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domingo, 21 de enero de 2018

Eso ella jamás lo haría





Nada nuevo. Cualquier experiencia, puede ser la de otro. Somos distintos, pero, ¡tan semejantes! Por eso, no es para tanto lo que cuento. Puede que también le haya ocurrido a cualquiera.

Tengo la manía, manía espontánea y no viciosa, de querer buscar parecidos entre los que por primera vez me encuentro. No es mi propósito comparar a las personas y dejar en detrimento a una de ellas. Siempre que me cruzo con algún extraño, lo primero que, sin querer, hace mi memoria es intentar deducir por sus rasgos a quién de mis conocidos me recuerda. Así, la sonrisa de la dependienta de la panadería me lleva a mi hermana. Aquel, por sus manos, a Chopin. Ésta, por sus pendientes y sus lazos a la joven de la perla. Ese, por su andares abiertos, al chulo de Casanova. Aquel por sus bigotes caídos, al repartidor del butano. Éste por su voz aflautada, al pregonero del Ocaso. El de más acá, por su chaqueta y tirantes, a Perico el de los cuartos. El de más allá, por su desgreñada melena, a ese político desubicado hoy tan cacareado. Hasta yo mismo no me parezco, sino cuando me comparo con otro.

Soy de Teruel, Estoy en Barcelona, pagado por mi empresa, haciendo un curso para reciclarme en temas relacionados con mi especialidad. Trabajo como vendedor a domicilio de cubiertos bipolares. Lo de menos es quien soy, en qué consiste mi profesión, o qué hago yo aquí en la Pompeu Fabra.

Bueno, a lo que iba. Acabo de hacer la compra en el Eroski del Carrer d'Andrea Dòria  Aquí, en el barrio de la Barceloneta, acostumbro, por estar situado este establecimiento cerca de la pensión que mis jefes me agenciaron, abastecer mis necesidades alimentarias. De pronto llama mi atención una señora. La miro, pero sin descaro, sin que ella se dé cuenta. Soy tímido de nacimiento. Me concibieron con las luces del cuarto apagadas. Algo de esta mujer me sorprende enormemente. ¡Se parece tanto a mi esposa! Yo diría que es ella. No, no es verdad. Ella quedó allí en Teruel al cuidado de su madre con Alzheimer. Entre nosotros existe una total lealtad y confianza. Ella no me seguiría sólo por controlar mis pasos, por no fiarse de mí, o por cualquiera de las razones miméticas por las cuales los hombres y la mujeres andamos unos detrás de los otros.

Cuando miro a alguien por primera vez, sé de antemano si me cae bien, si me atrae. Un fluido escondido y compatible hace que tanto su avistamiento como la presencia de dicha persona me resulte agradable. A mi, esta mujer en la que mis ojos al azar se han detenido, esta tarde, a la salida del supermercado, me cae genial. Su pelo, su mirada, la sensualidad de su boca, su andar entre gracioso y decidido, el buen aire que deja tras de sí, la sencillez de su figura, todo me parece ¡tan familiar! Atraído por su encanto y por mi curiosidad, la sigo desde cierta distancia.

Estoy confundido. Debo estar soñando. Pero no. Estoy despierto. Llevo en mi mano derecha la bolsa de la compra. Las cebollas, la botella de aceite, las dos pizzas, los tres cartones de leche de avena, el medio kilo de plátanos me delatan. Tampoco creo que toda esta mercancía sea tema apetitoso, materia suculenta para un sueño. Los sueños para mí que se alimentan de ilusiones y de estrellas. Esta señora, ante la que mis ojos ahora se detienen, es sin duda mi mujer. Pero tengo mis reservas. No puede ser ella, y es ella. Así que para despejar, ajustar mis sospechas, o doblegarme a la evidencia, me coloco tras de ella, sigo sus huellas.

Todo esto podría ser un desvarío de mi mente al verme privado, ya va para más de quince días, de mi mujer. Es tanta mi dependencia que me invento situaciones rocambolescas como éstas para no verme privado de su dulce compañía. Y este pensamiento disparatado me conforta, pues llego a la conclusión que la quiero más de lo que yo creía.

Al hilo de estas cavilaciones, sigo sin perder de vista a esta señora. Hasta que no compruebe si realmente es ella, no pienso quitarle el ojo de encima. Ahora en este instante veo que la mujer, mi mujer sospechosa y equívoca, se adentra en una calle salón. Junto a las cristaleras de una cafetería muy concurrida, un músico callejero toca el violín, divertimento en re mayor de Mozart. Tiene el joven músico a sus pies la funda de su instrumento abierto, en la que algunos viandantes depositan algunas monedas. La mujer a la que sigo pasa de largo, completamente indiferente a la interpretación del artista. Ella, mi mujer jamás haría eso. Sacaría su monedero y socorrería al violinista. Dejo por tanto de seguirla. ¡No es ella! Se acabaron por fin, no sé si por suerte o por desgracia, mis elucubraciones y dudas.

jueves, 18 de enero de 2018

Contando y volando cuentos





Duro invierno en los valles de La Vega. Cero grados. Las nubes besan el suelo. Los árboles resurgen entre los bancos de nieblas, pintados a carbón cual centinelas de un abismo anubarrado que se dirige a ninguna parte. Faros de vehículos, cirios apagados por un tosco viento tras las procesión de un Viernes Santo. Sombras de sonidos muertos, ecos de resucitados y espectros. El abuelo circula a cuarenta por una carretera de brumas que parece la laguna de Estigia; y el coche, un esquife a la deriva. Lleva el viejo a un niño enfundado con abrigo y bufanda de colores a la escuela. Las piedras, los negros postes helados y el hombre mismo que conduce amodorrado por este páramo de vaguedades y somnolencias..., todo parece flotar suspendido de esta obtusa niebla que se extiende sin fronteras sobre estos prados del Jarama hasta llegar al pueblo de La Vega.

Tres horas después, el sol le da en la cara. 15 grados. El hombre está aparcado, haciendo tiempo, en El Quiñón, un barrio de las afuerasfrente a la plaza del Avenir. La dulce tibieza invernal de la mañana soleada dilata los poros de su alma agradecida. Ojos húmedos de melancolía, tejados de escarcha acumulada por los tiempos idos. Los párpados se le cierran, y los árboles se resisten a ser encendidos, continúan grises, como telarañas esparcidas, aura de tristeza emborronada por la luz que viene de Morata y Arganda. Y en este clima envolvente, el cuerpo tonto del abuelo siente que es la hora de la siesta. Se cree que está ingresado en una sala de urgencias. No quiere dormirse. No quiere que ese niño que ahora en clase recita coplillas de invierno, piense que es un pobre viejo que se ha perdido por caminos que no conoce, pasillos de un hospital repelente, o que vegeta en un rincón, como ese conejo blanco y dócil que su nieto tiene en casa y se come el papel de las facturas de Endesa, o que tal vez no recuerde que debe recoger a su nieto a la salida, junto a esa puerta de hierro que la conserje descorre al final de cada jornada.

No, no se le olvida al hombre que dentro de poco, a las dos en punto, el colegio Clara Campoamor abrirá las puertas de sus aulas a las palomas abrigadas con bufandas de colores, con sus alas más sabias y buenas, después de haber aprendido la tabla del buen hacer, las coplillas del invierno y haber pintado de fuego la escarcha.

El abuelo se siente amarrado con tubos, aparatos, monitores y mascarillas verdes al volante de su coche aparcado en medio de la carretera que va a La Vega. Sus ojos intentan dormirse. El abuelo se resiste. Le dice a la enfermera: ¡No me metan más adormidera por esos tubos de Dios. El hombre se siente dichoso por la tibieza dulce de este sol de invierno que adormecerle quiere. Los curiosos que le miran, comentan que este hombre ya tiene su vida hecha. Y el hombre se dice a sí mismo y a los que delante hacen gestos de asombro y de impotencia:
Es mentira, estoy vivo y despierto. Tengo que recoger a mi nieto del cole. 
Ahora el hombre se enfrenta con la enfermera jefe, que delante del parabrisas congelado le hace señas para que se calme. El hombre insiste:
¡Sáquenme de esta uci de mierda, en la que me tienen engañado y 
retenido!
Y ahora, después de perforarle la próstata para que orine, por fin dejan al hombre tranquilo. Y el abuelo, entre vapores de alcoholes y belladona oye al niño que le dice:
Yo soy, abuelo, el Gran Houdini, el mejor escapista del mundo. Cortaré, desataré todos estos virales y tubos. Convertiré tus ligaduras en alas, y saldrás volando como los pájaros. Y allá donde vayas, no te preocupes, te llevaré palomitas de maíz para que sigas, como hasta hoy, contando y volando cuentos.

sábado, 13 de enero de 2018

La Samaritana




Aquello parecía un mercado, una casa de apuestas, una lonja de pescados. "Sala de espera para familiares" rezaba la placa. Urgencias de un hospital cualquiera, pero aquella estancia era más bien un vagón parado a la orilla de una vía muerta. Familiares y enfermos, médicos y ateeses, todos apretados en una cuba de arenques. Yo no sabía de dónde arrancaba el suero, si era del vecino paciente, o tal vez nacía de mi brazo por la tendinitis trastocado. La televisión ondeaba allá en la altura, desoída. Las mascarillas verdes que la mayoría llevábamos, apagaban las directrices del locutor de la tele, que cual práctico de un puerto inexistente pilotaba, desde el sitio más encumbrado, aquella embarcación, en medio de un temporal de nieve, a un anunciado desastre. Yo miraba a otra parte para librarme del ojo del huracán de aquel Gran Hermano de una televisión pública y autonómica incapaz de dar a basto a tanto telediario lisiado y doliente.

Mi pareja me comentaba algo de un libro de Enric Corbera que en ese momento leía para aliviar la tardanza. Dos palabras, -curación cuántica-, se escaparon de la boca de mi compañera. Binomio tan llamativo, en circunstancias hospitalarias, llamaron la atención de nuestro vecino, un hombre ya entrado en años, y que aburrido de esperar a que le curaran, disimulando, escuchaba nuestra conversación. Y sin más, nos preguntó:
¿De qué religión son ustedes?
Más o menos de la misma que la suya. ¡Todas se parecen tanto! -le respondí amistoso.
El hombre, sin tapujos ni vergüenza, empezó luego a hablarnos como si nos conociera de toda la vida. Era un vendedor que se desplazaba de mercado en mercado con su puesto a cuesta por todos los pueblos de la vega media.
Soy un hombre creyente. Iba yo con mi moto, y de pronto oí a mi lado alguien que me dijo: "¡frena!". Frené justo delante de un gran terraplén. Me salvé de milagro. Fue y siempre ha sido esta voz, a partir de entonces, mi ángel de la guarda. Pero reconozco que tengo un pecado. Me gustan mucho las mujeres. Y por tanto Dios me ha castigado con este mal que hasta aquí esta noche me ha traído a urgencias del Morales.
Yo le dije que si Dios era bueno, no podía castigarle. Y mucho menos por gustarle las mujeres, que él mismo Dios tan hermosas las había creado. El hombre de pronto exclamó:
¡Ya estoy curado! Tengo un hambre que me muero. Y de soslayo se le iban los ojos detrás de las piernas de una linda enfermera que en ese momento pasó a nuestro lado.
La conversación siguió más o menos por el mismo derrotero. Algo teníamos que hacer para aliviar aquel retraso hospitalario. El hombre se puso luego a recitar algo que tenía que ver con la Samaritana de los evangelios. Le pedí que me repitiera más despacio aquel romance. Y así lo hizo muy honrado. Yo mismo compuse dichos versos -me dijo ufano. Y aquí, este sábado de invierno, yo los vierto, agradeciendo a este hombre que nuestro aguante no fuese tan pesado:
Un viernes partió el Señor
a la ciudad de Samaria.
Antes de llegar al poblado
la calor le atosigaba.
Se recostó junto a un pozo
como cansado que estaba.
Y por allí vino a ver
a la misma que aguardaba.
¡Oye, samaritana,
dame a beber de esa agua!
Y yo a tí te daré
otra de más importancia.
Si tanta virtud tienes,
dame, Señor, de esa agua.
 
Que venga tu marido en visita
y contigo en compañía

Si yo no tengo marido
y tampoco estoy casada.
¡Ole, con siete galanes que tienes
dando escándalo en Samaria,
y ahora me dices
que tan solica te hallas!

Dime, si eres Dios bueno y profundo
que mis verdades declaras.
No soy Dios ni soy profundo.
Soy un recibidor de almas.
Vengo a recibir la tuya
que la tienes condenada.

Y entonces la samaritana
rompió el cántaro de agua
y al mundo volvió la espalda.

lunes, 4 de diciembre de 2017

Adán expulsado del Paraíso


Igual que los terruños de nieve, endurecidos por el cansancio, se le atragantan a los perros salvajes en su largo caminar por las estepas nevadas, así masticabas tú en aquella mañana tu refrenada lascivia.

La ducha de agua caliente descongeló tu incontinencia. Tres horas antes, con premeditación preparaste el plan. Con tus ojos cerrados, dejaste que el agua tibia corriera de la cabeza a tus pies. Como la mosquitera del chamán hace huir a los espíritus malignos, así el agua de la ducha sacudió de los entresijos de tu alma tus malos humores trasvasándolos en savia de esperma florido. Quiero estar limpio - dijiste-, oler bien, que mi carne esté viva para adentrarse por las oquedades de sus venas, ser fruta en su fuente, astilla en su hendidura, semilla en su vaina, esconder mi barco en la bahía recóndita de su abrigada entrepierna. El agua caliente de la ducha avivó aún más tu deseo. Escanciaste de perfume tu cuerpo, enjugaste bien todos los poros, para que todo el valle de tu piel oliera a brisa azulada, a suave sabor de miel, menta y romero. El gusto y el olor, los afrodisíacos más impulsivos, instintivos y eficaces. Ahora o nunca. Esta era la ocasión. La mejor hora para hacerte el encontradizo con ella.

A pesar del cansancio que traía su cuerpo, tras noches seguidas sin dormir, no notaste en ella el decaimiento, la modorra, el distanciamiento ausente que produce todo esfuerzo sobrellevado por encima de un límite. No sé a quien atribuir la rotura del siseo verbal que, entre vosotros dos, debió brotar. Ahora deberían venir aquí esas metáforas dulces, como el sesgo murmullo de dos periquitos embobados, el suave crujido de un pie descalzo sobre la arena virgen de una playa, el lento entreabrirse de los pétalos de una rosa, la silenciosa caída de una gota de rocío sobre la dura corteza de la piel de un viejo almendro en flor..., pero mi humor no se corresponde en este momento con la subida de tono de vuestro no tan espontáneo encuentro, la cita semi encubierta de dos jóvenes enamorados, que fuerzan la trayectoria de dos astros con órbitas distintas, en la conjunción única de su destino definitivo.
¿Qué haces aquí?
Estoy agotada. Necesito asearme un poco, descansar aunque sea unas horas.
Lo que no recuerdo muy bien es quién de los dos dijo: “Subamos, no nos quedemos aquí parados como dos tontos.”
Perdona, voy un momento al aseo, me siento pegajosa. Mira tú qué pelo, llevo dos días sin poder mirarme en un espejo. Te importa decirme donde tienes las toallas, me ducho y en seguida salgo.
Ya dentro de la ducha, tu oíste el zumbido del calentador del butano, luego el estallido del teléfono del agua sobre la porcelana blanca de la bañera, luego un fuerte suspiro de alivio sofocado.

Una vez que el zumbido del gas y el estallido del agua dejaron de sonar, ella te dijo desde el cuarto de baño:
¿Me puedes preparar un café?
Descuida, estoy en ello –le contestaste solícito.
Limpiaste el café caído en el suelo. Las aceleradas pulsaciones de tu pecho hicieron rodar por el suelo el tarro del azúcar. Sé que estuviste a punto de abandonar la casa de tu soltería, el claustro inmaculado, todavía mancillado por la castrada vergüenza de tu impotencia ante el primer encuentro con una joven mujer.

También ella antes de abrir la puerta del cuarto de aseo se lo pensó dos veces. No me explico cómo una cosa que se desea con tanto ahínco y se prepara con tanto esmero, pudo resultar tan gravosa, sobre todo para ti tan desinhibido. El gran caballo de batalla se entabla ya en el punto de partida, en la elección inicial. Una vez tomada ésta, sólo hay que dejarse llevar.

El aroma del café inundó el apartamento.
¡Qué bien se huele!
Un albornoz azul cobalto cubría al completo todo su cuerpo.
Como ves, he tenido que ponerme tu bata.
No importa.
Sus cabellos caían apretujados como en pequeños haces de trigo verde. Al sentarse, gotas de oro tierno cayeron sobre la bandeja del café. Tú cogiste la servilleta, quisiste limpiarlas, al tiempo que ella haciendo un instantáneo quiebre con su cabeza te lo impidió con gesto amable .....

La virilidad está más en el temor de no ser impotente que en la ostentación de vanagloriarse por serlo. Los dos bien sabíais que follar y amar no eran la misma cosa, aunque teníais claro que lo uno sin lo otro tenía sus inconvenientes.
Tengo el cuerpo engarrotado. Menos mal que la ducha me ha dejado un poco más relajada.
Entendiste sus palabras, o al menos eso creíste, como una clara insinuación a poner algo de tu parte para aliviar su cansancio. Sin poder apenas, con sus dos manos sobre sus hombros, ella empezó como si quisiera automasajearse. Luego, tú, de pié de tras de ella, empezaste suavemente cogiendo sus propias manos a seguir el ritmo por ella iniciado, hasta que poco a poco te dejó hacer. Retiró sus manos. No sabía donde ponerlas, hasta que abiertas las colocó a conciencia sobre sus senos. El suave movimiento oscilatorio de tus manos sobre el lienzo que cubría la tierna frescura de sus hombros transmitiría a su carne ondas de un dulce escalofrío. Al darte cuenta con la suavidad que ella misma, con sus tiernos dedos, se palpaba los pezones por debajo de la bata, sentiste un deseo irresistible de abrazar su cuerpo y apretarlo contra el tuyo para ver la manera de apagar el fuego irresistible que te quemaba por dentro. Ella quiso entonces ayudarte, cogió una de tus manos y te ayudó a que le desabrocharas los dos primeros botones de la bata. Dejaste al desnudo casi toda la parte superior de su aún inexplorado cuerpo. El mismo albornoz te ayudó a ello deslizándose por la propia inercia de su peso. Lentamente, sintiendo en tus manos abiertas la viva carnalidad de su estilizado cuello, tocarías sus orejas como quien con dedos inteligentes sabe distinguir el buen paño. Tú te sorprendiste de pronto al ver a cada lado de su cara dos nidos de apacibles tórtolas azules y blancas. Ella oiría entonces cantar a los pájaros. Se levantó majestuosamente de la silla, sin decir palabra, de espaldas a ti, se quitó la bata por completo, la extendió en el sofá y se dejo caer libre, distendida, colocándose boca abajo. Fue entonces cuando de rodillas frente a su cuerpo desnudo te inclinaste como el fiel más devoto sobre el altar más sagrado. Sólo unas ajustadas y caladas bragas blancas cubrían su pubis como lo hacen los corporales con la sangre de Cristo sobre el cáliz del altar. Empezaste por besar sus pies, venerar sus manos, estrechar su costado, beber del agua de su hendidura virginal. Luego ya todo tu cuerpo en llamas fue el que se arrojó al estanque, se montó en su barca...

Tu cuerpo ajustado como un río a sus riberas, se mantuvo tranquilo, en paz sosegada hasta que los latidos de vuestro corazón llegaron a marcar el mismo paso. Luego ella esperó un tiempo prudencial, y en vista de que tu hora aún no había llegado, quiso modificar el escenario. Se levantó del sofá. No podía quedar a medio lo que con tanta ilusión y con tan buen pie había comenzado. La copa del placer debía ser derramada. Te cogió de las dos manos y, como el abad en procesión hace con la custodia, sin apartar los ojos de tu cuerpo, te condujo al tabernáculo, al sancta sanctorum del dormitorio. A pesar de vuestra prematura ansiedad, los dos disteis pruebas de apacible calma. Ella con madurez inusitada hizo que te sentaras sobre la cama. En la alfombra puso un cojín. Ella, a su vez, se sentó allí, en el suelo. Tus dos piernas caían como cascadas de espuma roja sobre la montaña verde de su cuerpo. Tomó, primero tu pie derecho, lo acomodó con delicado tiento en el vacío de su bajo vientre, tu notarías su palpitación urgente, inclinaste tu cabeza entre sus senos y dos calientes gotas de tu pobre llanto mojaron sus pezones erizados por el deseo. Ella, tan paciente como encendida, probaría ahora con el otro pie sobre el nacimiento de su dulce manantial. Con sus dos manos a la par, empezó a pasártelas armoniosamente por la parte interior de tus muslos. Primero, suavemente, despacio. Tu aparente quietud provocaría entonces en ella movimientos cada vez más rítmicos, más impulsivos. Hubo un momento en que te pusiste de pie, te estiraste como un jinete que a la grupa de su caballo ve próxima su llegada a la meta, pero cuanto más cerca presagiabas tu victoria, veías como el volcán de tu caballo entre tus piernas se apagaba poco a poco.

Luego, todo fue de mal en peor. Todo se vino abajo. Hay montes que se levantan para jugar con las nubes de sus fantasías, pero también hay montes que se allanan para dar paso al caminar de nuestro propio conocimiento, de nuestra limitada impotencia. Entonces ella te diría con ese acento deslucido con el que el ángel expulsara a Adán del Paraíso:
Vete, vete, ¡déjame dormir tranquila, estoy agotada. Tú no tienes la culpa de nada.

lunes, 27 de noviembre de 2017

El conde de los Jerónimos



Tal vez el fundador de Aedificabo fuese hombre de misa y olla. Nombre tan arquitectónico, suculento y cristiano lo tomaría prestado del evangelista Mateo: et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam. Su cometido era dar respuesta a inmobiliarias que precisaban reconvertir terreno rústico en urbanizable. Promotores y arquitectos acudían a Aedificabo para solventar negocios relacionados con la construcción. Esta empresa agilizaba trámites y expedientes con las administraciones públicas, además se ofrecía como intermediaria entre particulares a la hora de comprar y vender propiedades que facilitaran urbanizaciones, como así ocurrió hasta el hartazgo. Ciudadelas, bungalows, residenciales capaces de albergar a los habitantes de la Vía Láctea al completo y parte de la galaxia de Andrómeda pululaban como moscas en verano alrededor de unas parrillas de boquerones a la brasa.

La burbuja inmobiliaria, el boom del ladrillo y la especulación, entre otras prácticas abusivas de aquellos años, se encargaron de dar al traste con muchas de estas constructoras que ennegrecieron cual galipote parte de nuestra mejor geografía allá por la última década del siglo pasado.

En los setenta, muchos escogíamos para vivir zonas excluidas, olvidadas de la administración local. Barrios como el de Las Ranas, el Polígono, San Basilio, Los Rosales y otras Pedanías de Murcia constituían un buen posicionamiento para el cambio político que se avecinaba. De hecho así fue. Las nuevas corporaciones municipales, así como partidos y sindicatos, que surgieron tras la conquista de las libertades formales, se abastecieron de muchos de aquellos líderes, fraguados tanto en la lucha obrera como en el movimiento ciudadano.

Pero no siempre la historia se hace eco de sus sueños. El abandono, el hacinamiento, el desgaste urbano de los barrios en los que vivíamos continuaba haciendo de las suyas. Cuando la mierda se apodera y enquista en ciertas partes de la ciudad, no hay corregidor ni cuarta enmienda que se la quite de encima. La marginación, el trapicheo, la droga y la exclusión social de nuestro entorno contribuyeron aún más a que algunos de nosotros buscáramos sitios más idóneos, menos conflictivos para el vivir cotidiano de nuestros hijos.

Un grupo de amigos, llevados por el deseo de mejorar nuestro hábitat, nos constituimos en cooperativa. Queríamos construir de forma autónoma nuestras propias casas. Buscábamos terreno fuera de la ciudad. Un cielo y tierra nuevos donde asentar nuestros legítimos reales y posaderas. En una de las asamblea de la cooperativa, tres compañeros fuimos elegidos para mantener una entrevista con el dueño de unas parcelas ubicadas en Guadalupe, frente a lo que hoy es la Universidad Católica, la UCAM, cerca del antiguo monasterio de los Jerónimos. El propietario de estas tierras era un conde viejo y temeroso. Estaba dispuesto a vender todos sus latifundios. Presentía este desconfiado terrateniente que con los tiempos de cambio que se avecinaban, cualquier reforma agraria le requisaría sus propiedades. Propiedades, por cierto, de origen incierto, por no decir, no ajustadas a derecho. Los agradecimientos del Dictador a personas, como el conde de los Jerónimos, que financiaron su Rebelión militar y posterior Cruzada, fueron múltiples, caprichosos y arbitrarios. Los Nobles siempre se distinguieron por arrimarse al sol que más calienta.

Mis colegas me advirtieron:
Vístete de traje, que con quienes nos vamos a entrevistar es gente de postín. 
Así pues me acicalé lo mejor que pude. Nunca mi estampa resultó brillante por mucho aliño y pule que yo le diera. Ya puedo esclafarme el mismísimo terno del marido consorte de la reina Isabel… Donde no hay percha, hasta el mejor uniforme del duque de Edimburgo resulta estrafalario, deslucido. Mi figura siempre fue prosaica, anónima, desapercibida. Y ese deseo compensatorio, nunca conseguido, de caer bien a la gente, me convirtió de por vida en una persona introvertida, por no decir, un perdedor vitalicio. La timidez no es buena aliada para hacer negocios del alta monta. Ya de antemano, por mi escasa prestancia, le advertí al resto de mis cofrades que yo no era el más indicado para entrevistarme con un conde. Para este tipo de relaciones, -alegué-, mejor es que nos represente alguien con buena planta y empaque, audaz, empoderado, como se dice hoy día, capaz de llevarse por delante al mismísimo Mario Draghi. Mis amigos eran también unos visionarios. Estaban convencidos que al orgullo nobiliario de condes, duques y monarcas se le abate con la fuerza de la sensatez y la simplicidad. No me valieron excusas.

Antes de dirigirme a las oficinas, lugar de nuestra cita, la sede de Aedificabo, me empleé concienzudamente en el arreglo de mi persona. De ninguna manera quería que mi atuendo o descuido diera al traste con lo que para nosotros suponía un paso decisivo e imprescindible para llevar adelante nuestro propósito como cooperativistas. Pasé betún a mis zapatos, (mis mejores y desgastado zapatos), los que había comparado ocho años atrás, víspera de mi boda, en Villena, ciudad señera por su industria peletera, cueros y cauchos para el calzado. Me vestí los mejores pantalones, los que guardaba en el arca de la abuela con sus rayas bien dobladas para las celebraciones de más alto rango: un concierto, los esponsales de una sobrina, o a la visita cada año por las fiestas de la Inmaculada, nuestra Patrona, al pueblo de Azulada. Además, aun siendo verano, me puse un jerséis fino para disimular las posibles arrugas de la camisa. Me da vergüenza decirlo, pero hasta mi cabeza embadurné con brillantina para estirar hacia atrás mis cabellos y así darle a mi melena un aire más capitalino e interesante.

Desde mi domicilio en el barrio de Los Rosales donde yo vivía en aquel tiempo, al centro de la capital, no se tardaba más de un café. Hay quienes miden las distancias por kilómetros, por luces, pies y hasta por nudos. A mí por aquel entonces de desplazamientos en bicicleta, el tiempo de un sitio a otro dependía de las veces que paraba a tomarme cualquier tentempié en un bar a la orilla de mi trayectoria. Yo no sabía muy bien donde quedaba Aedificabo. Crucé el Puente Viejo, pregunté. Detrás del Cine Rex, -me dijo un guardia urbano con su gorra de ajedrez, que en ese momento dirigía el escaso tráfico por la calle de Alejandro Seiquer. En aquella tarde calurosa de julio, nada más llegar a la Plaza Cetina, di con una antigua casona en cuyo portón vi el membrete de la empresa. Una joven, (tal vez ya estaría avisada), nada más verme, sin yo abrir la boca, me indicó: Entresuelo B-C. Todos, desde el policía, el camarero, blusón huertano del bar La Cosechera, la joven secretaria, delgada, medias oscuras serpenteando sus rodillas torneadas, su sonrisa de protocolo incluida en nómina, falda roja, chaleco negro sobre camisa blanca,... todos amablemente accedieron a mis inquisiciones. Todos, menos el portero que, al ver mi ordinario aspecto, sin más, me indicó el taller de bici de la Plaza de Sta. Gertrudis, contiguo a las oficinas de Aedificabo. Creería que, más que necesitar los honorables consejos de una empresa de alta alcurnia como aquella, lo que yo precisaba en aquel momento, (al ver mis pantalones ceñidos a mis tobillos por esas pinzas que utilizábamos para no enredarnos con los pedales), era un hinchador o un parche para las ruedas de mi bicicleta averiada.

A pesar que la reunión era a las siete, quise retrasarme a posta. No quería causar esa impresión pueblerina de quien coge el coche de línea dos horas antes. Aparentar uno que sus tareas le desbordan, que eres un hombre muy ocupado, te dan cierta relevancia. Todos dirán al verte tan apresurado: Este hombre debe ser muy importante, no tiene tiempo ni para mear.

Cuando la muchacha de las piernas torneadas me abrió la puerta de la sala de juntas, me crecí un montón. Me puse tan contento que ni un cañamón me cabía por el culo. Era la primera vez que mis ojos se iban a refocilar con la presencia de un conde en carne y hueso. A punto estaba de ser cegado por la esplendorosa visión nobiliaria. Al principio quedé un tanto confuso por el ambiente austero de la sala. Todo de pronto se me tornó negro. Al venir yo de la diáfana y luminosa tarde soleada y veraniega, al entrar de repente en aquella habitación, es normal que mi mirada se oscureciera. Allí todo era negro. Negro, el teléfono. Negros e hirsutos los rostros y ropajes de quienes allí estaban cual los varones en el entierro del conde de Orgaz. Negros los sillones. Negro los focos. Negro tupido, las cortinas. Negra la corbata de quien yo supuse sería el conde primogénito. Negros los cristales de sus lentes que no me dejaban ver sus pupilas de sangre azul. Negras también sus molduras que amortiguaban aún más el escaso brillo de unos ojos empecinados por el negro hollín de sus oscuro e improcedente dinero. Me esforcé por ver si el pecho del conde lo cruzaba alguna cinta rojigualda. En mi aturdimiento me fue imposible ver nada. El chaqué negro de quien yo creí sería el conde, por el bastón con empuñadura de plata que descansaba a su lado, tal vez tapara su distinguida banda como noble distinguido con el título de conde de los Jerónimos.

Ni que decir tiene que al ver aquel tétrico escenario, mi entusiasmo de pronto se vino abajo. Nadie se percató de mi presencia. En aquel preciso instante tenía la palabra el conde:
Gracias a Dios, a mí no me falta de nada, pero a mis setenta y dos años, solo espero sacarle una buena tajada de millones a este negocio que aquí nos ha convocado.
Sus palabras me recordaron aquella regla pugilística: el primero que pega tiene la mitad del asalto asegurado. Intenté sentarme en un sillón desocupado, en uno de los extremos de la mesa de palisandro que fríamente nos aglutinaba a todos cual el maderamen de costillas de un barco varado en medio del Ártico. Antes de conseguir tomar asiento, el conde me miró. Yo entendí que como buen aristócrata, este gentilhombre, al darse cuenta de mi presencia, iba a darme la bienvenida. Y de pronto me vine de nuevo arriba. El subidón tan sólo me duró instante, el tiempo que tardé en escuchar de nuevo sus palabras:
Oye, muchacho, -me dijo, confundiéndome con unos de sus lacayos-, ¿por qué no me traes de la Cosechera un Johnnie Walker escocés que me estoy quedando seco?
Por supuesto hice caso al conde. Fuíme rápido al bar de la Cosechera. Me tomé un par de copas a su nombre. Y nunca más en mi vida volví a visitar Aedificabo. Luego supe por mis compañeros que la negociación con el conde fue un fracaso. A la semana siguiente disolvimos la cooperativa.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Oscuridad, y nada más







Profeta, dime, en verdad te lo imploro,
¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?

(El cuervo. A. Poe)


Hace años que dejé este mundo. Una cirrosis acabó con mi vida. Hoy, enésimo aniversario de mi muerte, respetuoso cumplidor de tradiciones y cultos, me dirijo al cementerio de Baltimore donde fui enterrado; levanto la lápida donde con letras de oro está grabado mi nombre: E. A. P. Y para mi sorpresa, la tumba está completamente vacía. Oscuridad, y nada másMiento, vacía del todo, no. Allí estaban aún las tres rosas, el cuervo y mi botella de coñac.

Desconcertado, lo primero que hago es tocarme a mi mismo, explorarme como pudiera hacerlo un disecador de aves, un forense, un poeta iluso que confunde los nombres con las cosas. Cual el Diógenes de la linterna no doy con la persona que busco. Pregunto al sepulturero que no sabe darme explicación de lo ocurrido. No he tenido más remedio que acudir al juzgado de guardia y presentar la denuncia correspondiente. Ahora me toca esperar una eternidad. Los tribunales son lentísimos en nuestro Estado de Maryland. Para cuando resuelvan el caso, seguro que El cuervo y yo habremos perdido la paciencia. Tiempo tendré de morir mil veces.

lunes, 28 de agosto de 2017

Todo está en su sitio




Parece como si existencia y consciencia fuesen vasos comunicantes. Mantener abierta la ventana de su mirar detenido es el tónico que necesita la hija para seguir viviendo. Sin consciencia su pobre padre enfermo pasaría desapercibido hasta de sí mismo. No hay sentido sin introspección. Como dice Bendetti de vez en cuando hay que hacer / una pausa / contemplarse a sí mismo / sin la fruición cotidiana. Lo contrario es andar con el culo, esa sensación de andar tirado, sin sentido, como un perro, como una piedra. Todas las comparaciones son odiosas y ésta, además, desafortunada. Dice la hija para sí:
Tanto la vida del perro, como la de la piedra, no por pertenecer a un mundo que no controlamos, son de un rango inferior. ¿Acaso la rosa no se siente única y hermosa en su jardín, ignorada por el cerrar de unos ojos descuidados y altaneros? ¿Acaso mi padre no está bien donde está?
Amanece. La hija se levanta. Sale fuera. Mira. Todo está en su sitio. Las hojas, en el árbol. La morera, como siempre, escoltando la terraza. La parra virgen, desparramada sobre la verja. El hibiscus, sacudiendo los pequeños abanicos del rojo sobre el ocre de la tierra. El sol poco a poco, al igual que cada mañana, alcanza ya el mediodía. La muchacha se siente feliz viendo que todo está en orden, todo tiene sentido, entendimiento y razón que cantara Amancio Prada. La semana empieza bien por este último lunes de agosto justo que le corresponde según el calendario que cuelga de la cocina.

Abajo, lleva su padre más de tres horas sentado al caer de la ventana.  Lleva este hombre tomando la sombra más de año y medio. La hija, desde aquel ictus que paralizara la vista al padre, todas las mañanas del verano lo saca a la puerta de la calle. El hombre tiene los ojos cerrados. Lleva gafas oscuras de recios cristales sobre su mirada enclaustrada. Dos farolas apagadas en medio de su vida por la luz truncada. Lleva sombrero de los de antes, de ala corta, bombín pequeño, de paño negro mate y con una cinta del mismo color, pero sin brillo. Lleva también chaleco negro a juego con el sombrero, pero al padre parece darle lo mismo. El cuerpo lo tiene derecho a pesar de sus años, pero las caderas, como las ventanas de sus ojos, están selladas como la sepultura de su mujer. Sentadas sus posaderas insensibles sobre un cojín blando.

Su hija saca al padre todas las mañanas, lo sienta en el banco. Él ni siquiera se apoltrona en el respaldo. Dos veces a lo largo del día, baja la hija. Le habla al padre. Él no contesta. El ictus le afectó también al oído. La hija encuentra al padre siempre en la misma posición, pero intuye que padre, estando en el mismo lugar que lo dejara, no está en su sitio. No guiña las orejas al ruido de los coches. Permanece quieto como un guijarro a la vera del camino, como un volcán apagado desde el paleolítico, estoicamente tirado, impasible, como un perro en su eterna siesta, inerte, inapreciable, inapreciado, para los transeúntes.

Son las dos. La raya del sol toca ya los geranios del balcón de la casa. La hija aparece por la acera, se acerca y le dice, vamos, padre, es la hora de la comida. El viejo en silencio se deja coger. Sus pies calzados a la usanza antigua con alpargatas de esparto se mueven despendolados ajenos a su control. Ni un refunfuño, ni una murmuración sale de su boca reseca. La hija con esfuerzo mantiene en pie y lentamente conduce al padre hacia la casa. El padre no se resiste, ni blasfema su inutilidad, ni siquiera dice ¡qué asco de cuerpo! La hija presiente que el padre no es ajeno a lo que le ocurre.

Todo está en su sitio, la piedra, el perro, la farola, el banco, las moreras. Todo tiene sentido, menos la existencia cataléptica de un padre desubicado.

miércoles, 23 de agosto de 2017

Te estás haciendo viejo





De nuevo están aquí los amigos. El nogal, honorable anfitrión, desde su posición distinguida, preside la entrada de un trozo de huerta, engolosinada y discreta. El árbol invita a sentaros bajo su sombra. El verde frondoso y fresco de sus hojas apacibles envuelve con su imperceptible brisa vuestra conversación. Los amigos te cuentan, de hablar no paran, te entretienen y te dicen lo que ya sabes, lo que no quieres que te digan, lo que tantas veces te dijeron, os dijisteis, a lo largo de las tres cuartas partes del queso de vuestras vidas.  El mismo chiste, la misma hombrada, el mismo cuento de siempre, la borrachera sonada, el penalty de Panenka, el viaje aquel que juntos hicistéis, cada uno a su aire, perdidos como dos por tres calles.

Sólo cuando los pájaros en el tórrido desplome del mediodía dejan de piar, te das cuenta de su canto. ¡Te encuentras tan cómodo con el silencioso reflejo de tu ser ausente! A estos amigos más los disfrutarías si no los tuvieras delante!

Andas despreocupado. No estás en el mismo bucle. Te sientes aparte, perdido en el presente. Abstraído de tus amigos, del berrear de las cabras del vecino, de los zumbidos del picudo rojo dentro del tambor de la palmera, de los martillazos de la fragua del herrero del cruce. Te alejas de la razón, de cualquier camino que te lleve al remedo de la cordura repetitiva de los amigos. Interesado estás por lo que de suyo, improvisada e instintivamente sale y surge de tu yo más superficial y tonto. Brote sin presión, comezón sin violencia, sin esfuerzo intelectual alguno, como el agua que se desliza lenta por la acequia y que a su paso rezuma olores a madreselva. Lo más primario, y al mismo tiempo, lo más hondo, grato y relajante. Apenas respiras. Ajeno estás a la charla.

Miras de cerca como si miraras de lejos. Te sientes aire, piedra, noguera, azul y verde sombra. Todo menos hombre y contertulio. Y aquí, sí, le das la razón a Ortega con su cita tantas veces amañada: Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo. Y este sentimiento de confundirte con lo que ves en este instante despierta en tí un intenso interés. Tan fuerte, que pasas de tus amigos. Y hasta de tí mismo te olvidas. Y como le sucedió a Mr. Augustus Bedloe del cuento Montañas escabrosas de Allan Poe con la morfina, a tí ocurre con el nogal:
Entre tanto la morfina obró su efecto acostumbrado: el dotar a todo el mundo exterior de intenso interés: En el temblor de una hoja, en el matiz de una brizna de hierba, en la forma de un trébol, en el zumbido de una abeja, en el brillo de una gota de rocío, en el soplo del viento, en los suaves olores que salían del bosque había todo un universo de sugestión, una alegre ...
Tus amigos, además de dicharacheros y joviales, no son del todo iletrados. Uno de ellos habla catalán, es mozo de escuadra retirado. Otro, diseñador de rollos de papel higiénico. El que está a mi lado sabe francés, fue contorsionista del circo Price. Y el de mi izquierda, un empedernido lector del Selecciones Readers Digest. Este último, es el que ahora irónico me reprocha con las mismas palabras de Mariano José de Larra: ¡O felicidad la de haber penetrado la inutilidad del aprender y del saber! Juzgas injuriosa y provocadora su referencia libresca, no por esta frase, que es merecedora de un laureado frontispicio en academias y universidades, sino por su retranca:
Te estás haciendo viejo, amigo. Estás como ausente, callado, endormiscado como un galápago. Cada vez te pareces más al batueco bachiller don Juan Pérez de Munguía. ¿Qué fueron de aquellos nuestros años jóvenes de barricadas y trincheras?
Eludes la trifulca en la que tu amigo quiere envolverte. Te limitas tan sólo, mirando fijo a la campana del  nogal, a decirle:
No hay mayor revolución que la del duro y silencioso invierno. Futura artillería será de un mayo estudiantil de dulces nueces.

jueves, 20 de julio de 2017

Bésame que me muero



Fuimos mi chica y yo a cenar a la freiduría de Enmedio, la que queda a las afueras del pueblo. No celebrábamos nada. Aquella noche me apetecía tomar calamares a rodajas con lechuga y con limón.

Se acercó el camarero. Se dirigió primero a ella:
¿Qué quiere la joven?
La joven sólo me quiere a mí, -dije antes que el mozo apuntara los quereres de mi chica en su cuaderno arrugado y grasiento. Luego, queriéndose hacer el gracioso, giró hacia mí su cabeza de polichinela de circo. Y como quien pide perdón, añadió:
¡Yo no estaría tan seguro, caballero!
Salimos de la freiduría. Hacía mucho calor. Antes de retirarnos, decidimos tomar unas copas por el centro. Yo bebí más de la cuenta. Aún así, recuerdo que en la cafetería, (la cuarta o la quinta de la noche), sonaba La danza deslizante de las doncellas de Borodín. A mi chica todo lo relacionado con la ópera, sobre todo la rusa, la suelta, la catapulta, se agarra a los hombros de cualquier pilastra y es capaz de estar así abrazada a una farola, como diría Umbral, hasta la luz cruel del alba. Pensando que el camarero del Enmedio, un barrendero, o que el misterioso de la botella de coñac de la tumba de Allan Poe nos sorprendiera en medio de la vía pública jugando a los caballos de Bukowski, la desclavé del semáforo de la calle Los amantes de Teruel, justo allí mismo. debajo donde la placa reza:
Bésame, que me muero. Repuso ella: no quiero. Entonces él cayó muerto.
Luego, convencí a mi chica. Y volvimos los dos a la fonda. Ni todos los gintonic y calimochos que llevaba metidos en la cuba de mi cuerpo sirvieron para que me olvidara de las palabras del camarero: Yo, de usted, señor, no estaría tan seguro. Y con el mantra de la cantinela del mozo de la freiduría, me metí entre las sábanas atufadas de carbonilla, ginebra y calamares al ajillo de una pensión que había apalabrado para aquel fin de semana cerca de la estación El Pájaro Azul.

Cuando me acuesto, me da por hablar. Así lo hice aquella noche hasta no parar, hasta la luz cruel del mediodía. Es una costumbre que adquirí de una novia muda que tuve, antes de empezar a salir con mi chica, la mesalina de hoy:
Dime, ¿te hace el camarero más feliz que yo? Dime cómo te acaricia, ¿qué te hace? ¿qué te dice? ¿cierra los ojos?
¡No seas estúpido, me haces daño! Eres morboso y perverso, Estás de atar.
Entonces, dime, a qué coño huele el lado de mi cabecera. ¡Seguro que se tinta el pelo y hasta se engomina el bigote!
¡Basta ya, por favor! Estás cansado, amorcito, lo que necesitas...Teniéndote a ti, no necesito ningún camarero de calamares con lechuga. Me ofendes.
¡Seguro que será tiernamente aguerrido, salvajemente cariñoso, zahorí atinado en sacar de tu cuerpo en trance el más placentero de los gemidos! Todos esos con los que te acuestas parecen salidos de la universidad católica del sexo.
No hay hombre como tú. Tú eres el único, y si por casualidad alguna vez hubiera otro, si no fueras tú, ten por seguro, que a mi bodega no entraría. ¡Deja ya, de decir bobadas!
¿Es aquí, mesalina, donde las manos de tu camarero te tocan para hacerte jadear como un jabalí hambriento?
Estás completamente loco. Tienes fiebre, ven conmigo. Nunca te he mentido. Pero si quieres que mienta para seguir amándote, aquí tienes a tu mejor embustera.
Luego, después de hacer el amor y mirar a los fraileros de la ventana, le dije a mi chica a modo de buenas-noches:
Dame un beso y mátame que me muero de sueño.

viernes, 7 de julio de 2017

Madre escarabajo



Hay días que me siento fuertemente motivada. Otros, en cambio, culpable por ser madre. Anoche mismo le dije a mi pequeña:
¿Sabes, hija, que te quiero un montón?
Esta fue su respuesta:
Sí, pero la abuelita dice que quieres que yo me vaya a su casa a vivir para siempre con ella.
Ya sé que es imposible que Melania, con tan sólo seis años, comprenda que lo mejor para las dos es que vivamos separadas.

Su maestra me dijo el otro día que debería dedicarle un poco más de tiempo, que no tengo por qué proyectar mis desgracias en la niña. También me comentó que Melania está rara estos días, que la ve extraña, arisca con las compañeras. Me dice, además, que en sus dibujos se pinta a sí misma siempre tendida en el suelo en medio de un charco de barro. Y cuando le ruega que me dibuje a mí, lo hace de la misma manera, un poco más grande, pero el charco siempre lo pinta de rojo.

No puedo dejar de olvidar los esfuerzos que hice, cuando estaba embarazada, por deshacerme de ella. Subí y bajé escaleras como un gamo, monté en bicicleta como el más veloz escalador de montaña. Llené mi estómago de las comidas más horripilantes. No quería que se repitiera la historia. Cada vez que me paro a mirar a mi hija, me veo a mí misma transportada en su pequeño cuerpecito, ultrajada, tendida en el suelo, en el fango de mi degradación, tras la violación a la que mi padrastro me sometió, nada más tener yo mi primera regla.

Estoy cansada de querer dar y de dar, de emplearme, ocuparme y entregarme siempre por el bien de Melania, sin jamás conseguirlo. El estigma de ser una mala madre me consume. Me paso las noches en vela. Llevo fatal tener una hija. No quiero ser víctima de mi pasado, pero tampoco quiero que mi hija sea el recuerdo vivo de mi propio escarnio.

Con tal de superar el trauma, no rehuyo escarbar en mi herida; pero es tanto el dolor, que no soy capaz de vivir con mi hija. ¿Cómo se puede odiar a lo que más se ama en el mundo? No es la entrega el más puro acto de amor, sino la renuncia. Y como no confío en mis posibilidades, veo también a Melania prisionera de mi propio esquema. El dolor me perjudica, mi pasado enturbia, distorsiona y confunde también a mi hija. Yo soy la responsable que ella se sienta a su vez culpable, impotente y débil como yo. Un círculo vicioso, el pescado que se muerde la cola. O como dijo aquel: Vivimos en un mundo al revés en donde el bueno tiene que ir al psicólogo para aprender a sobrellevar las cosas que hizo el malo.

Según la cultura, el instinto y la razón, las madres deberíamos inmolarnos por el bien de nuestros hijos. Pues bien, yo digo: ¡que se acabó! No quiero convertir a mi hija en el guiñapo que me convertí desde aquel que fui preñada de manera tan indigna y cruel. Y si algún santo alfaqueque quiere resucitar los aspectos místicos y poéticos de una venturosa relación maternal, redimirme o reeducarme, está en su derecho; pero que sepa que no es lo mismo dar de mamar a un bebé, que insuflarles cada día el veneno que una lleva dentro. ¿Desaparecer?  El suicidio podría ser la solución. Pero no soy tan valiente.

Por lo tanto he solicitado cita previa en los Servicios Sociales de la Comunidad para que tramiten la patria potestad de Melania en favor de mi madre, su abuela materna. Prefiero que todo el mundo vaya por ahí diciendo lo pécora que soy, que no ser una madre escarabajo que se alimenta de los despojos de su pobre hija.

martes, 6 de junio de 2017

Una estatua no es nada.





Yo era un niño. Apenas cinco años. Ya entonces corría en pos de las palomas en aquel parque de los domingos de mi infancia nunca olvidada. Mi abuelo, coetáneo de la estatua homenajeada, quiso estar también en aquel acto. Me llevó con él, tal vez para disimular su presencia entre aquella gente bobalicona, fácil tropa de cualquier sargento chusquero. Mi abuelo también era serio, pero no tan estúpido como para andar tras los pasos de ningún muerto por muy celebrado que fuera.

Antes que la Autoridad diera por levantado y descubierto aquel busto, tomó la palabra un poeta de ojos achispados y atada coleta gris tras sus orejas de murciélago:
A partir de ahora, cada vez que al pasar por estos jardines contemplemos el monumento de este buen hombre, el aliento de sus poemas seguirá respirando en nuestros sueños.
Por supuesto, yo aún no había oído decir a José Hierro aquello de quién puede congelar en estatua una vida. A pesar de mi corta edad no estaba aún tan lelo como hoy para confundir la realidad con una simple mole de bronce moldeada. Jamás una estatua podrá apropiarse de los labios, la boca y los ojos de otra persona, aunque sea la misma a la que representa. Eso es lo que por aquellos días yo creía. Una estatua no es nada. Tan sólo el tren de cercanías de los gorriones para poder llegar a su nido. Lo mismo que un poema es también muy poca cosa. Como tampoco es algo la muerte cuando se acerca, salvo un poema de mal gusto.

Al poeta le temblaban las manos. El papel en sus dedos tiritaba de miedo, debido a la mugre de sus inocentes mentiras. Hacía viento. O tal vez el poeta estuviese nervioso, porque ni él mismo creyera lo que estaba leyendo. Luego dijo: cuento tantas estatuas como hombres. Y al citar a Erasmo, y ver yo las caras inexpresivas de los presentes, me dije: Ahora, macho, sí sé que no estás mintiendo.

Cuando acabó de leer sus versos en presencia del reducido corro de hombres serios, el poeta miró con insistencia a los presentes como pidiéndoles por favor que aplaudieran:
¡Batid vuestras palmas, oyentes testaferros de la palabra, malditos calaveras, si queréis que mis versos surtan efecto!
Los poemas, como los jopos de las cañas de la acequia, necesitan del aplauso de la brisa y del agua para seguir vivos. Tal vez el público esperase algo más espectacular, algo, que fuera más que un poema. Y hasta que no vieran aparecer a la misma celebridad en persona, posada sobre aquel túmulo de granito, pensarían que aún no era el momento de los vítores y aplausos. Por qué cantáis la rosa, ¡oh Poetas! / Hacedla florecer en el poema. (Vicente Huidobro).

Luego, el alcalde con su varita de mando se dispuso a desvirgar aquel bulto tapado con un paño rojo de festones dorados que colgaban de la columna rectangular de mármol gris veteado en negro. Yo supuse que aquello iría de magia. Ahora saldrá un conejo blanco -pensé. Las cortinillas se descorrieron. Cayó deslizándose el lienzo que cubría lo que allí se ocultaba; y para mi decepción, en lugar de aparecer el conejo, un par de peces metidos en una pecera, o una paloma revoloteando, lo que debajo de aquel manto rojo había era un mazacote de cabeza como hecha a mordiscos de rata, aún mucho más seria que el resto de las personas que presenciaban el acto.

Ya entrado en años, recuerdo, la erección de aquella estatua de mi niñez, no con aquella desilusión, sino al contrario, emocionado, menos suspicaz, más tierno y confiado que entonces. Hasta el punto que el tenue silbido del aire, el simple pisar de una hormiga, el bronco cloquear de las gallinas, un simple manojo de cebollas, hoy me saben y me suenan al tic tac de cualquier corazón en marcha. 

viernes, 2 de junio de 2017

La culequera





Antes de que las pestañas del sol desplegaran su arco matutino por la cresta del cerro, ya tenía Pascualico su tonel de agua cargado hasta los topes. Durante los meses de julio y agosto, el hijo de Pascual “el cantero” repartía agua por las laderas de la sierra del Gallo. Su viejo remolque de azul repintado trepaba recodos en busca de secas gargantas, señoritingos de la ciudad que habían escogido la sombra de nuestros castaños como recreo para sus vacaciones.

Cuando apretaba el invierno, en la misma motocarro de azul descolorida, Pascualico acarreaba sacos de cal por las obras de los alrededores. No tenía trabajo fijo. Lo mismo portaba costales de aceitunas a la almazara, capazos de uva a la bodega, que hacía chapuzas allá donde lo llamaran. Cuidaba además con tiento filial de su padre inválido. La descarga inesperada de un cartucho en la cantera donde trabajaba despatarró al viejo como cucaracha aplastada por el pisotón de una mula. Sentado quedó para siempre en su silla de anea.

Nuestra casa estaba llena de goteras. Yo era un chaval de quince años. La reparación del tejado y mis nuevos estudios en la capital debilitarían nuestra economía familiar. Por lo que, para ahorrarnos los jornales del peón, mi padre decidió que yo mismo le arrimara las calderetas de masa al hijo del cantero. Y así, entre teja y ladrillo, fue como hice amistad con este buen amigo. Se cagaba en la hostia como un carretero, pero su alma relucía limpia como una patena. De aquel tiempo, recuerdo su mirar siempre en flor. A pesar de su rudo hablar, de la costra agrietada de sus talones y de sus orejas como asas de orza cosidas a su pelambrera, Pascualico era un romántico de los pies a la cabeza, y no ya porque él alardeara conmigo de sus conquistas con las mujeres, sino porque yo así me lo imaginaba, siempre enramado a sus exuberantes senos.

Un día, al terminar el trabajo me invitó a su casa. Nos adentramos por un camino de chinas de rambla. La falda del monte se dobló de repente, y un boquete en forma de madriguera se abrió a nuestro paso. Allí vivía con su padre el tullido, tres gallinas y un viejo foxterrier que salió a besarnos los pies con la misma unción de un cofrade con su cristo más devoto. Con gesto cariñoso y sin decir palabra Pascualico le colocó bien la gorra a su viejo que dormitaba ajeno al murmullo de las chicharras de la tarde bajo el tendido de una parra. En un rincón del corral, dos de sus gallinas estaban muy aplicadas empollando huevos. Pascualico cogió a la más joven y le metió la cabeza en un balde de agua fría, varias veces, tan sólo unos segundos, para que no se ahogara. Me dijo que lo hacía para quitarle la culequera. Es para bajarle la temperatura, se aplasta como una piedra y deja de poner la muy calentona.

Luego llegó septiembre. Empecé mis estudios en la universidad. El olor al guiso de coliflor de la fonda donde me hospedaba, el cambio de altura, la separación de los castaños de la sierra del Gallo, o tal vez la luz amarilla del flexo sobre mis ojos atiborrados de fórmulas incomprensibles, fueran la razón de mi desazonada urticaria. Empecé a sentir un picor insoportable en mis genitales. A cada momento y sin atender a urbanidades protocolarias mis escrotos sarnosos eran zarandeados por mis manos electrizantes delante de quien fuera. Cuanto más me rascaba, mayor era mi excitación. Por la noche aún se cebaba más la indecente irritación. Era tanto mi escozor que ni cataplasmas de arcilla o refriegues de jabón de coco sobre mis cataplines en sangre viva amainaban mis picores.

Lo que desbordó el vaso de mis huevos escocidos fue aquel día que tuve que salir a la pizarra para demostrar delante de toda la clase el desarrollo interactivo de la atracción de las partículas de corto alcance. ¡Ahí va el filosero!, oí decir en voz baja a una de las traviesillas del último banco, precisamente aquella por la que incomprensiblemente mis huesos se deshacían cada vez que me cruzaba con ella. Y me acordé de aquella tarde en que mi amigo Pascualico le quitó la culequera a una de sus gallinas.

Al salir de clase, me armé de valor. Mi modestia me impide seguir. Lo que sí os puedo decir, es que mi quemazón desapareció por completo. Mis testículos quedaron sanados al instante, libres de sarna quedaron, rayados y limpios como una era barrida de polvo y paja. Y, mis queridos lectores, si queréis saber la razón, tendréis que preguntárselo a la que ahora es mi mujer, aquella guapa zagala del último banco de la que os hablaba antes.

domingo, 21 de mayo de 2017

Callos a la manera de Oporto fríos




Como un conejo que acosado recula a su madriguera, ¡ay con qué ganas este viejo ciego se cobija bajo las alas de sus años de niñez enfervorizada, aquellos claustros de confianza, celofán bendito de promesas vanas; pero, ¡tan esperanzadoras! ¡Qué paz, qué dicha! Como dice Pessoa: Sé muy bien que en la infancia de todo el mundo hubo un jardín.

La dicha del vivir no se casa con unas determinadas circunstancias. Puede el pájaro cantar, lo mismo encerrado en su jaula, que yo sonreír en medio de la tormenta, o que tú llorar rodeado de riquezas, o como aquel otro loco que exclamó bésame y hazme sufrir. Pero no conozco a nadie que maldiga y renuncie de su niño vestido de primera comunión, por muy ateo que se crea.

En estos tiempos seniles ya no tiene el hombre etapas que cubrir, obstáculos que librar, flores que cuidar. Todo le viene impuesto. No decide el color de los días, como tampoco traza destinos a posibles ciudades Esmeraldas. Hoy su única ruta: de la cama a la mesa, de la mesa al sillón de mimbre. No elije ya el vuelo de la abeja de sus sueños. Hace tiempo que dejó de polinizar su almendro mollar. Sus frutales dejaron de florecer. Ya no es reclamo para nadie. Ya no huelen las hojas de menta del parterre de la entrada. Nadie viene a visitarle. El hombre no espera nada. Una cosa sí le queda aún al hombre por hacer.

Creen que porque está viejo y cansado, y se mea sin darse cuenta, su cabeza no le rige. Cuando lo llevan y lo traen sin contar con él, cuando el peso de los acontecimientos no se detiene ante nada, cuando la fuerza de la gravedad se impone a su libre albedrío, ley inexorable que enfrenta al cordero con su irremediable carnicero..., el hombre, entonces es cuando mejor entiende la vida. La gente no sabe que este hombre nunca fue más razonador y consciente que cuando no contaron con su inteligencia. Es ahora cuando mejor se entera de las cosas. Lo que le pasa es que no tiene igual a quien decir que, si la vida merece la pena, no es por lo que pesa, ni por lo que dura, ni por lo que cuesta, sino por aquel perfume que un día una bella muchacha le dejó en prenda. El hombre todos los días saca este aroma a la puerta de la calle como señuelo por ver si aquella moza volviera. Tiene que devolverle el beso que un día la vida le diera. Son más bien los demás que no se enteran. Hace ya más de mil años que a la señora que le cuida le pidió para cenar un plato de amor caliente. ¿Y qué es lo que ésta le trajo? Un par de huevos fritos con lentejas. Le ocurre lo que le pasó a Álvaro de Campos. Su amigo también pidió amor y le trajeron callos a la manera de Oporto fríos.

Nunca pedazo de manzana asada que su cuidadora le pone ahora en los labios le sentó mejor, ese gusto suave y dulzón que hace sonreír al viejo sin dientes, sonrisa boba y feliz sin tejos e hipocresías que traben la sinceridad de su alma que le sale por la boca. Ellos hablan de pérdida de memoria, demencia, deterioro. El hombre, si sonríe, es porque este sabor le sabe a único, tan único que puede que este bocado de manzana sea el último de su vida. Por eso le sabe a tanto. No hay beso más largo que aquel que se dan dos enamorados al despedirse. Durará todo el tiempo en que vuelvan a encontrarse.

Hoy con tan sólo sentarse al caer de la ventana y mirar como las cataratas de sus años desvanecen los azules del día, ya va sobrado. Emplearse en otra cosa ya no es capaz. Ni para limpiarse el culo se vale.

Antes, de niño, para ver, abría sus ojos como platos. Hoy, ha de cerrarlos, mirar hacia adentro, si contemplar algo quiere. Es tiempo ahora de obligado recato, piedad de sí mismo, concentración aceptada y serena.

Carencias que ayer fueron impulso, proyecto, dinamismo y un sin parar de propósitos en marcha, hoy, esas mismas limitaciones le tienen secuestrado en este sillón de mimbre por el que se escurren sus huesos acartonados.

El hombre en la puerta de su casa, al abrigo del sol de la mañana, se pasa de las once hasta el mediodía oyendo el resoplido de sus pulmones broncos. Una manta de colores a cuadro le cubre las rodillas. La asistenta le esclafó la boina sobre su calva como el sacristán apaga las velas con su caperuza de latón al acabar la misa. El hombre no espera nada, salvo que una bella muchacha venga hoy a recoger el perfume que un día envuelto en un beso ardiente le dejara, asidero instintivo, clavo de fuego de supervivencia eterna.

Luego, la mujer que le cuida, cuando la raya del sol esté a punto de sobrepasar el altozano, volverá a salir a escena para exclamar sobresaltada:
El viejo se murió como un bendito, sin rechistar apenas. ¡Ay mi Dios, cómo olía a rosas este hombre!

jueves, 18 de mayo de 2017

Celos de zarzamora




Te odio y te deseo, te persigo y te rechazo. Siento vergüenza de verte atraído por la sangre de mis espinas, como las aguas del cauce hacia el plantío, como los cipreses hacia la luz; pero no te pareces ni a la luz, ni al agua, ni a los árboles, eres mi sombra, la ausencia de nuestro amor.

Siempre que me vienes a la cabeza te veo pegado a otra mujer más dulce, menos amarga. Siento envidia de ti. No deseo por ello tu muerte. Quiero mantenerte siempre enzarzado, herido por mis hojas encrespadas, quiero conservarte siempre vivo para matarte cada amanecer.

Si algún día la justicia te encontrara y te condenara por robarme un sueño, no lo dudes, solicitaría tu indulto, no quiero verte muerto, quiero conservarte entero para poder despellejarte, para poder sacarte el corazón, transplantarlo, todavía latiendo, en mi pecho y poder así amar como tú amas a la mujer de tu juventud. No veo otra manera de seguir viva. Celos de zarzamora estúpida.

Te apeteció hacerte el encontradizo con ella en mi propia casa, no pudiste respetar mi intimidad. En lugar de disculparte mira, he venido por unos papeles que me hacen falta, es sólo un momento, no quiero molestarte..., utilizaste la misma excusa para incurrir en lo que la excusa misma trataba de ocultar.

Una insinuación, un roce intencionado-fortuito, una amistosa caricia, el gancho de vuestra mirada, bastó para que hicierais el amor en mi propia cama. Necesito alimentar la verdad de mi mentira con mi alocada imaginación llena de supuestos falsos. Como aquella periodista a la que despidieron porque se inventaba las crónicas que enviaba a la redacción. También yo me imagino lo que no veo. Me resulta más cierto imaginarme que una noche te amé hasta el amanecer, que admitir que yo espanté a la mujer que tu amabas, que me dejaste por otra.

Suplantarme sería lo más eficaz. Matarte, mi fatalidad. Debí tener el valor para deshacerme de tí aquel día que te vi nacer en aquel espejo de aguas esmeriladas. Es muy complicado ir en busca de algo que no conoces, que no sabes donde se encuentra, y si lo sabes, ¡qué más da! ... Soy como ese picazón de espalda que no puedo soportar y al que mis dedos no alcanzan. No tengo a nadie para decirle ráscame aquí.

Tampoco comprendo mi bronca contra ti. Yo en tu lugar hubiera actuado de la misma manera. ¿Acaso no es eso lo que siempre pretendí? No eres culpable de enamorarte de una mujer a la que yo no llego, de la que me siento lejos, en la que no me encuentro.

Mi flor también es blanca y se deja bañar por el alba, pero presagia boscosidad y amargura, es prosaica. Mi obsesión por atraparte se debió al deseo de poder expresarte mi amor cual aquella otra flor aterciopelada de candor, melocotón y rocío. Durante más de sesenta años sólo eso he querido: que el fruto rojo de mi esencia escanciado fuese por alguien que fuese capaz de... Tanto tiempo llevo así, que he llegado al convencimiento de que no nací para el amor. Me limitaré por ello sólo a decir como el poeta:
Ya que en la juventud no fui embrujada
ni conducida hacia el amor,
escucharé a los árboles en su amable silencio,
al viento que se agita.

(Philip Larkin)

lunes, 15 de mayo de 2017

Nacido del mar





Miré hacia la bahía. Nadie por los alrededores. Del maletero del coche saqué el cuerpo. Lo arrastré como pude a lo más alto de la duna. Con el pie tracé una línea perpendicular al arrecife. Cavé una franja e introduje su cadáver en el hueco húmedo de la arena.

Desde aquí podrás ver el mar, -le dije balbuciente, mientras ponía entre sus manos yertas una caracola de nácar recién cogida de las rocas del puerto. Con la tierra sobrante formé un caballón bien abultado para que los perros no dieran con su cuerpo. ¡Para que las alimañas no husmeen tu sepultura, para que las olas no roben el mar de tus corales!

Sentado junto a la tumba, con lágrimas de sal y rabia, maldije al endiablado destino. En momentos trágicos siempre me pongo trascendente. Mi dolor se hizo pregunta: ¿Por qué esa manía de identificar a los muertos, si la muerte nos convierte a todos en nada? Ni cristos ni ritos, ni palabras ni rezos podrán abrir ya tus ojos de arena.  Me puse de pie. Entre escéptico y convencido dije respetuoso:
Si al menos supiera tu nombre de pila...  
De un reseco alcornoque corté dos ramas para formar una cruz. Ayudado de mi navaja, en su palo horizontal quise tallar las iniciales de su nombre. Pero mi amigo no tenía nombre. Le llamábamos el libélula por la transparencia de su corazón, por la agilidad de sus movimientos, por el equilibrio de sus razonamientos a la hora de dar un golpe: pequeños hurtos en el mercado de los sábados para costearnos los cigarrillos, o las entradas para ir al concierto de Metálica, o ir a ver a los Iron Maiden. El libélula no tuvo madre que de niño le pusiera un nombre.
A mi madre se le cayó mi nombre en la mar, –me dijo una tarde en el paretón donde nos juntábamos a menudo a jugar a las cartas, mientras el bermellón del sol maceraba las heridas de nuestros sueños quebrados. De ahí su manía por el mar. 
El libélula necesitaba ver el mar.
No sé quien soy. He de encontrar mi nombre. A mi madre se le cayó en una travesía rumbo a la tierra Prometida. Yo me salvé de milagro gracias al buena voluntad de unos turistas que veraneaban en Valparaíso ¿Vienes conmigo a buscarlo? 
¡Vamos!
Teníamos quince años. Vivíamos tierra adentro, encerrados en el terruño inhóspito de un pueblo yermo que nos despreciaba por huérfanos, muchachos inadaptados e hijos de la gran puta. Separados de la costa, enfermos del mar, a más de cuatrocientos kilómetros de sus aguas progenitoras, masticábamos el ricino de nuestra adolescencia.
¿Pero cómo vamos a conseguir los billetes para ir a la playa, si no tenemos ni para un canuto?
El libélula estaba enamorado de lo que no conocía, henchido de su ausencia estaba. De haber conocido a su madre no la hubiera deseado con tantas ganas. Prendado estaba del vacío sedoso de sus aguas, del gorjeo de sus senos de espuma, de la dulce marejada de sus olas pequeñas, de la canción de sus labios, de su sirena de madre, de la leche de su brisa. Mi amigo, por ver el reluciente y desnudo cuerpo del mar, estaba dispuesto a dar incluso su vida.

Lo teníamos todo controlado. La hora: la idónea, al mediodía. La panadería cerraba a las dos. Hasta la noche, la encargada del despacho no hacía la caja. Calculamos llevarnos cuatrocientos machacantes. Lo justo para el viaje. 

Todo hubiera salido bien, de no ser por la bala de aquel maldito madero que agujereó por la espalda el corazón de el libélula.

Yo pude escapar con vida. Y prometí en ese momento que, aunque tuviera que robar el tridente del mismísimo Poseidón, conseguiría traer mi amigo al mar.

lunes, 24 de abril de 2017

El pretendiente de mi hermana




Después de haber estado con él, los dos comiendo juntos celebrando nuestro encuentro, eché para atrás mi saciado cuerpo sobre el respaldo de la silla. Delante: las sobras, los tristes huesos repelados de las patas de cerdo, las copas vacías sobre un mantel rancio de papel oscurecido. Estaba deseando perder de vista a mi viejo amigo.

Fuera, llovía a cántaros. La lluvia sacudía con furia los ventanales que daban a la calle del mesón del Desvío. La tormenta me aconsejaba retrasar la despedida hasta que escampara. El agua rechinaba salmos de penitencia sobre las llorosas cristaleras. Si no hubiera sido por menú tan sustancioso, imposible haber aguantado la presencia de aquel viejo compañero de estudios.

Quedas a comer con alguien a quien no has visto desde que acabaste Magisterio. Y aquel que confeccionaba los apuntes de Didáctica, tan bien resumidos y con letra tan legible y ordenada, ahora come a dos carrillos, regurgitando la ensalada, igual que una cabra, ramas de naranjos. Tú en aquel tiempo, las gracias se las dabas a tu hermana. Por ella te pasaba él gratis las fotocopias de sus resúmenes. Recuerdo que, el ahora mi comensal, cobraba 60 euros por fajo y asignatura. Dinero que el empollón de mi amigo pretendería luego cobrarse a cambio de algún beso furtivo per la mia amata sorella. Le gustaba por aquel tiempo a este Dante colega mío enamorar florentinamente a las chicas.

Terminamos de comer y ya nada en común teníamos, salvo ese odio mutuo que los dos tan bien disimulábamos. Muy pronto satisfice yo sus protocolarias preguntas. Antes de acabar el entremés, unas almendras y una lonchas de chorizo, ya le había contado todos los entresijos de mi vida: que después de terminar la carrera, varias veces me presenté a las oposiciones de Primaria, que no aprobé y que desesperado, apalancado de esquina en esquina, me pasaba las mañanas de invierno contemplando el intermitente de los semáforos de la avenida del Paro: y que en verano, en un chiringuito de Mazarrón, me sacaba lo mío los fines de semana fregando platos como una gata engolosinada. El resto de los días, contemplaba cómo hacían enfurecidas el amor las lagartijas, y que yo seguía más soltero que la una. A él no necesité preguntarle a qué se dedicaba. Por sus antecedentes académicos pensé que por lo menos sería concejal de urbanismo de algún ayuntamiento importante de la Región. Por lo que me contó, mientras se chupaba los dedos churretosos, yo estaba equivocado. Mi amigo, en realidad era presidente y director de un negocio cuyo nombre no recuerdo. Sonaba a algo así como a Enredadera, Palma Arena o Pasarela. Lo que no me dijo, pero sí maliciosamente deduje, es que a través de dicha empresa, il mio amico in quel momento aspiranti mafioso, a lo que realmente se dedicaba era al blanqueo de dinero.

Vidas a parte. Cada uno tiene la que desmerece, hablo por lo que respecta a mi amigo. El destino de cada uno, ni está escrito, ni se lo labra nadie, ni es casual ni fortuito, sino que un día sin razón aparente nos viene de la mano de un padrino sin escrúpulos y alérgico al curro. Así le ocurrió a mi amigo, quien se desposó por conveniencia con la hija del dueño de una casa de subastas en un viaje a Mallorca.

Y si aquella mañana estábamos allí los dos en el Mesón del Desvío, es porque, así como antaño, por ponerle yo a tiro a mi hermana, el me pasaba gratis los apuntes, hoy, al invitarme tan gustosamente a comer, pretendía lo mismo: saber el paradero de mi hermana. Aquel beso que entonces mi hermana le negara, piensa mi amigo el florentino que aún es posible. Besos pendientes y no dados son del recuerdo esclavos.

Como quien no quiere la cosa, me preguntó por mi hermana, disimulando interés alguno. Yo puse cara de basto, no quería en aquella ocasión, como cuando éramos estudiantes, ser otra vez celestina de algo tan libre y sagrado como era el corazón de mi hermana. Al fin al cabo, ella era la dueña en exclusiva de sus sentimientos.
¡Que te den! A mi hermana ni la mientes, hijo de puta. Hoy es la virtuosa esposa del charcutero del mercado de abastos. Y no como tú que te casaste para hacerte con el asqueroso negocio de tu suegro.
A mi amigo tal vez le sorprendieron mis palabras. Se puso nervioso. El cuchillo se le cayó al suelo. Y mientras se agachaba para cogerlo, musitó algo que no llegué a entender.

Luego los dos, como si tal cosa, seguimos con los postres. Él, una tarta de queso. Yo, natillas de la casa. La lluvia, que había cesado, empezó de nuevo; esta vez acompañada de granizo. Mi viejo amigo siempre fue muy torpe e interesado requebrando a las mujeres. Aún así, reconocí que a quien siempre quiso y aún quería este pobre hombre era a mi hermana. Sentí pena por él. Y a mi me invadió un cierto arrepentimiento. Tras bebernos los dos una botella de Gran Reserva de Valdepeñas es normal que a mi me diera por sincerarme.

Los amarillos del sol se reflejaron tenues sobre la tarde desapacible. Las nubes habían desaparecido. Llegó la hora de despedirnos. Quise arreglar mi despropósito anterior, la manera ineducada de cagarme en la madre que lo parió, por haberle llamado cobarde criatura y otras cosas que me da vergüenza decirlas. Y para mostrarle mi arrepentimiento, esto es lo que le dije antes de estrecharle la mano:
Perdona si antes fui estúpido contigo.
A veces lo que le decimos al otro es lo que hubiésemos querido haber oído de su boca. Y es así como ahora, pasado el tiempo, interpreto aquella despedida. No fue precisamente para pedirle perdón, sino todo lo contrario. Lo que yo quería es echarle en cara a mi desaprensivo amigo que debería haber sido él quien se disculpara por haber querido reutilizarme como tapadera para tirarse a mi hermana.

domingo, 16 de abril de 2017

O felix culpa





O felix culpa

(del Pregón de la Vigilia Pascual.
Liturgia romana)



Aquella niña fue mala para sentirse culpable de lo que jamás había hecho. Por supuesto esta inocente criatura no había tenido tiempo de leer a George Berkeley. El concepto que de ella misma tenía no se correspondía ni con su belleza, tampoco con su bondad. En aras de la verdad, tengo que decir que esta niña era tremendamente hermosa. Ella se veía a sí misma mala porque, desde pequeña, sus padres le inocularon en el cerebro y en su alma dicho sentimiento malévolo. Jamás se sintió por los demás querida.

Aquella niña fue mala simplemente para sentirse culpable, para purgar algo de lo que se le acusaba indebidamente. Fue mala porque creyó que así podría saldar su maldad con sus diabluras. Y así viéndose condenada de por vida, (eso creía ella), su remordimiento tal vez la redimiría. Luego el tiempo y también los seguidores de Freud comprobarían que la cosa no resultó ser como ella pensaba. No es bueno vivir siempre con la culpa. Ya lo dijo Séneca: una persona que se siente culpable se convierte en su propio verdugo. La niña se hizo mayor, una mala hembra, una pécora de muy señor mío. Acabó en la cárcel de mujeres de Alcalá de Henares.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Sueños sin resolver




¡Cuán terrible es este lugar!
(Génesis)

Soñé de madrugada. No es lo mismo soñar a primera hora, cuando apenas te has acostado, que hacerlo ya cansado de tanto dormir. Los sueños tempranos, como los diezmos y primicias son los más sabrosos y agradecidos. Cuando me desperté, eran ya casi las dos de la tarde. Por la parte baja de la persiana, el sol tembloroso de un sábado destemplado se colaba tímido y a regañadientes desvelando las motas de polvo blanco amotinadas sobre el cristal de la mesilla.

En un mar de aguas ondulantes estaba, no sé si bañándome, creo que no, pues no soy muy dado a este tipo de entretenimientos acuáticos, me aburren por su liquidez fetal y anodina. Una circunstancia externa y extraña me habría colocado allí. Así como una ventolera acorrala a un montón de plásticos arrugados, papeles de propaganda electoral caduca y hojas secas contra un ángulo sin salida, me vi yo arrinconado. Atrapado fui por el sueño en una ensenada de aguas oscuras, oleaginosas, extensas, sin contornos ni playas a la vista. Las tinieblas alumbraban las ondulaciones suaves del agua. Su cerco: la nada. Y sentí ese mismo pánico al vacío que sufren algunos artistas, cuando descubren en alguna de sus obras el más insignificante espacio sin pintar. Crestas pequeñas y romas de suave espuma, purpurinas y tinteneantes, revoloteaban con ese burbujeo parecido al de un caldo desconocido que se cuece al calor de un fuego invisible. Todo el mundo, mi mundo era una olla inmensa sin paredes que pudieran delimitar su contenido en constante ebullición sobresaltada.

Y allí metido en aquella soledad pantanosa, sin lunas ni estrellas, intenté buscar la orilla. Quise orientarme, para así encauzar mi salida hacia algún sitio consistente. Ningún lugar de referencia en que asirme encontraron mis miedos. A mi alrededor, sólo el infinito de un horizonte gris e irreconocible, esa quietud agobiante, paz dudosa y sin opuestos que la cimenten, sin bahía ni caladero donde arrojar las redes de mi asustado y temblequeante cuerpo. Suplicios que no eran físicos, pero su tormento sangraba a raudales mi alma. No hay suplicio más grande que desconocer la realidad que tenemos delante. Mis sueños aterradores llegaron a lo insostenible. La angustia se apoderó de mi con tal fuerza, que llegué casi a perder el conocimiento.

De pronto, antes que el horror me dejara exánime y sin sentido, antes de morir ahogado, un mecanismo automático me liberó de la tortura del sueño. Y rescatado así fui de las garras estranguladoras del agua. Me ha ocurrido otras veces. Cuando el paroxismo de un sueño se ceba conmigo de manera tan alocada, un resorte interior viene en mi ayuda, y al momento paso al estado feliz de la vigilia. Es como si mi cerebro dispusiera de un dispositivo de alarma para espantar a los ladrones de la cordura.

Sería pedante, repetido y nada original, si dijera, cual Monterroso, que cuando desperté, yo aún seguía en ese mar incierto, sin costas ni playa donde dejar caer mi cuerpo exhausto, pero esa es la verdad. Es cierto, mis miedos habían desaparecido; pero yo seguía igualmente perdido y desubicado. Tan perdido, que llegué a dudar de si yo era el mismo que hacía tan sólo unos instantes me moría de miedo en aquella ciénaga sin acordonar y desangelada.

La casa donde desperté no era la mía. Tampoco sus inquilinos me sonaban de nada. Aunque de esta última circunstancia yo no estaba muy convencido. Era ya pasado el mediodía. No sé por qué supuse, aún siendo tan tarde, que todos estarían durmiendo. Tampoco supe si todos, porque a todos los que allí vivieran, no pude verlos.

Tan sólo vi a quien tapado con una manta marrón de franjas blancas dormía como un lirón. Acurrucado sobre un sofá roncaba con resoplidos intermitentes. Esperé en un sillón junto a una ventana que no sabía si daba a la calle, a una terraza o a un patio interior. Por no despertar al hombre, que frente a mí descansaba, no me atreví a descorrer la cortina, para evitar así que la luz del exterior interrumpiera su descanso. Al durmiente yo sólo podía verle la cabeza por su parte de atrás, pues dormía contra la pared. Procuré no hacer ruido. Quieto estuve más de una hora. Pero, transcurrido el tiempo de espera soportable a mi agitación interior, sentí que aquella inmovilidad de nuevo podría llevarme al lugar del abismo de mi anterior sueño turbulento. Cansado de esperar, moví un poco la cortina para deshacer un poco la oscuridad y asegurarme que aquel nuevo sitio donde había venido a parar, nada tenía que ver con aquel otro terrible escenario del sueño horrible del que yo venía.

El hombre del sofá seguía roncando a destiempo como la polea chirriada sobre los dientes mellados de un viejo molino. Sus ronquidos, a pesar de no ser sincronizados, se me hicieron cíclicos y tan asumidos que llegué a confundirlos con los estertores de mi respiración gutural y entrecortada. El punto de su origen, (la tronadora garganta del individuo del sofá), y el de llegada, (mis fatigados oídos), confluían en un mismo punto, hasta no saber si era el hombre el que roncaba, o era yo el que respiraba. Y la sola posibilidad de haber llegado a esta conclusión, me hizo exclamar sobresaltado:
Yo ahora no estoy soñando, pero ¡por Satanás! aquí pasa algo que no se corresponde con lo que, despierto, estoy viviendo.
Mis palabras sonaron tan fuertes que despertaron al del sofá. Después de saludarnos, yo le conté las tribulaciones de mi sueño del agua sin manos de tierra que la contuvieran. El hombre puso cara de no creerse nada. Y me dijo contrariado:
Eso es imposible. Tu sueño no es tuyo, es mío. Nadie puede tener el mismo sueño, y mucho menos a la misma hora, a no ser que los dos seamos la misma persona.

miércoles, 22 de febrero de 2017

El buen Caín





Madre agoniza en un hospital del extrarradio. No es vieja mi vieja. Pero cuarenta años son muchos para quien ha sufrido demasiado.

De pie frente a su cama espero su muerte. Nunca un hijo es del todo bueno para una madre. ¡Y menos yo! que soy su agonía.

Seis de marzo. Las nueve de la mañana. Enfrente del hospital, un colegio. Desde la ventana de la habitación 166 donde se desangra mi madre veo la entrada de los niños. Las mamás despiden a su hijos con un beso. Y de nuevo ese amor que yo no tuve escupe envidia endiablada sobre mi cara huérfana. Es una desgracia no tener madre, pero es peor, aún teniéndola, no recibir nunca su caricia.

Perforación de intestino -dice el médico. Seis troneras revientan su tripa y un líquido purulento infecta los ríos de su cuerpo. Pero yo sé que no es la peritonitis lo que a mi madre mata; soy yo: su fatalidad inducida, mi quijada astillada en el pecho de su hija, mi hermana deficiente.

Desde el accidente de mi hermana mi madre se vino a bajo. Pensé que, muerta mi hermana, tanto madre como yo íbamos a disfrutar de la vida. Ella, libre de su pena, sonreiría. Caprichosas son las bolas que juegan al marro de la muerte. La vida termina en seis. Y de los ojos de mi madre surten dedos acusadores que me señalan, me marcan para siempre como verdugo ejecutor de este fatídico número, cábala maldita de la muerte de su hija.

Madre siempre quiso que su hija, mi hermana parapléjica, muriese antes que ella. Nunca confió en que yo podría seguir cuidándola.

Seis años tenía también mi hermana cuando murió atropellada. Todas las tardes mientras madre limpiaba las oficinas del banco, yo paseaba el cuello retorcido de mi hermana, sus manos de al revés, su risa congelada, su baba infeliz, su cuerpo de nervios desatados, espasmos compulsivos, su tronco epidémico sin meninges. La responsabilidad de cuidar de una niña paralítica superaba mi corta edad.

No esperé a que el semáforo se pusiera en verde. Nadie supo luego si fui yo el que empujó su silla de ruedas hacia el paso de cebra para que el coche la despidiera en medio de la carretera. El vehículo que venía detrás no pudo evitar el encontronazo. Mi hermana murió en medio de la calzada. Apenas sufrió, pues vi que su eterna sonrisa congelada no abandonó su cara.

Tras la desaparición de mi hermana, madre nunca me preguntó por las causas del accidente. Tampoco vinieron los besos deseados, mis besos programados. Los besos, que con tanto mimo yo sembré aquella tarde de autos, se los llevó el viento. Hay cosas que entre una madre y un hijo sólo se dicen en el silencio del instinto, en la muda intuición clarividente de dos personas que soportan el mismo fardo. No fue necesario que yo le dijera a madre que mi intención era aliviar su carga, lograr que sus ojos me miraran, impedir que mi hermana nos matara. Legítima defensa. Mi hermana era nuestro muro. Yo, el tanque encargado de abatirlo.

Se huele a muerto en esta habitación del hospital. Oigo detrás de mí:
¡Qué guapa está tu madre, tranquila, relajada, sin esas arrugas que, despierta en vida, le sombreaban el alma! 
Y de nuevo la incomprensión ajena me remueve las tripas del corazón.

No puedo besar su cara. La tiene llena de tubos, de cables, de dudas. Ventilación mecánica. Deus ex máchina. Consigo a duras penas tocar su frente. Y le digo:
Vive que te necesito, "yo que solamente he nacido". Tienes que darme los besos que nunca tuve, rebanadas de pan con miel, esa merienda que nunca me diste.
Las motas del sudor de su muerte cercana se pegan en mis labios. Siento en la boca un dolor frío. Huelo a boquerones podridos. No aguanto el estertor de su agonía, su mirada lejana, indiferente, vacía de perdón y entendimiento.

Abandono la habitación y me dirijo a la capilla del hospital. La iglesia está vacía, helada, como la cara de mi madre. Miro al Cristo crucificado que cuelga de la pared principal y le grito:
¡Oídme, oh Dios! si es que habitáis esta casa, no dejéis que muera madre. Yo no soy cliente tuyo, soy un fratricida, pero mi madre sí es creyente. Estáis obligado por lealtad y por oficio a socorrerla.
Vuelvo a la habitación número 166. Los ojos de mi madre, antes de cerrarse para siempre, me miran, me llaman, me besan.... y me devuelven ¡por fin! el amor que me robara mi hermana.