Cuadro en penumbras



Cada día que pasaba lo veía más nervioso. Se alborotaba por lo más mínimo. Recuerdo nuestra riña por querer yo colgar Los niños de Murillo en el salón del comedor. Él quería que el cuadro permaneciera, como yo, donde había estado siempre: en la cocina. Tan alocadamente tiramos entre los dos del cuadro que las uvas y las tajadas del melón salieron disparadas del óleo.

Luego, vino su caída al resbalar con los trozos de fruta desparramados por el suelo. Menos mal que no se hirió en la ingle con el cuchillo, que también se soltó del susto de la mano de uno de los pícaros; aunque sí tuvieron que escayolarle un huevo al quedar sus escrotos lastimados.

Yo ya no sé si la amargura que reflejaba su cara era por verse atado sin poder ir a magrearse con la limpiadora de la fábrica, cojitranco como estaba; o tal vez su malhumor le viniera de antes, por estar enfadado conmigo por alguna razón que yo desconocía; o mejor yo no quería que él supiera de mis falsos dolores de cabeza a la hora de acostarnos. Y al ver sus ojos saltones y encrespados hacia cualquiera de mis movimientos, recordé aquel vecino de mi abuela que queriendo ordeñar a una cabra sin leche casi le arrancó de cuajo las dos tetas al pobre animal.

No hay enfado que mil años dure. Luego en la cama el frío de la noche hizo el resto. Nuestro cuerpos se abrazaron como si con ellos no fuera la pelea. Y es que la carne es menos rencorosa que el espíritu.

Al día siguiente lo oí en el cuarto de baño cantar aquello de corazón, haz borrón y cuenta nueva. He de reconocer que yo también me levanté con deseos de hacer las paces. Y le dije:
Amor, pongamos el cuadro en la cocina.
Y cuando fuimos a colgarlo donde él quería, no sólo no estaban ni las uvas ni el melón en el cuadro, sino que los dos niños también habían huido, tal vez espantados por nuestra trifulca del día anterior. Luego, no me quedó más remedio que salir en busca del paradero de los pícaros del cuadro.

Han pasado cinco años de aquello. Lo que ya no sé es si mi marido seguirá allá esperándome en la cocina de la casa frente al cuadro en penumbras de Bartolomé Murillo.

jueves, 13 de octubre de 2011

Eterno femenino



"Sabía que la forma que tenía Picasso de quitarse
de encima una mujer tras otra, era pintarlas" (Françoisse Gilot)


El pintor, un obsesivo. Siempre dale que dale con lo mismo. Un autista que se siente seguro embebido en su automatismo circular y rítmico. Hoy quiero quitarle al pintor de sus manos la brocha de sus flores cacofónicas, los azules de sus demoiselles repetidas; y se pone como un basilisco, como si yo quisiera arrancarle de la carne su virilidad arrogante. Y me dice:
La base de mi estabilidad emocional consiste en pintar siempre el eterno femenino. ¡Mira el sol, la luna, si no caminaran por sus coordenadas de siempre! ¿qué sería de nosostros?
El pintor se siente perdido si no echa todos los días hacia su estudio del bulevar de Clichy por el mismo callejón del Humo. Siempre pintando a sus amantes, sus viudas, la bravura de su toro dolorido. Y le pregunto:
¿Por qué esta manía tuya de hacer siempre el mismo recorrido, de pintar los mismos senos, el mismo busto, el mismo pelo, el mismo ombligo?
El pintor, como si yo le hubiera puesto en bandeja su respuesta, animado me contesta:
Hasta que no vea en mi tela empapada cómo se desbordan de leche los pechos de mis mujeres, no pararé de pintarlas.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Poesía no necesaria



Sería atrevido; sí, pero también estúpido (y por tanto innecesario) hacer un poema a la boca de tu cara, tu personalidad oculta. Quedaría dicho, pero la sensualidad de tus comisuras no aumentaría por mi lírica osadía ni un colorímetro tu identidad encriptada. Tan sólo mi vanagloria (y la tuya) ganaría enteros, ceros de arrogancia fatua.

Sería idílico; sí, pero también insulso (y por tanto innecesario) componer unos versos al puente con el que me cruzo cada mañana camino de mi ocupación ensogada. Pero merecería la pena que alguien se acordara de sus misteriosos arcos vestidos de humos fosilizados; aunque tampoco mis rimas desvelarían el divino secreto del número 72 cincelado en sus entrañas. Tan sólo nuestro engreimiento (el tuyo y el mío): engordado por el pie quebrado de mis dáctilos sin rumbo, imposibles y extravagantes.

Sería evolucionista; sí, pero también ocioso (y por tanto innecesario) honrar con unas décimas las iniciales andróginas de tus ojos de carbón esfumado. Tan sólo nuestro atávico instinto se vería recompensado por unos octosílabos difuminados, baldíos, insatisfechos.

Sería agradable y tierno: sí, pero también frustrante (y por tanto innecesario) recorrer los pigmentos ambiguos de tu carne, el óleo de tu álamo que me llevara a la grieta de un lienzo que cual tizón encendido te dejó sin cejas, sin pestañas, lisa y depilada, tocada por la viruela de tu sosa virginidad intacta. Otro desengaño más. Pero el intento al menos de descifrar la herida de tu enigmática mirada hubiese justificado mi atrevimiento estéril.

Sería perfecto: sí, pero también prepotente y nulo (y por tanto innecesario) querer yo con un poema terminar de pintar La Gioconda, el mismo cuadro que Leonardo dejara abierto a su significación infinita.

Dice Valente que el poema no se escribe, se alumbra. Por eso yo te digo, Monna Lisa, que el mejor verso que yo puedo ofrecerte esta mañana es ninguno, tan sólo que me dejes avivar con la lumbre de mis besos una sonrisa en tus mejillas hundidas, balbucientes de incomunicación íntima.

martes, 21 de junio de 2011

Perfecto desorden



Aunque parezca extraño, para el pintor el bullicio es su mejor locus amoenus. El trasiego, la algarabía, las voces de los trabajadores en la zanja, el tumulto de la playa, los alirones del estadio, el jaleo de una apuesta de gallos estimulan su pincel de tal manera que luego sus acabados son embalses de cristalinas aguas festoneados por el verde relajante de la floresta del valle, trigales entre el azul y el ocre entrelazados. Nunca sus pinturas reflejaron mejor la luz, el orden y el sentimiento que cuando el maestro trabajó en medio de la confusión y el barullo. Cuanto más ajetreo a su alrededor, mayor la calma de sus cuadros.

Tal vez esta circunstancia extraña se deba a que el pintor tiene su estudio en una de las habitaciones superiores de la casa amarilla junto a un paso a nivel. El chirriar constante de las ruedas de los vagones contra las vías, el rojo encendido del semáforo alertando a voces a peatones y conductores, la hilera fluorescente de las ventanillas corriendo en medio de la noche hacia la boca del túnel, el pitido del tren, el tufo a carbonilla... son su musa, el estímulo para su creación artística y tranquila. Como si el ruido fuese para el pintor una sábana mojada que al estrujarla por sus extremos se escurriera el silencio. Y cual de los agujeros mudos de la flauta brota la música, así, del desorden de su estancia, del estruendo ensordecedor que le acribilla por dentro, emana la quietud y la armonía de su obra.

Cuando entré en su casa, vi todo por medio: botellas de plástico vacías, arrugadas, tubos de pintura destapados, con su costra reseca, telarañas en los techos, entre los barrotes de las cuatro sillas, la pileta atestada de platos, tarros y vasos con pringue, restos avinagrados de comida, el caballete salpicado de gurullos, el jarrón de las margaritas olvidadas y mustias. Me dispuse a limpiar las paredes de humo ennegrecidas, a poner un poco de concierto en medio de tanto enredo. Al fin y al cabo yo no era la modelo del pintor, sino su criada. Y si estaba allí no era para posar quieta y sin hacer nada delante de su mirada hirsuta, su rubicunda barba, su cabeza de pelos desgreñados, ver como una tonta su ir y venir inquieto y frío alrededor de una tela de parturientos colores.

Durante el tiempo que estuve allí, al pintor se le fue la inspiración. Arrinconado como murciélago desorientado, convertido en ratón acobardado no daba pie con bola. Me despidió a la semana.

sábado, 15 de enero de 2011

Hastío vital



Salvatore Paleta, el surrealista por antonomasia del siglo XXII, vomitó.

Las salpicaduras de su saliva revueltas con el café, y las migas del pastel se estamparon contra el mármol del pavimento de la cafetería del Brooklyn Hotel, donde esa mañana desayunaba el artista en compañía de un adinerado coleccionista, monsieur Duval. Y cuando el francés, y a la vez crítico de arte, se dio cuenta de la original composición salida del estruendo vomitero de su afamado comensal, encargó al jefe de camareros que con un secador en frío congelaran aquella maravillosa obra salida de lo más hondo del espíritu creador de Salvatore.

Luego de mirar el señor Duval congraciado, como buen marchante, desde los diversos ángulos del salón el resultado final de la regurgitación del maestro Paleta, pidió al director del hotel, que por favor hiciera arrancar de cuajo, y con esmerado cuidado, todas las losetas encharcadas por el arrechucho gástrico del artista, que luego él en persona se encargaría de recompensarles sobradamente. El director del hotel, si no profano en arte, sí al menos hombre comedido, dijo al marchante:
No es que yo quiera disentir de su sentido artístico, monsieur Duval, pero el querer hacer de la mera indisposición gástrica de su amigo una obra de arte me parece una burrada, por no decir que luego la Inspección del Departamento de Salud Pública podría sancionarnos por el mal estado de nuestra bollería. Para mi, más se parece el fuego al agua, que esta vulgar arcada, a un cuadro.
No hace falta decir que el criterio afinado de monsieur Duval prevaleció sobre la modesta apreciación del director anónimo de un hotel de la zona italiana de Brooklyn.

El blanco de la saliva en combinación con el negro del capuccino y el gris de la bilis reprimida del artista, junto con el salpullido espolvoreado de la leche cortada del padre del superrealismo, formaron sobre el soporte de la cerámica, (luego de ser pasada por el fuego policromado de las cocinas del hotel), lo que hoy es considerado como la obra más reconocida del movimiento pictórico de los últimos años, y denominado con justicia ars totalis. Y es que los pigmentos de la nata y canela del dulce del desayuno salpicaron tan armoniosamente todo el conjunto, que la obra parecía la expresión más genuina del hastío vital.

Y con este mismo título, Hastío vital, aquellas seis losetas que tuvieron el honor de ser vomitadas por el maestro Salvatore, lucen hoy en el Moma de Nueva York.