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miércoles, 8 de noviembre de 2017

Letras de otoño



En esta desmadejada mañana de otoño, los reflejos de un sol desganado juegan a las cabriolas entre los morados de la parra de la empalizada. Opekú rechaza las ventajas de la escritura. El viejo escritor renuncia a vivir las mil vidas que la imaginación de sus letras le propone y dispensa.

Durante su dilatada vida, con su pluma llegó a ser lo que quiso. Hasta jugó con sus textos a estar vivo después de muerto. Y se vio entre los cadáveres que yacían a su lado, aleteando rescatado y fluorescente al rescoldo de una lamparilla de aceite sobre el altar mismo de su sepultura. Una mañana miró el alba y se vistió del rocío de la madrugada. Otro día fue aquel homínido del Pleistoceno descubierto por unos escaladores en las montañas del Himalaya. Le dio caza al mismísimo cuervo de la diosa Palas. Gracias a la escritura pudo ser lo que le dio la gana: canto y agua, semilla y beso, vientre y azada.

Hoy ya no le trae cuenta seguir escribiendo. Él pone como excusa que sus dedos retorcidos por la artrosis ya no le responden. Pero miente. No es que él haya abandonado la escritura; es la escritura quien lo ha dejado a él. La escritura como mujer en quien él había puesto toda su confianza, le ha fallado. No es que la escritura se haya buscado otro amante. La escritura como solución y apaño es un engaño.Todo aquel que se acerque a ella con ánimo de encontrar remedio a sus males y forma a sus sueños, pierde el tiempo.

 Opekú llegó a decirme:
La escritura lo ha sido todo en mi vida: mi conciencia, mi única pertenencia, mis manos, mis ojos, mi andar seguro entre las tinieblas. ¡Ay, equivocado de mí! Cualquier escribir es una imposibilidad metafísica, la ausencia emborronada de nuestro deseo inútil.
Tan convencido lo vi de lo que decía, que no quise contrariarle. Pensé: si este hombre deja de escribir, se volverá loco. Al menos hasta hoy su escribir le valió para ahorrarse en pagar a un psicólogo.

Hoy Opekú son las hojas arremolinadas que el aire de ayer arrinconó en el recodo entre el pozo ciego y la entrada a la cuadra. Y su cuerpo…, su cuerpo es aquel tronco viejo de la olivera que se retuerce de dolor ante las inclemencias de las rachas del viento en el rincón que da al paredón de su casa en ruinas.

martes, 27 de junio de 2017

Para qué seguir escribiendo



Cada mañana me dispongo a escribirte confiado en que mis cartas algún día me devolverán tu paradero. Te he dicho ya muchas veces que mi mayor deseo es que mis palabras te descubran, me definan. Para mí, escribirte es ir tras tu búsqueda, sin saber que tal vez yo sea el león ese que pretendo cazar con tanto acierto.

Esta mañana las palabras se me resisten. Debería no obsesionarme. Buscar otros caminos para llegar a ti, dejar mi mente vacía, no cargar más mi pluma, para que tu puedas entrar en ella libremente.

Introvertido siempre en el enrarecido, oscuro y paranoico ambiente de mis bulliciosos escritos, nunca te doy la oportunidad de que te muestres como eres. La prueba que lo que te digo es la pura verdad, es que llevo más de cuarenta años escribiéndote, y en ningún momento di contigo.

Tan taxativamente me creí aquello de que las cosas son el nombre, que nunca te busqué fuera de las palabras. Ni una sola vez, se me ocurrió probar suerte en el bar, en el cine, en la bolera, en el almizcle de una pantera, o en el sabor auténtico de una marinera murciana con la que un buen amigo acaba de agasajarme.

Si la escritura no me lleva a ti, ¿para qué entonces seguir escribiendo?   

martes, 13 de junio de 2017

La metafísica del volcán arrepentido



La pluma es la lengua del alma
(Cervantes).

No sé si existe el alma. Lo que si sé es que la siento cuando escribo. Oigo el aleteo transparente de su su tinta azul en mi conciencia, escucho el golpeteo crujiente de los peces de sus letras sobre el papel-río absorbente de mi cuerpo. Y así como el niño se concentra escuchando Pasito a pasito de Luis Fonsi, yo, como me encuentro, es escribiendo, y vuelvo a mí mismo, me calmo y me contengo como un niño autista. Y los giros circulares de mis grafías-remolinos me envuelven, me arrullan con la melodía de sus grafemas encendidos. A ellos me abrazo como flotador-madre-llama-nave ardiendo en medio del mar tenebroso de los fantasmas reales que me acosan. Y en los renglones pautados de mis cuadernos-borradores me siento seguro en medio de la babélica borrasca.

Y ese fantasma, el más grande de todos, soy yo mismo, mi destino, el destino, o ese cocodrilo que habita en mi, sin ni siquiera saber cómo se llama. ¡Y qué manía de dar nombre a los espectros! ¿Por qué nombrar lo que no conozco, si ni a las claras se me aparece? ¿Por qué habría yo de dar nombre a Dios, llamar de alguna manera a un poema, si ese Poema son todos los poemas, es el poema eterno, el de Lorca, el de Miguel Hernández, el de Witman, el de Machado, el de Storni, el tuyo, el mío y el de nadie, el de sor Juana Inés de la Cruz? El repiquetear de cualquier muchacha sobre las baldosas de la acera bajo mi ventana, todos sus andares me llevan a la misma palabra-mujer que nunca encuentro. No sé cual es su nombre, no la conozco, ¡ay que ver qué soledad sin su dulce taconeo!

Al día de hoy, ningún verso (de vértere) me devolvió la joven que amo y me vuelve loco.Y vuelvo a la escritura para ver si en mis letras encuentro al menos el brillo del sol en sus cabellos. O me encuentro. Tal vez yo sea el ánima, el ánimus, esa sospecha-duda-acierto-linterna apagada que llevo dentro sin saberlo. Lapsus cálami. Mástil quebrado de mi asidero. Y la simple sospecha de que el subconsciente sea Dios, que Dios viva y hable en mi subconsciente, (Césare Pavese), convierte (de vértere) en creación el verbo en subjuntivo-futuro de difícil cumplimiento. Y entonces, ¿para qué buscar en las palabras lo que ellas por sí mismas nunca podrán delimitar-abarcar-definir, esa grandeza infinita que dicen llevar en la escritura de su vientre concebido?

La escritura me devuelve la razón y la cordura que a veces el habla en su confusión arrebatada y presurosa me niega, me traiciona y hasta en ridículo me deja, al no disponer yo de argumentos para demostrar la verdad de mi corazón aligerado y en caliente. Mi verdad son mis sentimientos. Y esta verdad en ebullición puesta en mis labios inconscientes necesita del reposo, del equilibrio, de la estabilidad que me proporciona la palabra sobre el papel pensada. Y así al traspasar mis emociones y corazonadas a Blao, como un secador las airea, las selecciona, absorbe sus impurezas, las acrisola y las ordena plasmadas, inmaculadas, limpias de polvo y paja las deja, para enseguida regalármelas como trigo de cenizas estelares convertidas en vertedero (de vértere) y ganga.

La escritura, ¡gracias, escritura!, revelación sagrada de mi conciencia en falso, soterrada y confusa. Y mi locura irreflexiva y andariega se vuelve loca con razón o sin fundamento. Y así confundido y avergonzado, escandalizado de mí mismo voy enseguida en busca de mi refugio, este teclado de letras en hilera, crucigrama de posibilidades eternas, a ponerme a salvo en la tormenta de los improperios que salen desmadejados, encabronados de mis propios labios, arrebatado en llamas.

¿Y como un volcán podrá ponerse a salvo de su propia erupción, si no es retrocediendo? Y allí en la soledad de si mismo, de su abismo, de nuevo volverá a sorprenderse al ver su alma convertida en incandescente pregunta. ¿Quién soy yo? ¿Quién eres tú que no me dejas sitio para ser yo y viceversa? La metafísica del volcán arrepentido que vuelve a su interior para saber y remediar la tragedia del fuego que entre el subsuelo de sus rocas le recome, y abrasa. Y así encontrar el sentido íntimo de mi ser en ascuas. Este torbellino que me engulle en embudo- succión irremediable contra las leyes imperturbables de la Física.

miércoles, 5 de abril de 2017

Escribir a la sordina




No sé hablar, sino por escrito. La cago nada más abrir la boca. Para des-reprimirse, en lugar de hablar, mejor callar. Mudo escribir a la sordina.

A la greña verbal siempre estoy con mi madre. En cambio, soy una paloma en sus brazos arrullados cada vez que me manda un correo, un wasap, o me deja una nota en la puerta del frigo. Sus letras son entendimiento; sus palabras al contrario, dardos de quien ama y conoce donde hacerme daño. Y al contestarle yo también por escrito, mido al milímetro las palabras, y así no tengo luego que desdecirme. Sólo con borrar mis desmadres, saldada queda mi ofensa. Mis escritos y los suyos se abrazan de puro contento.

Las palabras, como las que hoy he tenido, impulsivas, desordenadas, improperios de mi alma enjaulada, dolida, acomplejada no se las lleva el viento, son saetas que retornan y que me hieren donde más me duele, en el centro de mi dignidad, puesta, sino en duda, sí en aprieto. Y después de dichas, me arrepiento como un Jonás angustiado desde el Hades de sus descalabros orales de ballena chapapótica.

Esta tarde fui a su casa. Y aún a pesar de estar casi un mes sin verla, nada más empezar a hablar, ya la teníamos liada. Y eso que me había propuesto, en caso que ella empezara con su batería de paranoias... Mi madre no es muy mayor, pero a su edad, donde ayer tartamudeaba corrosiva, hoy corregir su deslenguado hablar, sería un milagro. Más fácil le sale al sol amanecer por el ocaso. Por eso, hoy al darle un beso, hago el propósito de morderme la lengua para no echarle encima los sapos peludos que llevo dentro. Fue inútil. Mis palabras son ratones que se escapan, no hay cepos, ni cristales rotos, ni harina ni yeso, venenos que los detengan.

La pelea con mi madre, motivo de este comentario o conclusión espitemológica, no tiene en sí mucha enjundia. Que si llevo la camisa muy corta y se me ve el ombligo, que si no tengo bastante con los dos casamientos que llevo al cuerpo, que por qué salgo ahora con ese hombre separado que tiene cara de zanahoria.

Madre repite tanto las mismas cosas que me resbalan; de puro sabidas, enseguida se me olvidan. Su contenido resulta lo de menos, ni siquiera archivado queda en la olla de mi sesera. A otra cosa mariposa.

Pero el dolor de sus palabras, no acordándome de ellas, aún lo llevo conmigo. Como ese mar de aguas turbias que vieron mis ojos un día en Costa da Morte. Yo no sabía la causa que originó tal emponzoñamiento. Se murieron los peces de colores con los que yo soñaba cada noche. Los daños colaterales, son más mortíferos que los propios daños intencionados y principales.

Las palabras serían necesarias, útiles y bien empleadas, si una vez dichas, generaran ese silencio imprescindible que las hace comprensibles. Las palabras, no mis escritos, versando ambos de lo mismo, se llevan como el perro y el gato. Dos ciervos en plena berrea enfrentados parecemos madre e hija.

Preferiría haber nacida muda, como la flor de la pasionaria que esta tarde alumbra este texto, para decirle mejor a madre lo que por ella siento.

viernes, 10 de febrero de 2017

El hotelito de la casita




En medio de un remanso de rosales y naranjos, amanece El hotelito, la pequeña estancia donde los nietos, cuando vienen, aquí se quedan, duermen y juegan. En uno de sus extremos, el que da al gallinero, se despereza elegante la hierbaluisa. Las gallinas replican al perfume de sus flores con cantos monotemáticos e indescifrables. Por la ventana que da al poniente se cuela el verde y los amarillos del huerto. Todos los colores se dan cita y cantan en este arco iris rompedor y crujiente: el rojo de la buganvilia, el morado de la pasiflora, el ocre acartonado del tronco de los granados, el plata del sendero de los parrales de uva tinta, el oro viejo de la tierra removida donde crece silvestre el vinagrillo, el diente de león y la manzanilla. En el verano, sobre la mesa de ladrillo visto del zaguán, y amparados por la sombra del nogal, los niños elaboran con las hojas del espliego, la hierbabuena y el laurel sus potingues de colonia. La pequeña puerta de la entrada se asoma al arco curioso y protector de la casa grande de los abuelos.

A varios metros de la casita, por donde discurre el camino de regante, los aceitunados cipreses saludan firmes con el vaivén de sus copas a los niños festivos. Digo casita, porque según el abuelo, así debió llamarse lo que hoy todo el mundo conoce aquí por el hotelito.

Quiso el abuelo un día cambiar el nombre del hotelito, (palabra ésta, aunque por su diminutivo, afable), por otra menos anónima y fría. Y dijo a los niños:
¿Por qué no le ponemos al Hotelito un nombre más íntimo?
Para los pequeños todo lo que les rodea es íntimo. No entendieron las intenciones del viejo. Cualquier palabra que desde su inicio conocieron con ternura y cariño, hoy y siempre será de su agrado. No hay nombre feo para los niños, si desde el amor lo aprendieron. La primera vez que oyeron esta palabra, pusieron en ella tal entusiasmo que le sabe a caramelo. Hotelito les suena bien, huele a escondite, a juego, vacaciones y risas, a natillas de la abuela, a navidad, a ratoncito pérez. Las palabras sin más no deberían bailar al sesudo y caduco socaire de los mayores.
Más caliente, dulce o fresco sonaría, -insiste el abuelo a los nietos-, llamar cabaña, madriguera, nido, casita al hotelito, palabra pues, ya desangelada y marchita.
Para los pequeños, lo que fue, seguirá siendo. Si ellos supieran de filosofía responderían ahora al abuelo con aquel argumento cornuto de Eubúlides: lo que no has perdido lo tienes. Pero como los niños aún no han llegado a la edad maldita de conferir a las palabras el significado que no tienen, se limitan, (saben por la ley de la simplicidad del lenguaje que la proposición del abuelo no tiene recorrido), a decir muy sutiles y convencidos:
Vale, abuelo,...le llamaremos... el hotelito... de la casita.
Han pasado muchos años de esta incidencia semiótica. Hasta la fecha, nadie de los que por aquí viven, llaman a esta estancia La casita. Todos siguen llamando hotelito a esta rústica construcción de apenas treinta metros, donde se apretujaban los nietos en distracciones y orgías cuando en vacaciones venían a casa de los abuelos de la huerta.

Una palabra, por distante, áspera o cursi que parezca, (si en un principio interiorizada fue con cariño), costará sustituirla por otra, aunque ésta última suene a gloria. Que he oído yo llamar prenda mía a un perro, al tiempo que su amo le arreaba un buen mandoble por deambular por donde no debía. 

viernes, 3 de febrero de 2017

Todo esto es una mierda




Aquel escritor inseguro, y un tanto perfeccionista, pues de la perfección andaba falto, dijo para sí:
O una de dos, o me renuevo en mis letras, (cada vez que me leo, me vomito), o tendré que decir como Pavese: Tutto questo fa schifo. Todo esto es una mierda. No escribiré más.
Opekú, que así se llamaba este hombre, se avergonzaba de lo que escribía. De tan melindrosas, llegó hasta sentir asco de sus letras. Se repetía más que el anuncio de Macdonald.
Demasiado pretencioso me muestro en ellas, me atiborro de perífrasis, frases rimbombantes, adverbios presuntuosos. Parezco uno de esos gigantes y cabezudos de las fiestas de los pueblos, debajo de su descomunal altura, siempre hay un esquelético mozuelo muerto de hambre.
Y al igual que en nuestro mundo de consumismo feroz, cualquier artículo que compramos nunca nos deja satisfechos, lo mismo le pasaba a Opekú con sus letras: siempre le dejaban sediento.

Opekú padecía el síndrome de la contradicción congénita. Daba pena. Al mismo tiempo que aborrecía sus textos, presumía de ellos. Como santo en hornacina, pies desnudos y heridos, pero de la cabeza para arriba, todo laureles, coronas y estrellas. Opekú era también un vampiro empedernido. Le quitaba la vida a los personajes de sus libros, haciéndolos a su imagen y medida. Se alimentaba de ellos. De sus cualidades más hermosas y odiadas se revestía. Daba pena, nunca conseguía ser él mismo.

Hubo un tiempo que creyó que con sólo escribir fuego, ardería el papel donde amores y pensamientos vertía, o que el agua de sus letras humedecería la sequedad de su alma, que la pureza de sus grafías los pecados de su cuerpo lavaría. Y llegó hasta creer que el verbo un día llegaría a ser sujeto agente, oro y plata con la que dar forma a sus sueños y, realidad encarnada a sus metáforas.

Pero un día, Opekú, después de que su mujer muriera, entró en su casa; y nada más abrir la puerta, exclamó:
¡Cariño mío! 
Nadie le contestó. Palabra tan amantísima le dejó aún más solo de lo que antes estaba cuando vivía con su señora:
¡Ay, letras, efímeras como las flores, como las nubes! Ni sois libres ni encumbradas. Desaparecéis cada cuarto de hora, os evaporáis. ¡Ay textual futilidad escrita! Aromas inconsistentes, ni evocáis, ni trascendéis. Sois la más contundente prueba de vuestra propia volatilidad engreída.
Y tras la desaparición de su mujer, Opekú se dio cuenta que sus palabras nunca le harían compañía. Podría nombrar a su esposa de mil maneras, escogiendo las palabras más amorosas y bellas, pero aquella idea de una muerta que continuaba viviendo, a Opekú, como a Proust, le pareció imposible, absurda, impensable. Nunca ninguna palabra consiguió devolverle a su mujer. Y así fue, por medio de esta experiencia fallida, como el escritor empezaría a ver el lado bueno de su soledad impuesta:
El valor despectivo de la palabra soledad, es una injusticia. Tratar de infame esta palabra es desconocer que la soledad casi siempre es un regalo.
Y recuerda ahora Opekú, cuando piensa en la soledad de las palabras, a los niños del colegio donde durante unos años estuvo dando clases de Lengua en un pueblo del Bellario. Un revuelo de alegría inundaba la clase, cuando él por algún motivo debía salir del aula. ¡Por fin solos! -exclamaban los niños, saltaban de gozo. Y mientras, Opekú, en la sala de profesores se tomaba un café, los niños disfrutaban de la ausencia del maestro, del portador oficial de las palabras.

Sócrates a quien un día dijera: soy lo que veis en mis mis libros, (¿a qué llevo razón? Opekú era un pedante, incapaz de expresar por él mismo algo nuevo), le contestó que el escritor que pretendiera dejar algo claro y firme en sus letras, era un ingenuo: las palabras escritas están delante de nosotros como si tuvieran vida; pero, si le preguntamos algo, nos responden con el más altivo de los silencios. Escribir es una mierda.

Con todo Opekú, en contra de lo que pensaba, siguió escribiendo mientras le duró el aliento, tal vez esperanzado de que un día las palabras le revelerían su sustancia. Atrapado vivió en sus textos. Sus letras, secuestrado le tenían; jamás le soltaron. Condenado estuvo a morir escribiendo. La muerte, el único significante válido, la única verdad que puede salir de nuestra boca. No en vano ya lo dijo el poeta: Sólo morir es ciencia.

domingo, 8 de enero de 2017

Como escribir en el agua



Un poema no debe significar
sino ser
(Archibald MacLeish)


El escritor se queja. La pluma con la que piensa escupe lágrimas de frustración y rabia. Nada de lo que escribe le sacia y calma. Detrás de cada palabra, que con sudor encuentra, siempre le falta un algo al escritor que llora.
¡Oh palabras! ¿por qué, vosotras, rebeldes y mancas, siempre me devolvéis gato por liebre, y desentonadas y mentirosas, nunca cantáis la sinfonía que anhelo y siento, -le dice el escribiente al manuscrito, al ver que su tinta, desobediente y confusa, siempre malogra sus imágenes puras. 
¿Acaso has visto reír alguna vez al fuego, llorar una piedra?  -le dicen ahora, insinuantes las palabras, al escribidor dolido. Las palabras no somos el pan, tampoco el vino, si acaso, la sal. Un pronombre no tiembla. Un adverbio no es una pasión. Las flores no exhalan versos, la jacarandá no rima, tampoco el sujeto concuerda con el verbo en luces y sombras como lo hace el beso con el ocaso esta tarde de invierno.
Al terminar de escribir el texto a nuestro escritor siempre le derrumban sus garabatos, castillo de naipes, escombros de su fracaso, naufragio de barcos, destrucción de la Armada. Y después de oír los comentarios de aquellos que le leyeron, todavía más. 
Es como querer colgar un cuadro, no lo consigues, y encima te aporrean con el marco. Están ciegos, no captaron mi idea
Y si por casualidad alguien le dice al escritor frustrado: te comprendí, amigo, es verdad lo que escribiste, bien sabe el escribidor que a veces la verdad es la mejor mentira, pues ni él mismo supo escribir el olor de las margaritas.

El escritor está muy aturdido. No sabe si son las palabras escritas las que ahora le dicen: realmente no nos buscarías, explorador de la nada, si antes no nos hubieras conocido.

No entiende el escritor de enigmas: dejaros de mojigangas, ilustradas de pacotilla. Mientras en el texto enzarzado estuve, me sentí vivo. Luego al terminar os releo y me digo: mejor mudo que iluso.

Realidad y Deseo no son homologables. La primogenitura no se vende por un plato de lentejas. Las palabras no sois, sólo representáis, nueces sin molla, simplemente cáscaras. Y cuando, eufórico, pago por vosotras esfuerzo y tiempo, mi placer de encontraros enseguida se desvanece.

Corro, me afano por otras que mejor me colmen lo que quiero. Y así siempre, la voracidad insaciable del escritor consumista, mercancía de usar y tirar, y nunca complacido, en busca de palabras que no “son”, sólo significan.

¡Y qué sin sentido: como escribir en el agua!

martes, 3 de enero de 2017

La cueva del eco




Una palabra desprovista de pensamiento es una cosa muerta, y un pensamiento que se pone en palabras no es más que una sombra. (Lev Vygotsky)

Ella, ni cuando me ingresaron en el Hospital de Las Cruces por aquellas malditas adherencias del estómago, jamás se alejó de mi. Por muy calamitosa que fuese nuestra relación, tan unidos estábamos, que la adversidad nunca logró separarnos. Me gradué en ingeniería, terminé de pagar la hipoteca, me solacé una docena de veces viendo por televisión los mundiales de fútbol, cambié de coche, me jubilé como jurado en los astilleros.... Hasta hoy mismo, ¡pobre de mi!, que me veo privado de su encantadora presencia.

La conocí siendo todavía un niño. Al principio, más que conocimiento, lo que había entre nosotros era un divertido juego, un ensayo. Tuvimos nuestros problemas de ajuste, como todo el mundo que decide vivir en pareja. Recuerdo una temporada que me enrabietaba por nada. Yo intentaba llamarla, pero ella no me respondía o lo hacía de manera equivocada. Me ponía nervioso, tartamudeaba como una gallina que no termina de decir lo que quiere, me enfurecía y pataleaba como un bebé a quien sus padres no entienden. Esta frustración, tal vez debido a un cierto mecanismo de defensa, se convertiría luego en balbuceo, un gorgorito impaciente de múltiples modulaciones.

En ocasiones nuestras maneras de comportarnos eran de clara inestabilidad, casi ridícula, no conseguíamos alcanzar el tono debido, pasábamos del gris grave y confuso al atiplado y agudo desafinado. Pero por fortuna nuestra convivencia poco a poco se fue fraguando hasta que, entre mis ideas y la consolidación pragmática de sus expresiones, logramos un todo armonioso. Crecimos juntos y a la par. Si, por ejemplo, yo me abstraía en el mar, al momento ella para complacerme tomaba la forma de sus olas, reproducía el sonido exacto de mi pensamiento, el murmullo de sus aguas, la inmensidad de su abismo. Si decidía recrearme con el amarillo otoñal del campo, ella de inmediato ponía a mis pies una reluciente alfombra de pámpanos marchitos de parra virgen. Si mi comportamiento era ruidoso y alocado, el de ella, lo era díscolo e hilarante. Cuando el contexto social en el que nos desenvolvíamos exigía de nosotros mayor formalidad y rigor supimos adaptarnos a los usos convencionalmente establecidos. Se nos veía tan avenidos que nuestros amigos con sólo escuchar su voz adivinaban mi proximidad. Y si por casualidad me presentaba sin su compañía, bastaba con que abriera mi boca para que la imaginaran dulce y cantarina tal cual era.

Juntos hicimos aquel viaje a las Cuevas del Eco, ella jadeaba por los montes nemorosos en busca de nuevas voces. Resoplaba con placer su aliento a mejorana sobre los rincones más ocultos de mi cuerpo para transformarse luego en iluminada hoguera de sonidos perfumados, lejanos, aliterados, pletóricos. Era elegante y salvaje, juguetona y adiestrada, serena como los atardeceres del verano, locuaz y prudente, sorda y sonora, labial y gutural, como los gemidos del amor, fricativa cual gata asustada, silbante como el saludo del ciprés, seductora cual el ofidio del paraíso divino.

Tan avenidos, que siempre fue mi portavoz más fiel, mi mejor carta de presentación. Bastaba sólo que los demás oyeran lo que decía, para que todos al momento se hicieran una idea de cual era mi opinión. Si yo era el barro potencial de cualquier insinuación artística, ella era la alfarera, la configuración plástica de mi más viva imaginación. Bueno, no siempre. Porque a veces de común acuerdo jugábamos a despistar a nuestros contertulios, por no decir, a engañarlos. Ella decía una cosa y yo desde mi interior, intencionadamente, me pronunciaba por la contraria. Éramos cómplices enamorados.

En ocasiones esta misma complicidad nos sobrepasaba. Yo me sentía traicionado por sus propias palabras, era algo que no podíamos evitar. Y le decía, si no sabes hablar, mejor ten tu boca cerrada; pero ella decía cosas de las que luego yo tendría que arrepentirme.

Durante la difícil intervención no ha rechistado lo más mínimo. En silencio hemos afrontado nuestra separación definitiva, yo con mi tráquea atornillada y ella con sus cuerdas vocales amordazada. Un dueto de violinistas expectantes a quien al director de la orquesta se le olvida darles la entrada. He visto sus ojos vacíos de significado. La he llamado. Fría y arrogante me ha dado la espalda. Cuando la he visto alejarse he querido gritarle lo que sentía dejarla abandonada, que le agradecía de corazón todo lo que había hecho por mi, pero ella, por mucho que yo abriera la boca, para decirle lo que a partir de ahora la echaría de menos, ni siquiera me ha dirigido la palabra.

Fue ayer precisamente. Debido a unos simples carraspeos, tuve que ir al médico. Desde hacía unas semanas notaba como si un corrosivo ácido me quemara la garganta enmudecida. El otorrino fue tajante:
Si no queremos que el mal se extienda y acabe con todo tu organismo, debemos extirpar mañana mismo tu laringe cancerada.

domingo, 4 de septiembre de 2016

Función semiótica del escritor frustrado





Huyendo de los ardores de su carne desmadrada, de su mala leche y orgullo, se retiró el escritor al desierto, por ver si en la soledad recóndita de su jaima, allí, en el espejo de la arena cristalina, su yo más rebelde se calmara. Y mientras el escritor escribía, su yo desordenado parecía organizarse.

Y en un mismo acto, unificar quiere el hagiógrafo de realidades noveladas las dos potencialidades que dan sentido a su vida: el vivir y su conciencia. No hay nada como la palabra escrita para sentirme yo mismo –exclama. No entiendo la lectura y la escritura, sino como un acto de autenticidad y honradez conmigo mismo. Mi yo contingente y limitado es rescatado por el ejercicio diario de mi oficio. En el escribir nos auto-revelamos. En la vulgata de mi vulgar relato me descubro como ser indescifrable e inaudito.

No quiere el que escribe ser un mero contador de historias. Escribe para parecerse a los varones ilustres que describe, para librarse de sus estupideces, para encontrarse a sí mismo. Por medio de los personajes de sus relatos nos desvela sus propias emociones. Su yo no es su yo, si a sí mismo no se lo cuenta y escribe, mintiéndose por boca de terceros. Y así, entre su vocación por el silencio, la ficción  y su necesidad por comunicare, reconstruye el escritor su ser literario, que no es otro que su verdadero yo. Pues como dijera Mallarmé, el escritor no es es sino el libro que escribe.

Pero la escritura y su lectura, al tiempo que al escritor colmaban de autenticidad, bondad y conocimiento, también frustración y desatino le infligían. Y al comprobar el de Estridón que sus letras no se corresponden con lo que dentro de sí lleva, le invade la tristeza. El escritor es incapaz de plasmar en su libro las grandezas y bondades que imagina. Su escritura se queda corta, inconclusa, nunca logra relatar lo que él siente y piensa. Se siente fracasado como traductor, exégeta y retratista del mundo, de las criaturas, de las postrimerías, de sus sentimientos y hasta de las Sagradas Escrituras. Nunca su pluma canónica alcanzará la función semiótica para la que fue construida. Las ideas plasmadas en el papel no se corresponden con las ideas que él tiene en la cabeza. El ilustrado estudioso y lingüista se ve obligado a corregir constantemente sus textos, vuelve a escribir otras voces, otros giros, por considerar inapropiado e inexacto todo lo que a sus lectores cuenta. El abismo entre la formalidad, la gramática de sus escritos y su significado es insalvable. Piensa que la escritura, (tal como dijera Sócrates en el Fedro de Platón), es inhumana. Imposible poner fuera de la mente lo que sólo cabe dentro de su cerebro.

Las emociones son intraducibles, intransferibles. Su palabra interior no encuentra imagen alguna en la que proyectarse. Jamás podrá poner por escrito su dolor ante la ingratitud de un verbo intransitivo, la reprimenda de un sustantivo amigo, nunca podrá formular en una simple oración enunciativa la dulzura que encierra la soledad de su gruta, que cual brisa sobre la duna, suave se inclina ante su alma. Mis palabras, -dice-, a lo más que llegan es a escribir el silencio.

viernes, 1 de julio de 2016

¡Mamá!




Entró en la casa como la calma después de la tormenta. Josefina trabajaba en el aeropuerto. A ella le hubiera gustado pasar la escoba por el andén ajardinado de boutiques que se desliza cristalino y perfumado hasta llegar al control de metales. ¡Y no tener que oler a orines todo el día, enredada entre gases putrefactos! Estar en los aseos desde las ocho de la mañana hasta las tres de la tarde no le hacía ni puñetera gracia.

El jefe de personal consideró ubicar a la muchacha, a la Renca- (así la llamaba el encargado de la limpieza), en un puesto, que su desajuste físico no provocara en los usuarios lástima o rechazo.
Es por ella, -se justificaba el estúpido hipócrita-, para que no se sienta menospreciada. Allí metida en los aseos, libre de miradas chismosas, la Renca estará mejor a sus anchas.
Es cierto. El andar de la chica resultaba un tanto cómico y peripatético. La muchacha había sido contratada gracias a su 42% de minusvalía. A cambio, la Concesionaria del aeropuerto se beneficiaría en sus contribuciones a la Seguridad Social.

Josefina, no sólo tenía los pies planos, sino que al no asentar bien su columna sobre la pelvis, (por tener desparejo el coxal izquierdo), cada vez que daba un paso, parecía desmoronarse. Ella, para no caerse, apresuraba el otro pie hacia adelante. De esta manera, contra toda evidencia, conseguía, en el último momento, equilibrar su cuerpo desajustado, no sin evitar, en quien la observara, un cierto espasmo, al creer que la muchacha acabaría desentablada en el suelo. Este gesto ridículo de titiritero patizambo no le restaba a Josefina eficiencia para desempeñar bien su trabajo. Con todo, el Jefe de Personal confinó a la Siberia de los Aseos del aeropuerto a la pobre Josefina.
Que conste que lo hago más por ella, que por respetar la sensibilidad prostática y cistítica de posibles meonas y acojonados, -volvía a repetir el estúpido supervisor.
Aquella tarde plomiza de un tórrido lunes de mayo, sin pájaros ni geranios en las terrazas, después de una jornada intensiva limpiando lavabos y retretes, Josefina abrió la puerta del piso, un Tercero-A sin ascensor en el Barrio de Gracia. Allí vivía con su madre. Dejó la mochila en la percha, la tiró como quien lanza las llaves de su tumba al arroyo. Y se sintió tan aliviada, que desplegó los brazos como aspas de helicóptero en pleno vuelo. Y se puso a revolotear sobre sí misma, sumergida en un baile interminable, frente al espejo. Parecía un náufrago milagrosamente salvado de los remolinos del agua.

Y no es que quiera el que escribe recrearse en la incapacidad de Josefina y sacar partido de su deficiencia, y engordar así estas letras. ¡Que con su pan y escrúpulos se coma la gente sus recelos, conmiseraciones y puritanismos maniqueos a favor o en contra de estas personas que deambulan por la vida, teniendo que pedir perdón a todo el mundo por ser cojas, bizcas, homosexuales, orejudas o mochas!

El escritor tan sólo quiere detenerse en una palabra, una palabra de dos sílabas, una palabra aguda, tan elemental y congénita, que no necesita traducción a lengua alguna. Una palabra más real que lo que ella representa. Se basta a sí misma para decir lo que siente y dibuja. Esta palabra es un ser viviente (que diría Víctor Hugo), es el eco de un alma, bálsamo, desahogo y paz, luz y alegría, desnudez y confianza, alivio y descarga, alimento y regazo, ríos de leche y cama. Todo un lugar, un mundo de sentimientos y placeres infinitos, imposibles de decir con otra palabra que no sea la que dijo Josefina, nada más abrir la puerta de su casa, aquel lunes extenuado de mayo, después de una dura jornada de trabajo en el aeropuerto de El Prat de Barcelona:
¡Mamá!

lunes, 4 de enero de 2016

El Taquígrafo y la Centralita






Hablaba y hablaba para no volverse loco. A ella la enloquecía tanta verbalidad sobrada. El hablar de Fonema era interminable, era como el infinito fuego. Sus palabras, como el agua, eran insuficientes para sofocar el infierno que por dentro le quemaba.

Ella en cambio, andaba, a su vez, loca por la escritura. Escribo, escribo -decía Grafía-, para mitigar la herida, para colmar la falta de la que adolezco. Él no atinaba a nada de tanto darle a la sinhueso. Con su hablar interminable Fonema jamás lograba poner nombre a lo que quería. Y ella con sus letras tampoco conseguía sacar fuera lo que dentro de su imaginación brotaba.

Nunca entendí por qué dos oficios, en sí tan complementarios, y por principio, tan bien avenidos, llegarían con el tiempo a ser incompatibles. Cuando Grafía inspirada a escribir se ponía, la locuacidad de Fonema la desconcentraba. Y si Grafía a escribir se dedicaba ¿quién saciaría la atención de Fonema, que de hablar nunca terminaba?  Grafía y Fonema se llevaban como el ratón y el gato. Si uno decía amanecer; el otro, ocaso escribía.

Luego de un tiempo de comprobar ambos que sus vidas, de seguir así, ya no serían, Fonema y Grafía decidieron separarse. 

Ella encontró trabajo como taquígrafo en un viejo camión del desguace París. Y a él le contratarían como gramófono rayado de una centralita en el corazón del desierto del Kalahari.

viernes, 3 de abril de 2015

Muerte de la Palabra





Yo también me estoy volviendo loco, no sé si enterrarme o resucitarme. Estoy de atar y soy consonántica palabra herida que echa sangre por los lazos sueltos que llevo al viento, colmillos de fuego contra las rocas de la guarida de un Dios incomprensible, la poesía de un corazón estrangulado contra el gólgota babélico de un mundo perdido en el lenguaje. Y estoy aún más loco que Pilatos, que aún sabiendo de la inocencia, signo inefable que nadie entiende, miro para otro lado, velo el significado de la oración contemplativa y su sintaxis, el sentimiento, el dolor de la ausencia de concordancia alguna en el discurso sacro de la inmensidad de un verbo hecho carne, unívoca base de toda inmortalidad caduca, presencia o ausencia de la mismísima nada, -Nichts-, el dios como vacío.

Y así ya queda, con el cadáver de la palabra muerta, expedita la senda para que la sangre de la crucifixión de la palabra vino sea, y ya no necesite explicación, escritura, lectura, comentarios, reseña, ni otras inútiles literaturas que manchen la virginidad transparente de su sabor y aroma.


miércoles, 18 de marzo de 2015

Que no se oiga el silencio





Que no se oiga el silencio! Estas palabras gritadas a bocajarro, justo detrás de la portería del equipo rival, es lo único que recuerda desconcertado el portero. El hincha emisor de lema tan futbolero, hombre de galillo de metal fundido, ya venía templando gaitas tras leer por la mañana en el diario Marca el comentario del mejor analista deportivo del Periódico:
El ruido ha sido siempre el que nos ha dado la victoria. Los grandes triunfos hasta ahora conseguidos fueron fruto de nuestros gritos. Durante el partido de esta noche, espero y deseo que no haya un minuto de silencio en el estadio.
El Atlético y el Leverkusen se jugaban la eliminatoria para los cuartos de la Champions League. El ambiente en el graderío era ensordecedor, una olla exprés en plena ebullición azuzada de cánticos y banderas. También jaleaban los alemanes con sus voces repletas de bocadillos de jamón ibérico y cerveza negra. En el terreno de juego, los dos equipos sudaban la gota gorda. Las innumerables tarjetas amarillas del árbitro no lograban pacificar la contienda. La presión, la entrega y al ¡a por todas! como consigna. Los calambres, el desatino y el coraje, más que la técnica y la cabeza fría, hacían no muy vistoso el partido. Eso sí, batalladores, los dos. Más que un partido aquello parecía una pelea de gallos. Vendajes, calambres, contorsiones de caderas, ligamentos rotos. Los fisios no daban abasto. Las bolsas de hielo en los tobillos de los jugadores sustituidos por lesión poblaban el banquillo. Jugadas ensayadas se malograban por la premura, la ansiedad y los escasos minutos que le quedaban al partido. El míster desesperado escupía su alocado nerviosismo contra un césped electrizado. Sesenta mil espectadores mirando el reloj del Calderón a reventar, El destino del empate se marcaba en el aire.

El pulso igualado de los dos equipos. La tanda de penaltis daría la victoria al equipo menos goleado. El terreno de juego como las gradas se convirtieron en unos minutos en una catedral de rezos y oraciones. En un momento todo el vocerío, no interrumpido durante todo el partido, se trocó en santa mudez conmovedora. Unos, de rodillas. Otros, mirando al cielo. Aquel, no queriendo mirar a nada, con las manos se tapaba la cara. Aqueste otro, con las palmas juntas suplicaba al dios del fútbol la victoria para los suyos. Este, como un niño con barbas, bufanda y cuernos de tela que ha perdido el pezón de su madre, lloraba a mantas.

Fue entonces, ante el mismísimo pórtico de la gloria o del infierno, momento sublime de concentración, cuando al guardameta le llegó por detrás de la portería la funesta frase del hincha, al principio de esta crónica mencionado : ¡Que no se oiga el silencio! Y tanta fue la carga de este aguerrido aullido, que las ondas sonoras de verbal estruendo desequilibraron al cancerbero. El balón se le coló por la escuadra como zorro en un corral de gallinas. Maldito y quebrado silencio, -maldijo el portero.

viernes, 17 de octubre de 2014

Silencio a gritos





Sentado estoy en la puerta de casa. Contemplo el amanecer. Un reguero de nubes se extiende por el levante. El día romperá tarde. Me tomo como de costumbre un café cargado de espabile y buen ánimo. Miro a la distancia, allá donde el desánimo, la oscuridad y la recesión se desnudan. Antes de que salga el sol, o mejor, para que salga me pongo a culebrear letras tortuosas, sin relieve, ilegibles, arañazos sobre el papel que se duele incruento sin supurar sangre apenas. La escritura se resiste. El tintero está vacío. Esta mañana bajaré a la ciudad, pasaré por la Librería y me haré con un par de cartuchos de tinta. La tinta como la pólvora y las palomitas se guardan en cartuchos.
¿Para qué seguir escribiendo, si mis escritos no llegan a ningún sitio? –le digo al librero, una vez los dos sentados frente a frente en la mesilla de la trastienda. Mis párrafos, mis deseos son como el río Guadalentín que muere nada más nacer. Si a las hojas no les da la luz, dejan de ser verdes, dejan de ser hojas. Todo tiene un fin y se mueve hacia ese fin. Y mis escritos son palabras sin tinta, trazos ininteligibles sobre el agua, cosas inexistentes fuera del alcance de la luz que los alumbra.
El librero me recibe con la cordialidad de siempre, aunque con su habitual batería de doctrinas semánticas. Dejo que hable. Me limito a ser espejo quieto de sus palabras extravagantes:
La escritura es para la lectura, las estrellas para el cielo, los pies para caminar. Sólo saliendo de la tautología del rígido narcisismo se crea el movimiento. Tus escritos dan vida a la protagonista de tu libro: La Mujer de Plutón. Ella puede morir tranquila pues su vida permanecerá más allá de la caducidad de su carne. Su marcha ya nunca será definitiva, pues siempre que alguien pase los ojos por tu cuaderno, alentará con su recuerdo el caliente aleteo de su respiración. Día a día, página a página estás inmortalizando a esta valiente y buena y mujer.
Estoy ya cansado de escribir. Me parezco, amigo, a un cuervo frente a los habitantes de mis relatos. No quiero perpetuar por más tiempo con mis anotaciones carroñeras el triste declive de su final anunciado.
Si en lugar de comportarte como un frío reportero, describiendo cómodamente desde la habitación de un hotel la guerra en la que se debate tu protagonista, bajaras y te empaparas del dolor que transpira su alma..., quizá te sentirías mejor. Es fácil reflejar con maña un espectáculo escrito. Hasta que los temblores de la mujer que presiente su muerte, no sean tu propio estremecimiento, reseco quedará tu tintero, manantial de tu agotada imaginación. Blandamente recostados en la butaca de tus representaciones, nunca los puñales del drama o las canciones de la alegría que se dan cita en el fragor vivo de las escenas que recreas, serán tuyos. Si pudieras comprender que tu, como Sean Penn de Tim Robbins, estás también en el corredor de la muerte, ya no necesitarías compadecerte por el rostro sangriento de la luna. Las heridas de sus dentelladas punzarán de dolor tus entrañas. El gemido lastimero de una flor que se abre será tu propio llanto. Tampoco será necesario que esperes al amanecer, puesto que el sol estará ya dentro de ti.
El librero termina de hablar. Me levanto de la silla y traspaso con mis ojos el escaparate. A través de los cristales, veo la pequeña placeta que bordea como una dulce bahía el establecimiento. Siento el aire que reune a los chopos que crecen fuera formando un triángulo equilátero. Su sombra pinta con precisión y serenidad el resplandor de un beso entre dos jóvenes sentados bajo la espesura de los árboles. Me fijo en la diáfana luz que emana del corazón de los muchachos, y le digo al librero sin mirarle siquiera a los ojos:
La casa de nuestro cuerpo tiene espaciosas ventanas para observar el color de las flores, sentir el frescor de una sombra, escuchar el canto de los pájaros, sentir el suave tacto de una caricia, oler el sudor enamorado..., pero dime ¿cuáles son los sentidos a través de los cuales accedemos a las riquezas o indignidades de nuestro mundo interior?
El librero no tarda en responderme. Su espontaneidad es tan ligera como inadmisible para mi entendimiento:
El silencio, amigo, el silencio. 
Con contestación tan rápida y maximalista, para mi que se equivoca este hombre. Y le digo:
El silencio es una blasfemia entre dos personas que se quieren y no se hablan. El silencio es soledad, temblor y vacío. Hace un tiempo leí que Dios era el silencio. Una bonita palabra puesta en boca de poetas. Cuando las palabras callan, habla el silencio, venís a decir todos los que como tú gozáis de salud, libertad y afecto. Pues en este silencio de palabras fecundo del que me hablas, yo no oigo nada, sólo ruido, silencio a gritos, vacío, vacíos llenos de carga que pesan como ruedas de molino sobre las palabras incomprensibles que escribo.


jueves, 17 de julio de 2014

La gallinica ciega


Je fais souvent ce rêve étrange et pénétrant
D'une femme inconnue, et que j'aime, et qui m'aime,
Et qui n'est, chaque fois, ni tout à fait la même
Ni tout à fait une autre, et m'aime et me comprend.
          Paul Verlaine. Mon rêve familier (Poèmes saturniens, 1866)

Se me ocurre una idea; y al momento me pongo a escribir sobre ella. Pero no hay manera. Cada vez que lo intento, envuelto me veo en otro tema del que yo intención no tenía.

Basta con poner en el papel la primera palabra, para que ésta, sin yo quererlo, me lleve a otra; y esta otra, a la de más allá; y la de más allá, siempre a ti me lleva. Y yo pensaba que ya estaba todo escrito antes de que yo lo escribiera. Y resultó que la combinación autónoma de las palabras me llevaron a escribir algo, no sólo grato a mi voluntad, sino fuera de mi alcance. El conjunto ordenado de las palabras me hicieron casi tocar lo inexplorado, algo nuevo, pero nunca pude palpar tu cuerpo.

Creí que nada quedaba sin ser bautizado. Todo lo creado tenía un nombre, su palabra ajustada.

Hasta que apareciste tu a quien yo no conocía. Y fueron las palabras las que, como en el juego de la gallinica ciega, me llevaron hasta tu cara, otra historia, una nueva creación, otro sueño, otros labios, otra cama. Y me quité la venda de las palabras. Abrí los ojos. Allí estabas tú. Pero como las palabras, ya te habías ido. Sigo huérfano. Contigo, pero sin ti.

jueves, 14 de noviembre de 2013

No conozco los nombres



Hoy he sentido la vida correr por tu cuerpo; lo mismo que cuando huelo una flor, o el olor del café, o el agridulce sabor a naranja que inunda la piel de mis manos; y este aroma perdura luego hasta la noche, cuando los dos acostados, al roce con tu carne, aún más se aviva y enciende. Hoy he sentido el respirar sosegado de la vida, apretado contra tu vientre ardiente.

Y no hablo de la vida en abstracto. Hablo en concreto de tu boca, de mis labios duros que se comen tu lengua. La vida en abstracto es una albarda vacía sobre un burro muerto. Las palabras abstractas como las estadísticas del gobierno, empaquetadas de a dos en las estanterías del cielo, están amañadas. Las palabras abstractas no dan de comer, y aunque bajen las tasas del paro, no dan empleo. Ya lo decía André Maurois: Con palabras abstractas puede probarse todo, pero nada puede hacerse.

La vida es oír crujir una hoja, ver pasar el viento, es el lento despertar de la aurora. La vida es tocar tu oreja y ver como se abren tus carnes. La vida es mirar las lechugas cubiertas de rocío en los humildes puestos que los huertanos muestran los sábados a los lugareños. Ver sus caras tostadas por el frío y notar en sus manos, al ir a pagarles, la recia y noble dureza de sus penas y alegrías, sus querencias, el sinsabor de la cosecha enmarañada por el pulgón, la araña roja, la rosquilla y la tormenta. La vida es el ladrido de un perro que allá en la lejanía marca como la aguda campana del tiempo los toques de la infinitud perdida. La vida es ver en esta tarde como una mariposa cualquiera saluda a la luna encima de la hoja de un limonero, aún acristalada por la reciente lluvia de la mañana.

Pero, ¿quién soy yo para ponerle nombre a la vida, si como dice Ángel Ferrer, (un amigo mio de Barricadas), si ni siquiera conozco los nombres?

sábado, 28 de septiembre de 2013

Las hojas de la melancolía




La melancolía es la conciencia de sentirse vivo viviendo en el pasado. Hay quienes están vivos y yacen muertos en el suelo de su vivir en otra cosa. El gerundio es el tiempo real del presente simple del verbo, lo contrario del otoño, días de amarillos tristes sin sustancia. La tarde está triste como las hojas de la morera de este otoño recién venido, sin gerundio, sin presente y sin padrino. Las palabras, como las hojas de la tarde gris y septembrina, cuando nacieron, perdieron la amistad con el nervio de su savia, se vinieron abajo. Perdieron su razón de ser. La melancolía de no ser, habiendo sido. Aún así, hay quienes pintan la tristura de belleza.
¡Y qué le importa a Miguel
 que las aguas del brazal
canten un otoño más,
si las hojas de su ayer
a nacer no volverán!
Miguel el Verderol, desde que perdió el roce con la esencia que le daba el verde, está mustio y descolgado. Con un pie en el ayer, y el otro, enredado en el amarillo de un mañana incierto. Desde que el verbo dejó de hacerse carne, la carne de Miguel es un hueso duro de roer, un nido de pelufas a merced de las palabras mentirosas de un otoño. Si, por ejemplo, Perico el Amarillo le dice a Miguel el Verderol: ¡qué alegría, me encanta  que hayas venido!, lo que piensa realmente Perico es: ¡ojalá el cretino de Miguel no hubiese atravesado la puerta de mi casa! Palabras para decir lo que no sentimos. Cuando la palabra se convierte en cambio trucado del trato, Miguel está en un cepo atrapado por lingüistas sibilinos, políticos de la semántica y el perjurio.

La simpleza del rostro, la nostalgia de los ojos, la pureza de la frente de Miguel desvelan sus sinceros sentimientos. Aunque el Verderol dijera negro con su boca, todos entenderían blanco con su mente. Su alma se trasluce por su piel dejando por falsas a las palabras. El bueno de Miguel carece del resorte concedido a los humanos para tergiversar sus emociones. Es incapaz de reírse de un chiste malo. Perico el Amarillo presume de tener guardado un tesoro oculto en su interior más profundo. En cambio, el cofre de Miguel no tiene doble fondo. Perico el Amarillo en la trastienda de su corazón esconde un amor criptológico. En cambio, el amor de Miguel es cristológico, puesto como inri en el palo desnudo de una tarde gris de otoño.

Miguel el Verderol nota en la mirada de Perico el Amarillo la indiferencia que el comprador de telas acusa por un retal de desperdicio. Al que carece de doblez, la palabra le viene grande, le sobra el verbo de la melancolía.

sábado, 25 de mayo de 2013

El repelente hombre de la palabra justa




Del cielo raso del templo de la ortodoxia llueven a mansalva ínfulas de oro rancio, goteras de fatuidad y engreimiento que dejan sin palabras al auditorio.

De sus labios huecos, siempre el razonamiento ajustado. De su cencerril boca, a todas horas la palabra exacta. Sus sentencias cortan la respiración al oráculo. Se calla el grillo y la culebra sisea mutis por su camisa de mallas. El abominable hombre de la voz cantante habla como muchacho de instituto que se luce haciendo aros con el humo de un cigarro delante de los niños de Primaria. Y mantiene su palabra en el aire, burbujas de jabón inconsistentes, que se deshacen antes de que su efímero brillo endulce mis orejas.

Cuando el repelente hombre del verbo oportuno saca a relucir su mejor léxico, yo bajo la cabeza. No por acatamiento, tampoco anonadado por su excelente oratoria, sino avergonzado por el tocino abarrotado de su oral munificencia. Yo también hablo por boca de ganso, y parloteo como el que hace morcillas por un tubo. Asqueado de su saber siempre a punto, del final de sus enfatizadas eses, de sus adjetivos superfluos, de su retórica ilustrada, contengo mi olfato a los vapores fétidos de su pantagruélica garganta. ¡Es tan difícil apreciar y sonrojarse por la propia pestilencia que se escapa de nuestro púlpito en pompa!

Cansado de tanta verborrea, levanto el cascabel de mi boca, y le digo al sabio ignorante con la misma confianza como si a mi mismo me hablara:
La palabra fue creada para quebrar con su límpido viento las engreídas chimeneas de la casa de los sabios ignorantes. No se hizo la palabra  para adornar el bozo de tu pedantería, ni para restablecer el orden constituido de las cosas. Las cosas para ser no necesitan ser hermoseadas con el potingue de tu campanil y cascabelera prosa. La poesía de su natural sencillez les basta.
Y en esas estábamos el sabio idiota y un servidor, cuando dime cuenta de que ambos utilizábamos el mismo farfullero y repintado megáfono para arengar a la batalla de la elocuencia a los habitantes de sordolandia.

miércoles, 6 de febrero de 2013

La noche de los nombres calcinados



Una tarde atroz. El viento, cuchillada invisible, rebana las costras agrietadas de la garganta de Eulogia. Las voces se le escapan por las órbitas de los ojos, atónitas, calladas, insonoras. Es mi rabia su silencio. Y su sentir, la cara de mi piedad inoperante, reflexiva. La mano de Eulogia busca mi mano. Se la brindo, se la ofrezco; ella no siente mi tacto desangelado y compasivo. Y le pregunto ¿sabes quien soy, lengua madre? Y ella traza en el aire, con la otra mano, palabras indescifrables que se la lleva el atardecer desapacible. Y veo como, con sus dedos, madre cierra los párpados a la tarde. Se acerca la noche, la noche calcinada de los nombres.

Eulogia toca los barrotes fríos de la cama de su agonía, una habitación al poniente, con una ventana a la leñera, desde donde vislumbra emborronados los troncos cortados de las palabras, pobres sintagmas, leños prestos a ser incinerados en la hoguera de la Babel eterna. Teas azules y soles rojos con sus llamas en ristre contra el vientre desnudo y mudo de mi madre, tambor sin membranas, estrujado, sin fonemas, asilábico. Eulogia sabe que se está muriendo. Alguien le pone la careta sin oxígeno, la sordina a la trompeta, una sábana blanca a los muebles de la casa. Le tapa la boca. Un desconocido, el olvido, la afasia, con sus manos de azufre alrededor de su cuello arrugado sin aire, intenta estrangularla, vacía de voces, sin sonidos. Ella quiere hablar, pero no puede. La asfixia le quebró las rodillas a los caminos ajustados del significante con su decir imposible, fatigado y perdido.

Leñador tras su dura jornada por bosques semánticos talados de semillas sustantivadas y verbales, madre se limpia con los huesos de la mano sin letras el sudor frío que le quema la traquea. Le arde el esófago, los pulmones, la glotis, el paladar y los dientes. Y veo que me dice con su silencio alborotado:
 ¡Sarna tienes que tener para no moverte ¿No ves que me arrastra la avalancha de los nombres sin nombres. ¡No te quedes ahí parado sin hacer nada, mientras me voy al huerto de los callados, al infierno de las cosas sin esencia, ni nombre! Todo sin referentes. La verdad es que no te conozco. No sé quien eres, ni tampoco sé de qué me hablas. Me muero en la mentira paradigmática de la noche vacía de signos linguísticos.
La bienhablada, la Eulogia de siempre, ahora con su lengua entrapizada, no sabe como me llamo. Yo soy su hijo, pero ella ya no sabe que es mi madre, el señor de la cosas, mi gramática. Eulogia me dio a conocer el agua, la luna, el lenguaje, la leche del conocimiento. De pequeño me ayudó a encontrar dentro de cada palabra su verdad natural y exacta. Me dio a conocer todos los nombres, me enseñó a designar la geofísica del lexema, a besar su orografía, a disfrutar de la vida. Eulogia, a quien antes ninguna palabra se le resistía, ahora todo lo ignora.

Las ráfagas del temporal de la tarde borran de su mente una a una todas las palabras. Ya no hay nada bajo el sol de la mente rasa de Eulogia. Su cerebro plano, completamente calcinado. Verba volant.

martes, 9 de octubre de 2012

Señor o señora

                           

De niño más de una colleja me llevé por llamar de tú a mi padre. Me enseñaron a nombrar a las cosas por su nombre, al pan, pan; y al vino, vino; a mi maestro, de usted; y al gobernador de la provincia, de excelentísimo.

Las palabras esdrújulas siempre se me resistieron. Con la excepción de contados vocablos, como música, bálano y brújula, que eran resbaladizo tobogán por el que el diminuto fardo de mi cuerpo se escapaba: deleite y exploración, tierra fresca donde a gusto me refocilaba, al igual que mi perra en días de adulto acoso y parental asfixia.

Junto a paroxítonos, como excelentísimo e ilustrísima, habitaban conmigo otras voces que, aunque llanas y graves, también estaban llenas de orgullo e hipocresía. Me refiero a términos como vuecencia y señoría. Voces exclamativas y humilladas, tejidas de solicitudes y súplicas, que me transportaban a escenarios donde mi imaginación encogida se preñaba de pasmo entre alfombrados de rojos plantíos, de vasallaje y escarnio. Manadas interminables de adalides e ilustrísimas de alto abolengo y rango con sus capisayos y pendones al cielo desplegaban sus blasones e hidalguías, a fuego de sudores, de gleba y plebe fundidos.

Aquel boato de excelentísimos baldaquinos, reverendísimos palios y oropeles, ahogaron más de una vez la mezquindad de mi infancia diminuta y escasa. Recuerdo una vez que una esdrújula quedó encasquillada en mi garganta, fue la palabra lástima; se me atragantó como el zancarrón, al perro; y corriendo me llevaron al albéitar. Fue inútil; y hasta hoy la llevé estrangulada en mi laringe.

Por eso cuando me enteré de que el gobierno había dictado una ley para desterrar el tratamiento de excelentísimo de los salones del pueblo donde en ilegítima lid se había instaurado, aquel antiguo sustantivo de lástima, que de niño quedara fosilizado en mi proletaria garganta, volvió de nuevo a visitarme, pero esta vez, revestido de alegría. Y el hueso que a mi perra le atravesara el galillo, por fin desatrancado, volvió a su adopción legítima: trato justo e igualitario de señor o señora, como corresponde.