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lunes, 28 de agosto de 2017

Todo está en su sitio




Parece como si existencia y consciencia fuesen vasos comunicantes. Mantener abierta la ventana de su mirar detenido es el tónico que necesita la hija para seguir viviendo. Sin consciencia su pobre padre enfermo pasaría desapercibido hasta de sí mismo. No hay sentido sin introspección. Como dice Bendetti de vez en cuando hay que hacer / una pausa / contemplarse a sí mismo / sin la fruición cotidiana. Lo contrario es andar con el culo, esa sensación de andar tirado, sin sentido, como un perro, como una piedra. Todas las comparaciones son odiosas y ésta, además, desafortunada. Dice la hija para sí:
Tanto la vida del perro, como la de la piedra, no por pertenecer a un mundo que no controlamos, son de un rango inferior. ¿Acaso la rosa no se siente única y hermosa en su jardín, ignorada por el cerrar de unos ojos descuidados y altaneros? ¿Acaso mi padre no está bien donde está?
Amanece. La hija se levanta. Sale fuera. Mira. Todo está en su sitio. Las hojas, en el árbol. La morera, como siempre, escoltando la terraza. La parra virgen, desparramada sobre la verja. El hibiscus, sacudiendo los pequeños abanicos del rojo sobre el ocre de la tierra. El sol poco a poco, al igual que cada mañana, alcanza ya el mediodía. La muchacha se siente feliz viendo que todo está en orden, todo tiene sentido, entendimiento y razón que cantara Amancio Prada. La semana empieza bien por este último lunes de agosto justo que le corresponde según el calendario que cuelga de la cocina.

Abajo, lleva su padre más de tres horas sentado al caer de la ventana.  Lleva este hombre tomando la sombra más de año y medio. La hija, desde aquel ictus que paralizara la vista al padre, todas las mañanas del verano lo saca a la puerta de la calle. El hombre tiene los ojos cerrados. Lleva gafas oscuras de recios cristales sobre su mirada enclaustrada. Dos farolas apagadas en medio de su vida por la luz truncada. Lleva sombrero de los de antes, de ala corta, bombín pequeño, de paño negro mate y con una cinta del mismo color, pero sin brillo. Lleva también chaleco negro a juego con el sombrero, pero al padre parece darle lo mismo. El cuerpo lo tiene derecho a pesar de sus años, pero las caderas, como las ventanas de sus ojos, están selladas como la sepultura de su mujer. Sentadas sus posaderas insensibles sobre un cojín blando.

Su hija saca al padre todas las mañanas, lo sienta en el banco. Él ni siquiera se apoltrona en el respaldo. Dos veces a lo largo del día, baja la hija. Le habla al padre. Él no contesta. El ictus le afectó también al oído. La hija encuentra al padre siempre en la misma posición, pero intuye que padre, estando en el mismo lugar que lo dejara, no está en su sitio. No guiña las orejas al ruido de los coches. Permanece quieto como un guijarro a la vera del camino, como un volcán apagado desde el paleolítico, estoicamente tirado, impasible, como un perro en su eterna siesta, inerte, inapreciable, inapreciado, para los transeúntes.

Son las dos. La raya del sol toca ya los geranios del balcón de la casa. La hija aparece por la acera, se acerca y le dice, vamos, padre, es la hora de la comida. El viejo en silencio se deja coger. Sus pies calzados a la usanza antigua con alpargatas de esparto se mueven despendolados ajenos a su control. Ni un refunfuño, ni una murmuración sale de su boca reseca. La hija con esfuerzo mantiene en pie y lentamente conduce al padre hacia la casa. El padre no se resiste, ni blasfema su inutilidad, ni siquiera dice ¡qué asco de cuerpo! La hija presiente que el padre no es ajeno a lo que le ocurre.

Todo está en su sitio, la piedra, el perro, la farola, el banco, las moreras. Todo tiene sentido, menos la existencia cataléptica de un padre desubicado.

miércoles, 23 de agosto de 2017

Te estás haciendo viejo





De nuevo están aquí los amigos. El nogal, honorable anfitrión, desde su posición distinguida, preside la entrada de un trozo de huerta, engolosinada y discreta. El árbol invita a sentaros bajo su sombra. El verde frondoso y fresco de sus hojas apacibles envuelve con su imperceptible brisa vuestra conversación. Los amigos te cuentan, de hablar no paran, te entretienen y te dicen lo que ya sabes, lo que no quieres que te digan, lo que tantas veces te dijeron, os dijisteis, a lo largo de las tres cuartas partes del queso de vuestras vidas.  El mismo chiste, la misma hombrada, el mismo cuento de siempre, la borrachera sonada, el penalty de Panenka, el viaje aquel que juntos hicistéis, cada uno a su aire, perdidos como dos por tres calles.

Sólo cuando los pájaros en el tórrido desplome del mediodía dejan de piar, te das cuenta de su canto. ¡Te encuentras tan cómodo con el silencioso reflejo de tu ser ausente! A estos amigos más los disfrutarías si no los tuvieras delante!

Andas despreocupado. No estás en el mismo bucle. Te sientes aparte, perdido en el presente. Abstraído de tus amigos, del berrear de las cabras del vecino, de los zumbidos del picudo rojo dentro del tambor de la palmera, de los martillazos de la fragua del herrero del cruce. Te alejas de la razón, de cualquier camino que te lleve al remedo de la cordura repetitiva de los amigos. Interesado estás por lo que de suyo, improvisada e instintivamente sale y surge de tu yo más superficial y tonto. Brote sin presión, comezón sin violencia, sin esfuerzo intelectual alguno, como el agua que se desliza lenta por la acequia y que a su paso rezuma olores a madreselva. Lo más primario, y al mismo tiempo, lo más hondo, grato y relajante. Apenas respiras. Ajeno estás a la charla.

Miras de cerca como si miraras de lejos. Te sientes aire, piedra, noguera, azul y verde sombra. Todo menos hombre y contertulio. Y aquí, sí, le das la razón a Ortega con su cita tantas veces amañada: Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo. Y este sentimiento de confundirte con lo que ves en este instante despierta en tí un intenso interés. Tan fuerte, que pasas de tus amigos. Y hasta de tí mismo te olvidas. Y como le sucedió a Mr. Augustus Bedloe del cuento Montañas escabrosas de Allan Poe con la morfina, a tí ocurre con el nogal:
Entre tanto la morfina obró su efecto acostumbrado: el dotar a todo el mundo exterior de intenso interés: En el temblor de una hoja, en el matiz de una brizna de hierba, en la forma de un trébol, en el zumbido de una abeja, en el brillo de una gota de rocío, en el soplo del viento, en los suaves olores que salían del bosque había todo un universo de sugestión, una alegre ...
Tus amigos, además de dicharacheros y joviales, no son del todo iletrados. Uno de ellos habla catalán, es mozo de escuadra retirado. Otro, diseñador de rollos de papel higiénico. El que está a mi lado sabe francés, fue contorsionista del circo Price. Y el de mi izquierda, un empedernido lector del Selecciones Readers Digest. Este último, es el que ahora irónico me reprocha con las mismas palabras de Mariano José de Larra: ¡O felicidad la de haber penetrado la inutilidad del aprender y del saber! Juzgas injuriosa y provocadora su referencia libresca, no por esta frase, que es merecedora de un laureado frontispicio en academias y universidades, sino por su retranca:
Te estás haciendo viejo, amigo. Estás como ausente, callado, endormiscado como una marmota. Cada vez te pareces más al batueco bachiller don Juan Pérez de Munguía. ¿Qué fueron de aquellos nuestros años jóvenes de barricadas y trincheras?
Eludes la trifulca en la que tu amigo quiere envolverte. Te limitas tan sólo, mirando fijo a la campana del  nogal, a decirle:
No hay mayor revolución que la del duro y silencioso invierno. Futura artillería será de un mayo estudiantil de dulces nueces.

jueves, 20 de julio de 2017

Bésame que me muero



Fuimos mi chica y yo a cenar a la freiduría de Enmedio, la que queda a las afueras del pueblo. No celebrábamos nada. Aquella noche me apetecía tomar calamares a rodajas con lechuga y con limón.

Se acercó el camarero. Se dirigió primero a ella:
¿Qué quiere la joven?
La joven sólo me quiere a mí, -dije antes que el mozo apuntara los quereres de mi chica en su cuaderno arrugado y grasiento. Luego, queriéndose hacer el gracioso, giró hacia mí su cabeza de polichinela de circo. Y como quien pide perdón, añadió:
¡Yo no estaría tan seguro, caballero!
Salimos de la freiduría. Hacía mucho calor. Antes de retirarnos, decidimos tomar unas copas por el centro. Yo bebí más de la cuenta. Aún así, recuerdo que en la cafetería, (la cuarta o la quinta de la noche), sonaba La danza deslizante de las doncellas de Borodín. A mi chica todo lo relacionado con la ópera, sobre todo la rusa, la suelta, la catapulta, se agarra a los hombros de cualquier pilastra y es capaz de estar así abrazada a una farola, como diría Umbral, hasta la luz cruel del alba. Pensando que el camarero del Enmedio, un barrendero, o que el misterioso de la botella de coñac de la tumba de Allan Poe nos sorprendiera en medio de la vía pública jugando a los caballos de Bukowski, la desclavé del semáforo de la calle Los amantes de Teruel, justo allí mismo. debajo donde la placa reza:
Bésame, que me muero. Repuso ella: no quiero. Entonces él cayó muerto.
Luego, convencí a mi chica. Y volvimos los dos a la fonda. Ni todos los gintonic y calimochos que llevaba metidos en la cuba de mi cuerpo sirvieron para que me olvidara de las palabras del camarero: Yo, de usted, señor, no estaría tan seguro. Y con el mantra de la cantinela del mozo de la freiduría, me metí entre las sábanas atufadas de carbonilla, ginebra y calamares al ajillo de una pensión que había apalabrado para aquel fin de semana cerca de la estación El Pájaro Azul.

Cuando me acuesto, me da por hablar. Así lo hice aquella noche hasta no parar, hasta la luz cruel del mediodía. Es una costumbre que adquirí de una novia muda que tuve, antes de empezar a salir con mi chica, la mesalina de hoy:
Dime, ¿te hace el camarero más feliz que yo? Dime cómo te acaricia, ¿qué te hace? ¿qué te dice? ¿cierra los ojos?
¡No seas estúpido, me haces daño! Eres morboso y perverso, Estás de atar.
Entonces, dime, a qué coño huele el lado de mi cabecera. ¡Seguro que se tinta el pelo y hasta se engomina el bigote!
¡Basta ya, por favor! Estás cansado, amorcito, lo que necesitas...Teniéndote a ti, no necesito ningún camarero de calamares con lechuga. Me ofendes.
¡Seguro que será tiernamente aguerrido, salvajemente cariñoso, zahorí atinado en sacar de tu cuerpo en trance el más placentero de los gemidos! Todos esos con los que te acuestas parecen salidos de la universidad católica del sexo.
No hay hombre como tú. Tú eres el único, y si por casualidad alguna vez hubiera otro, si no fueras tú, ten por seguro, que a mi bodega no entraría. ¡Deja ya, de decir bobadas!
¿Es aquí, mesalina, donde las manos de tu camarero te tocan para hacerte jadear como un jabalí hambriento?
Estás completamente loco. Tienes fiebre, ven conmigo. Nunca te he mentido. Pero si quieres que mienta para seguir amándote, aquí tienes a tu mejor embustera.
Luego, después de hacer el amor y mirar a los fraileros de la ventana, le dije a mi chica a modo de buenas-noches:
Dame un beso y mátame que me muero de sueño.

viernes, 7 de julio de 2017

Madre escarabajo



Hay días que me siento fuertemente motivada. Otros, en cambio, culpable por ser madre. Anoche mismo le dije a mi pequeña:
¿Sabes, hija, que te quiero un montón?
Esta fue su respuesta:
Sí, pero la abuelita dice que quieres que yo me vaya a su casa a vivir para siempre con ella.
Ya sé que es imposible que Melania, con tan sólo seis años, comprenda que lo mejor para las dos es que vivamos separadas.

Su maestra me dijo el otro día que debería dedicarle un poco más de tiempo, que no tengo por qué proyectar mis desgracias en la niña. También me comentó que Melania está rara estos días, que la ve extraña, arisca con las compañeras. Me dice, además, que en sus dibujos se pinta a sí misma siempre tendida en el suelo en medio de un charco de barro. Y cuando le ruega que me dibuje a mí, lo hace de la misma manera, un poco más grande, pero el charco siempre lo pinta de rojo.

No puedo dejar de olvidar los esfuerzos que hice, cuando estaba embarazada, por deshacerme de ella. Subí y bajé escaleras como un gamo, monté en bicicleta como el más veloz escalador de montaña. Llené mi estómago de las comidas más horripilantes. No quería que se repitiera la historia. Cada vez que me paro a mirar a mi hija, me veo a mí misma transportada en su pequeño cuerpecito, ultrajada, tendida en el suelo, en el fango de mi degradación, tras la violación a la que mi padrastro me sometió, nada más tener yo mi primera regla.

Estoy cansada de querer dar y de dar, de emplearme, ocuparme y entregarme siempre por el bien de Melania, sin jamás conseguirlo. El estigma de ser una mala madre me consume. Me paso las noches en vela. Llevo fatal tener una hija. No quiero ser víctima de mi pasado, pero tampoco quiero que mi hija sea el recuerdo vivo de mi propio escarnio.

Con tal de superar el trauma, no rehuyo escarbar en mi herida; pero es tanto el dolor, que no soy capaz de vivir con mi hija. ¿Cómo se puede odiar a lo que más se ama en el mundo? No es la entrega el más puro acto de amor, sino la renuncia. Y como no confío en mis posibilidades, veo también a Melania prisionera de mi propio esquema. El dolor me perjudica, mi pasado enturbia, distorsiona y confunde también a mi hija. Yo soy la responsable que ella se sienta a su vez culpable, impotente y débil como yo. Un círculo vicioso, el pescado que se muerde la cola. O como dijo aquel: Vivimos en un mundo al revés en donde el bueno tiene que ir al psicólogo para aprender a sobrellevar las cosas que hizo el malo.

Según la cultura, el instinto y la razón, las madres deberíamos inmolarnos por el bien de nuestros hijos. Pues bien, yo digo: ¡que se acabó! No quiero convertir a mi hija en el guiñapo que me convertí desde aquel que fui preñada de manera tan indigna y cruel. Y si algún santo alfaqueque quiere resucitar los aspectos místicos y poéticos de una venturosa relación maternal, redimirme o reeducarme, está en su derecho; pero que sepa que no es lo mismo dar de mamar a un bebé, que insuflarles cada día el veneno que una lleva dentro. ¿Desaparecer?  El suicidio podría ser la solución. Pero no soy tan valiente.

Por lo tanto he solicitado cita previa en los Servicios Sociales de la Comunidad para que tramiten la patria potestad de Melania en favor de mi madre, su abuela materna. Prefiero que todo el mundo vaya por ahí diciendo lo pécora que soy, que no ser una madre escarabajo que se alimenta de los despojos de su pobre hija.

martes, 6 de junio de 2017

Una estatua no es nada.





Yo era un niño. Apenas cinco años. Ya entonces corría en pos de las palomas en aquel parque de los domingos de mi infancia nunca olvidada. Mi abuelo, coetáneo de la estatua homenajeada, quiso estar también en aquel acto. Me llevó con él, tal vez para disimular su presencia entre aquella gente bobalicona, fácil tropa de cualquier sargento chusquero. Mi abuelo también era serio, pero no tan estúpido como para andar tras los pasos de ningún muerto por muy celebrado que fuera.

Antes que la Autoridad diera por levantado y descubierto aquel busto, tomó la palabra un poeta de ojos achispados y atada coleta gris tras sus orejas de murciélago:
A partir de ahora, cada vez que al pasar por estos jardines contemplemos el monumento de este buen hombre, el aliento de sus poemas seguirá respirando en nuestros sueños.
Por supuesto, yo aún no había oído decir a José Hierro aquello de quién puede congelar en estatua una vida. A pesar de mi corta edad no estaba aún tan lelo como hoy para confundir la realidad con una simple mole de bronce moldeada. Jamás una estatua podrá apropiarse de los labios, la boca y los ojos de otra persona, aunque sea la misma a la que representa. Eso es lo que por aquellos días yo creía. Una estatua no es nada. Tan sólo el tren de cercanías de los gorriones para poder llegar a su nido. Lo mismo que un poema es también muy poca cosa. Como tampoco es algo la muerte cuando se acerca, salvo un poema de mal gusto.

Al poeta le temblaban las manos. El papel en sus dedos tiritaba de miedo, debido a la mugre de sus inocentes mentiras. Hacía viento. O tal vez el poeta estuviese nervioso, porque ni él mismo creyera lo que estaba leyendo. Luego dijo: cuento tantas estatuas como hombres. Y al citar a Erasmo, y ver yo las caras inexpresivas de los presentes, me dije: Ahora, macho, sí sé que no estás mintiendo.

Cuando acabó de leer sus versos en presencia del reducido corro de hombres serios, el poeta miró con insistencia a los presentes como pidiéndoles por favor que aplaudieran:
¡Batid vuestras palmas, oyentes testaferros de la palabra, malditos calaveras, si queréis que mis versos surtan efecto!
Los poemas, como los jopos de las cañas de la acequia, necesitan del aplauso de la brisa y del agua para seguir vivos. Tal vez el público esperase algo más espectacular, algo, que fuera más que un poema. Y hasta que no vieran aparecer a la misma celebridad en persona, posada sobre aquel túmulo de granito, pensarían que aún no era el momento de los vítores y aplausos. Por qué cantáis la rosa, ¡oh Poetas! / Hacedla florecer en el poema. (Vicente Huidobro).

Luego, el alcalde con su varita de mando se dispuso a desvirgar aquel bulto tapado con un paño rojo de festones dorados que colgaban de la columna rectangular de mármol gris veteado en negro. Yo supuse que aquello iría de magia. Ahora saldrá un conejo blanco -pensé. Las cortinillas se descorrieron. Cayó deslizándose el lienzo que cubría lo que allí se ocultaba; y para mi decepción, en lugar de aparecer el conejo, un par de peces metidos en una pecera, o una paloma revoloteando, lo que debajo de aquel manto rojo había era un mazacote de cabeza como hecha a mordiscos de rata, aún mucho más seria que el resto de las personas que presenciaban el acto.

Ya entrado en años, recuerdo, la erección de aquella estatua de mi niñez, no con aquella desilusión, sino al contrario, emocionado, menos suspicaz, más tierno y confiado que entonces. Hasta el punto que el tenue silbido del aire, el simple pisar de una hormiga, el bronco cloquear de las gallinas, un simple manojo de cebollas, hoy me saben y me suenan al tic tac de cualquier corazón en marcha. 

viernes, 2 de junio de 2017

La culequera





Antes de que las pestañas del sol desplegaran su arco matutino por la cresta del cerro, ya tenía Pascualico su tonel de agua cargado hasta los topes. Durante los meses de julio y agosto, el hijo de Pascual “el cantero” repartía agua por las laderas de la sierra del Gallo. Su viejo remolque de azul repintado trepaba recodos en busca de secas gargantas, señoritingos de la ciudad que habían escogido la sombra de nuestros castaños como recreo para sus vacaciones.

Cuando apretaba el invierno, en la misma motocarro de azul descolorida, Pascualico acarreaba sacos de cal por las obras de los alrededores. No tenía trabajo fijo. Lo mismo portaba costales de aceitunas a la almazara, capazos de uva a la bodega, que hacía chapuzas allá donde lo llamaran. Cuidaba además con tiento filial de su padre inválido. La descarga inesperada de un cartucho en la cantera donde trabajaba despatarró al viejo como cucaracha aplastada por el pisotón de una mula. Sentado quedó para siempre en su silla de anea.

Nuestra casa estaba llena de goteras. Yo era un chaval de quince años. La reparación del tejado y mis nuevos estudios en la capital debilitarían nuestra economía familiar. Por lo que, para ahorrarnos los jornales del peón, mi padre decidió que yo mismo le arrimara las calderetas de masa al hijo del cantero. Y así, entre teja y ladrillo, fue como hice amistad con este buen amigo. Se cagaba en la hostia como un carretero, pero su alma relucía limpia como una patena. De aquel tiempo, recuerdo su mirar siempre en flor. A pesar de su rudo hablar, de la costra agrietada de sus talones y de sus orejas como asas de orza cosidas a su pelambrera, Pascualico era un romántico de los pies a la cabeza, y no ya porque él alardeara conmigo de sus conquistas con las mujeres, sino porque yo así me lo imaginaba, siempre enramado a sus exuberantes senos.

Un día, al terminar el trabajo me invitó a su casa. Nos adentramos por un camino de chinas de rambla. La falda del monte se dobló de repente, y un boquete en forma de madriguera se abrió a nuestro paso. Allí vivía con su padre el tullido, tres gallinas y un viejo foxterrier que salió a besarnos los pies con la misma unción de un cofrade con su cristo más devoto. Con gesto cariñoso y sin decir palabra Pascualico le colocó bien la gorra a su viejo que dormitaba ajeno al murmullo de las chicharras de la tarde bajo el tendido de una parra. En un rincón del corral, dos de sus gallinas estaban muy aplicadas empollando huevos. Pascualico cogió a la más joven y le metió la cabeza en un balde de agua fría, varias veces, tan sólo unos segundos, para que no se ahogara. Me dijo que lo hacía para quitarle la culequera. Es para bajarle la temperatura, se aplasta como una piedra y deja de poner la muy calentona.

Luego llegó septiembre. Empecé mis estudios en la universidad. El olor al guiso de coliflor de la fonda donde me hospedaba, el cambio de altura, la separación de los castaños de la sierra del Gallo, o tal vez la luz amarilla del flexo sobre mis ojos atiborrados de fórmulas incomprensibles, fueran la razón de mi desazonada urticaria. Empecé a sentir un picor insoportable en mis genitales. A cada momento y sin atender a urbanidades protocolarias mis escrotos sarnosos eran zarandeados por mis manos electrizantes delante de quien fuera. Cuanto más me rascaba, mayor era mi excitación. Por la noche aún se cebaba más la indecente irritación. Era tanto mi escozor que ni cataplasmas de arcilla o refriegues de jabón de coco sobre mis cataplines en sangre viva amainaban mis picores.

Lo que desbordó el vaso de mis huevos escocidos fue aquel día que tuve que salir a la pizarra para demostrar delante de toda la clase el desarrollo interactivo de la atracción de las partículas de corto alcance. ¡Ahí va el filosero!, oí decir en voz baja a una de las traviesillas del último banco, precisamente aquella por la que incomprensiblemente mis huesos se deshacían cada vez que me cruzaba con ella. Y me acordé de aquella tarde en que mi amigo Pascualico le quitó la culequera a una de sus gallinas.

Al salir de clase, me armé de valor. Mi modestia me impide seguir. Lo que sí os puedo decir, es que mi quemazón desapareció por completo. Mis testículos quedaron sanados al instante, libres de sarna quedaron, rayados y limpios como una era barrida de polvo y paja. Y, mis queridos lectores, si queréis saber la razón, tendréis que preguntárselo a la que ahora es mi mujer, aquella guapa zagala del último banco de la que os hablaba antes.

domingo, 21 de mayo de 2017

Callos a la manera de Oporto fríos




Como un conejo que acosado recula a su madriguera, ¡ay con qué ganas este viejo ciego se cobija bajo las alas de sus años de niñez enfervorizada, aquellos claustros de confianza, celofán bendito de promesas vanas; pero, ¡tan esperanzadoras! ¡Qué paz, qué dicha! Como dice Pessoa: Sé muy bien que en la infancia de todo el mundo hubo un jardín.

La dicha del vivir no se casa con unas determinadas circunstancias. Puede el pájaro cantar, lo mismo encerrado en su jaula, que yo sonreír en medio de la tormenta, o que tú llorar rodeado de riquezas, o como aquel otro loco que exclamó bésame y hazme sufrir. Pero no conozco a nadie que maldiga y renuncie de su niño vestido de primera comunión, por muy ateo que se crea.

En estos tiempos seniles ya no tiene el hombre etapas que cubrir, obstáculos que librar, flores que cuidar. Todo le viene impuesto. No decide el color de los días, como tampoco traza destinos a posibles ciudades Esmeraldas. Hoy su única ruta: de la cama a la mesa, de la mesa al sillón de mimbre. No elije ya el vuelo de la abeja de sus sueños. Hace tiempo que dejó de polinizar su almendro mollar. Sus frutales dejaron de florecer. Ya no es reclamo para nadie. Ya no huelen las hojas de menta del parterre de la entrada. Nadie viene a visitarle. El hombre no espera nada. Una cosa sí le queda aún al hombre por hacer.

Creen que porque está viejo y cansado, y se mea sin darse cuenta, su cabeza no le rige. Cuando lo llevan y lo traen sin contar con él, cuando el peso de los acontecimientos no se detiene ante nada, cuando la fuerza de la gravedad se impone a su libre albedrío, ley inexorable que enfrenta al cordero con su irremediable carnicero..., el hombre, entonces es cuando mejor entiende la vida. La gente no sabe que este hombre nunca fue más razonador y consciente que cuando no contaron con su inteligencia. Es ahora cuando mejor se entera de las cosas. Lo que le pasa es que no tiene igual a quien decir que, si la vida merece la pena, no es por lo que pesa, ni por lo que dura, ni por lo que cuesta, sino por aquel perfume que un día una bella muchacha le dejó en prenda. El hombre todos los días saca este aroma a la puerta de la calle como señuelo por ver si aquella moza volviera. Tiene que devolverle el beso que un día la vida le diera. Son más bien los demás que no se enteran. Hace ya más de mil años que a la señora que le cuida le pidió para cenar un plato de amor caliente. ¿Y qué es lo que ésta le trajo? Un par de huevos fritos con lentejas. Le ocurre lo que le pasó a Álvaro de Campos. Su amigo también pidió amor y le trajeron callos a la manera de Oporto fríos.

Nunca pedazo de manzana asada que su cuidadora le pone ahora en los labios le sentó mejor, ese gusto suave y dulzón que hace sonreír al viejo sin dientes, sonrisa boba y feliz sin tejos e hipocresías que traben la sinceridad de su alma que le sale por la boca. Ellos hablan de pérdida de memoria, demencia, deterioro. El hombre, si sonríe, es porque este sabor le sabe a único, tan único que puede que este bocado de manzana sea el último de su vida. Por eso le sabe a tanto. No hay beso más largo que aquel que se dan dos enamorados al despedirse. Durará todo el tiempo en que vuelvan a encontrarse.

Hoy con tan sólo sentarse al caer de la ventana y mirar como las cataratas de sus años desvanecen los azules del día, ya va sobrado. Emplearse en otra cosa ya no es capaz. Ni para limpiarse el culo se vale.

Antes, de niño, para ver, abría sus ojos como platos. Hoy, ha de cerrarlos, mirar hacia adentro, si contemplar algo quiere. Es tiempo ahora de obligado recato, piedad de sí mismo, concentración aceptada y serena.

Carencias que ayer fueron impulso, proyecto, dinamismo y un sin parar de propósitos en marcha, hoy, esas mismas limitaciones le tienen secuestrado en este sillón de mimbre por el que se escurren sus huesos acartonados.

El hombre en la puerta de su casa, al abrigo del sol de la mañana, se pasa de las once hasta el mediodía oyendo el resoplido de sus pulmones broncos. Una manta de colores a cuadro le cubre las rodillas. La asistenta le esclafó la boina sobre su calva como el sacristán apaga las velas con su caperuza de latón al acabar la misa. El hombre no espera nada, salvo que una bella muchacha venga hoy a recoger el perfume que un día envuelto en un beso ardiente le dejara, asidero instintivo, clavo de fuego de supervivencia eterna.

Luego, la mujer que le cuida, cuando la raya del sol esté a punto de sobrepasar el altozano, volverá a salir a escena para exclamar sobresaltada:
El viejo se murió como un bendito, sin rechistar apenas. ¡Ay mi Dios, cómo olía a rosas este hombre!

jueves, 18 de mayo de 2017

Celos de zarzamora




Te odio y te deseo, te persigo y te rechazo. Siento vergüenza de verte atraído por la sangre de mis espinas, como las aguas del cauce hacia el plantío, como los cipreses hacia la luz; pero no te pareces ni a la luz, ni al agua, ni a los árboles, eres mi sombra, la ausencia de nuestro amor.

Siempre que me vienes a la cabeza te veo pegado a otra mujer más dulce, menos amarga. Siento envidia de ti. No deseo por ello tu muerte. Quiero mantenerte siempre enzarzado, herido por mis hojas encrespadas, quiero conservarte siempre vivo para matarte cada amanecer.

Si algún día la justicia te encontrara y te condenara por robarme un sueño, no lo dudes, solicitaría tu indulto, no quiero verte muerto, quiero conservarte entero para poder despellejarte, para poder sacarte el corazón, transplantarlo, todavía latiendo, en mi pecho y poder así amar como tú amas a la mujer de tu juventud. No veo otra manera de seguir viva. Celos de zarzamora estúpida.

Te apeteció hacerte el encontradizo con ella en mi propia casa, no pudiste respetar mi intimidad. En lugar de disculparte mira, he venido por unos papeles que me hacen falta, es sólo un momento, no quiero molestarte..., utilizaste la misma excusa para incurrir en lo que la excusa misma trataba de ocultar.

Una insinuación, un roce intencionado-fortuito, una amistosa caricia, el gancho de vuestra mirada, bastó para que hicierais el amor en mi propia cama. Necesito alimentar la verdad de mi mentira con mi alocada imaginación llena de supuestos falsos. Como aquella periodista a la que despidieron porque se inventaba las crónicas que enviaba a la redacción. También yo me imagino lo que no veo. Me resulta más cierto imaginarme que una noche te amé hasta el amanecer, que admitir que yo espanté a la mujer que tu amabas, que me dejaste por otra.

Suplantarme sería lo más eficaz. Matarte, mi fatalidad. Debí tener el valor para deshacerme de tí aquel día que te vi nacer en aquel espejo de aguas esmeriladas. Es muy complicado ir en busca de algo que no conoces, que no sabes donde se encuentra, y si lo sabes, ¡qué más da! ... Soy como ese picazón de espalda que no puedo soportar y al que mis dedos no alcanzan. No tengo a nadie para decirle ráscame aquí.

Tampoco comprendo mi bronca contra ti. Yo en tu lugar hubiera actuado de la misma manera. ¿Acaso no es eso lo que siempre pretendí? No eres culpable de enamorarte de una mujer a la que yo no llego, de la que me siento lejos, en la que no me encuentro.

Mi flor también es blanca y se deja bañar por el alba, pero presagia boscosidad y amargura, es prosaica. Mi obsesión por atraparte se debió al deseo de poder expresarte mi amor cual aquella otra flor aterciopelada de candor, melocotón y rocío. Durante más de sesenta años sólo eso he querido: que el fruto rojo de mi esencia escanciado fuese por alguien que fuese capaz de... Tanto tiempo llevo así, que he llegado al convencimiento de que no nací para el amor. Me limitaré por ello sólo a decir como el poeta:
Ya que en la juventud no fui embrujada
ni conducida hacia el amor,
escucharé a los árboles en su amable silencio,
al viento que se agita.

(Philip Larkin)

lunes, 15 de mayo de 2017

Nacido del mar





Miré hacia la bahía. Nadie por los alrededores. Del maletero del coche saqué el cuerpo. Lo arrastré como pude a lo más alto de la duna. Con el pie tracé una línea perpendicular al arrecife. Cavé una franja e introduje su cadáver en el hueco húmedo de la arena.

Desde aquí podrás ver el mar, -le dije balbuciente, mientras ponía entre sus manos yertas una caracola de nácar recién cogida de las rocas del puerto. Con la tierra sobrante formé un caballón bien abultado para que los perros no dieran con su cuerpo. ¡Para que las alimañas no husmeen tu sepultura, para que las olas no roben el mar de tus corales!

Sentado junto a la tumba, con lágrimas de sal y rabia, maldije al endiablado destino. En momentos trágicos siempre me pongo trascendente. Mi dolor se hizo pregunta: ¿Por qué esa manía de identificar a los muertos, si la muerte nos convierte a todos en nada? Ni cristos ni ritos, ni palabras ni rezos podrán abrir ya tus ojos de arena.  Me puse de pie. Entre escéptico y convencido dije respetuoso:
Si al menos supiera tu nombre de pila...  
De un reseco alcornoque corté dos ramas para formar una cruz. Ayudado de mi navaja, en su palo horizontal quise tallar las iniciales de su nombre. Pero mi amigo no tenía nombre. Le llamábamos el libélula por la transparencia de su corazón, por la agilidad de sus movimientos, por el equilibrio de sus razonamientos a la hora de dar un golpe: pequeños hurtos en el mercado de los sábados para costearnos los cigarrillos, o las entradas para ir al concierto de Metálica, o ir a ver a los Iron Maiden. El libélula no tuvo madre que de niño le pusiera un nombre.
A mi madre se le cayó mi nombre en la mar, –me dijo una tarde en el paretón donde nos juntábamos a menudo a jugar a las cartas, mientras el bermellón del sol maceraba las heridas de nuestros sueños quebrados. De ahí su manía por el mar. 
El libélula necesitaba ver el mar.
No sé quien soy. He de encontrar mi nombre. A mi madre se le cayó en una travesía rumbo a la tierra Prometida. Yo me salvé de milagro gracias al buena voluntad de unos turistas que veraneaban en Valparaíso ¿Vienes conmigo a buscarlo? 
¡Vamos!
Teníamos quince años. Vivíamos tierra adentro, encerrados en el terruño inhóspito de un pueblo yermo que nos despreciaba por huérfanos, muchachos inadaptados e hijos de la gran puta. Separados de la costa, enfermos del mar, a más de cuatrocientos kilómetros de sus aguas progenitoras, masticábamos el ricino de nuestra adolescencia.
¿Pero cómo vamos a conseguir los billetes para ir a la playa, si no tenemos ni para un canuto?
El libélula estaba enamorado de lo que no conocía, henchido de su ausencia estaba. De haber conocido a su madre no la hubiera deseado con tantas ganas. Prendado estaba del vacío sedoso de sus aguas, del gorjeo de sus senos de espuma, de la dulce marejada de sus olas pequeñas, de la canción de sus labios, de su sirena de madre, de la leche de su brisa. Mi amigo, por ver el reluciente y desnudo cuerpo del mar, estaba dispuesto a dar incluso su vida.

Lo teníamos todo controlado. La hora: la idónea, al mediodía. La panadería cerraba a las dos. Hasta la noche, la encargada del despacho no hacía la caja. Calculamos llevarnos cuatrocientos machacantes. Lo justo para el viaje. 

Todo hubiera salido bien, de no ser por la bala de aquel maldito madero que agujereó por la espalda el corazón de el libélula.

Yo pude escapar con vida. Y prometí en ese momento que, aunque tuviera que robar el tridente del mismísimo Poseidón, conseguiría traer mi amigo al mar.

lunes, 24 de abril de 2017

El pretendiente de mi hermana




Después de haber estado con él, los dos comiendo juntos celebrando nuestro encuentro, eché para atrás mi saciado cuerpo sobre el respaldo de la silla. Delante: las sobras, los tristes huesos repelados de las patas de cerdo, las copas vacías sobre un mantel rancio de papel oscurecido. Estaba deseando perder de vista a mi viejo amigo.

Fuera, llovía a cántaros. La lluvia sacudía con furia los ventanales que daban a la calle del mesón del Desvío. La tormenta me aconsejaba retrasar la despedida hasta que escampara. El agua rechinaba salmos de penitencia sobre las llorosas cristaleras. Si no hubiera sido por menú tan sustancioso, imposible haber aguantado la presencia de aquel viejo compañero de estudios.

Quedas a comer con alguien a quien no has visto desde que acabaste Magisterio. Y aquel que confeccionaba los apuntes de Didáctica, tan bien resumidos y con letra tan legible y ordenada, ahora come a dos carrillos, regurgitando la ensalada, igual que una cabra, ramas de naranjos. Tú en aquel tiempo, las gracias se las dabas a tu hermana. Por ella te pasaba él gratis las fotocopias de sus resúmenes. Recuerdo que, el ahora mi comensal, cobraba 60 euros por fajo y asignatura. Dinero que el empollón de mi amigo pretendería luego cobrarse a cambio de algún beso furtivo per la mia amata sorella. Le gustaba por aquel tiempo a este Dante colega mío enamorar florentinamente a las chicas.

Terminamos de comer y ya nada en común teníamos, salvo ese odio mutuo que los dos tan bien disimulábamos. Muy pronto satisfice yo sus protocolarias preguntas. Antes de acabar el entremés, unas almendras y una lonchas de chorizo, ya le había contado todos los entresijos de mi vida: que después de terminar la carrera, varias veces me presenté a las oposiciones de Primaria, que no aprobé y que desesperado, apalancado de esquina en esquina, me pasaba las mañanas de invierno contemplando el intermitente de los semáforos de la avenida del Paro: y que en verano, en un chiringuito de Mazarrón, me sacaba lo mío los fines de semana fregando platos como una gata engolosinada. El resto de los días, contemplaba cómo hacían enfurecidas el amor las lagartijas, y que yo seguía más soltero que la una. A él no necesité preguntarle a qué se dedicaba. Por sus antecedentes académicos pensé que por lo menos sería concejal de urbanismo de algún ayuntamiento importante de la Región. Por lo que me contó, mientras se chupaba los dedos churretosos, yo estaba equivocado. Mi amigo, en realidad era presidente y director de un negocio cuyo nombre no recuerdo. Sonaba a algo así como a Enredadera, Palma Arena o Pasarela. Lo que no me dijo, pero sí maliciosamente deduje, es que a través de dicha empresa, il mio amico in quel momento aspiranti mafioso, a lo que realmente se dedicaba era al blanqueo de dinero.

Vidas a parte. Cada uno tiene la que desmerece, hablo por lo que respecta a mi amigo. El destino de cada uno, ni está escrito, ni se lo labra nadie, ni es casual ni fortuito, sino que un día sin razón aparente nos viene de la mano de un padrino sin escrúpulos y alérgico al curro. Así le ocurrió a mi amigo, quien se desposó por conveniencia con la hija del dueño de una casa de subastas en un viaje a Mallorca.

Y si aquella mañana estábamos allí los dos en el Mesón del Desvío, es porque, así como antaño, por ponerle yo a tiro a mi hermana, el me pasaba gratis los apuntes, hoy, al invitarme tan gustosamente a comer, pretendía lo mismo: saber el paradero de mi hermana. Aquel beso que entonces mi hermana le negara, piensa mi amigo el florentino que aún es posible. Besos pendientes y no dados son del recuerdo esclavos.

Como quien no quiere la cosa, me preguntó por mi hermana, disimulando interés alguno. Yo puse cara de basto, no quería en aquella ocasión, como cuando éramos estudiantes, ser otra vez celestina de algo tan libre y sagrado como era el corazón de mi hermana. Al fin al cabo, ella era la dueña en exclusiva de sus sentimientos.
¡Que te den! A mi hermana ni la mientes, hijo de puta. Hoy es la virtuosa esposa del charcutero del mercado de abastos. Y no como tú que te casaste para hacerte con el asqueroso negocio de tu suegro.
A mi amigo tal vez le sorprendieron mis palabras. Se puso nervioso. El cuchillo se le cayó al suelo. Y mientras se agachaba para cogerlo, musitó algo que no llegué a entender.

Luego los dos, como si tal cosa, seguimos con los postres. Él, una tarta de queso. Yo, natillas de la casa. La lluvia, que había cesado, empezó de nuevo; esta vez acompañada de granizo. Mi viejo amigo siempre fue muy torpe e interesado requebrando a las mujeres. Aún así, reconocí que a quien siempre quiso y aún quería este pobre hombre era a mi hermana. Sentí pena por él. Y a mi me invadió un cierto arrepentimiento. Tras bebernos los dos una botella de Gran Reserva de Valdepeñas es normal que a mi me diera por sincerarme.

Los amarillos del sol se reflejaron tenues sobre la tarde desapacible. Las nubes habían desaparecido. Llegó la hora de despedirnos. Quise arreglar mi despropósito anterior, la manera ineducada de cagarme en la madre que lo parió, por haberle llamado cobarde criatura y otras cosas que me da vergüenza decirlas. Y para mostrarle mi arrepentimiento, esto es lo que le dije antes de estrecharle la mano:
Perdona si antes fui estúpido contigo.
A veces lo que le decimos al otro es lo que hubiésemos querido haber oído de su boca. Y es así como ahora, pasado el tiempo, interpreto aquella despedida. No fue precisamente para pedirle perdón, sino todo lo contrario. Lo que yo quería es echarle en cara a mi desaprensivo amigo que debería haber sido él quien se disculpara por haber querido reutilizarme como tapadera para tirarse a mi hermana.

domingo, 16 de abril de 2017

O felix culpa





O felix culpa

(del Pregón de la Vigilia Pascual.
Liturgia romana)



Aquella niña fue mala para sentirse culpable de lo que jamás había hecho. Por supuesto esta inocente criatura no había tenido tiempo de leer a George Berkeley. El concepto que de ella misma tenía no se correspondía ni con su belleza, tampoco con su bondad. En aras de la verdad, tengo que decir que esta niña era tremendamente hermosa. Ella se veía a sí misma mala porque, desde pequeña, sus padres le inocularon en el cerebro y en su alma dicho sentimiento malévolo. Jamás se sintió por los demás querida.

Aquella niña fue mala simplemente para sentirse culpable, para purgar algo de lo que se le acusaba indebidamente. Fue mala porque creyó que así podría saldar su maldad con sus diabluras. Y así viéndose condenada de por vida, (eso creía ella), su remordimiento tal vez la redimiría. Luego el tiempo y también los seguidores de Freud comprobarían que la cosa no resultó ser como ella pensaba. No es bueno vivir siempre con la culpa. Ya lo dijo Séneca: una persona que se siente culpable se convierte en su propio verdugo. La niña se hizo mayor, una mala hembra, una pécora de muy señor mío. Acabó en la cárcel de mujeres de Alcalá de Henares.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Sueños sin resolver




¡Cuán terrible es este lugar!
(Génesis)

Soñé de madrugada. No es lo mismo soñar a primera hora, cuando apenas te has acostado, que hacerlo ya cansado de tanto dormir. Los sueños tempranos, como los diezmos y primicias son los más sabrosos y agradecidos. Cuando me desperté, eran ya casi las dos de la tarde. Por la parte baja de la persiana, el sol tembloroso de un sábado destemplado se colaba tímido y a regañadientes desvelando las motas de polvo blanco amotinadas sobre el cristal de la mesilla.

En un mar de aguas ondulantes estaba, no sé si bañándome, creo que no, pues no soy muy dado a este tipo de entretenimientos acuáticos, me aburren por su liquidez fetal y anodina. Una circunstancia externa y extraña me habría colocado allí. Así como una ventolera acorrala a un montón de plásticos arrugados, papeles de propaganda electoral caduca y hojas secas contra un ángulo sin salida, me vi yo arrinconado. Atrapado fui por el sueño en una ensenada de aguas oscuras, oleaginosas, extensas, sin contornos ni playas a la vista. Las tinieblas alumbraban las ondulaciones suaves del agua. Su cerco: la nada. Y sentí ese mismo pánico al vacío que sufren algunos artistas, cuando descubren en alguna de sus obras el más insignificante espacio sin pintar. Crestas pequeñas y romas de suave espuma, purpurinas y tinteneantes, revoloteaban con ese burbujeo parecido al de un caldo desconocido que se cuece al calor de un fuego invisible. Todo el mundo, mi mundo era una olla inmensa sin paredes que pudieran delimitar su contenido en constante ebullición sobresaltada.

Y allí metido en aquella soledad pantanosa, sin lunas ni estrellas, intenté buscar la orilla. Quise orientarme, para así encauzar mi salida hacia algún sitio consistente. Ningún lugar de referencia en que asirme encontraron mis miedos. A mi alrededor, sólo el infinito de un horizonte gris e irreconocible, esa quietud agobiante, paz dudosa y sin opuestos que la cimenten, sin bahía ni caladero donde arrojar las redes de mi asustado y temblequeante cuerpo. Suplicios que no eran físicos, pero su tormento sangraba a raudales mi alma. No hay suplicio más grande que desconocer la realidad que tenemos delante. Mis sueños aterradores llegaron a lo insostenible. La angustia se apoderó de mi con tal fuerza, que llegué casi a perder el conocimiento.

De pronto, antes que el horror me dejara exánime y sin sentido, antes de morir ahogado, un mecanismo automático me liberó de la tortura del sueño. Y rescatado así fui de las garras estranguladoras del agua. Me ha ocurrido otras veces. Cuando el paroxismo de un sueño se ceba conmigo de manera tan alocada, un resorte interior viene en mi ayuda, y al momento paso al estado feliz de la vigilia. Es como si mi cerebro dispusiera de un dispositivo de alarma para espantar a los ladrones de la cordura.

Sería pedante, repetido y nada original, si dijera, cual Monterroso, que cuando desperté, yo aún seguía en ese mar incierto, sin costas ni playa donde dejar caer mi cuerpo exhausto, pero esa es la verdad. Es cierto, mis miedos habían desaparecido; pero yo seguía igualmente perdido y desubicado. Tan perdido, que llegué a dudar de si yo era el mismo que hacía tan sólo unos instantes me moría de miedo en aquella ciénaga sin acordonar y desangelada.

La casa donde desperté no era la mía. Tampoco sus inquilinos me sonaban de nada. Aunque de esta última circunstancia yo no estaba muy convencido. Era ya pasado el mediodía. No sé por qué supuse, aún siendo tan tarde, que todos estarían durmiendo. Tampoco supe si todos, porque a todos los que allí vivieran, no pude verlos.

Tan sólo vi a quien tapado con una manta marrón de franjas blancas dormía como un lirón. Acurrucado sobre un sofá roncaba con resoplidos intermitentes. Esperé en un sillón junto a una ventana que no sabía si daba a la calle, a una terraza o a un patio interior. Por no despertar al hombre, que frente a mí descansaba, no me atreví a descorrer la cortina, para evitar así que la luz del exterior interrumpiera su descanso. Al durmiente yo sólo podía verle la cabeza por su parte de atrás, pues dormía contra la pared. Procuré no hacer ruido. Quieto estuve más de una hora. Pero, transcurrido el tiempo de espera soportable a mi agitación interior, sentí que aquella inmovilidad de nuevo podría llevarme al lugar del abismo de mi anterior sueño turbulento. Cansado de esperar, moví un poco la cortina para deshacer un poco la oscuridad y asegurarme que aquel nuevo sitio donde había venido a parar, nada tenía que ver con aquel otro terrible escenario del sueño horrible del que yo venía.

El hombre del sofá seguía roncando a destiempo como la polea chirriada sobre los dientes mellados de un viejo molino. Sus ronquidos, a pesar de no ser sincronizados, se me hicieron cíclicos y tan asumidos que llegué a confundirlos con los estertores de mi respiración gutural y entrecortada. El punto de su origen, (la tronadora garganta del individuo del sofá), y el de llegada, (mis fatigados oídos), confluían en un mismo punto, hasta no saber si era el hombre el que roncaba, o era yo el que respiraba. Y la sola posibilidad de haber llegado a esta conclusión, me hizo exclamar sobresaltado:
Yo ahora no estoy soñando, pero ¡por Satanás! aquí pasa algo que no se corresponde con lo que, despierto, estoy viviendo.
Mis palabras sonaron tan fuertes que despertaron al del sofá. Después de saludarnos, yo le conté las tribulaciones de mi sueño del agua sin manos de tierra que la contuvieran. El hombre puso cara de no creerse nada. Y me dijo contrariado:
Eso es imposible. Tu sueño no es tuyo, es mío. Nadie puede tener el mismo sueño, y mucho menos a la misma hora, a no ser que los dos seamos la misma persona.

miércoles, 22 de febrero de 2017

El buen Caín





Madre agoniza en un hospital del extrarradio. No es vieja mi vieja. Pero cuarenta años son muchos para quien ha sufrido demasiado.

De pie frente a su cama espero su muerte. Nunca un hijo es del todo bueno para una madre. ¡Y menos yo! que soy su agonía.

Seis de marzo. Las nueve de la mañana. Enfrente del hospital, un colegio. Desde la ventana de la habitación 166 donde se desangra mi madre veo la entrada de los niños. Las mamás despiden a su hijos con un beso. Y de nuevo ese amor que yo no tuve escupe envidia endiablada sobre mi cara huérfana. Es una desgracia no tener madre, pero es peor, aún teniéndola, no recibir nunca su caricia.

Perforación de intestino -dice el médico. Seis troneras revientan su tripa y un líquido purulento infecta los ríos de su cuerpo. Pero yo sé que no es la peritonitis lo que a mi madre mata; soy yo: su fatalidad inducida, mi quijada astillada en el pecho de su hija, mi hermana deficiente.

Desde el accidente de mi hermana mi madre se vino a bajo. Pensé que, muerta mi hermana, tanto madre como yo íbamos a disfrutar de la vida. Ella, libre de su pena, sonreiría. Caprichosas son las bolas que juegan al marro de la muerte. La vida termina en seis. Y de los ojos de mi madre surten dedos acusadores que me señalan, me marcan para siempre como verdugo ejecutor de este fatídico número, cábala maldita de la muerte de su hija.

Madre siempre quiso que su hija, mi hermana parapléjica, muriese antes que ella. Nunca confió en que yo podría seguir cuidándola.

Seis años tenía también mi hermana cuando murió atropellada. Todas las tardes mientras madre limpiaba las oficinas del banco, yo paseaba el cuello retorcido de mi hermana, sus manos de al revés, su risa congelada, su baba infeliz, su cuerpo de nervios desatados, espasmos compulsivos, su tronco epidémico sin meninges. La responsabilidad de cuidar de una niña paralítica superaba mi corta edad.

No esperé a que el semáforo se pusiera en verde. Nadie supo luego si fui yo el que empujó su silla de ruedas hacia el paso de cebra para que el coche la despidiera en medio de la carretera. El vehículo que venía detrás no pudo evitar el encontronazo. Mi hermana murió en medio de la calzada. Apenas sufrió, pues vi que su eterna sonrisa congelada no abandonó su cara.

Tras la desaparición de mi hermana, madre nunca me preguntó por las causas del accidente. Tampoco vinieron los besos deseados, mis besos programados. Los besos, que con tanto mimo yo sembré aquella tarde de autos, se los llevó el viento. Hay cosas que entre una madre y un hijo sólo se dicen en el silencio del instinto, en la muda intuición clarividente de dos personas que soportan el mismo fardo. No fue necesario que yo le dijera a madre que mi intención era aliviar su carga, lograr que sus ojos me miraran, impedir que mi hermana nos matara. Legítima defensa. Mi hermana era nuestro muro. Yo, el tanque encargado de abatirlo.

Se huele a muerto en esta habitación del hospital. Oigo detrás de mí:
¡Qué guapa está tu madre, tranquila, relajada, sin esas arrugas que, despierta en vida, le sombreaban el alma! 
Y de nuevo la incomprensión ajena me remueve las tripas del corazón.

No puedo besar su cara. La tiene llena de tubos, de cables, de dudas. Ventilación mecánica. Deus ex máchina. Consigo a duras penas tocar su frente. Y le digo:
Vive que te necesito, "yo que solamente he nacido". Tienes que darme los besos que nunca tuve, rebanadas de pan con miel, esa merienda que nunca me diste.
Las motas del sudor de su muerte cercana se pegan en mis labios. Siento en la boca un dolor frío. Huelo a boquerones podridos. No aguanto el estertor de su agonía, su mirada lejana, indiferente, vacía de perdón y entendimiento.

Abandono la habitación y me dirijo a la capilla del hospital. La iglesia está vacía, helada, como la cara de mi madre. Miro al Cristo crucificado que cuelga de la pared principal y le grito:
¡Oídme, oh Dios! si es que habitáis esta casa, no dejéis que muera madre. Yo no soy cliente tuyo, soy un fratricida, pero mi madre sí es creyente. Estáis obligado por lealtad y por oficio a socorrerla.
Vuelvo a la habitación número 166. Los ojos de mi madre, antes de cerrarse para siempre, me miran, me llaman, me besan.... y me devuelven ¡por fin! el amor que me robara mi hermana.

domingo, 15 de enero de 2017

La salvación viene de los pobres



Yo creía que don Marcial Beltrini tenía la vida resuelta. Era padre de tres soles, tres soles prometedores como tres graneros repletos de trigo a espuertas. Uno de ellos, el mayor, casado con la hija de un prestigioso notario de la ciudad. La muchacha, la segunda, cursaba ciencias del mar en la Universidad Católica de don José Luís Mendoza. El último, el más pequeño, Jaime, apuntaba maneras como futuro escritor al que ya le habían distinguido, a sus 17 años, con un accésit literario promovido por el Círculo poético de la ciudad.

El señor Beltrini tenía una profesión envidiable. Nadie entendería que a este hombre le costara coger el sueño. Estaba casado con una mujer joven, (doce años menos que él), hermosa, sencilla, elegante e inteligente; y la mejor colaboradora, socia y prestigiosa delineante de Diarco, que así se llamaba aquel estudio de Diseño Arte y Construcción, el más prestigioso de la capital.

Conseguí el puesto de botones gracias a un amigo de mi abuela, el portero del edificio de la calle Alejandro Seiquer, muy cerca de la Plaza de Cetina. Allí es donde Diarco tenía sus oficinas. Mi trabajo consistía en hacer los recados, transportar papeles, memorias y planos: que si al Colegio de arquitectos, que si al registro civil, al ayuntamiento, al catastro. Para hacer bien mi tarea no precisaba vérmelas con nadie. Me limitaba a recoger la correspondencia, los encargos, las cartas que el personal iba depositando sobre una bancada de madera en el pasillo, que daba acceso a cinco despachos. Al fondo, había una habitación pomposamente amueblada, -la sala de juntas. Esta distinguida estancia se comunicaba con el despacho principal, el de don Marcial. Sus paredes estaban protegidas de roble; menos una de ellas, que la cubría un tapiz tunecino en el que tres bellas mujeres llenaban sus ánforas de la fuente de un jardín. Al frente, una gran estantería repleta de volúmenes con sus cantos de letras doradas. Del plafón del techo pendía una araña de cristal veneciano. Sobre un sofá de cuero verde claro: un gran pirograbado: La salvación viene de los pobres, obra del pintor José María Párraga. Las pías manos en oración extendidas de san Francisco de Asís casi tocaban la dulce curvatura de las caderas de las doncellas de la fuente de Túnez. En el ángulo izquierdo, junto a la ventana, un búcaro de cerámica con alegorías chinas, siempre con rosas frescas, blancas. Esta era la sala estrella de estos Estudios. Aquí se negociaban los grandes proyectos de la empresa. Durante el tiempo que estuve trabajando en Diarco, sobre la gran mesa ovalada de palisandro que ocupaba el centro de la sala, se estamparon firmas tan emblemáticas, como el proyecto Ciudad de la Justicia, la fachada de la Casa Cerdá en plaza de santo Domingo, así como la remodelación del Real Casino de la ciudad. En esta cámara tan señalada, y solamente utilizada para los grandes acontecimientos, es donde aquella mañana de un lunes siguiente al entierro de la sardina, colofón de la fiestas de primavera, don Marcial Beltrini me invitaría a pasar.

Durante el año y medio que estuve como mensajero de Diarco, a don Marcial Beltrini, jamás le había visto en persona. Sólo lo conocía por el busto a él dedicado que posaba sobre un pedestal a la entrada del Teatro Romea, fachada que él mismo había restaurado, tras incendiarse, allá por el año 1899, dos horas antes, (¡ironías del destino!), de la representación de Jugar con fuego, obra del dramaturgo Ventura de la Vega.

La mañana se desperezaba soleada tras las fiestas sardineras. En el momento en que yo salía a cubrir una de mis rutas habituales, don Marcial entraba en el edificio. Recuerdo que olía a tabaco de pipa. En el ojal de su chaqueta de entretiempo color anaranjado lucía un clavel blanco. Llevaba en la mano un bastón con la empuñadura de plata, la cara de un león con la boca abierta. Para mí que el jefe no necesitaba aquel lustroso tutor para nada, pues su andar era resuelto. Lo llevaría para presumir. ¡Ni siquiera para defenderse! ¿Pues qué podría temer persona tan poderosa e importante? Me miró de la misma manera que me mira el poto que cuelga en el patio de la casa de mi abuela. Cosa que ni siquiera me molestó. Yo no estaba allí en su señorío empresarial para que devotamente me contemplaran impertérritos como lo hace mi abuela delante del Cristo de su habitación todas las noches antes de acostarse. Yo era un simple mensajero, que ni siquiera tenía conocimiento de la importancia de los recados que repartía. Como buen burro inteligente, a la primera aprendí el sendero de mi cometido, sin preocuparme de nada más.

Transcurridos apenas unos segundos, (ya había yo atravesado el zaguán de la entrada), cuando el portero, el amigo de mi abuela, me indicó que el Jefe quería decirme algo. Volví la cabeza y vi como el señor Beltrini con el índice de su mano izquierda me hacía señas para que acudiera a su presencia. Así lo hice. Me dijo:
¡Sígueme!
Detrás de él yo escuchaba el repiqueteo de su bastón contra los barrotes de la escalera. Nadie se imaginaría que tras la firme y desinhibida figura de un don Marcial aporreando los hierros de la escalera, pudiera haber el más mínimo gramo de desilusión y tristeza. Yo creía que don Beltrini tendría la vida resuelta, pero estaba equivocado. Luego gentilmente me cedió el paso. Abrió la puerta y entramos a la Sala de Juntas. A regañadientes obedecí a su requerimiento de que me sentara en el sillón de orejeras. Él lo hizo en el sofá. Antes se acercó al pequeño frigorífico que había al caer de la ventana que daba a un pequeño jardín exterior ubicado en el centro del mismo recinto de la empresa. Se sirvió una copa de Oporto. A mi me ofreció una fanta, que cortésmente rechacé. Nadie que no conozca a otra persona, sino es por motivos de la intimidad nacida de la misma sangre, o por un trato surgido a raíz de una amistad consolidada, establecería una conversación como la que inició don Marcial:
No te preocupes, muchacho por el trabajo de hoy. Tiempo tendrás en repartir tus encargos. Te he hecho llamar porque me siento solo, tremendamente sólo, solo y pobre entre tanta abundancia y compañía. Este don Marcial que aquí ves delante de ti, vive feliz, pero está triste; Este don Marcial tiene mujer joven y tres hijos formidables, pero está solo; Este don Marcial come caviar y ambrosía, pero tiene hambre; Este don Marcial hace pesas, bicicleta, va al gimnasio todos los días, pero no le gusta compartir su cuerpo a solas.
Quien nunca había reparado en mi existencia a lo largo del tiempo que trabajaba a su servicio, viniese ahora a contarme esta milonga de su vida personal, me hizo dudar de sus intenciones. Tal vez don Marcial lo que quería era tontear conmigo, que un chico joven le devolviera la ilusión de sus años mozos. Me sentí incómodo. Él lo notó y quitó su mano que, desde que tomó la palabra, como muestra de confianza, tenía puesta sobre una de mis rodillas:
¡Relájate, muchacho! No estás delante de ningún sátiro. Sólo soy un hombre que ha perdido la ilusión. En medio del éxito y de la riqueza que disfruto, imposible curar esta desilusión que padezco. Si recurro a ti es precisamente por tu insignificancia.
Luego pensé que don Marcial Beltrini tal vez llevara razón. Yo, un simple ordenanza de oficinas, jamás en mi vida me había planteado temas con los que este señor se atormentaba. Además, era verdad, yo no tenía nada; pero tenía a mi abuela con la que me había criado, tenía a mis amigos del barrio con los que cada tarde jugaba a las cartas detrás del paretón del Vega Plaza, tenía aquellas ganas locas de ir al cine todos los sábados por la tarde, tan sólo por ver a la muchacha de la limpieza. Estos sentimientos de psicología absurda de mi jefe a mí me la traían floja, para mí eran frivolidades de personas adineradas, hartas de todo, gente sin escrúpulos que no se saciaban con nada.

Por supuesto, no le dije a don Marcial lo que yo pensaba, nada de la estupidez de su preocupación insulsa y filosófica. Tampoco se me ocurrió consolarlo con llamadas y alusiones ñoñas y poéticas a la naturaleza como: que saliera a pasear al campo, que escuchara el piar de los pájaros, que se detuviera a contemplar las aguas por el azud de la Contraparada. Tal vez si le hubiese dicho cosas así, tan lindas y contrahechas, me hubiese metido mano. Por lo que intenté explicarle a mi manera que de mí, tan sólo esperara, cual insignificante recadero, cumplir debidamente con mi trabajo en Diarco.

Al día siguiente, me despedí de la empresa. No me preocupó que me penalizaran con veinte días de haberes, por no haber comunicado mi cese con un mes de anticipación, tal como mandaba la nueva reglamentación laboral del Gobierno en aquellas fechas en el poder.


lunes, 12 de diciembre de 2016

Derbi







Don José Criado, entre otras perversiones y entretenimientos, tiene la de ir al fútbol cada quince días.

El señor Criado es de posición alta, ciudadano intachable y distinguido, a tenor del rango que ostenta como presidente del colegio de Notarios. Viste clásico, sin afectación ni arruga. Siempre endomingado. Asiduo a las tertulias literarias del Casino, destaca por su equilibrio y cordura. Mezcla su saber académico con unas gotas del liberalismo de los tiempos de la última república, que añadidas a su materialismo práctico, hacen de él una persona de trato fácil, entrañable y querido por aquellos que, aún sin ser de su clase, lo tratan con respeto por su trato franco y llaneza.

No parece corresponder a este notario de frente despejada, andar pausado y elegante, piel lisa, manos limpias y camisa almidonada, esa afición ramplona por un deporte de masas, más propio de gente de baja estopa o plebeya, como yo, que soy socio de este club, porque no tuve oportunidad de ser abonado de otra causa mejor. Otros, por problemas familiares, desahuciados del amor, un hijo en la cárcel por la droga, o desempleados..., recurren a esta costumbre futbolera para aliviar sus penas y salir del pesimismo. Unos somos aficionados al fútbol por obligación o devoción; pero mi correligionario, el notario, lo es por convicción. Mi relación con el señor Criado es puramente deportiva. Jamás hemos cruzado una frase más allá de si nuestro guardameta o entrenador deben o no ser sustituidos; pero yo, analfabeto en antropologías y ciencias sociales, me temo que este hombre, a pesar de su apariencia generosa, es un fiero defensor del egoísmo como soporte necesario para la vida. La rivalidad es un estado instintivo de supervivencia. Para mi que este señor, en el fondo es un seguidor de aquellos que piensan que el hombre es el lobo del hombre.

José Criado, esta tarde, se desprende de sus obligados atavíos de leguleyo y emperifollado testigo honorario de escrituras e hipotecas. Después de besar a su mujer y ataviado de forofo, completamente transformado, se dirige al gran estadio. Lleva camiseta apretada al pecho y medias de lana a juego con los colores del equipo. Incluso luce en la bajada del cuello, en la parte inferior de su oreja derecha, tres franjas con esos colores de su atlético que su mujer le ha pintado con complicidad y esmero. Y la bufanda del club rodea su feliz barriga como un pastor, a su cintura la honda. Lleva también petaca opaca en el bolsillo para celebrar cada gol con un buen trago de coñac. Su pasante que lo viera, no lo reconocería. Y él tampoco se daría cuenta, porque va rezando ensimismado: somos un equipo, formo parte de un proyecto, nuestro objetivo es batir al enemigo. Y si yo caigo en él es porque va para seis años, que cada dos semanas, soy su vecino de grada en el campo.

Hoy, los equipos de las dos ciudades más importantes de la región se disputan el partido. El ambiente: impresionante. El estadio: de bote en bote. El señor Criado vive en la intimidad su afición por el deporte rey. Presumir de esta pasión ante sus amigos profesores y abogados rebajaría su caché. Sus colegas de oficio sólo entienden de filosofías, y si se tercia, de masonerías filantropistas.

El duelo de la tarde está considerado de alto riesgo. Los seguidores del equipo contrario han acudido en masa. Un tercio del aforo, reservado sólo para ellos: toda la parte sur del estadio. Faltan diez minutos para el comienzo del derbi. Con la naturalidad de quien sabe que la vida es una confrontación entre la debilidad y la fuerza, Criado atraviesa el cordón policial que cubre las cinco puertas que dan acceso al sector donde se concentra la rivalidad entusiasta. Nada más atravesar la puerta 16 se siente suelto, desinhibido, y se une a la espontaneidad de expresarse sin miedo con gestos y palabras groseras, ¡que te den! ¡mierda!, o cortes de manga hacia la parte contraria. El guardia jurado le dice que, en lugar de entrar por su puerta habitual, lo haga por la que da al sector B, allí se sentirá más protegido, libre de las broncas de los hinchas del equipo visitante. Pero Criado, envalentonado por el derecho que le asiste de ocupar su asiento de siempre, declina el consejo y se mezcla con la algarabía de los rivales. Y allí veo ahora al notario en su salsa, henchido y más orondo que en su bufete encerrado.

Treinta minutos del segundo tiempo. 2-0 ganan los nuestros. Las hordas enemigas enmudecen desencajadas. El público hace la ola. Y el señor Criado no sabe, si disimular callado la derrota ajena, o refrendar contenido la victoria. El tam-tam rítmico de tambores toca a guerra bajo la bóveda olímpica, nuestra corona beatífica. Arrebato, saltos, increpaciones. Y un ¡hijos de puta!, coreado en boca del sector acordonado por los guardias, envalentona su aguerrido anonimato como hicieron los romanos en sus circos, los mayas en el juego de la pelota, los aficionados en una pelea de gallos o en un duelo de amor silencioso dos caballeros armados. En tiempos de paz, los pueblos necesitan jugar a la guerra para desatar sus impulsos, sentirse vivos y así berrear encima de los vencidos.

A su lado, me fijo como el señor Criado saca un plástico arrugado del bolsillo y una bomba de bicicleta. El notario da vida ahora a una muñeca elástica con el hinchador que ha logrado esquivar en el control de la entrada. La victoria es paroxismo, laico orgasmo deportivo. La muñeca desnuda, despelotada y llena del aire caliente de don Criado, pasa de mano en mano entre un público aguerrido, que gesticula de manera grotesca follarse a la muñeca que representa al rival por el escudo pintado que cubre su vagina goleada.

La muñeca rueda durante casi quince minutos en un espectáculo repetitivo de escenas vejatorias que hacen de la simbolización de la cópula carnal un acto desagradable, asechanza deleznable. Y lo que Dios unió como vínculo de amor, convertido queda en una simulación de combate entre dos aficiones enfrentadas. La muñeca por fin vuelve al señor notario, que remata la faena con un gran mordisco en unos de los pezones del globo. Y desinflada al instante la mujer, el partido concluye con la victoria de nuestro equipo local.

Luego, a la noche en la alcoba de la casa, el notario hará el amor, ahora sí de manera real, con su esposa. Y la mujer lo sabe; y con ganas lo desea; no en vano ella, antes que su marido se vaya los domingos a La Condomina, le pinta confidente, ritual preparatorio, siempre los colores emblemáticos de su ardoroso deseo en su cuello apetecible.

viernes, 2 de diciembre de 2016

La Divinidad del Texto





El hijo de Pura la Mendicanta, Antón Cortés Gálvez, tiene la sensación de que escribe para la eternidad. O lo que es lo mismo: se perpetúa en sus letras. Su vida de ayer son hoy las páginas de su Diario que ahora tengo en las manos.

Antón cumple condena en la cárcel de Sangonera. Viejos colegas le tendieron una trampa. Le cayeron siete años y ocho meses por hacerse con 700 gramos de cocaína en una cita marrullera.

Cuando supe de su internamiento, fui a verle al módulo 3. Le propuse que se inscribiera en un taller de lecto-escritura que acabábamos de iniciar. Me dijo que no tenía estudios, que no sabía leer ni escribir. Ni la o con un canuto -añadió. Le convencí. Aceptó. Muy pronto Antón cogió el ritmo del grupo. Cada vez lo veía más entusiasmado. En sólo medio año, fue capaz de construir por sí solo su primera redacción. El tema fue sugerido. Se trataba de que los alumnos escribieran algo relacionado con su vida personal. Aún conservo como un tesoro de apreciado valor ético y de gran sinceridad su trabajo. Decía así:
No quiero a nadie. Detesto a todo el mundo. Al que más aborrezco es a mí mismo. Yo soy el último eslabón de una cadena de despropósitos. Odio a esta sociedad que no sabe descubrir la bondad de sus delincuentes. Los peores a veces somos las personas más cándidas. Hay quienes tenemos cara de asesinos, parecemos monstruos; pero la verdad es que somos niños, niños perdidos en un laberinto que gente mala construyó para nosotros. La bondad no siempre está en la honradez, en el deber cumplido; sino que a veces se esconde en lo más hondo de este infierno donde vivo.
El Diario de Antón, me lo entregó ayer su madre, la Pura, después del entierro de su hijo.

Antón tenía la manía de anotar en su Diario todo lo que le aconteciera, especialmente, lo relacionado con su infancia. Lo hacía restrospectivamente, dándole a su estilo un carácter retroactivo muy parecido al de Proust en su Búsqueda del tiempo perdido. Recuerdo que una vez, al término de nuestras sesiones del taller, me dijo:
Escribo parar ordenar los recuerdos, recuperar mi conciencia, recobrar ese trozo de infancia que perdí trapicheando, esnifando pegamento, rateando por los alrededores del barrio donde viví mis primeros quince años de mi maldita existencia.
Me preocupaba que escribiera tanto sobre su infancia. No quería yo que se cebara con una etapa no muy agradable de su vida. Notaba en él tanta avidez, como si su escribir fuera el aire que respiraba. Y en parte así era. Antón veía como de sus letras resurgían rescatados sus años de niño. A él no le importaba haber vivido al límite de la ley, fuera de los cánones permitidos, al margen de la normalidad, asaltando casas, robando coches, conducir drogado y sin carné. Era su libertad de entonces. Y quiso refugiarse en sus escrituras para recuperar así su libertad robada, devolver a su infancia su natural ternura. Él creía en el poder regenerador de la escritura. Así me lo dio a entender en uno de nuestros largos paseos por el patio. Comentábamos en aquella ocasión un artículo aparecido por aquellas fechas en El País: La Divinidad del Texto según George Steiner:
Maestro, sólo accedo al significado indeleble de las cosas a través de lo que escribo. Lo que no consigo plasmar en un texto, al momento se evapora, no existe.
Antón ya vino tocado a la cárcel. Sus dos últimos años aquí en el centro los pasó en la enfermería. Parecía un espárrago. Sudaba más de la cuenta. Se cansaba con sólo escoger la escoba cuando le tocaba limpieza. Tosía a cada momento. Fiebre alta. Diarreas. En resumen, Antón Cortés Gálvez, el hijo de Pura la Mendicanta, murió de sida un verano del dos mil once, a los veintisiete años. Tan sólo le faltaban seis meses para cumplir su pena.

La madre vino ayer a recoger sus pertenencias, entre ellas, este Diario que ahora tengo en mis manos. La Pura, al ver el cuaderno, me dice:
Mire, yo no sé leer, sólo sé sufrir y pedir limosna ¡Quédeselo! Más es suyo que mío. Usted le enseñó a escribir.
En esta tarde de otoño, una lluvia fina resbala por los cristales de la biblioteca de esta lóbrega cárcel de Murcia. Y siento, tras la pérdida de uno de mis mejores alumnos, un cierto alivio, un consuelo necesario mientras leo su Diario:

Jueves, 22 de abril

Si hoy decido escribir este diario, es para hacerle guiños al futuro. Estas letras salvarán del abismo el presente de aquel niño que fui, escurridizo y tunante, hijo de una familia marginada. Utilizaré mis escritos como arma para restañar aquella mi infancia loca y desternillada. Mi pasado convertido en diario será base, fundamento y espoleta del avenir del mañana, mi reinserción plena.

Sábado, 3 de marzo

Viví mi infancia, allá por los ochenta, en Los Rosales, un barrio postergado de la capital. Ya de pequeño, empecé robando para mi madre, una pobre mujer que no tenía con qué alimentar a sus hijos. Éramos cinco hermanos. Mi padre: un marido alcohólico, chapero y maleante, que sólo volvía a casa para apalear y acostarse con mi madre. Luego, se quedaba a dormir sus borracheras en el sofá horas y horas interminables.

Martes, 7 de septiembre

Aquella noche, los vecinos celebraban una de sus habituales asambleas en el salón de la Asociación del Barrio. Hacía mucho calor. El verano se resistía a dejarnos y dar paso al fresco relajante, propio del mes de setiembre. Tendría yo entonces no más de cinco años. Las puertas del local estaban abiertas. Desde la calle yo veía como aquellas sesudas personas hablaban sobre la necesidad de montar una escuela infantil. Querían acorralar en un húmedo bajo comercial a los críos desarrapados que al aire libre merodeábamos a nuestras anchas importunando el relax de los mayores. Metí mi cabeza a través de los barrotes de la ventana. Recuerdo que estuve, gritando cada cinco minutos: “¡Mierda para ustedes!” Me causaba tanto placer ver los rostros consternados de los asistentes, que cada dos por tres volvía a increparlos con la misma retahíla: “¡Una mierda para vosotros!”. Así estuve por lo menos más de una hora, hasta que cerraron todas la puertas y ventanas del local.

Lunes, 22 de diciembre

Estábamos cerca de la Navidad. En el colegio celebraban un teatro de títeres. Representaban, lo recuerdo muy bien, el cuento de Hansel y Gretel. Yo me las arreglé para hacerme un hueco junto a la tarima, al caer del escenario. Y cada vez que un muñeco quedaba al alcance de mi mano, yo intentaba atraparlo. No era fácil. A punto estuve de coger al muñeco del padre, aquel hombre sin escrúpulos que abandonó a sus dos hijos en el bosque. Sólo conseguí hacerme con su gorra de cartón. Tampoco pude apoderarme del guiñol de la madrastra. Pero quien no se me escapó fue la vieja, aquella bruja que quería encerrar a los dos hermanos en la cuadra, engordarlos, y después comérselos. Cuando de pronto vi encima de mí la bola grasienta de aquel panzudo conserje. Me quitó el títere de la bruja. Luego me levantó en volandas, y como quien espanta de su nariz pringosa a un avispero de moscas, me echó fuera del recinto del colegio...

Silencio. Han tocado silencio. Son ya las 10 de la noche: la hora de abandonar mi trabajo como educador de este centro. En el Módulo 3 de la cárcel de Sangonera, el funcionario de turno realiza el último de los cuatro recuentos del día. Toma nota: un recluso menos. Falta Antón Cortés Gálvez.


lunes, 21 de noviembre de 2016

La Convalecencia




Cuando no es por hache es por be. Lo cierto es que a partir del día en que Felipe Mortisano entró a formar parte del Jubitata Club, se encamina cada vez más a sitios como este. El que hoy se hable tanto de envejecimiento activo, saludable y sostenible, se deberá sin duda a las calorías que gastamos para llegar a estas instituciones, -dice para sí quien se hace acompañar de un bastón de avellano que le regalara su nieto por su setenta cumpleaños el once del mes pasado.

El señor Felipe no sabía, al menos no sospechaba, que los hospitales estuviesen tan abarrotados. De un tiempo a esta parte, este hombre encorvado, de pelo ralo y orejas caídas, (no olvidemos que ya va para los ochenta), se ve inmerso en una espiral de consumo, un consumo sanitario, relacionado sobretodo con la calidad de vida. Mientras se dirige al hospital de La Convalecencia, continúa conversando consigo mismo:
A los médicos, se les llena la boca con el ripio calidad de vida ¡como si esta frase fuese un abracadabra que espantara a la muerte de un plumazo!
Mortisano, últimamente, cuando no es invitado a una muestra de prótesis de cadera de tercera generación, es seleccionado para graduarse la vista, para ser objeto de un tacto rectal y así cerciorarse que no es víctima de un cáncer de próstata, o como la última consideración que han tenido los de Amplifón de citarlo el lunes que viene para hacerle una audiometría sin coste alguno. O aquella otra, no hará más de un mes: Palmolive le avisó para una revisión dental. Hace poco, también recibió la visita de un empleado de la funeraria con la que mantiene una póliza más de nueve lustros. Le ofrecieron por sus largos años de asegurado unos servicios como primicia: ser usuario de un horno crematorio climatizado, biodegradable y provisto de tecnologías muy avanzadas.

Este otoño, Felipe Mortisano se fatiga más de la cuenta. Se detiene ahora unos minutos para reponerse en un banco de piedra del Paseo del Malecón, frente al Palacio Almudí; pero sus pensamientos no descansan. Lía un cigarrillo con la habitual parsimonia placentera que le adorna la expresión absorta de su cara embelesada. Lo enciende. Tiembla, no sabemos si su mano, o el cigarro deslumbrado por la llama de la cerilla. Desde la Plaza de la Paja donde vive, hasta el barrio de san Juan, que es donde está el Hospital que tiene asignado, Felipe hace recuento de las múltiples propuestas que últimamente le vienen haciendo. Entre calada y calada y el rechinar estertóreo de su respiración entrecortada, recuerda ahora la última recibida, la de un clérigo. Traía el cura consigo unos papeles, a los que sólo faltaba una firma.
A cambio de la ridícula suma de ciento cincuenta euros, -mastica el enviado divino sus frases como si fuesen turrón blando-, podrá usted acceder a la otra vida debidamente preparado, incluido bula, extremaunción y santos óleos. Se trata, señor Mortisano, tan sólo de un piadoso estipendio. Y si además, antes de morir, solicita ser enterrado en uno de los nichos propiedad de nuestra Santa Madre la Iglesia, tendrá un descuento, cuya cantidad será destinada a una misa en sufragio de su alma.
Más de una vez este mismo señor Mortisano, cuando alguien le sacó el tema de su muerte, cortó en seco a su interlocutor, como ahora hace con el zampabollos del eclesiástico que tiene delante:
Yo no pienso morirme, monseñor, a mí me mataréis entre todos.
Felipe da la última chupada a su cigarrillo, endereza su cuerpo, haciendo palanca con su tutor de avellano. Y continúa camino calle Martínez Tornel, como lo hiciera con su cruz a cuesta Jesús el Nazareno a su paso por la Glorieta un viernes santo. Al cruzar el puente de Los Peligros, la bocina de un coche le advierte que el semáforo lo tiene en rojo. Y a Felipe le viene a los oídos el bronco repiqueteo de los tambores y las pitadas de las Burlas ancestrales de Semana Santa.

Felipe Mortisano llega por fin a los soportales del hospital de La Convalecencia. ¿El motivo? Una broncoscopia. La médico de cabecera se cebó con él:
Si no deja, señor Felipe, el tabaco, el tabaco le dejará a usted, más pronto que tarde.
En el reloj de la catedral son y media. Está citado a las diez menos cuarto. Por fin Felipe atraviesa la puerta del hall del centro sanitario. Alguien que estuviera a su lado, aún le oiría murmurar el ultimo vituperio que sale de sus indignados labios:
En momento de crisis, los pensionistas fácil pasto somos de las multinacionales.
Y si se cebó la doctora de cabecera con su bendita picadura de tabaco, ahora el especialista que le trata, al palparle el estómago, descubre una hernia cerca de sus partes. Lo envía a rayos para que le hagan una exploración más exhaustiva. Allí, sentado aguarda ahora su turno. Sus acartonados dedos no cesan de acariciar la empuñadura de su bastón tallado por las jóvenes manos de su nieto. Felipe Mortisano no deja su mente en blanco. Piensa que la vida es un esperar no sé qué y un no sé cuándo. Menos mal que una señorita se sienta a su lado, una chica tremendamente bella. Y Mortisano deja al momento sus tristes filosofías y se recrea en su esbelto cuerpo, un bello amanecer en calma tras una noche de tormenta. No cesa de contemplarla. Felipe sólo puede ver a medias la cara de la muchacha. Frente despejada, festoneada por unos rizos de púrpura que alfombran la tersura de su piel abrillantada. Los ojos, ¡ay qué ojos! Negros. La boca un pozo, pero no de terror, como el de Allan Poe, sino como aquel otro de agua fresca de la mujer Samaritana de los Evangelios. En ellos quiere zambullirse ahora Mortisano, sin que ella se dé cuenta, no sea que la chica se avergüence, los cierre y él no pueda apagar la sed que le atormenta. Felipe sigue pensando: aunque no me importaría que los cerrara, así yo dentro de ellos para siempre clausurado me quedaría.

La otra mitad del rostro de la muchacha, desde la nariz hasta la barbilla, lo lleva cubierto con una mascarilla de un verde suave. Felipe Mortisano se entretiene en averiguar qué habrá tras esa suave gasa: ¿cómo serán sus labios, su boca, sus dientes? La muchacha, de pronto, como si adivinase los interrogantes del señor que tiene a su lado, al instante se quita la mascarilla. Abre su bolso de mano, saca un diminuto espejo y un lápiz de carmín. Con la elegancia natural de una tarde cárdena de otoño se pinta los labios de un rojo carmesí a tono con el color de su pelo. La carnosidad y frescura de tan tierna boca ribeteada ahora por la sinuosidad de dos líneas jugosas y frescas, aún más cautivan a Mortisano. Para Felipe no hay nada más sexy que el momento del cómo una mujer lleva a cabo su atuendo, aseo y embellecimiento íntimo. Si antes, los ojos de esta muchacha fueron los orificios de luz de un puente por donde tuvo acceso el señor Mortisano al más precioso de los estanques de Unamuno allá por Castilla, ahora son estos labios encendidos el brocal de un aljibe en medio de un campo andaluz sembrado de amapolas.

Esta instantánea de la muchacha, siendo tan breve, pues enseguida volvió las chica a ponerse la mascarilla, es tan intensa y llamativa que lleva a Mortisano a la siguiente consideración:
Las mujeres, cuando se ponen guapas no lo hacen para engordar las pruebas de un juez cavernícola acusándolas de zorras o provocadoras. Tampoco lo hacen para agradar a sus esposos o parejas. Ni tampoco para seducir a un viejo verde como yo. Se arreglan para sentirse bien con ellas mismas, para saberse hermosas, para verse sanas ¿Acaso esta muchacha no se pinta los labios para ahuyentar los venenos que un mal día le entraron por la boca, y la tienen a muerte sentenciada?
El especialista, que acaba de ver a la chica, deja escrito en su historial clínico: Joven, 27 años. Alergia extrema. Estado grave. Recomendable: cuidados paliativos, así como sedación terminal.

Finalizada la consulta, el médico acompaña a la muchacha hasta la puerta, se despide de ella cariñosamente. La joven pregunta algo que nadie de los que están en la sala acierta a oír, el médico parpadea nervioso y sin decir palabra se limita a responder a la chica con un encogimiento de hombros. Felipe no anda fino de oído, lee los gestos más que los sonidos, sabe interpretar el silencio respetuoso del doctor.

Felipe sigue ahora con la vista a la muchacha, la ve pensativa y dudosa hacia la salida del hospital. Y cuando ya por fin la muchacha desaparece del todo, se levanta Felipe Mortisano de donde está sentado. Lleno de rabia, de un manotazo brusco, como quien se desprende de un ciempiés, lanza su garrote al suelo. Se sitúa en el centro. Eleva los brazos, quiere decir algo. Los pacientes, que llenan la sala, escuchan estupefactos las palabras que salen de la boca de Felipe Mortisano:
¡No es justo que esta muchacha, con tan sólo veintitantos años, dentro de cuatro semanas se vaya al otro mundo; y a mi, un decrépito octogenario, quieran retenerme aquí a base de exploraciones sin cuento! ¡Señores, no es justo!

jueves, 3 de noviembre de 2016

Cristales rotos







No me deshice, ni tampoco rompí, como acostumbran los recién casados, las copas contra el pasado en nuestro nupcial convite. Guardé el cristal intacto de nuestra unión durante cinco años.

Y sin saber reté a la suerte.

Y cuando volvías de tus asuntos a mi regazo, con el vino acelerado de tu regreso y la ilusión siempre fresca de mi mejor champagne, estrenábamos las copas de nuevo. ¡Pero aquella noche te retrasaste tanto! Pensé que ya nunca volverías.

Abrí el armario, y no me conformé con tirar al suelo las dos copas de cristal de nuestra boda, sino que además estrellé contra la pared la vajilla entera, nuestros abrazos, mis sueños.

Cada vez que amigos y familiares venían a casa, nunca les serví en las copas exclusivas de Murano. Escanciaba mi hospitalidad en otros vasos, limpios, pero ya usados por otras bocas, no las nuestras, otros besos. No quería que los demás tocaran con sus labios el cristal de nuestro brindis de casados, que cual piedra milenaria guardaba la huella fosilizada, convulsa y virgen de aquel fuego, nuestro enlace primero, siempre en llama en el centro mismo del volcán de nuestros cuerpos.

En la tarima, el pavimento, en cualquier rincón del salón, encima del sofá, y hasta en la mesa de la cocina, y de la cama sobre todo. No hubo ni un milímetro de la casa, de mi piel, que no quedara cubierto, salpicado por los hirientes añicos de la loza de mis celos, tus amores repartidos, cristales rotos por toda la casa, los vidrios cortantes de mis dudas.

Un día, dos, tres, cuatro, una semana aguanté sin recoger los trastos rotos de nuestro matrimonio. Llegado ya al octavo día, distanciado e infinito, de aquella furibunda tremolina en la que arrasé, por culpa de tu infiel tardanza, la cristalería entera de todo nuestro ajuar enamorado, me decidí por fin tirar los desperfectos causados por mi ataque de locura aquella noche desesperada en la que se me hizo eterna tu demora.

Fue entonces cuando, al barrer todo el estropicio, te vi en un trozo de cristal. Acababas de llegar. Y al entrar, tu rostro se reflejó en aquel pedazo de copa destrozado, iluminado por la luz que también se coló por la puerta sin permiso. Me agaché. Por última vez, cogí tu cara quebrada del suelo. Y ahora sí: para librarme de la mala suerte, arrojé aquel resto de vidrio al cubo de la basura; y a ti te dije que te fueras, que salieras de mi mentida carne para siempre.